Último periodo (Los del hielo 3) Capítulo segundo — El abuelo #3
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Capítulo segundo — El abuelo #3

—La juegas igual —dijo Marta—. Solo que más despacio.

—Eso lo dices porque no has visto mi juego lento —rio él, pero se le quedó a medias.

Me quedé mirando los dos cafés, el cabestrillo, el moño de dos días, la luz blanca de la habitación.

Diez meses antes yo había estado en una cama igual, en esa misma planta, con la pierna en una máquina que la doblaba por mí, haciéndome el gracioso para que los que venían a verme no se llevaran mi miedo de recuerdo.

Reconocí en la cara de Pol el momento exacto: el de la primera cuenta.

La primera vez que haces la cuenta de verdad, no la de los titulares.

La de cuántos años te quedan, y cuántas veces más puede el cuerpo pagar la entrada.

—Los huesos también juegan al póker —dije—. Lo que pasa es que no farolean. Cuando dicen que tienen mala mano, es que la tienen. Pero tú no eres tus huesos, Pol. Tú eres el que sabe cuándo retirarse y cuándo subir. Eso no te lo opera nadie.

Marta levantó la vista del portátil por primera vez en media hora y me miró como se mira un dato inesperado. Pol no dijo nada un rato, y luego asintió, despacio, con la cara vuelta hacia la ventana del aparcamiento.

—El abuelo —dijo al fin—. Se va uno a operar y el vestuario queda en buenas manos.

—El vestuario queda en manos de Eugenia y el grupo del autobús, que es peor.

—Cuenta, cuenta —dijo Pol, incorporándose medio centímetro con una mueca—. ¿Cómo está la rodilla del edificio más viejo de la liga?

—La rodilla está en obras —dije—. Como tu hombro, pero con más años de antigüedad declarada.

—Mi hombro es una obra de arte contemporáneo. Tu rodilla es un edificio protegido. —Se acomodó en la almohada—. ¿Y es verdad lo que dice Marta, que te han puesto una rehabilitadora nueva?

—Una evaluadora —dije—. Me mide para la renovación.

Marta, desde el sillón, sin levantar la vista del portátil:

—Noa Bermejo. La mejor de la planta después de mí, y lo digo con la modestia que me caracteriza. No te va a regalar ni un grado de flexión, Raúl. Es de las que miden dos veces y anotan una.

—Pues que mida —dije—. Yo no tengo nada que esconder.

Pol y Marta se miraron. Un medio segundo, nada más, pero yo lo vi, porque llevo veinte años viendo las miradas de los vestuarios y las de los hospitales son primas hermanas. La mirada decía: todos tenemos algo que esconder, y todos acabamos midiéndonoslo con alguien.

—¿Qué? —dije.

—Nada —dijo Pol, y sonrió con la cara de la partida—. Que la verdad, abuelo, es el único farol que no se puede pagar. Cuídate.

A la una menos diez, la enfermera entró con la medicación del mediodía y Marta aprovechó para acompañarme al ascensor, que era su manera de estirar las piernas sin admitir que las necesitaba estirar. En el pasillo, con las puertas del ascensor esperando, me dijo bajito:

—Gracias por lo de los huesos. Lleva dos días haciéndose el gracioso y necesitaba que alguien le hablara en serio sin ser yo. Conmigo solo cuenta cartas malas.

—Conmigo también, al principio. Luego aprende uno.

—¿Aprende? —Me miró con los ojos de la evaluadora de medio vestuario, los que no regalan optimismo—. Tu rodilla está bien, Raúl. La he visto en los informes de diciembre. Cuídala como si fuera la última, porque lo es.

—Lo sé —dije.

—Lo sabes. —Apretó el botón del ascensor por mí, y con eso dio por cerrada la consulta—. Eso es lo que me preocupa.

Bajé a la primera planta a la una. Tenía la tarde libre, el cuerpo razonablemente contento con la mañana, y la cabeza dándole vueltas a las ocho semanas de JR, a la columna de Balaguer, a la etiqueta que no me habían querido leer en voz alta.

En la puerta de la sala de hielo 2, apoyada en el marco con una carpeta bajo el brazo —la gris, la de la raya amarilla—, estaba Noa Bermejo. Miró su reloj, luego a mí, y no perdió tiempo en saludos, que ya empezaba a sospechar que era su estilo.

—Señor Cuesta. Raúl. ¿Tiene cinco minutos?

—Para usted, ocho. Que hoy la rodilla anda generosa.

No rio. Sacó de la carpeta un impreso de varias hojas grapadas y me lo tendió con las dos manos, como se entrega algo que pesa más que el papel. Leí el título de la primera página y el mundo hizo una pausa pequeña, de esas que no llegan a ser drama pero ordenan los muebles.

«Protocolo de convivencia pública.»

—Es una propuesta —dijo ella, y por primera vez desde que la conocí le vi algo parecido al nerviosismo, escondido detrás de las palabras técnicas—.

No es médico. Es la otra mitad de su expediente.

Léalo en casa, con calma. Mañana viernes, a las seis, si le parece, lo comentamos en la cafetería de la clínica.

Me quedé con el impreso en la mano mientras ella se alejaba por el pasillo con su paso recto de regla, y pensé que en esta vida te operan tres veces la misma rodilla, te divorcias, te subes a un equipo de segunda y subes con él a primera, y crees que ya lo has visto todo en materia de contratos.

Y entonces alguien te entrega un papel que se llama «Protocolo de convivencia pública» y entiendes que no. Que todavía te quedaba por firmar lo más raro.