Capítulo 16
El piso de Naia olía a desinfectante y a flores que alguien había dejado morir en el recibidor. Leire se quedó en el umbral más tiempo del necesario, con la mano todavía sobre el pomo, escuchando el silencio que venía desde dentro.
—Pasa o cierra —dijo Naia desde el salón—. Estás dejando salir el aire acondicionado.
Cerró. Avanzó por el pasillo con la sensación de pisar un terreno que no le pertenecía.
El piso era exactamente como lo recordaba de las dos veces que había estado allí: amplio, impersonal, lleno de cristal y trofeos colocados sin orden, como si nadie los hubiera tocado en años.
Lo nuevo era el sofá convertido en cama, las muletas apoyadas contra la pared, el tobillo de Naia inmovilizado y elevado sobre un cojín.
—Te dieron el alta antes de lo previsto —dijo Leire.
—Pedí volver a casa. Los hospitales me ponen de mal humor. —Naia no la miraba. Tenía los ojos en la ventana, en la línea de tejados que se desdibujaba bajo el calor de finales de mayo—. No tenías que venir.
—Lo sé.
Era la verdad. No tenía que venir. No había ninguna razón institucional, ninguna excusa académica, ningún papel que firmar.
Había venido porque tres semanas atrás había estado de pie en un pasillo de hospital, entre el equipo médico y una entrenadora que la miró sin preguntar quién era, y no había sido capaz de marcharse.
Y ahora estaba aquí, en mayo, con el verano entrando por la ventana, sin haber preparado una sola frase.
—¿Quieres sentarte o vas a quedarte ahí como una visita médica? —preguntó Naia.
Leire se sentó. En el borde del sillón, no en el fondo. Las rodillas juntas, las manos sobre el regazo. La postura de quien aún cree que puede irse en cualquier momento.
—Esa postura —dijo Naia—. La de la silla del despacho. La conozco.
—No sé de qué hablas.
—Sí lo sabes.
El silencio se instaló entre ellas como un tercero en la habitación.
Fuera, un coche frenó en seco y siguió. Leire miró el tobillo vendado, la pierna inmóvil, el cuerpo de Naia colocado de una manera en que nunca lo había visto: quieto.
En todos los meses que llevaba conociéndola, nunca la había visto quieta del todo.
—¿Cómo va? —preguntó, señalando con la barbilla.
—Roto el ligamento. Otra vez. El mismo que en Wimbledon, hace ocho años, pero peor. —Naia lo dijo sin inflexión, como quien lee un parte meteorológico—. Los médicos usan palabras como «valorar» y «probablemente» y «cada caso es distinto». Elia usa la palabra que ninguno se atreve.
—¿Cuál?
—Final.
Leire no dijo nada. No había nada que decir que no fuera una mentira piadosa, y a Naia las mentiras piadosas le sentaban como una bofetada. Eso, al menos, lo había aprendido.
—No te llamé para hablar del tobillo —dijo Naia.
—No me llamaste.
—Viniste igual.
—Vine igual.
Naia giró la cabeza por fin. La miró de frente, con esos ojos marrones que en septiembre la habían estudiado desde la tercera fila del aula como si quisieran descifrarla, y que ahora la estudiaban con algo distinto. Más cansado. Más viejo.
—¿Por qué? —preguntó.
Y ahí estaba. La pregunta que llevaba semanas esquivando, primero en su despacho, después en los mensajes sin responder, después en el silencio de los martes.
La pregunta que era en realidad otra pregunta.
¿Hice algo? La que se había quedado en su pantalla durante días, marcada como leída, sin contestación.
—Porque tenía miedo —dijo Leire.
No había planeado decirlo así, tan rápido, tan desnudo. Le sorprendió la facilidad con que salió, como si llevara meses empujando una puerta y la puerta cediera de golpe.
—De qué.
—De todo. —El aire de la habitación se había vuelto denso—. De que alguien dijera tu nombre y el mío en la misma frase. De que llegara a un comité. De perder quince años de trabajo por algo que ni siquiera sabía nombrar. —Hizo una pausa—. De volver a hacer lo que ya hice una vez.
—Aroa —dijo Naia.
Leire levantó la cabeza.
—¿Cómo sabes ese nombre?
—Lo dijiste. En enero. En la videollamada de Melbourne. —Naia esbozó algo que no llegaba a sonrisa—. Te quedaste callada mucho rato y luego dijiste un nombre y dijiste «no quiero hacerle eso a nadie otra vez». Y colgaste sin explicar. Pensé que era una alumna. Luego pensé que no.
Leire cerró los ojos. Lo recordaba. La pantalla, la cara de Naia a doce mil kilómetros, la sensación de estar diciendo demasiado y no poder parar. Había pensado que Naia no lo había oído.
—Seis años —dijo Leire—. Estuve seis años con ella.
Y un día me ofrecieron la titularidad y un proyecto de investigación y todo lo que había querido desde los veinticinco, y elegí eso.
No es que la dejara por la carrera. Es que cuando tuve que elegir, ni siquiera me costó. Eso es lo peor. Que no me costó.
—Y conmigo te ha costado.
—Sí.
Naia la observó como si acabara de mover una pieza en una partida que llevaban meses jugando a ciegas.
—Entonces por qué lo hiciste —dijo—. Por qué cancelaste las tutorías, por qué dejaste de contestar, por qué cuando me cruzaba contigo en el pasillo me mirabas como si fuera una alumna más de tercero. —La voz se le había vuelto más rápida, más seca—. Si te costaba, por qué.
—Porque costar no es lo mismo que poder.
—Eso es una frase de profesora.
—Lo sé.
Naia apartó la vista. Los dedos de la mano que tenía libre se cerraron sobre el borde de la manta. El pecho le subía y bajaba más deprisa.
—¿Sabes lo que pensé cuando dejaste de contestar? —dijo Naia—. Pensé: claro. Lógico. Una semana de pánico y se acabó. Pensé que para ti había sido un experimento. Algo que probar una vez para ver qué se sentía y luego archivar.
—No fue eso.
—Eso no lo sabía yo. Tú no me dejaste saberlo.
Desapareciste. —Naia se volvió hacia ella, y por primera vez Leire vio el filo debajo de la calma—.
Sabes lo que es eso para mí. Te lo conté.
Te conté lo del tenis, lo de no sentir nada cuando juego, lo de estar dentro de mi cuerpo golpeando pelotas mientras la cabeza está en otro sitio.
Te lo conté a ti, no a Elia, que me conoce desde antes que tú.
A ti. Y tú lo cogiste y un mes después decidiste que era más prudente fingir que no había pasado.
Leire abrió la boca. La cerró. No había defensa. Era cierto, punto por punto, y la única salida sincera era no buscar atenuantes.
—Tienes razón —dijo.
—No quiero tener razón. —Naia se pasó la mano por la cara, un gesto cansado que Leire no le había visto nunca—.
Quería que me explicaras algo que tuviera sentido.
Que me dijeras que había un riesgo real, que alguien sabía algo, que había una razón que no fuera el miedo.
Algo que pudiera entender. Pero solo era miedo. Joder.
—Sí.
—Y ahora vienes. Ahora que estoy aquí con el tobillo roto y probablemente sin carrera, ahora te parece seguro venir. —Negó con la cabeza—. ¿Es eso? ¿Que ya no soy un riesgo porque ya no soy nada?
La frase cayó como una piedra en agua quieta. Leire encajó el golpe en el centro del pecho.
—Te escribí en marzo —dijo Leire—. Dos semanas después. Que no habías hecho nada, que el problema era yo.
—Una disculpa. —Naia no levantó la voz—. Una disculpa con la puerta cerrada. Para quedarte tú tranquila, no para volver.
—Lo sé. Fue cobarde. Fue lo máximo que me atreví entonces. —Leire tragó—. Pero no es verdad que solo haya venido ahora. Llevo intentando moverme hacia ti desde marzo. Lo que pasa es que hasta que no te vi caer no me atreví del todo.
—No —dijo, y la voz le salió más firme de lo que esperaba—.
Vine porque cuando vi que te llevaban en silla de ruedas, todo lo que había levantado para protegerme dejó de importarme.
Eso fue lo que me dio miedo de verdad. No el comité.
No los rumores. Que no me importara nada de eso comparado contigo.
Y eso, Naia, es exactamente lo que llevo treinta años evitando sentir.
Naia se quedó callada. El reloj de la cocina marcaba los segundos. Fuera, alguien había abierto una ventana y se oía una televisión lejana, voces, una risa que no tenía nada que ver con ellas.
—Eso es lo más sincero que me has dicho nunca —dijo Naia al fin.
—Lo sé. Me ha costado un tobillo tuyo decirlo.
Naia soltó una carcajada corta, sin alegría, que terminó casi en un gesto de dolor cuando movió la pierna sin querer.
—No te muevas —dijo Leire, y se levantó por instinto.
—Estoy bien.
—No estás bien.
—No, no estoy bien. —Naia la miró desde abajo, ahora que Leire estaba de pie—.
Pero no por el tobillo. El tobillo se cura o no se cura y de cualquier forma ya lo había decidido el cuerpo por mí.
Iba a dejarlo igual. Llevaba meses jugando como un fantasma.
Lo del tobillo solo lo hizo oficial. —Tragó—. Lo que no sé curar es lo otro.
—Lo otro.
—Tú. Esto. Yo creía que tenía una lógica sencilla.
Que esto era lo que podíamos ser y que con eso me bastaba.
Robar ratos. Salones de madrugada. No nombrarlo.
—Cerró los ojos un momento—. Me mentí. No me bastaba.
Cuando dejaste de contestar me di cuenta de que llevaba semanas queriendo cosas que no entraban en el acuerdo, y como no podía pedirlas, hice lo que hago siempre: me las callé y seguí jugando.
Hasta que dejé de poder jugar de las dos formas a la vez.
Leire se quedó de pie en mitad del salón, sin saber qué hacer con las manos. Tenía cuarenta años y un doctorado y veinte años explicando a deportistas cómo funcionan el miedo y el deseo en la cabeza humana, y no tenía ni una sola herramienta para este momento.
—Yo también quería esas cosas —dijo en voz baja—.
Las que no entraban en el acuerdo. Una tarde te quedaste dormida en mi sofá mientras yo hacía la comida y me quedé mirándote desde la cocina y pensé: esto.
Quiero esto. Y me asusté tanto que esa noche fui más cariñosa que nunca, porque ya sabía que iba a empezar a alejarme.
—Y empezaste.
—Y empecé.
Naia tenía la vista fija en sus propias manos. Leire volvió a sentarse, esta vez más cerca, en el borde de la mesa baja, frente a ella, lo bastante cerca para tocarla si alargaba el brazo. No lo alargó.
—No tengo una solución —dijo Leire—. No vengo a arreglar nada. Sigues siendo mi alumna hasta el examen final. Sigue habiendo un código deontológico que firmé. Siguen estando los rumores, que no se van a borrar porque tú te hayas lesionado. No puedo prometerte que mañana todo esté bien.
—Ya sé que no puedes.
—Lo único que puedo hacer es no mentirte más. Ni a ti ni a mí. Eso es todo lo que traigo. No es mucho.
Naia levantó la cabeza despacio.
—Es más de lo que me has dado en dos meses.
Leire encajó el golpe sin defenderse. Se lo merecía. Y había algo limpio en recibirlo, en dejar que cayera sin amortiguarlo con explicaciones, después de tantas semanas de amortiguarlo todo.
—¿Por qué te matriculaste en mi clase? —preguntó de pronto Leire—. Nunca me lo dijiste de verdad. En noviembre te lo pregunté y cambiaste de tema. Una tenista profesional, a punto de retirarse, eligiendo Psicología del Deporte. No fue casualidad.
Naia tardó en contestar.
—Porque llevaba años teniendo la sensación de que entendía algo que nadie me había enseñado, y no sabía cómo se llamaba.
—Habló despacio, escogiendo las palabras—.
Sabía por qué seguía jugando aunque ya no me hiciera feliz.
Sabía la diferencia entre hacer algo porque quieres y hacerlo porque te morirías de vergüenza si dejaras de hacerlo.
Lo sabía con el cuerpo. Quería las palabras.
Quería entender qué me había pasado antes de que se acabara y ya no pudiera arreglarlo.
—Hizo una pausa—. Y luego apareciste tú y resultó que las palabras venían con una persona, y la persona me miraba como si yo fuera un ser humano y no una marca.
Eso no me había pasado nunca. Ni con la prensa, ni con los patrocinadores, ni con casi nadie.
—Regulación introyectada —dijo Leire en voz baja—. Lo que describes. Hacer algo para evitar la culpa o la vergüenza, no por el placer de hacerlo. En octubre lo explicaste tú sola en un trabajo, sin conocer el término. Me descolocó.
—Lo sé. Te vi la cara cuando lo leíste.
—¿Tan obvia fui?
—Para mí siempre lo fuiste. —Naia sonrió, esta vez de verdad, aunque le duró poco—. La gente cree que eres impenetrable. Yo te leía como un partido. Sabía cuándo ibas a ceder antes que tú.
—Salvo en marzo.
—Salvo en marzo —concedió Naia—. En marzo me equivoqué. Pensé que ibas a ceder y cerraste la puerta. Es la única vez que te he leído mal.
Leire bajó la mirada. El sol de la tarde entraba sesgado por la ventana y caía sobre el tobillo vendado, sobre las muletas, sobre el sofá-cama que era ahora el centro de la vida de aquella mujer que durante meses no había sabido estarse quieta.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Naia.
—No lo sé.
—Es la primera vez que te oigo decir eso.
—Es la primera vez que es verdad.
Naia asintió despacio. No insistió. No pidió promesas.
Y Leire entendió, en ese silencio que ya no era hostil sino solo lleno, que ninguna de las dos iba a hacer un gesto grande.
No había abrazo de reconciliación, no había declaración, no había plan.
Había dos mujeres adultas en una habitación con un tobillo roto entre las dos, mirando por fin la cosa que habían pasado meses sin mirar.
—Tengo que volver —dijo Leire al cabo de un rato—. Hay un examen final dentro de tres semanas. Tu examen.
—Lo sé.
—Vas a tener que aprobarlo tú sola. No puedo hacer nada distinto a lo que hago con los demás. Lo sabes.
—No querría que hicieras nada distinto. —Naia sostuvo su mirada—.
Nunca lo he querido. Eso fue lo primero que me gustó de ti, ¿sabes?
Que en septiembre dijiste mi apellido en clase como si fuera cualquier apellido.
No te brillaron los ojos. Llevaba veinte años esperando que alguien dijera mi nombre así.
Leire se levantó. Recogió el bolso del suelo. En el umbral del salón se detuvo, con la mano otra vez sobre el marco de la puerta, igual que al entrar.
—Naia.
—Dime.
—No vine porque ya no fueras un riesgo. —Lo dijo sin volverse del todo, de perfil, con la luz de la ventana detrás—. Vine porque eres lo único de los últimos meses que no era cálculo. Quería que lo supieras antes del examen. Por si después ya no había manera de decirlo bien.
Naia no contestó enseguida. Cuando lo hizo, su voz era más baja de lo que Leire la había oído nunca.
—Vete antes de que te pida que te quedes —dijo—. Porque te lo voy a pedir.