Capítulo VII
—Tenemos que hacer algo —expresó Ektor mientras deambulaba por su estudio.
—Ignoramos a dónde fueron y carecemos de recursos para buscarlos. Bastante difícil fue conseguir que nos acompañaran esta mañana y tras lo sucedido con Gavin…
Ektor rechinó los dientes. Él tenía la culpa de eso, él sabía que la muchacha estaba en peligro, debería haberla presionado para que abandonara la granja, no debió dejarlos solos. Se mesó los cabellos.
Habían enterrado los cuerpos allí y regresado en silencio; algunos, asustados, otros, indignados. Los magos aliados se retiraron apenas pudieron.
—Tenemos que hacer algo —repitió Ektor.
—Esto podría generar problemas —murmuró Viviane—. Debemos prepararnos para un conflicto entre las cofradías.
Ektor detuvo su merodeo y se giró hacia ella con el ceño fruncido.
—No es la primera vez que un hechicero mata a otro de una comunidad diferente.
—No —respondió ella—; sin embargo, ahora las congregaciones están reconocidas, por el emperador, como un nuevo círculo de profesionales.
—¿Qué? —dijo Ektor—. Oh, lo había olvidado —sacudió la cabeza—, perdón… —Suspiró—. Y… ¿qué significa?
—Que tendremos derechos y también obligaciones; y que el grupo con mayor cantidad de integrantes acumulará recursos y dominio.
Ektor se mordió el labio.
—Entiendo.
—Sigues pensando en los dragones.
—Sí. —Titubeó—. Además…, cualquiera con ilimitadas crías a su disposición sería muy poderoso.
—Es cierto —concedió Viviane—, pero los experimentos fallaron.
—De momento. —Se frotó la nuca—. Si no podemos encontrarlos, la mejor forma de evitar que continúen es quitar de su alcance a todos los dragones del área.
—¡Esa es una tarea enorme! Bastante complicado es trasladarlos a zonas seguras.
—Quizás iniciar el proceso sea suficiente.
—¿A qué te refieres?
—Al fin y al cabo, son animales, como nosotros, los afectan las condiciones de su hábitat. Los humanos abandonamos un sitio cuando ya no nos conviene vivir ahí. Tiene que haber una manera de empujar a los dragones hacia las montañas, las más remotas y altas posibles.
—¿Cómo?
—No lo sé —miró alrededor— y no lo descubriré en esta habitación. —Se arrimó a Viviane y la tomó de las manos—. Si bien sé que no es el momento apropiado, tengo que realizar una pequeña excursión.
Viviane meditó durante unos segundos.
—De acuerdo. Iré contigo.
—Creo que uno de nosotros debería permanecer aquí —indicó Ektor.
—Jenifer es capaz de encargarse de las actividades necesarias en estos días; podemos ausentarnos una semana. Precisas ayuda y lo sabes.
Ektor vaciló un instante y luego asintió.
Les llevó unas cuantas jornadas localizar un asentamiento de dragones.
Hacía solo unos meses, era, en cierta medida, fácil toparse con ellos no muy distantes de las poblaciones humanas; ahora resultaba casi imposible.
A Ektor se le comprimió el corazón al pensar en lo que eso significaba, por más que le gustaba imaginárselos en la cordillera; cada tanto, encontraban algún cadáver y esas esperanzas se esfumaban en una bruma de dolor y culpabilidad.
No obstante, los habían hallado y debían concentrarse en la tarea.
Pese a que intentaron ahuyentarlos de múltiples modos, los alejaban unos kilómetros y, por la noche, volvían a acercarse. Avanzaban lento y las montañas eran un punto remoto en el horizonte.
Eran reptiles jóvenes; si sus estimaciones eran correctas, con la madurez suficiente para reproducirse. Como Ektor deseaba que no quedara ningún huevo olvidado, cada vez que los apartaban, revisaba el terreno.
—¿Buscas nuestras crías?
—Sí —contestó Ektor y luego arrugó el entrecejo. Alzó la vista. Había un dragón a unos metros. No lo oyó aproximarse—. ¿Puedes hablar?
—Diría que eso es evidente —manifestó el reptil sin mover el hocico.
Ektor se congeló durante varios minutos antes de reaccionar.
—Trato de proteger a los bebés —explicó—, de los demás.
—Mmm —gruñó el animal.