Capítulo primero — La carpeta amarilla #3
Se detuvo en mitad de la sala y me miró con algo nuevo en la cara. No era simpatía. Era el reconocimiento de un profesional a otro, que es la única moneda que circula de verdad en las salas de rehabilitación.
—Diez meses —dijo— y es la primera vez que alguien me pilla el hombro.
—Apúntelo en su columna de olores.
—No. Eso va en la otra. —Sonrió otra vez, y esta vez la sonrisa llegó un poco más arriba—. La de las cosas que me gustan.
Cuando salió, cojeando solo lo justo para que no se notara en el pasillo —los veteranos cojean dentro de las salas y caminan fuera, es una regla no escrita de la especie—, me quedé con la hoja de mediciones en la mano y la sensación incómoda de que aquel hombre había leído mi carpeta mejor que yo su rodilla.
Él sabía qué era la raya amarilla. Sabía qué significaba que le cambiaran de rehabilitadora en enero, con la temporada en su recta final.
Había dicho «de evaluación, qué palabra tan limpia» y con eso me había dicho que él hacía tiempo que había entendido lo que a mí me había costado un café con Vallejo entender: que no estaba evaluando una rodilla.
Estaba evaluando si un hombre entero seguía mereciendo la pena, con margen y sin él.
Por la tarde, con la consulta cerrada, me llevé la carpeta gris a mi mesa y la leí entera, de la primera a la última página, como me había ordenado la mano izquierda de Vallejo.
El historial quirúrgico. Los informes de Marta de la primera y la segunda rehabilitación —letra redonda, conclusiones sobrias, sin una floritura—.
Los partes de la tercera: Gijón, febrero del año pasado, un giro sin contacto, el peor tipo de rotura, la que no puedes echarle la culpa a ningún rival.
La operación de marzo. Las curvas de recuperación mes a mes, tan limpias que daban envidia.
El alta de diciembre firmada por Marta: «aptitud para contacto pleno», y debajo, en observaciones, una frase que subrayé dos veces: «el paciente refiere dolor funcional cero; recomendable monitorización de carga en competición por historial».
El paciente refiere. En nuestro idioma, esa construcción significa: esto es lo que él dice, y lo que él dice es lo único que tenemos.
Y luego llegué a la última parte de la carpeta. La parte que no era médica.
El departamento de marketing había adjuntado su propio dossier: recortes, métricas de audiencia, la campaña del año pasado, «Historias que rehabilitan».
Y al final, las condiciones del patrocinio de manga, con sus ochenta mil euros por temporada y su cláusula de revisión conjunta.
Ahí estaba, en el punto tercero del anexo administrativo, la frase que me quitó las ganas de cenar:
«La evaluación individual del expediente A-2029/014 se incorporará como documento técnico vinculante al expediente general de renovación del patrocinio de manga (80.000 €/temporada) y de la póliza colectiva, de modo que ambos procedimientos se resolverán de forma conjunta.»
Lo leí tres veces. De forma conjunta. Si mi informe decía que Raúl Cuesta no merecía la renovación, el club no solo se ahorraba su ficha.
La aseguradora bajaba la prima del equipo entero.
Y el departamento de actuarial podía ir al comité de marzo con un argumento redondo: renuncien al jugador de alta exposición, y les salen más baratas las dos cosas.
Recortar a aquel hombre no era un coste: era un descuento. Un dos por uno.
En la raya amarilla del lomo, alguien había escrito ocho semanas.
Ocho semanas para medir a un hombre y dictaminar cuánto valía.
En la pantalla del ordenador, la hoja de cálculo de la primera sesión esperaba con sus celdas vacías: perímetro, flexión, simetría.
Números pequeños y obedientes, cada uno en su celda.
Pensé en él apagando el cronómetro sin mirarlo, a los quince minutos exactos. Ni uno más. El hielo también es dato.
Pensé en la frase con la que me había recibido: dígame de qué número tengo que reírme.
Y entendí, con una claridad que no me gustó nada, que el hombre del expediente A-2029/014 llevaba años riéndose de sus números porque era la única manera de que los números no se rieran antes que él.
Y que mi trabajo, durante ocho semanas, consistía en producir más números, buenos o malos, para que otras personas decidieran en una sala en la que él no iba a estar sentado.
Cerré la carpeta. La raya amarilla me quedó un rato flotando en la retina, igual que las luces del pabellón se quedan flotando después de mirarlas de más.
En mi cuaderno privado —el de verdad, el que no se archiva en ningún sistema— escribí la fecha y una sola línea:
«Martes nueve de enero. Expediente A-2029/014. El paciente cronometra su propio hielo. Hipótesis: sabe lo que hay en la carpeta.»
Debajo, después de un rato, añadí otra:
«Nota: no reírme de ningún número hasta comprobarlo dos veces.»
Era mi manera de decirme que aquel hombre ya me había ganado la primera medición. Que yo le había tomado el perímetro a la rodilla, pero él me había tomado algo a mí, y todavía no sabía en qué columna apuntarlo, ni si existía esa columna en ninguna de mis tablas.