Último dragón: Ciclo Origen – Libro II (Crónicas hechiceras 2) Capítulo X
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Capítulo X

Entornó los párpados y aguzó los oídos, el cielo estaba vacío de moradores.

Escudriñó en rededor y, pese a que registró manchas oscuras, desconocía qué eran.

Avanzó unos pasos en la espesa humareda y tropezó.

Se agachó a palpar la entidad inmóvil: humana.

Cerró los ojos un instante y suspiró. Revisó el cuerpo, no pertenecía a ninguno de sus compañeros.

Volvió a levantarse y caminó un poco más.

Apretó los labios para resistir las ganas de llamar a Viviane, no quería revelar su ubicación.

Ignoraba cuántos magos aún rondaban por allí.

Aunque, cada tanto, advertía chispazos, la densa bruma dificultaba la percepción.

Las cacofonías eran apagadas y resultaba difícil localizar de dónde provenían.

Se componían de gruñidos y exclamaciones de asombro cansinas; nadie hablaba.

Las palabras no habían tenido una oportunidad aquel día.

De repente, se topó con un organismo tan grande que no tuvo dudas de la especie. Y luego otro y…

—No —musitó y corrió; cayó al piso y sus manos tocaron los cascarones rotos—. No, no, no —repitió. Si bien casi no poseía energías para utilizar magia, consiguió proyectar un pequeño halo de claridad desde sus palmas. No importaba si se delataba, debía saberlo.

Lo que vio lo horrorizó: ningún huevo entero en un círculo de reptiles muertos.

—No —dijo una vez más y luego lo chilló—. ¡No! ¡Paren, paren! —aulló, con la luz en alto—. ¡Basta! ¡Los asesinaron a todos!

Tras varios minutos, los sonidos a su alrededor se calmaron y detectó que unos pasos se aproximaban; se preparó.

No obstante, quien surgió de la niebla fue el brujo aliado, junto a Viviane, quien sostenía a la joven de su comunidad.

Ektor se apresuró a su encuentro y buscó con la mirada al otro hechicero.

Viviane negó con la cabeza.

—Nosotros también tuvimos pérdidas —indicó el camarada—, así como nuestros enemigos; sin embargo, todavía quedan bastantes de ellos.

—Los dragones fallecieron y los huevos están destrozados —informó Ektor.

Los rostros de sus compañeros se petrificaron.

—¿Estás seguro? —preguntó Viviane.

—Sí, ningún cascarón… —a Ektor se le partió la voz— y hay tantos cadáveres… Nada vivo.

El brujo amigo se giró hacia la izquierda.

—Me pareció… —susurró y se movió en esa dirección.

Ektor y los demás lo siguieron.

—Sí, ahí. —Señaló una mole que se agitaba en el suelo.

Era un dragón muy joven, estaba herido y no podía alzar vuelo.

—¡Rápido! —exclamó Ektor y aceleró hacia el reptil—, debemos sacarlo de aquí.

El brujo aliado marchó a su par, Viviane y la hechicera lo hicieron con más lentitud. Antes de que llegaran al animal, aparecieron magos rivales.

—¡No! —vociferó Ektor y se abalanzó sobre ellos; ya no le quedaba magia, así que luchó con su cuerpo.

Sus contrincantes también estaban agotados y emitían pocos encantamientos de corto alcance. El brujo amigo aún lanzaba pequeñas llamaradas que apenas eran suficientes para contener a sus adversarios.

Ektor peleó con frenesí mientras intentaba no descuidar al dragón. Notó que Viviane se acercaba al reptil y ponía sus manos sobre él. Al distinguir el resplandor de la magia, Ektor se concentró en mantener a los enemigos lejos hasta que oyó el aleteo que anhelaba.

En ese momento, los magos rivales dirigieron sus ataques hacia el cielo.

Ektor rogó para que el dragón lograra huir. Cuando lo perdió de vista, buscó a Viviane. Corrió a su última ubicación.

Los magos hostiles habían cesado su embestida y el silencio se mezcló con la neblina.

—Debemos aprovechar a irnos ahora —dijo el brujo aliado.

—No —murmuró Ektor—. Viviane.

Rebuscó durante semanas después de que los demás se fueran.

Y regresó al pueblo solo.