Capítulo segundo — El abuelo
La rodilla me despertó a las seis y veinte, ocho minutos antes que el despertador.
Lo hace con puntualidad de funcionaria: primero un aviso sordo en la cara interna, después el parte completo cuando apoyo el pie en el suelo.
Rigidez: media. Hinchazón: baja. Previsión para el día: entrenable con observaciones.
Yo llevo diez meses traduciendo ese parte y ya ni lo pienso; el cuerpo lo dicta y la mano lo firma, igual que se firma una nómina.
Mi espalda, que es más vieja que mi rodilla aunque tengan la misma edad, opinó desde la cama que hoy se quedaba. No la hice caso. La espalda opina siempre y nunca firma nada.
Vivo en un segundo sin ascensor en Vicálvaro, a diecisiete minutos andando de la Pista Norte si el semáforo de la avenida se porta bien, veinte si no.
Lo sé porque lo he andado mil veces, y porque la rodilla me lo recuerda a la altura del quiosco: hasta el quiosco no dice nada; a partir del quiosco empieza a llevar la cuenta.
Los miércoles hay hielo a las siete para el equipo, y los miércoles el quiosco todavía está cerrado, con la persiana echada y el perro del quiosquero dormido detrás.
Todo el mundo duerme a esa hora menos los que trabajan de noche y los que nos ganamos la vida con el cuerpo.
Sebas ya estaba en la pista cuando llegué, con la manguera del agua caliente extendida en zigzag sobre el hielo nuevo.
Tiene sesenta y un años y las manos de un hombre que ha pasado cuarenta inviernos peleando con una superficie de mil ochocientos metros cuadrados, y no saluda: te señala el hielo con la barbilla, que es su manera de darte los buenos días.
Yo me cambié en el banco de fuera, como siempre, porque a esa hora el vestuario está frío y la calefacción de este pabellón decide cada mañana si es calefacción o decoración.
—Lleva abierto desde las cinco —dijo Sebas, pasando a mi lado con la manguera—. La caldera ha vuelto a morirse a las cuatro. La he resucitado yo con un destornillador y dos palabrotas.
—Apúntalo en el libro.
—Todo se apunta. —Y siguió andando.
El libro de Sebas es una libreta de tapa dura que va rellenando desde que el pabellón era un almacén de congelados, y en la que anota cada avería, cada corte de luz, cada día en que el hielo salió bueno a pesar de todo.
De vez en cuando te lee una línea en voz alta, sin mirarte, como quien consulta el parte meteorológico.
Aquella mañana, mientras yo me ataba los patines, abrió la libreta por la última página y leyó:
—«Caldera muerta a las cuatro, resucitada a las cinco y cuarto. Radiadores del vestuario, otra temporada en huelga. El hielo de esta casa siempre fue honesto: no promete calor que no puede dar.» —Cerró la libreta—. Más deberíamos aprender de él.
Salí al hielo antes que nadie, que es una costumbre de diez meses: cuando vuelves de una reconstrucción, llegas antes para hacer el calentamiento largo sin público, para que nadie vea los primeros diez minutos, que son los que la rodilla dedica a quejarse de la noche.
Di tres vueltas al óvalo a ritmo de abuelo —la palabra es mía, no me la regaló nadie—, y a la cuarta la rodilla dejó de protestar y se puso a trabajar, que es lo que hace cuando entiende que hoy no hay negociación posible.
El hielo estaba duro y parejo, de los buenos.
En esta pista sabes si el hielo está bueno por el sonido: si la cuchilla canta, va a ser un buen día. Cantó.
A las siete y cuarto llegó el resto y el entrenamiento fue lo de siempre, con la diferencia de que para mí lo de siempre es otra cosa desde diciembre.
Tercera línea de defensa. Minutos contados.
Vicho me mira de reojo en cada ejercicio de contacto con esa cara que ponen los entrenadores cuando no quieren que les veas la cara.
Yo hago mis repeticiones, me salto las que me salto —los sprints cortos en reversa, que son los que la rodilla cobra más caros— y nadie dice nada, porque en un vestuario profesional nadie dice nada hasta que lo dice todo el mundo a la vez.
En el ejercicio de salida de disco, Kuba y yo hicimos pareja, como casi siempre.
Kuba Novotný, checo, treinta y cuatro años, el segundo más viejo de la plantilla y por tanto mi único contemporáneo: los dos nos acordamos de cuando los partidos no se analizaban con tabletas.
Pasamos el disco veinte veces sin hablar, que es nuestra conversación más larga de la semana, y en la veintiuna dijo sin mirarme:
—Buen hielo hoy.
—Sebas lo ha resucitado a las cinco.
—Sebas resucita todo. —Recibió el disco, lo paró seco, lo devolvió—. Un día resucitará también a nosotros dos.
Es el chiste más largo que Kuba ha hecho en tres temporadas. Lo celebré con un pase alto, que es mi manera de reír.
Mi sitio en el vestuario es el último, junto a la puerta, el más frío.
Lleva siendo mío desde que este vestuario existe, y hay una razón práctica y una razón de verdad.
La práctica: la puerta está a siete pasos de la ducha y a siete pasos del pasillo, y hay días en que siete pasos son una moneda que prefiero no gastar.
La de verdad: cuando este equipo se fundó, yo era el único que ya había visto morir un club, y el sitio de la puerta es el sitio del que se queda a apagar la luz.
Los chavales lo respetan sin saber por qué.
Cuando fichó Pol, el primer día le asignaron el banquillo de en medio y él miró el mío y dijo que aquello era un trono.
Le expliqué que era un sitio frío junto a una puerta.
Dijo que eso era exactamente lo que diría un rey modesto. Así era Pol.
Lo de «el abuelo» hay que explicarlo una vez, para que conste.
Me lo pusieron los chavales la temporada del ascenso, cuando cumplí treinta y cinco y seguía ganando los ejercicios de resistencia.
Al principio me picó; después entendí las reglas del apodo, que son dos.
Primera: yo puedo usarlo de mí mismo todas las veces que quiera, y lo uso, porque quitárselo de la boca a los demás empieza por ponérselo uno en la propia.
Segunda: nadie lo usa con lástima. La lástima está prohibida en mi vestuario con la misma fuerza con la que está prohibido llegar tarde.
El día que alguien me diga «abuelo» con cara de pobrecito, ese día cuelgo los patines.
De momento nadie se ha atrevido, y creo que no es por miedo a mí, sino por miedo a lo que diría el hielo.
A las nueve y media, duchado y con la ropa de calle, me citaron en la sala de reuniones de arriba. Eran JR y Balaguer, y cuando esos dos te citan juntos un miércoles por la mañana no es para felicitarte el año nuevo.
La sala de reuniones de la Pista Norte es un cuarto con una mesa de melamina, ocho sillas que no hacen juego y una foto del equipo del ascenso ocupando media pared.
En la foto salgo el último de la fila, con la copa casi tapándome la cara.
Balaguer estaba sentado delante de la foto con una carpeta de tapa dura —hay muchas carpetas en mi vida últimamente, he aprendido a distinguirlas por el grosor, igual que los entrenadores distinguen a los rivales por la manera de calentar— y JR estaba de pie junto a la ventana, mirando el hielo, con las manos a la espalda.
JR mira el hielo como otros miran el mar: sabe que está ahí aunque cierre los ojos.
—Siéntate, Raúl —dijo Balaguer—. Esto es rápido.
No fue rápido, pero fue claro. Balaguer abrió la carpeta y me enseñó números.
Mi ficha, que es de las más altas de la plantilla después de la de los extranjeros.
La prima del seguro médico colectivo, que había subido dos dígitos desde que yo me rompí la rodilla por tercera vez.
Una columna titulada «escenario no renovación» en la que todo bajaba: la ficha desaparecía, la prima se enfriaba, el presupuesto respiraba.
Balaguer no es un mal hombre; es un hombre que ve el mundo en columnas y las columnas le dicen que yo soy una fila que estorba.
—No estoy diciendo nada que no sepas —dijo—.
Santa Brígida ha abierto revisión. El patrocinio de la manga y la póliza van en el mismo saco, y actuarial te ha puesto una etiqueta.
—No me dijo cuál; no hacía falta—. Si el club no renueva, la clínica baja la prima y renueva el patrocinio sin ruido.
Si el club renueva, hay que justificarlo delante de un comité con algo más que nostalgia.
Y la nostalgia, Raúl, no cierra balances.
—Terminaste —dijo JR, sin volverse desde la ventana.
—Estoy exponiendo.
—Estás exponiendo como un contable en un funeral.
—JR se volvió entonces. Tiene cincuenta y ocho años y una cara que ha visto todas las derrotas posibles y algunas victorias, y cuando habla despacio es que la cosa importa—.
Raúl, yo vi jugar a tu padre en la pista de la Ciudad Deportiva cuando yo era un crío y él era un crío también.
Eso no vale para renovarte, y tú lo sabes mejor que nadie, así que no lo voy a usar.
Lo que vale es esto: el hielo no perdona.
Nunca perdonó a nadie. Pero la gente sí, si la gente tiene motivos.
—Señaló la carpeta de Balaguer sin mirarla—.
Federico necesita motivos que quepan en una columna.
Tú necesitas tiempo para fabricarlos. Ocho semanas.
Hasta el quince de marzo. El comité de la clínica se sienta después, y hasta entonces nadie toma ninguna decisión.
—¿Ocho semanas para qué, exactamente? —pregunté, aunque ya lo sabía.
—Para demostrar valor de renovación —dijo Balaguer—.
La clínica ha puesto a alguien a medirte.
Una rehabilitadora suya, destinada al club.
Su informe pesa la mitad del expediente.
—Cerró la carpeta—. La otra mitad la pones tú en el hielo, y en las actividades de patrocinio que marketing te pida.
Todas. Sin excepciones. Son parte del paquete.
—¿Actividades de patrocinio?