Último periodo (Los del hielo 3) Capítulo primero — La carpeta amarilla
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Último periodo (Los del hielo 3)

Último periodo (Los del hielo 3)

Por Nora Valdavia

© inepub.com

Capítulo primero — La carpeta amarilla

La carpeta llegó a mi mesa a las ocho y doce de la mañana de un martes, depositada por la mano izquierda de la doctora Vallejo, que es la mano que ella usa para las cosas que no admiten discusión.

La mano derecha es para los informes rutinarios, los partes de alta, las felicitaciones de fin de año. La izquierda es para lo otro.

—Léala entera, Bermejo. Con calma. Y luego me dice si acepta.

No preguntó si tenía tiempo. En Santa Brígida nadie pregunta si tienes tiempo; se da por hecho que el tiempo es un recurso que se administra, igual que el hielo de las máquinas de crioterapia, y que si algo se te desborda es culpa de tu planificación.

Yo llevaba tres años y cuatro meses destinada en la unidad de rehabilitación deportiva de la Clínica Santa Brígida, y de esos tres años, dos los había pasado media jornada en la Pista Norte, el pabellón que los Árticos de Madrid habían levantado dentro de un antiguo parque logístico al norte de la ciudad.

La clínica patrocinaba al equipo —el logo bordado en la manga de la camiseta, ochenta mil euros por temporada— y a cambio ponía sobre el hielo a una rehabilitadora de plantilla.

Yo era esa rehabilitadora. Mi trabajo consistía, según el contrato, en «programas de readaptación funcional de la plantilla profesional».

Mi trabajo consistía, según la realidad, en conocer las rodillas de veintitrés hombres mejor que sus propias madres.

Abrí la carpeta sobre la mesa, junto al teclado, y lo primero que vi fue la fotocopia de una carta con membrete del departamento de actuarial.

Fechada a finales de diciembre, con sello de entrada de la primera semana de enero.

Alguien —supe después que el propio director médico— había pasado un rotulador amarillo sobre una línea y media del segundo párrafo.

«Se procede a la apertura de revisión de valor de renovación del contrato de patrocinio y de la póliza colectiva de asistencia sanitaria deportiva, conforme al procedimiento interno P-17.

La presente revisión incluirá, de forma conjunta, la evaluación del patrocinio de manga (80.

000 €/temporada) y el análisis de exposición al riesgo de la plantilla asegurada.

Se requiere informe técnico de valor de renovación para el expediente individual adjunto. »

Debajo, la ficha.

«Cuesta Alonso, Raúl. 36 años. Defensa. Tercera rotura de ligamento cruzado anterior, rodilla derecha (febrero 2028). Reconstrucción con autoinjerto de isquiotibiales (marzo 2028). Alta para contacto pleno: diciembre 2028. Historial: LCA 2018, LCA 2023, misma rodilla.»

Y junto a esa línea, escrito a bolígrafo azul, con una caligrafía inclinada que no pertenecía a nadie de mi planta:

«Alta exposición.»

Dos palabras. En actuarial no se escribe «este hombre está acabado», ni «este hombre nos cuesta dinero», ni «este hombre tiene treinta y seis años y una rodilla que ya se ha roto tres veces y la probabilidad de una cuarta factura de seis cifras nos quita el sueño».

Se escribe «alta exposición», que quiere decir exactamente todo eso, pero cabe en el margen.

Leí la ficha dos veces. Conocía esa rodilla.

Todo el mundo en la casa conocía esa rodilla, de la misma manera que en un pueblo se conoce el campanario: estaba ahí desde antes que tú, y daba la hora.

Raúl Cuesta era el primer jugador de la historia de los Árticos, el que había fichado cuando el equipo jugaba en segunda y se entrenaba a las once de la noche porque el hielo barato era el de última hora.

El que había subido con ellos a la liga grande la temporada pasada.

El que en febrero, en un partido en Gijón, había apoyado la pierna derecha para un giro que había hecho mil veces y la rodilla había dicho que no por tercera vez.

Yo no le había llevado nunca el caso. Las estrellas y los recién operados eran de Marta Cifuentes, la jefa de fisioterapia del club, que tenía mano de oro y paciencia de santo, y que aquella mañana —lo supe por el pasillo— estaba arriba, en la cuarta planta de hospitalización, con el recién operado de hombro del que hablaba toda la clínica.

A Cuesta, desde su vuelta a la competición en diciembre, le tocaba mantenimiento con el equipo de guardia.

Mantenimiento: la palabra que usamos cuando un cuerpo ya hizo todo lo que la medicina podía hacer por él y lo que queda es papeleo y gimnasio.

Hasta aquel martes.

Vallejo volvió a las ocho y media con un café en cada mano, se sentó al otro lado de mi mesa sin pedir permiso —era su mesa también, su planta, su clínica— y me dejó el café más cargado.

—Ya ha leído la letra pequeña.

—La de amarillo.

—La de amarillo es la de actuarial. La mía es la del lomo.

—Señaló el «ocho semanas» manuscrito—. Ocho semanas, Bermejo.

El comité de renovación se sienta a mediados de marzo.

Patrocinio de manga y póliza colectiva van en el mismo paquete, y actuarial ha marcado al señor Cuesta como el paciente que más pesa en la prima.

Lo que usted me entregue va a ser la mitad de la argumentación.

La otra mitad la pone marketing, y ya sabe lo que vale la argumentación de marketing cuando a los números les da por ponerse serios.

—¿Qué es exactamente lo que tengo que evaluar?

—Valor de renovación. —Vallejo tenía una manera de repetir las palabras del otro que las convertía en algo más pesado, igual que se pesa un disco antes de lanzarlo—.

No me refiero a si la rodilla está bien o mal.

La rodilla está lo que está, y de eso ya hay cuatrocientas páginas de historial.

Me refiero a si el club, la clínica y la póliza salen ganando o perdiendo si ese hombre juega un año más.

Minutos, disponibilidad, proyección de bajas, coste esperado.

Y algo que no sale en ninguna tabla: para qué sirve.

Los jugadores de treinta y seis años no se miden igual que los de veintiséis. Usted decide con qué se miden.

—¿Y si mi conclusión es que no sale a cuenta?

—Entonces me lo trae con los números por delante y el club no renueva. —Dio un sorbo al café—. Usted no está aquí para redondear, Bermejo. Está aquí porque de los once rehabilitadores de esta planta es la única que jamás me ha maquillado un parte. No empiece ahora.

—Los datos no se cuidan redondeándolos —dije—. Se cuidan diciéndolos enteros. Es lo único que sé hacer de verdad, doctora.

Hay frases que se te quedan pegadas al esternón y no se despegan en todo el día. La suya fue una. La mía, supe después, también se quedó pegada en algún sitio.

A las nueve empezaba la consulta y la clínica entera tenía un zumbido raro, de avispero removido.

Lo noté nada más salir al pasillo: dos administrativas hablando más bajo de lo normal junto al ascensor, un celador con el móvil en la mano mirando un vídeo con cara de circunstancias, y en la sala de espera de rehabilitación tres madres con niños escayolados que miraban todas hacia el mismo punto del techo, como si por allí fuera a bajar alguien importante.

El motivo tenía nombre y apellidos y ayer había salido en todos los telediarios deportivos: Pol Ferrer, el fichaje estrella de los Árticos, internacional en ciernes, operado la víspera del hombro derecho en nuestro quirófano dos, planta cuarta, habitación con vistas al aparcamiento.

Primera jornada postoperatoria. La cuarta planta llevaba desde las siete con las visitas cortadas y un vigilante extra en el ascensor, porque al parecer media redacción de los periódicos deportivos del país había intentado subir con ramos de flores de atrezo.

Yo no tenía nada que ver con ese caso. Marta llevaba todo lo del hombro —había sido ella quien firmó el parte quirúrgico, ella quien dormía en el hospital, según decían, y nadie en la clínica se atrevía a comentar en voz alta qué clase de vínculo hacía que una jefa de fisioterapia se quedara a dormir en el sillón de una habitación de hospitalización—.

A las nueve y veinte la vi cruzar el fondo del pasillo con la bata mal abrochada y el pelo recogido en un moño que llevaba demasiadas horas puesto, dos cafés en una bandeja de cartón.

Me vio, levantó la barbilla a modo de saludo y siguió andando hacia los ascensores con el paso de quien ha aprendido a no correr nunca delante de los pacientes.

Mi primer paciente de la mañana era una portera de hockey hierba de cincuenta y dos años con el menisco recién mimado. El segundo, un chaval de dieciséis con el tobillo como una berenjena. A las once y cuarto, el ordenador me escupió el tercer nombre de la agenda y tuve que mirarlo dos veces.

«Cuesta, Raúl. Crioterapia + control funcional. Sala de hielo 2.»

Alguien —de nuevo la mano izquierda de Vallejo, supuse— había movido sus sesiones de mantenimiento al equipo de guardia y me las había endosado a mí. Desde aquel martes, la rodilla más famosa de la casa era mía. O yo era suya, que nunca se sabe con los expedientes.

La sala de hielo 2 era la más pequeña de las tres salas de crioterapia, un cuarto de azulejo blanco con dos camillas, una máquina de compresión fría y un armario de bolsas de gel que olía levemente a plástico y a eucalipto.

Cuando entré, él ya estaba allí. Sentado en la camilla de la ventana, con el pantalón de chándal subido por encima de la rodilla derecha, una toalla doblada bajo el muslo y una bolsa de hielo sujeta con una venda elástica que se había enrollado él mismo, con una tensión que delataba años de oficio.

En la mano izquierda tenía el móvil con el cronómetro en marcha.

Catorce minutos y pico. Miré la hora de la pared e hice la resta: se había puesto el hielo a la hora exacta de su cita, no cuando le tocó entrar. La cita era para evaluación, no para hielo; el hielo se lo había puesto por su cuenta, como quien llega a una reunión con los deberes hechos.