Capítulo V
—Ya lo sabemos —anunció Gavin al entrar en el estudio personal de Ektor, quien había comenzado a ordenar los papiros con sus anotaciones y aquellos recibidos de las cofradías amigas tras la reunión. Viviane había viajado junto a Jenifer.
—¿Qué? —preguntó Ektor.
—Los experimentos.
Ektor se irguió en la silla y le prestó completa atención al muchacho que, si bien tenía su misma edad, en ocasiones, se comportaba como si Ektor fuera su padre.
El joven sonrió y se sentó frente a Ektor, luego se puso serio.
—Desean inhibir el desarrollo de los bebés dragones.
—¿Evitar que crezcan? ¿Por qué?
—¿Quizás porque es conveniente? —Se encogió de hombros—. Son más fáciles de manejar; sobre todo, si te conocen desde que salen del cascarón.
Ektor recordó la calidez del primer dragón en sus brazos… Sacudió la cabeza.
—Si no llegan a adultos, no se reproducen. Sería el fin de los dragones —declaró.
Gavin se rascó el mentón.
—Eso es cierto —murmuró—, pero estoy seguro de esta información, confío en mi fuente. Le pediré que averigüe más.
—Por favor —respondió Ektor—. Ese objetivo carece de sentido.
—Iré ya mismo. —Se levantó de un salto.
Ektor vaciló.
—¿Puedo acompañarte?
El muchacho ensanchó los ojos.
—¡Claro! A ella le encantará.
Ektor apretó los labios y se puso de pie. Contuvo un suspiro y siguió al joven.
El pueblo donde se hallaba esa congregación se ubicaba a dos horas de viaje.
Ektor aprovechó a contemplar el paisaje.
Últimamente, pasaba demasiado tiempo recluido en alguna habitación, casi había olvidado cuánto le gustaban las caminatas al aire libre.
Y la libertad. Cuando vivía con su familia, siempre había creído que le otorgaban muy poca; ahora que el peso de varias responsabilidades caía sobre sus hombros, se daba cuenta de la cantidad de tranquilidad y de ocio que disfrutaba antes, jamás se había sentido tan abrumando como en aquellos meses.
Nunca se imaginó que añoraría su hogar, un sitio que había soñado con abandonar desde que recordaba.
Se cruzaron con escasa gente en el sendero; no obstante, Ektor detectó que, al menos, una tercera parte de las personas poseía magia y la utilizaba como si fuera normal.
«¿Acaso ninguno piensa en los riesgos o en las consecuencias?», se preguntó al ver a dos adolescentes correr con las manos al aire y pequeñas llamas en las palmas.
—Ella quiere conocerlo —comentó Gavin a su lado; lucía muy emocionado, aunque era obvio que no acostumbraba a montar a caballo.
—¿Es maga?
—No. Y tampoco lo desea. ¿No es raro?
—Supongo que lo es en estos días.
—Se nota que le atrae la magia, así que no entiendo… —Hizo una pausa—. Trabaja en el edificio de la cofradía cuando necesitan una limpieza profunda. Nunca se cruza con los hechiceros, siempre son cuartos vacíos. Sin embargo, a veces, capta retazos de sus conversaciones.
—No queremos que se exponga —expresó Ektor.
—No se preocupe, es muy cuidadosa —respondió el muchacho.
Ektor asintió.
Poco después, arribaron a la aldea. Era pequeña y las casas estaban bastante alejadas las unas de las otras. El joven lo guio hasta una diminuta granja al borde de la villa. En la choza, encontraron a una mujer de mediana edad con varios niños.
—Mi sobrina volverá en cualquier momento —informó la matrona con tono cansado y actitud recelosa.
—Esperaremos aquí fuera —dijo Gavin y se apartó de la entrada—. A su madre no le gustan los magos —le explicó a Ektor mientras atendían a los corceles.
Su amiga llegó unas horas más tarde, lucía agitada y tenía la vestimenta rota en algunos lugares.
—¿Qué pasó? —preguntó el muchacho.