Capítulo III
—¿Cómo te fue? —preguntó Ektor y alzó la vista del papiro que estaba redactando.
Torres de papeles se acumulaban sobre su escritorio.
Debía organizarlos; no obstante, de momento, solo anotaba cada descubrimiento que hacían dentro de su comunidad de magos y los hallazgos ajenos de los que se enteraban.
Hacía un mes que habían comprado la posada en la cual se alojaban, ahora eran dueños del edificio.
Había sido idea de uno de los integrantes de su grupo ofrecer algunos servicios mágicos y recibir un pago por ellos.
Después de todo, de esa manera funcionaban los círculos de oficios.
También les había ayudado a costear los crecientes gastos de su colectividad: comida, vestimenta, pergaminos y utensilios, así como el alquiler de los pocos libros a su alcance.
Viviane se dejó caer en la silla frente a él, lucía agotada y tenía la ropa muy sucia. Ektor detectó unos cuantos moretones y quemaduras.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —respondió ella y suspiró—. Logramos que no exterminaran el último nido existente entre este pueblo y el siguiente. Pudimos trasladar a varios de los dragones a una de las zonas seguras. —Inspiró—. Y nos encontramos con una cofradía nueva.
—Era inevitable —dijo Ektor—. Sabíamos que sucedería cuando se conociera la nuestra.
—Lo sé, pero ya son demasiadas. Es difícil llevar la cuenta y también recordar quién pertenece a cada una.
—Es transitorio —la tranquilizó Ektor y echó un vistazo a la pila de papiros—. En el futuro, cuando se normalice, habrá menos.
Viviane se frotó la nariz y refregó los pies contra el piso.
—¿Qué? —Ektor enarcó las cejas.
—No te gustará.
—Si tú no me lo revelas, ¿me enteraré igual? —inquirió él tras una pausa.
Ella asintió.
Él dejó la pluma sobre el pupitre y se recostó en el respaldo de su asiento.
—Entonces, no hay opción.
—Surgió una moda.
—Entre los magos, asumo.
—Sí.
Ektor esperó. Viviane parecía reticente; en general, no dudaba en expresar en voz alta sus pensamientos.
—¿Y? —la animó.
—Últimamente, las congregaciones tienen una mascota, incluso algunos de los hechiceros con mayor jerarquía ostentan una propia.
Ektor sonrió.
—Bueno, siempre se consideró que los gatos…
—No son gatos.
Ektor vaciló.
—Mmm, ¿perros…?
Ella frunció los labios.
—No —susurró Ektor.
—Sí.
—No puede ser.
—Lo oí de varias fuentes.
—¿Lo viste?
—No.
Ektor se puso de pie y paseó por la pieza.
Viviane permaneció en silencio mientras él recorría el cuarto de un lado a otro.
Luego Ektor se quedó inmóvil, durante un largo rato, contemplando los pergaminos desorganizados sobre el escritorio.
—Lo que haces es importante —dijo Viviane—, tenemos que comprender la magia para entendernos a nosotros y a los demás.
—Sí, pero el resto actúa, y en direcciones equivocadas.
Viviane se removió en la silla.
Ektor se giró hacia ella.
—¿Estás de acuerdo con ellos? —preguntó de repente, sorprendido.
—No —respondió ella con firmeza—. Contigo. Y si bien comparto el punto de vista de nuestra comunidad —se encogió de hombros—, no somos los dueños de la verdad. —Señaló hacia el pupitre—. No sabemos mucho más que los otros, ignoramos cuál es el camino adecuado.
—Usan a las crías.
—Los humanos utilizamos a los animales —rebatió Viviane.
Ektor suspiró. Ella tenía razón; él lo había visto y hecho en la granja de su familia y, sin embargo, se sentía diferente con los dragones. Se miró las palmas; con tanto estudio, le resultaba fácil controlar los chisporroteos de la magia, cómodo, quizás demasiado.
—Creo que debo salir de esta habitación —murmuró.
—Te hará bien despejar la cabeza. —Viviane se levantó—. Hay unas cofradías que me gustaría que conozcas; tal vez, podamos forjar algunas alianzas.