Último dragón: Ciclo Origen – Libro II (Crónicas hechiceras 2) Capítulo IX
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Capítulo IX

Si bien el camino por el risco fue lento y tedioso, por lo menos, también lo sería para los grupos que se aproximaban a la zaga, todavía bastante remotos. Trataron de ocultarse mientras avanzaban; no obstante, era obvio que sus perseguidores conocían la ruta.

—Alguien tuvo que decírselo —gruñó Viviane por lo bajo cuando terminaron la sección peligrosa del sendero—, un miembro de nuestra comunidad.

Ektor se encogió de hombros.

—Sabíamos de la posibilidad de espías en nuestra congregación.

—Fuimos cuidadosos.

—Lo sé —dijo Ektor—. No es importante, en este momento, determinar cómo lo descubrieron, sino llegar a los dragones y…

Calló, porque ignoraba el paso siguiente; si alguno hablaba, le explicaría la situación.

—Allí —indicó una hechicera; pese a que aún faltaba un trecho hacia abajo, ya se distinguía el valle hundido entre las montañas donde deambulaban unos treinta reptiles.

—¡Rápido! —exclamó Ektor y corrió cuesta abajo, seguido por el resto. Evitó mirar por sobre su hombro para ver dónde estaban los otros grupos.

Se acercaron lo suficiente al montón de dragones para notar que eran jóvenes. Ektor no divisó ninguno similar al parlante. Se arrimó más y algunos reaccionaron con violencia. Retrocedió.

—¿Lo viste? —preguntó Viviane a su lado.

—¿Qué?

Ella señaló en una dirección y a Ektor se le aceleró el corazón. Había un nido lleno de huevos, por lo menos, una decena.

—¿Qué hacemos? —inquirió uno de los hechiceros.

Ektor vaciló.

—Si…, si los movemos…, los dragones los seguirán.

Viviane negó con la cabeza.

—Son muchos huevos y demasiados adultos para distraer mientras los acarreamos. Además, ¿a dónde los llevaríamos?

Ektor se mordió el labio.

—Quizás…, podamos esconderlos.

—¿Cómo?

—Leí sobre un encantamiento…

—¿Lo probaste?

Ektor volvió a titubear.

—¡Ya están aquí! —informó la hechicera.

—¿Cómo…, dónde? —Ektor se giró—. No pudieron llegar tan rápido.

Nadie tuvo tiempo de formular una respuesta; una pared de fuego los rodeó casi por completo y se oyó el aleteo furioso de los dragones. Lograron escapar y mantenerse juntos. Si bien intentaron alcanzar el nido, estaba cercado por unos cuantos de los reptiles más grandes.

—Tenemos que protegerlos —expresó Ektor y los otros asintieron, aunque ellos solo eran cuatro jóvenes y estaba claro que sus contrincantes los superaban en número.

Luego de las flamas, surgió un agudo viento que los empujó unos metros y, poco después, hubo un estallido de luz.

—¿Qué fue eso? —preguntó Viviane guiñando los ojos.

Ektor parpadeó y vio que, prácticamente, tenían a los magos encima.

—¡Cuidado! —advirtió cuando una nueva ráfaga de fuego se dirigió en su dirección; al instante, sintió que lo empujaban a un lado.

—¿Qué…? —profirió Viviane.

—Estamos aquí para ayudar —dijo una voz y Ektor reconoció a un integrante de las cofradías aliadas.

No consiguieron hablar, varios magos se aproximaban al círculo de dragones que resguardaba el nido. Ektor y los suyos corrieron para interceptarlos y él lanzó su primera llamarada.

Los siguientes minutos fueron intensos. Era la primera vez que tantas personas creaban magia en el mismo lugar, unos contra otros. Pronto, los envolvió un denso humo que oscureció el entorno.

Ektor perdió de vista a Viviane y a los hechiceros de su comunidad. En lo único que pensaba era en preservar los huevos; sin embargo, ni siquiera sabía dónde estaban. Realizó encantamientos hasta que se desplomó al suelo. Notó que muchos habían colapsado también.

A pesar de que, por un instante, lo tentó dejarse ir…, conjuró las fuerzas que le restaban y se puso de pie.

Se escuchaban ruidos y gritos amortiguados, pero faltaba el aleteo de dragones. Frunció el ceño y miró hacia arriba, no distinguió sombras entre las nubes.