Último curso Capítulo 15
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Capítulo 15

La Caja Mágica olía a lo de siempre: arcilla mojada, protector solar y el plástico tibio de las botellas que se calentaban al sol.

Naia conocía ese olor de memoria. Lo habría reconocido con los ojos cerrados, en cualquier ciudad, en cualquier mayo.

Lo que no reconocía esa mañana era el peso que llevaba dentro del pecho, una cosa densa que no tenía que ver con el partido.

Salió a calentar a media mañana. El público todavía se acomodaba, abanicándose con los programas, buscando la sombra de las gradas altas. Mil caras anónimas que la coreaban por su apellido. Antes le habría dado energía. Ahora era ruido.

—Concéntrate en los pies —dijo Elia desde el banquillo, sin levantar la vista de la tablet—. Hoy estás cargando demasiado peso atrás.

Naia botó la pelota tres veces. Subió la mirada hacia el palco. Costumbre vieja: comprobar quién la miraba. Su hermana no había podido venir, los niños tenían colegio. Nadie de quien le importara nada estaba ahí arriba.

—Saca —dijo Elia.

Sacó.

El primer set fue un trámite engañoso. Lo ganó 6-3, pero supo, mientras lo ganaba, que no estaba dentro del partido.

Estaba al lado. Golpeaba bien las pelotas fáciles y fallaba las que pedían que pusiera algo suyo.

La rival, una croata diez años más joven, empezó a leerle el revés.

A Naia no le importó tanto como debería.

Llevaba semanas así. Jugando desde fuera de su propio cuerpo. Desde marzo, para ser exactos. Desde que un nombre que ya no se permitía pronunciar había dejado de aparecer en una pantalla sin foto.

En el descanso bebió agua y se mojó la nuca. El sol caía recto sobre la arcilla.

—Estás dejando que respire —dijo Elia—. Cierra los puntos.

—Lo sé.

—Pues hazlo.

No lo hizo. El segundo set empezó torcido.

La croata le rompió el saque en el tercer juego, corriendo de un lado a otro con esa frescura de los veintidós años que Naia recordaba haber tenido en otra vida.

Naia la persiguió. Devolvió un passing imposible que arrancó un rugido de las gradas y, por un instante, volvió a sentirse dentro de sí misma.

Quería ganar ese punto. Lo quería más de lo que había querido nada en meses, y no entendía por qué.

La croata abrió un globo profundo. Naia retrocedió.

Pisó.

Lo notó antes de oírlo. Un crujido seco, mínimo, dentro del tobillo derecho. El suelo se inclinó y la pelota pasó de largo, ajena, hacia el fondo de la pista.

Cayó.

No fue un dolor de los que gritan. Fue un dolor que apaga. El cielo de Madrid se quedó muy quieto sobre ella, blanco y plano, y durante un par de segundos lo único que existió fue el latido en el tobillo y el silencio raro de un estadio entero conteniendo el aliento.

Después llegó el ruido. El árbitro bajando de la silla. La fisio cruzando la pista a la carrera. Elia, que nunca corría, corriendo.

—No te muevas —dijo Elia, y se arrodilló a su lado—. Naia. No lo muevas.

—Estoy bien —dijo Naia, que no estaba bien.

Intentó incorporarse. El tobillo le mandó una descarga que le subió hasta la rodilla y le cortó la voz a la mitad. Se quedó tumbada de espaldas, con la arcilla pegada al hombro empapado, mirando a Elia mirarle el pie.

—Mírame a mí —dijo Elia—. No mires el pie.

Naia la miró. Elia tenía esa cara de atención plana y total que ponía cuando algo iba mal de verdad, la misma cara que tenía en Wimbledon hacía ocho años, cuando el ligamento. Naia la conocía. La conocía demasiado.

—¿Es lo que parece? —preguntó Naia.

Elia no contestó. Le apretó la mano un instante, una sola vez, y se volvió hacia la fisio.

La silla de ruedas la sacaron por el túnel del fondo.

Naia la había visto rodar tantas veces hacia otros cuerpos, otros tobillos, otras carreras que se rompían.

Nunca había pensado de verdad que un día la empujarían a ella.

Se sentó sin ayuda, por orgullo, y al hacerlo sintió la pierna inerte y ajena, una cosa que ya no le obedecía.

El público se levantó. Aplaudió. Aplaudían siempre, los muy cabrones, cuando alguien se iba en silla. Era su forma de decir adiós sin saber si era un adiós. Naia levantó la mano. Sonrió. Veintitantos años entrenándose para sonreír cuando lo que quería era romper algo.

Elia caminó a su lado por el túnel, con una mano en el respaldo de la silla.

—No digas nada todavía —dijo Elia—. Vamos al hospital, hacemos pruebas y luego pensamos.

—Es el tobillo, Elia. Lo he oído crujir.

—Vamos a hacer pruebas.

—Tengo treinta y cuatro años.

—Naia.

—No pasa nada —dijo Naia, y se sorprendió de lo tranquila que le salió la voz—. No pasa nada.

Elia no contestó. La sombra del túnel las tragó a las dos.

La ambulancia tardó un rato largo. Naia contó los minutos en el reloj de pulsera. Contar era lo único que le calmaba la respiración.

En urgencias la metieron en un box con cortina verde y una luz que zumbaba.

Le pusieron hielo, le quitaron la zapatilla con tijeras —ese detalle, las tijeras cortando la lengüeta de la zapatilla, le dolió más que el propio tobillo, no sabía por qué—, le pincharon algo en el brazo.

Elia rellenaba papeles fuera, discutía con alguien sobre el seguro, volvía, salía otra vez.

Aparecieron el médico del torneo y un traumatólogo joven que le tocó el pie con una delicadeza profesional que no llegaba a las manos.

—Hay que hacer resonancia —dijo el traumatólogo—. La inflamación nos impide ver bien ahora. Pero la deformación y el mecanismo de la lesión sugieren rotura ligamentosa. Posiblemente con afectación de la sindesmosis.

—Tradúzcalo —dijo Naia.

El médico dudó.

—Tradúzcalo —repitió ella—. He oído muchas de estas conversaciones. Prefiero la versión sin filtro.

—La versión sin filtro es que probablemente sea grave —dijo él—. La versión sincera es que hasta la resonancia no le voy a decir nada que no sean conjeturas.

Naia asintió. Era la primera persona del día que le hablaba claro y se lo agradeció en silencio.

Cuando se quedó sola en el box, con la cortina medio corrida y el zumbido de la luz, dejó de sonreír.

No había nadie a quien sonreír. Miró el pie hinchado, el tobillo que se estaba poniendo de un color que no era color de tobillo, y pensó, con una claridad fría que la asustó: quizá ya está.

Quizá esto es el final y no hubo despedida, ni último Slam, ni adiós elegante.

Quizá fue ese globo de una croata cuyo nombre no recuerdo.

Y luego pensó otra cosa, una cosa que no quería pensar, y que llegó de todas formas, como el dolor: no tengo a quién llamar.

Tenía a Elia. Elia siempre estaba. Pero Elia era el tenis, y si el tenis se acababa, ¿qué quedaba?

Su hermana, en San Sebastián, con los niños y la vida ordenada que Naia no había elegido.

Gael, que se asustaría y diría cosas demasiado amables.

Y luego un agujero. Un agujero donde, durante unos meses, hubo alguien que la había mirado sin verla como tenista, que le preguntaba cosas que no tenían nada que ver con saques ni con palmarés, alguien cuya inicial Naia había borrado del móvil en marzo, en un arrebato, y había vuelto a escribir esa misma noche porque no soportaba la pantalla vacía.

Cerró los ojos.

El móvil estaba en la bolsa, que Elia había traído del banquillo. Naia podía verla sobre la silla de plástico, a metro y medio, fuera de su alcance sin levantarse. Pensó en lo que pondría si lo cogiera. Me he roto el tobillo. Punto. Sin pregunta. Sin reproche. Solo el hecho.

No lo cogió. Si lo cogía y no había respuesta, eso sería peor que el tobillo. De eso estaba segura.

Llegaron a llevársela a la resonancia. Cuarenta minutos dentro del tubo, inmóvil, con el martilleo de la máquina entrando en los oídos a través de los tapones. Cuarenta minutos para pensar en todo lo que no quería pensar. Salió mareada, con la boca seca y el tobillo latiendo a su propio ritmo.

La devolvieron a una habitación, ya no al box. Una planta más arriba, con ventana, con dos camas de las que una estaba vacía. Era media tarde. La luz entraba sesgada y dorada por la ventana y a Naia le pareció obscena, esa luz bonita sobre una tarde así.

Elia entró con dos cafés de máquina y le tendió uno.

—Solo, sin azúcar —dijo—. Como te gusta.

—Gracias.

—El traumatólogo viene en un rato con la resonancia. —Elia se sentó en el borde de la cama vacía—. Quiere mirarla con calma con el otro especialista.

—O sea, malo.

—O sea, quiere mirarla con calma. No me hagas decir cosas que no sé.

Naia bebió. El café estaba malo y caliente y le sentó bien de todos modos.

—Elia.

—¿Qué?

—¿Y si ya está?

Elia dejó su vaso en la mesilla. Se la quedó mirando con esa atención suya que no parpadeaba.

—Entonces ya está —dijo—. Y mañana nos levantamos igual.

—Tú dices eso porque no eres tú.

—Digo eso porque te conozco desde antes de Wimbledon y sé que lo que más miedo te da no es el tobillo. —Elia se inclinó hacia delante, los codos en las rodillas—. Lo que más miedo te da es no saber qué hacer con las manos cuando no haya raqueta.

Naia no contestó. Era demasiado exacto. Elia tenía la costumbre de decir en voz alta lo que ella ni siquiera se atrevía a pensar entero, y por una vez Naia no tuvo fuerzas para devolverle el golpe.

—Voy a buscar al médico —dijo Elia, y se levantó—. A ver si ya tiene las imágenes. No te muevas.

—No puedo moverme.

—Bien. —Elia le apretó el hombro al pasar—. Por una vez me haces caso.

Salió. La puerta se cerró despacio con su pistón hidráulico, ese siseo de hospital que a Naia siempre le había parecido el sonido más triste del mundo.

Se quedó sola con la luz dorada y el tobillo.

Pensó en marcharse a casa, a su piso de trofeos y de nada más, y pasar la noche sola mirando el techo.

Pensó en la rueda de prensa que tendría que dar, en el comunicado, en las palabras de plantilla que llevaba toda la vida pronunciando: agradezco el cariño del público, ahora toca recuperarse, paso a paso.

Pensó en cuánto las odiaba. Pensó que llevaba treinta y cuatro años diciendo cosas que no sentía y sintiendo cosas que no decía, y que la única persona que la había obligado a dejar de hacer eso había desaparecido en marzo sin una explicación.

Cerró los ojos otra vez. La luz le calentaba un lado de la cara.

La puerta volvió a sisear.

—¿Ya está? —preguntó Naia, sin abrir los ojos—. ¿Qué dice el…?

Se calló.

No era Elia. El paso era distinto. Más lento, más cuidadoso, como de alguien que no sabe si debería estar ahí. Naia conocía ese paso. Lo había oído acercarse por el pasillo de un edificio de la universidad muchas tardes, lo había oído alejarse otras tantas. Abrió los ojos.

Leire estaba de pie junto a la puerta. No había entrado del todo.

Tenía una mano en el pomo, como si todavía estuviera decidiendo si quedarse o irse.

Llevaba un abrigo ligero sobre la ropa de trabajo, el pelo negro recogido de cualquier manera, y la cara —Naia tardó un segundo en entender qué le pasaba a esa cara— sin ninguna máscara.

Ninguna. Ni la cortesía profesional del aula, ni la distancia helada de marzo.

Nada. Solo Leire, mirándola desde la puerta, con los ojos marrones fijos en el tobillo vendado y luego en ella.

Naia no dijo nada.

No había rueda de prensa, ni excusa institucional, ni motivo académico que justificara que una profesora de Ciencias del Comportamiento estuviera de pie en la habitación de un hospital a media tarde de un día de mayo, mirando a una alumna lesionada.

No había tutoría. No había examen que revisar.

No había nada que pudiera escribirse en un parte ni explicarse a un departamento. Solo estaba ahí.

Y ese estar lo dijo todo.

Leire entró. Cerró la puerta tras de sí con cuidado, conteniendo el siseo del pistón con la palma de la mano, como si tuviera miedo de hacer ruido. Se quedó a los pies de la cama. Tenía las manos quietas, esas manos que Naia conocía quietas sobre una mesa de despacho, sobre una taza, sobre su piel.

—Lo he visto —dijo Leire por fin. La voz le salió ronca—. En la tele del departamento. Estaba… —Se interrumpió—. Cuando te has caído.

—Sí —dijo Naia.

—Vi cómo te sacaban.

—Sí.

Naia esperó la frase siguiente. La excusa. He venido porque eres mi alumna. He venido por la facultad. He venido a ver cómo estabas y ya me voy. Esperó la prudencia, la distancia, el milímetro exacto que Leire calculaba desde marzo con la precisión de un cronómetro.

No llegó.

Leire no dijo nada más. Se quedó ahí, a los pies de la cama, con los ojos brillantes y la mandíbula apretada, y Naia entendió que no había venido a explicarse.

No tenía explicación. Una mujer que medía cada palabra, que vivía dentro de un orden levantado durante años para no romperse nunca, había salido del despacho a media tarde, había cogido el coche y cruzado medio Madrid hasta un hospital sin permiso de nadie, sin coartada posible, y estaba de pie en una habitación donde no tenía ningún derecho a estar.

Eso no se podía deshacer con una excusa. Y Leire, que entendía mejor que nadie cómo el miedo y la prudencia se disfrazan el uno del otro, lo sabía.

A Naia se le cerró la garganta. Llevaba toda la tarde sin llorar, con el tobillo roto y la carrera quizá rota con él, y ahora le ardían los ojos por una mujer de pie con las manos quietas.

—No tienes que decir nada —dijo Naia, en voz muy baja.

—Ya lo sé —dijo Leire.

Y se acercó. Rodeó la cama despacio, hasta el lado donde estaba el tobillo vendado, y se quedó ahí, lo bastante cerca para que Naia tuviera que levantar la cara para mirarla. No la tocó. Todavía no. Pero estaba.

La luz dorada entraba por la ventana y les daba a las dos en el costado.

Fuera, en el pasillo, se oían los pasos de Elia que volvían, y la voz de un médico, y el siseo de otra puerta.

Pero dentro de la habitación no había más que las dos, y el silencio entre ellas ya no era el de marzo.

Era otro. Era el silencio de algo que se había caído, igual que el tobillo, y que las dos miraban por fin sin apartar la vista.

Naia levantó la mano.

Leire la cogió.