Último curso Capítulo 17
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Capítulo 17

El bolígrafo le tembló al principio. No por nervios. Por el tobillo.

Lo había dejado estirado bajo la mesa, fuera del enjambre de zapatillas y mochilas, y el peso ausente de la bota ortopédica le tiraba de la rodilla en una postura que su cuerpo aún no reconocía como suya.

Llevaba la muleta apoyada contra la pared, al alcance de la mano, por si tenía que levantarse.

No iba a levantarse. Pero la muleta estaba ahí, igual que estaba ahí todo lo que ahora pesaba más de lo que debería.

El aula estaba casi llena. Sesenta personas, quizá más, inclinadas sobre sus folios con esa concentración animal del último examen del curso. Naia respiró por la nariz y miró el enunciado.

Cinco preguntas. La tercera era sobre regulación introyectada.

Casi se le escapó la risa.

La conocía, esa pregunta. No del temario —del temario también—, sino de antes, de mucho antes de que existiera un temario que ponerle nombre.

La había vivido a los diecinueve, a los veintitrés, a los treinta, cada vez que golpeaba una pelota no porque quisiera sino porque no sabía qué sería de ella si dejaba de golpearla.

Escribió. La letra le salió firme. Las frases se ordenaban solas, como si llevaran meses esperando a que las dejara salir.

Tardó un rato en terminar las cinco preguntas. Después releyó. Tachó una palabra. La volvió a poner.

Al frente del aula, en la tarima, Leire corregía algo en su portátil sin levantar la vista.

Llevaba una camisa de un azul muy pálido, las mangas dobladas hasta el codo, el pelo recogido.

No la había mirado ni una vez desde que repartió los enunciados.

Naia tampoco a ella. Era un acuerdo que nunca habían firmado y que las dos cumplían con una exactitud que dolía.

Cogió la muleta. Empujó la silla hacia atrás con cuidado de no arrastrarla.

El movimiento llamó la atención de los que tenía cerca.

Un chico le sostuvo la puerta con la mirada, ese gesto de quien quiere ayudar y no sabe cómo.

Naia se levantó apoyando la mano en la mesa, recogió el examen y avanzó por el pasillo central cojeando con la cadencia torpe que ya empezaba a manejar.

Cada paso era un cálculo. Apoyar, no apoyar, pasar el peso al brazo.

Dejó el folio sobre la tarima.

Leire alargó la mano y lo cogió. Sus dedos no se rozaron. Naia lo había dispuesto así: el folio en el borde, lejos.

—Gracias —dijo Leire, sin mirarla del todo.

—De nada.

Y eso fue todo. Dos palabras cada una, intercambiadas en voz baja en una habitación llena de gente que escribía. Naia salió del aula con la muleta marcando el ritmo contra el suelo de linóleo.

El pasillo estaba vacío y olía a junio: a calor acumulado en los radiadores apagados, a tiza vieja, a las ventanas que llevaban semanas sin abrirse del todo.

La luz entraba en franjas largas por los ventanales que daban al patio interior.

Naia se apoyó contra la pared, frente a la puerta del aula, y se quedó quieta.

No sabía por qué se quedaba.

Podía irse. Tenía un coche esperándola en la entrada —ahora la traían y la llevaban, otra cosa más que su cuerpo había dejado de poder hacer por sí mismo—, tenía a Elia mandándole mensajes sobre la primera consulta con el traumatólogo, tenía el resto de su vida deshilachándose en una dirección que todavía no se atrevía a mirar de frente.

Podía irse y no quedarse esperando en un pasillo la mañana de un martes de junio como una alumna cualquiera que aguarda una nota.

Se quedó.

Apoyó la cabeza en la pared. Cerró los ojos.

Había pasado un mes desde el hospital. Tres semanas desde que Leire apareció en su piso sin avisar y se sentó en el borde del sillón como si pudiera salir corriendo en cualquier momento, y le dijo, con esa voz suya que medía cada palabra, que había tenido miedo.

Tres semanas en las que no se habían visto.

En las que Naia había decidido que aquello era lo último que iba a sacar de Leire: una confesión sentada en el borde de un sillón, una explicación de por qué se había marchado.

Una verdad que llegaba demasiado tarde para servir de algo.

Pero se había quedado en el pasillo.

Por dentro de la puerta se oía el rumor de los exámenes terminando. El roce de las sillas. Las voces que empezaban a permitirse el desahogo del último folio entregado. Alguien rio. Una cremallera de mochila se cerró.

Naia abrió los ojos.

Los alumnos empezaron a salir en goteo. Dos chicas hablando atropelladamente de la pregunta cuatro.

Un grupo de cuatro que la miraron al pasar y luego apartaron la vista, ese reconocimiento que ella ya casi había olvidado durante el curso y que la lesión había devuelto: ahora otra vez era Naia Arístegui, otra vez la habían visto en las noticias, otra vez el tobillo era de dominio público.

Gael salió de los últimos. Se paró en seco al verla.

—¿Qué tal la tres? —preguntó.

—La sabía —dijo Naia.

—Yo me la inventé entera. —Hizo una mueca—. ¿Te llevo a algún sitio?

—Me esperan abajo.

Gael asintió. Miró la muleta, después a ella, con esa franqueza limpia que tenía y que nunca preguntaba más de lo que debía.

—Nos vemos —dijo.

—Nos vemos.

Lo vio alejarse por el pasillo dando esos saltitos que daba siempre, la mochila bailándole en un solo hombro, y por un segundo Naia envidió ferozmente los veintidós años que tenía, el curso entero que le quedaba por delante, el cuerpo intacto.

El pasillo volvió a quedarse vacío.

Dentro del aula ya no se oía nada. Solo el zumbido de un fluorescente que parpadeaba en algún punto del techo. Naia cambió el peso de pierna, ajustó la muleta. El sudor le bajaba por la espalda. Podía irse. Otra vez la misma frase, repitiéndose como un saque que ensayas y nunca llegas a golpear.

La puerta se abrió.

Leire salió cargada con el portátil bajo el brazo y un sobre lleno de exámenes contra el pecho. Cerró tras de sí. Giró la llave en la cerradura —dos vueltas, ese sonido seco de metal— y, al darse la vuelta, la vio.

Se detuvo.

No fue un sobresalto. Fue otra cosa. Como si una parte de ella la hubiera estado esperando y otra hubiera rezado por que no estuviera. Las dos cosas a la vez, y las dos en la cara, durante el medio segundo que tardó en recomponerla.

—Naia.

—Leire.

Era la primera vez en meses que se llamaban por el nombre la una a la otra.

En clase había sido «profesora», «Arístegui», los apellidos colocados como vallas.

Y antes de eso, en los meses sin nombre, habían sido códigos, mensajes sin firma, llamadas sin foto.

El nombre desnudo, dicho así, en un pasillo vacío, sonó casi indecente.

Leire ajustó el sobre contra el pecho.

—¿Necesitas algo? —La pregunta salió cortés. Demasiado cortés. La pregunta que se le hace a una alumna.

—No.

—¿Has esperado?

—Sí.

El fluorescente parpadeó. Leire bajó la vista hacia el suelo un instante, luego volvió a subirla.

—El tobillo —dijo—. ¿Cómo va?

—Tengo consulta el jueves. Me dirán si vuelvo a jugar o no. —Naia se encogió de hombros con la mano libre—. La versión corta es que no.

—No lo sabes todavía.

—Lo sé. —Lo dijo sin dramatismo, con la misma voz con la que había contestado la pregunta tres—. Llevo veinte años escuchando cómo suena un ligamento cuando se va. Este se ha ido.

Leire no respondió. Lo que dijo, lo dijo con la cara: una contracción mínima en la comisura, los ojos que no se apartaban.

Naia conocía ese gesto. Lo había visto en la primera tutoría, cuando le entregó el cinco del parcial; lo había visto en el despacho doscientos catorce una noche de diciembre que ahora pertenecía a otra vida.

Era la cara de Leire cuando algo le importaba más de lo que pensaba consentirse.

—Lo siento —dijo Leire.

—No es culpa tuya.

—No me refería a eso.

El silencio se instaló entre las dos como un tercer cuerpo.

Por la ventana del patio entró el rumor lejano de un cortacésped, el verano funcionando ahí afuera con su indiferencia.

Naia se aguantó las ganas de llenar el silencio.

Llevaba meses llenando silencios. Esta vez se quedó quieta, apoyada en la pared y en la muleta, esperando.

Leire dio un paso. Luego otro. Se detuvo a un metro, quizá menos. Lo bastante cerca para que Naia oliera el papel del sobre y, debajo, algo que reconoció en el cuerpo antes que en la cabeza, un aroma que llevaba semanas sin sentir y que le cerró la garganta.

—El examen estaba bien —dijo Leire en voz baja.

—¿Ya lo has corregido?

—No. Pero he visto cómo escribías. —Una pausa—. No mirabas la silla de al lado. No mirabas el reloj. Escribías como quien no tiene nada que demostrarle a nadie. —Tragó—. Vas a aprobar.

—Apruebo.

—Vas a aprobar bien.

Naia lo notó subiéndole por el pecho: un orgullo absurdo y, debajo, una pena enorme, porque qué más daba ya, qué importaba aprobar bien una asignatura cuando todo lo demás se venía abajo.

Pero importaba. De un modo que no sabía explicar, importaba.

Era lo único que había hecho en todo el año que había hecho por sí misma.

No por el ranking. No por los patrocinadores.

No por demostrar nada. Solo porque había querido entender por qué hacía lo que hacía.

—No es por capricho —dijo de pronto.

—¿Qué?

—La asignatura. En septiembre me preguntaste por qué me había matriculado.

Yo dije que casi por capricho. Y tú pusiste una cara.

—Naia esbozó algo que no llegó a sonrisa—.

No fue por capricho. Quería saber por qué llevo media vida haciendo algo que dejó de gustarme hace tiempo.

Tú tenías el nombre. Yo solo tenía la sensación.

Leire la miró largamente.

—Regulación introyectada —dijo.

—Eso. Sí.

—Lo escribiste hoy.

—Lo viví antes de escribirlo.

El cortacésped se apagó afuera. La quietud del edificio en pleno periodo de exámenes lo envolvió todo: un edificio entero conteniendo la respiración, lleno de gente cerrando un curso.

Leire cambió el sobre de brazo. La llave del aula seguía en su otra mano, y Naia la vio apretarla hasta que el metal se le marcó en los dedos.

—Me marché en marzo porque tuve miedo —dijo Leire—. Eso ya te lo dije.

—Sí.

—Pero no te dije que llevo desde marzo arrepintiéndome cada martes por la tarde, cuando tenías tutoría y yo la cancelaba.

—Habló deprisa ahora, como quien suelta algo antes de poder retenerlo—.

Y que cuando te vi en esa pista, cayendo, pensé que la había cagado de una manera que ya no tenía arreglo.

Que iba a vivir el resto de mi vida sabiendo que cuando importaba, me escondí.

Naia no se movió. El tobillo le palpitaba. El brazo de la muleta le ardía. No sentía nada de eso.

—Aroa —dijo Naia.

Leire cerró los ojos un segundo.

—Le hice lo mismo. Hace años. La quise seis años y elegí mi carrera y me convencí de que era prudencia. —Abrió los ojos—. Contigo me dije lo mismo. Que era prudencia. Pero no era prudencia, Naia. Era lo de siempre. Era el miedo poniéndose el traje del sentido común.

—Lo sé.

—No lo sabes.

—Lo sé porque yo hago lo mismo con el tenis. —La voz le salió firme—. Llevo años jugando por miedo a no saber qué soy si no juego. Tú te escondes en tu carrera, yo me escondía en la mía. Somos lo mismo, Leire. Por eso nos reconocimos.

Leire abrió la boca. La cerró. Por primera vez desde que había salido del aula, no parecía tener la frase preparada.

Naia se separó de la pared. Le costó. Equilibró el peso en la muleta, dio medio paso, quedó frente a ella con el metro reducido a casi nada.

Tan cerca que podía contar las pestañas, las dos arrugas finas junto a los ojos, la vena que latía en el cuello de Leire por encima del azul pálido de la camisa.

—Te quedaste hasta el final —dijo Naia—. Has sido la última en salir del aula. Llevas el sobre con todos los exámenes. Podrías haberlo mandado con cualquiera. Has querido salir tú.

—Tenía que cerrar el aula.

—Leire.

Un silencio.

—Sí —dijo Leire—. He querido salir yo.

El fluorescente dejó de parpadear, como si también esperara. Por las ventanas la luz de junio caía recta y dorada sobre el linóleo, sobre los dos pares de pies, sobre el fajo de exámenes que Leire apretaba contra el pecho.

Leire miró el fajo. Miró la puerta cerrada con dos vueltas. Miró el pasillo vacío en las dos direcciones. Y después la miró a ella, y algo en su cara se soltó, algo que llevaba tenso desde septiembre, desde antes de septiembre, desde hacía seis años.

—Ya no eres mi alumna —dijo.

Lo dijo bajo. Sin énfasis. Como quien comprueba en voz alta una cuenta que sale.

Naia notó el aire entrarle de golpe en los pulmones, denso, caliente, lleno de tiza y de junio y del olor de Leire a un palmo de distancia.

—Lo sé —dijo.

Y eso fue todo.

No hubo beso. No hubo abrazo. No en aquel pasillo con la puerta de cualquier despacho a punto de abrirse, con un curso entero todavía respirando dentro del edificio.

No eran dos adolescentes. Eran dos mujeres que habían tardado un año, y antes de ese año una vida entera cada una, en atreverse a decir en voz alta lo que las dos sabían desde la primera clase de septiembre, desde la primera tutoría de octubre, desde el primer café de noviembre.

Pero Leire bajó el sobre. Lo dejó descansar contra el muslo en vez de contra el pecho. Y con la mano libre, despacio, como quien hace algo por primera vez y no quiere romperlo, le tocó a Naia el dorso de la mano que sujetaba la muleta.

Solo eso. Dos dedos sobre la piel.

Naia no se apartó.

—¿Tienes prisa? —preguntó Leire.

—Me esperan abajo. —Naia tragó—. Puedo decirles que esperen.

—Dilo.

—Lo digo.

Leire asintió. Una sonrisa pequeñísima, casi clandestina, le tocó la comisura y se le quedó allí, sin terminar de salir, como si llevara tanto tiempo sin usarla que no recordara la mecánica completa.

—Tengo que entregar esto en secretaría —dijo, y levantó un poco el sobre—. Y luego no tengo nada más hoy. Se ha acabado el curso.

—Se ha acabado el curso —repitió Naia.

Las dos se quedaron un instante en la frase, sopesando todo lo que cabía dentro. El curso. El año. El tenis, quizá. La distancia. Los martes vacíos. Lo que había terminado y lo que, contra todo pronóstico, empezaba.