Último curso Capítulo 18
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Capítulo 18

Naia

La sala de prensa del Centro de Alto Rendimiento olía a café malo y a cables recalentados.

Naia conocía ese olor. Lo había respirado en cuarenta ciudades distintas, en pabellones donde el aire acondicionado nunca funcionaba y en hoteles donde las preguntas eran siempre las mismas.

Esta vez era distinto. Esta vez la rueda de prensa la había pedido ella.

Se sentó frente a los micrófonos. El tobillo ya no llevaba bota, solo una rodillera de neopreno que asomaba bajo el pantalón y que únicamente ella notaba. Elia estaba de pie al fondo, los brazos cruzados, con la cara plana de siempre. La cara que decía tú decides, yo estoy aquí.

—Buenos días —dijo Naia, y el murmullo se apagó de golpe.

Había más periodistas de los que esperaba. Eso significaba que alguien había filtrado el tema. Le daba igual. Llevaba semanas ensayando esto en la ducha, en el coche, delante de Leire mientras ella fingía leer un artículo y la escuchaba con toda la atención del mundo.

—La próxima temporada será la última.

No añadió nada más durante tres segundos. Dejó que la frase aterrizara. Las cámaras dispararon, los teclados crepitaron, alguien al fondo levantó la mano demasiado pronto.

—Voy a jugar un año más —continuó—. Quiero despedirme en pista, no en una camilla. Eso es todo.

—¿La lesión ha influido en la decisión? —preguntó una voz.

—La lesión me ayudó a entenderla. No es lo mismo.

Le salió natural. Le sorprendió que le saliera natural. Un año antes habría blindado cada palabra, habría medido cada respuesta como un saque a doscientos por hora. Ahora hablaba y se escuchaba y no se asustaba de lo que decía.

—¿Y después? —insistió otro—. ¿Qué hará Naia Arístegui sin el tenis?

La pregunta de siempre. La que durante años le cerraba la garganta. La que la perseguía en los aeropuertos de madrugada, cuando el cuerpo decía basta y la cabeza no tenía respuesta.

—Eso lo anunciaremos en unas semanas —dijo—.

Hay un proyecto. Una fundación. Trabajo con jóvenes que entran en el alto rendimiento demasiado pronto, antes de saber quiénes son.

—Hizo una pausa—. Yo entré a los quince.

Nadie me explicó nada del coste. Quiero que a los próximos alguien se lo explique.

No mencionó ningún nombre. Aún no. Pero algo se asentó cuando lo dijo, como una pieza que encaja después de meses girando en el aire.

Elia la miró desde el fondo. Asintió apenas. Era el gesto más caro que Elia repartía y Naia lo recibió entero.

Cuando terminó, cuando los periodistas se disolvieron hacia las puertas con sus mochilas y sus prisas, Naia se quedó un momento sentada.

El silencio de la sala vacía pesaba distinto que el de los vestuarios.

Sacó el teléfono. Un mensaje, sin foto, sin nombre guardado en mayúsculas: solo dos letras y un punto.

Lo has dicho bien.

Sonrió contra la pantalla. Tecleó despacio, con dos dedos, como una adolescente.

¿Lo has visto?

En directo. Estaba corrigiendo y lo he dejado a medias.

Qué irresponsable, profesora.

La respuesta tardó. Naia imaginó a Leire en el despacho doscientos catorce, la ventana al patio interior con la luz de octubre entrando inclinada, los exámenes en montones, los dedos quietos sobre la mesa mientras decidía qué escribir.

Ven a cenar. Hay algo de lo que tenemos que hablar.

Naia se levantó. El tobillo protestó, pero aguantó. Casi todo aguantaba ahora.

Leire

Irune lo soltó un martes, en la cafetería del campus, removiendo un té mientras hablaba de otra cosa.

—Te ha escrito Naia Arístegui. Oficialmente. A tu correo de la universidad.

Leire levantó la vista del ordenador. No preguntó cómo lo sabía. Irune lo sabía todo y, desde hacía meses, lo sabía sin necesidad de fingir que no lo sabía.

—Es una propuesta institucional —dijo Leire—. La fundación necesita un comité asesor. Quieren psicología del deporte. Quieren mi nombre.

—Tu nombre —repitió Irune. No era una pregunta. Era una invitación a que Leire se escuchara.

Leire cerró el portátil despacio. Por la ventana, dos estudiantes cruzaban el patio interior con las cazadoras subidas hasta la barbilla; había empezado a hacer frío de verdad, ese frío de octubre madrileño que se mete entre las costillas.

El año anterior, por esas fechas, Naia entraba en su aula por primera vez y la miraba como si la estuviera estudiando.

Hacía exactamente un año. A veces la simetría del tiempo le parecía una broma cruel y otras un favor.

—Si acepto —dijo Leire—, mi nombre aparece junto al suyo. En la web. En los folletos. En las notas de prensa.

—Sí.

—Públicamente.

—Eso es lo que significa público, sí. —Irune apoyó la barbilla en la mano—. ¿Y eso es un problema?

Leire no respondió enseguida. Una parte de ella, la que durante quince años había levantado un piso ordenado en Chamberí y una carrera sin fisuras, calculaba el riesgo de manera automática.

Comité asesor de la fundación de una extenista que fue tu alumna hasta junio.

Alguien haría la cuenta. Alguien la hacía siempre.

Pero ya no era alumna. Lo había dicho ella misma, en el pasillo, con la puerta del aula cerrada a su espalda. Ya no eres mi alumna. Y Naia había respondido lo sé, sin grandilocuencia, como quien confirma una hora.

—El problema —dijo Leire al fin— es que la última vez que tuve que elegir entre alguien y mi carrera, elegí mi carrera. Y tardé tres años en darme cuenta de que no había ganado nada.

Irune no suavizó el silencio. Era lo mejor que tenía como amiga: que no rellenaba los huecos con consuelos baratos.

—Aroa —dijo Irune.

—Aroa.

Era la primera vez que Leire pronunciaba ese nombre en voz alta delante de alguien sin que le temblara la mandíbula. Lo notó. Irune también lo notó, porque algo en sus hombros se aflojó.

—Esta vez no estás eligiendo entre las dos cosas —dijo Irune—. Esa es la diferencia, ¿no? Esta vez puedes tener las dos. El nombre en el folleto y a la persona.

—Si no la cago.

—Si no la cagas. —Irune sonrió—. Cosa que llevas haciendo desde marzo con notable destreza, todo hay que decirlo.

—Va a haber ruido —añadió Irune, ya sin sonreír—.

Lo sabes, ¿no? Comité asesor, tu nombre junto al suyo, y medio departamento sabiendo que fue tu alumna el año pasado.

Nadie te va a abrir un expediente. Pero en los claustros va a haber miraditas.

Alguien hará la cuenta en voz baja. Vas a tener que entrar a las reuniones sabiendo que la hacen.

—Lo sé.

—¿Y aun así?

—Y aun así.

Leire soltó una risa corta, sorprendida de tenerla dentro.

Marzo. El silencio de los martes. Los mensajes leídos y sin contestar.

El «¿Hice algo?» que se le quedó en la pantalla durante semanas como una astilla bajo la uña.

Tardó en responderlo. Y cuando lo hizo, no fue con un mensaje: fue apareciendo en un hospital sin razón institucional que lo justificara, plantada entre el equipo médico y Elia, mirando a Naia tumbada en una camilla con el tobillo destrozado y sin decir nada, porque a veces el cuerpo dice lo que la boca lleva meses negando.

—Voy a aceptar —dijo Leire.

—Lo sé. —Irune recogió su té—. Pero quería que lo dijeras tú primero.

Esa tarde, en el despacho doscientos catorce, Leire redactó la respuesta al correo.

La escribió tres veces. La primera era demasiado formal, todo cortesía académica.

La segunda demasiado personal, peligrosa, con frases que sonreían entre líneas.

La tercera fue la justa: aceptaba la invitación, confirmaba su disponibilidad para la primera reunión del comité, agradecía la confianza.

Profesional. Limpia. Y al final, donde debería ir solo su firma con el cargo, añadió una línea que ningún protocolo exigía.

Será un placer sacar esto adelante contigo.

Leyó la palabra «contigo» tres veces antes de pulsar enviar. Quince años evitando que su nombre se rozara con según qué cosas. Y ahora lo escribía ella misma, a sabiendas, sin que nadie la obligara.

La ventana al patio interior se había llenado de la luz dorada y baja del final de la tarde. Leire se quedó mirándola un rato. Luego recogió los exámenes, apagó el flexo y se fue a casa a hacer la cena.

El piso de Chamberí olía a ajo y a algo que se estaba dorando en la sartén.

Naia lo conocía ya de memoria: la disposición de los libros por colores, la planta del balcón que Leire regaba los domingos hablándole bajito como si fuera a contestar y el cojín del sofá hundido en el sitio exacto donde ella se quedaba dormida.

Llegó con la muleta apoyada en el codo, más por costumbre que por necesidad. El tobillo aguantaba. El médico estaba contento. Elia estaba cautelosamente contenta, que en Elia era casi euforia.

—Huele bien —dijo Naia desde el recibidor.

—Quítate los zapatos. —La voz de Leire venía de la cocina—. Y no apoyes el peso en ese pie hasta que te sientes.

—Sí, profesora.

—No me llames así.

—Te encanta.

Leire asomó la cabeza por el quicio de la puerta, con un trapo en la mano y una ceja levantada.

Llevaba una camisa vieja, el pelo suelto y los pies descalzos sobre las baldosas.

Naia llevaba un año mirándola y todavía no se acostumbraba a que aquello fuera real.

A poder entrar en ese piso. A que la voz de Leire la regañara por el tobillo desde la cocina como si llevaran décadas haciéndolo.

Se sentaron a la mesa pequeña, la de dos sitios, la que Leire compró cuando vivía sola y que durante años usó una sola persona. Había pasta, vino y una vela que Leire no admitiría haber encendido a propósito.

—He aceptado lo de la fundación —dijo Leire, mientras servía.

Naia dejó el tenedor en el plato.

—¿Sí?

—Esta tarde. Comité asesor. Mi nombre en la web. Todo. —Leire la miró por encima de la vela—. ¿Te sorprende?

—Un poco. —Naia tragó—. Pensé que tardarías más en decidirte. O que no lo harías.

—Yo también lo pensé.

—¿Y qué ha cambiado?