Último periodo (Los del hielo 3) Capítulo primero — La carpeta amarilla #2
4%

Capítulo primero — La carpeta amarilla #2

En la piel de la rodilla, por encima de la cicatriz en forma de dos líneas paralelas que le bajaba de la cara interna, tenía tres marcas hechas con rotulador dermatográfico morado.

Uno, dos, tres. Pequeñas, ordenadas, a un dedo de distancia una de otra.

Puntos de referencia para medir la inflamación con cinta métrica siempre en el mismo sitio.

Yo enseñaba ese truco a los residentes. Él no lo había aprendido de ningún residente: lo había aprendido de once meses de rehabilitación, dos veces, y de un tercer asalto que llevaba diez meses.

Levantó la vista cuando cerré la puerta.

Treinta y seis años, aunque en la ficha el número parecía más grande que en persona; la cara de un hombre que se afeita por las mañanas sin pensárselo demasiado, canas en las sienes no por elegancia sino por descuido, y unos ojos claros que me hicieron el repaso completo en un segundo: bata, cara, carpeta gris con la raya amarilla del lomo asomando por la mesilla de instrumentos.

Se detuvo en la raya amarilla medio segundo de más.

Y entonces sonrió, y fue una sonrisa sin ninguna ilusión, y dijo:

—Dígame de qué número tengo que reírme.

—Perdón.

—De qué número. —Levantó el móvil con el cronómetro—.

Llevo diez meses siendo números. Grados de flexión, centímetros de perímetro, segundos de extensión, porcentaje de simetría con la pierna buena.

Cada vez que entra alguien nuevo con una carpeta, es que hay un número que no gusta.

Así que ahórrese la cara de circunstancias y dígame de cuál se trata, que ya me río yo.

Soy muy profesional riéndome de mis números.

Llevo entrenándome desde los veintiséis.

Me quedé un momento en la puerta con la carpeta en la mano. En mi cabeza, donde otras personas guardan frases de consuelo, yo guardo tablas de referencia, y ninguna de mis tablas tenía una columna para esa entrada.

—Míster Cuesta—

—Raúl. Míster es el entrenador, y el entrenador tiene mejor rodilla que yo. —Hizo una pausa—. Usted es la nueva de mantenimiento.

—Noa Bermejo. Rehabilitadora. Y no vengo de mantenimiento. —Dejé la carpeta sobre la mesilla—. Vengo de evaluación. A partir de hoy le llevo yo.

No preguntó por qué. Se limitó a mirar otra vez la raya amarilla del lomo, y algo en su cara hizo un cálculo muy rápido y muy silencioso, y el resultado de ese cálculo fue que la sonrisa se le quedó en un sitio más pequeño.

—Vaya —dijo—. De evaluación. Qué palabra tan limpia.

—¿Quiere la versión sucia?

—Siempre. La limpia ya me la sé.

Me senté en el taburete, de cara a él, y pensé en lo que Vallejo me había dicho cuarenta minutos antes: usted no está aquí para redondear.

Pensé en mi padre, aunque no quería pensar en mi padre a esas horas de la mañana, en una sala de hielo que olía a eucalipto.

Pensé en todas las veces que de niña le había oído repetir por teléfono, a mi madre, a su hermano, a su representante: «Dice el doctor que va bien, que es cuestión de paciencia».

Y cómo la paciencia se fue acabando y el doctor siguió diciendo que iba bien, porque ir bien era más fácil de decir que la verdad, hasta que la carrera de mi padre se acabó en un banquillo de Segunda B con treinta y cuatro años y una rodilla a la que le habían ido redondeando el diagnóstico hasta que ya no quedó nada que redondear.

A mí nadie me redondea nada desde entonces. Y yo no le redondeo nada a nadie. Es lo único que sé hacer que vale la pena.

—La versión sucia —dije— es que la aseguradora cree que usted es un riesgo con patines.

La clínica tiene que decidir en ocho semanas si recomienda al club que le renueve, y me han pedido a mí el informe.

Ocho semanas de mediciones, tests y sesiones.

Usted me da acceso total a sus datos —entrenamiento, dolor, sueño, lo que sea que su rodilla tenga que decir— y yo le doy a usted la única cosa que tengo: no le voy a redondear nada.

Ni para bien ni para mal. Si la flexión da noventa y dos, no escribiré noventa y cinco porque quede mejor.

Si mejora, lo verá en los números el mismo día que yo.

Si empeora, igual. ¿Le parece un trato justo?

Se quedó mirándome. El cronómetro del móvil llegó a quince minutos y empezó a pitar, un pitido agudo de cocina barata, y él lo apagó con el pulgar sin mirarlo.

Con las dos manos, despacio, soltó la venda elástica, levantó la bolsa de hielo —la piel de debajo roja y fría, con la cicatriz blanca como un trazo de tiza— y la dejó caer en la cubeta con un golpe sordo.

—Quince minutos —dijo—. Ni uno más. El hielo también es dato, señorita Bermejo.

—Noa.

—Noa. —Repitió el nombre igual que se prueba un disco nuevo, con cuidado, en la punta del stick—. ¿Sabe cuántas veces me han dicho eso de «no le voy a redondear nada»? Tres. Las tres me mintieron. Dos porque me querían bien y una porque me quería fuera. ¿Usted en cuál de las tres encaja?

—En ninguna. Yo no le quiero ni bien ni fuera.

Usted es un expediente con ocho semanas de plazo.

—Abrí la carpeta, saqué la hoja de protocolo y le tendí un bolígrafo—.

Consentimiento informado para el programa de evaluación.

Léalo entero. La letra pequeña también, que es donde vivimos los de mi gremio.

Lo leyó entero. Le llevó cuatro minutos, y en esos cuatro minutos tuve tiempo de hacer mi propia evaluación, la que no se firma: manos de defensa, grandes y con los nudillos deformados por los bloqueos; las venas del antebrazo marcadas; una alianza que ya no estaba pero cuya marca sí, un cerco más claro en el anular de la mano izquierda, blanquecino contra el moreno del invierno.

Divorciado reciente, decía la ficha. Una hija.

Treinta y seis años y una rodilla que había costado, sumando las tres reconstrucciones, lo que un piso pequeño en Vicálvaro, que era de donde él era y adonde, según los periódicos, volvía andando después de cada partido cuando era un crío.

Firmó. Con nombre completo, letra de médico a la inversa: legible, despacio, como si firmar fuera también una forma de entrenamiento.

—¿Sabía que la sala huele a eucalipto? —dijo mientras me devolvía la hoja—. Diez meses viniendo y todavía no sé si me gusta o me revuelve el estómago. Las dos cosas las apunta uno en la misma columna, ¿no?

—Yo las apuntaría en dos. Los olores no tienen nada que ver con la función.

—Todo tiene que ver con todo, Noa. Eso es lo primero que te enseña una rodilla rota.

—Se bajó de la camilla con cuidado, probando el peso en la pierna derecha medio segundo antes de soltar el otro pie, un gesto tan rehecho que ya no era gesto sino gramática—.

El hielo, la escalera del portal, el autobús de los partidos, la cama.

Todo pasa por aquí antes. —Se señaló la rodilla—.

Usted mide esto. Pero esto mide todo lo demás. Acuérdese de esa tabla.

Le hice la primera medición aquella misma mañana, porque no creo en dejar para mañana lo que puede quedar registrado hoy.

Perímetro en los tres puntos marcados: 41,2, 38,7, 36,1.

Flexión activa: ciento veintiocho grados.

Extensión: completa, con un chasquido al final que no le hizo cambiar la cara, lo cual me dijo más que el goniómetro.

Simetría de cuádriceps respecto a la pierna sana: ochenta y cuatro por ciento.

Para un hombre de veinticinco años con una sola reconstrucción, habría sido un dato mediocre.

Para lo que él era —tercera reconstrucción, diez meses de vuelta, treinta y seis años— era casi milagroso, y se lo dije.

—Casi —repitió—. Quédese con el casi. El milagro es otra tabla.

Le pedí que caminara por la sala, del armario a la ventana, seis pasos, ida y vuelta.

Lo hizo con la naturalidad estudiada de quien ha repetido el ejercicio cientos de veces y sabe exactamente qué es lo que el observador busca: la fase de apoyo, la simetría de la zancada, el microsegundo de duda al cargar el peso.

En la vuelta, en el cuarto paso, le vi la compensación: el hombro derecho bajando un milímetro para quitarle carga a la pierna.

Un milímetro. La mayoría de mis compañeros no lo habrían visto ni señalándolo con el dedo.

—El hombro —dije.

—¿Qué tiene el hombro?

—Que está trabajando para la rodilla. Lo hace todo el mundo después de una reconstrucción. El problema es que usted no lo hace como todo el mundo: lo hace tan bien que casi parece que no cojea.