Último dragón: Ciclo Origen – Libro II (Crónicas hechiceras 2) Capítulo II
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Capítulo II

Ektor se recostó sobre el frío suelo mientras Viviane acompañaba al último grupo de regreso al camino que llevaba al pueblo.

Observó el cielo. Varias nubes vagaban con lentitud por su extensión.

Cada tanto, le parecía distinguir una sombra detrás de ellas; no obstante, sabía que los dragones no se acercaban a las zonas pobladas por humanos.

—¿Por qué? ¿Por qué, de repente, tal cantidad? —murmuró para sí.

Había tratado de hallar información sobre ello; sin embargo, la mayoría de los textos eran leyendas que no tenían ni pie ni cabeza.

No creía que nadie hubiera, en verdad, visto dragones hasta que él se topó con ese huevo.

Quizás, si tuviera acceso a la biblioteca imperial, allí había miles de libros y muy antiguos. Cerró los ojos con solo imaginarlo.

—¿Descansaste? —preguntó Viviane parada a su lado.

Ektor se incorporó.

—Sí, lo siento —su intento de sonrisa quedó en una mueca—, perdón; no contribuyo mucho…, es que…

Viviane se sentó a su lado.

—Yo también me encuentro perdida —dijo ella—, pero estoy convencida de que debo hacer algo. Soy tan responsable de esta situación como tú, no puedo echarme atrás ahora. Además — se miró las manos que, con frecuencia, chispeaban un poco de magia—, esto no se va a ir, esta es nuestra vida hoy.

—Lo sé. —Ektor se puso de pie—. Esos eran los últimos, ¿no?

—Sí. Los restantes tienen dudas, en diferentes niveles.

—Si conté bien, serían unos doce.

—Once —lo corrigió Viviane—. Lucan se fue al mediodía.

Ektor apretó los labios.

—¿Sabemos a cuál grupo?

—No.

Ektor asintió.

—De acuerdo. —Tras una pausa, volvió a hablar—. Se me ocurren algunas ideas para persuadir a los demás.

Viviane se acomodó en el piso. La luz del sol comenzaba a menguar, así que encendió una pequeña llama en la palma.

—Cuéntame.

Permanecieron fuera del pueblo hasta la medianoche. Cuando regresaron a la posada, todos dormían, excepto los centinelas escogidos para esa noche.

A la mañana siguiente, de los once, quedaban seis.

—No lo entiendo —expresó Ektor cuando los últimos abandonaron la habitación para meditar sobre la oferta que les habían hecho—.

¿Qué pretenden? ¿Qué esperan conseguir? Ya se comprobó que volver a tocar un dragón no cambia ni aumenta la magia, ¿por qué no los dejan en paz una vez que la obtienen?

—Negó con la cabeza—. Ni siquiera es necesario que tomen tanta como para matarlos. El método que propongo es mejor.

—No les importa eso, les basta con que funcione para ellos.

—Del modo que planteo, habría magia para todos. —Ektor vaciló, porque aún no estaba seguro de su idea. Pese a que sería muy peligroso, consideraba preferible que la totalidad de los humanos fueran hechiceros a solo algunos: era la única manera que se le ocurría de alcanzar un equilibrio.

—Justo lo que muchos desean evitar —indicó Viviane tras un suspiro—. No te preocupes, tenemos suficientes magos de nuestro lado como para organizarnos; podemos apostar un pequeño grupo en cada pueblo cercano.

—Precisamos una forma de mantenernos unidos —murmuró Ektor—, aunque nos separemos. Además de no perder el contacto.

Viviane asintió.

—Me parece bien. ¿Qué propones?

—Tal vez…, si elegimos un nombre que nos represente, un emblema que nos identifique, para que recuerden que somos parte del mismo…

—¡Equipo! —exclamó Viviane—. Sí, como en los círculos de oficios; seremos profesionales y no una caterva de locos que masacra animales y genera disturbios.

Ektor hizo una mueca.

—¿Qué sucede? ¿No es lo que tenías en mente?

—Sí, es que… no somos profesionales. Sabemos poco y nada sobre magia. No hay libros que la expliquen.

—Tal vez, sea hora de que alguien los escriba.