Último curso Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Pasó otra vez el pulgar por la placa. Y pensó, sin darle todavía forma de plan, que si algo querría hacer cuando todo esto se acabara sería sentarse delante de una cría de quince años, una de esas a las que un hombre con acreditación les dice que van a llegar lejos, y contarle lo que a ella nunca le contó nadie.

Lo que costaba llegar. Lo que se quedaba uno por el camino sin enterarse.

Fue solo un pensamiento. Lo apartó enseguida. Pero no del todo.

El móvil seguía boca abajo en la cocina. Lo notaba desde el salón como se nota un diente que duele.

Había una versión de ella —la de septiembre, la de antes de todo esto— que se habría levantado, habría puesto música, se habría servido una copa de vino y habría escrito a alguien del circuito para quedar.

Una versión que sabía llenar el silencio sin pensar.

Esa versión funcionaba. Esa versión había sobrevivido quince años.

El problema era que esa versión ya no existía.

Y lo veía ahora, ahí en el suelo, con la espalda fría contra el sofá: el error de todo este tiempo había sido pensar que el problema era Leire. Que si Leire volvía, se arreglaba. Que si Leire contestaba el mensaje, todo encajaba otra vez en su sitio.

No era eso.

Leire no había roto nada. Leire solo había abierto una puerta y se había ido dejándola abierta.

Y por esa puerta había entrado todo lo que Naia llevaba quince años aplazando: la pregunta de qué quedaba de ella cuando no había un partido el sábado, de quién era a las nueve de la noche de un martes cualquiera, de por qué se había matriculado en una universidad a los treinta y cuatro años cuando podía haberse comprado una isla.

Se había matriculado, lo entendía ahora con una claridad casi dolorosa, porque tenía miedo.

Porque el calendario se acababa, el tobillo avisaba, las rivales tenían veinte años y ella treinta y cuatro, y porque alguien —no Elia, Elia se lo callaba— le había sugerido que pensara en el después.

Y el después era una palabra tan grande y tan vacía que lo único que se le ocurrió fue volver a un sitio donde alguien te dice qué leer, te pone una nota, te dice si vas bien o mal. Un sitio con reglas. Con marcador.

Se había matriculado para que alguien siguiera evaluándola. Para no tener que evaluarse ella sola.

Lo que no había calculado —lo que nunca calculaba, porque calcular era lo de Leire— era que la persona encargada de evaluarla iba a ser la primera en quince años que la mirara sin acreditación, sin reconocer su nombre, sin querer nada de ella.

La primera que le puso un cinco en un examen porque el examen valía un cinco.

La primera que la trató como a una persona y no como a una marca.

Y luego se había ido.

Naia se frotó los ojos con el dorso de la mano. No estaba llorando. Era otra cosa, una presión seca detrás de los ojos, la misma que le entraba en los terceros sets eternos, cuando el cuerpo pide rendirse y la cabeza no le deja.

Se levantó. Las rodillas le crujieron, recuerdo de demasiados saques, demasiadas caídas. Fue a la cocina y dio la vuelta al móvil.

Nada. Por supuesto. La pantalla con la hora y una notificación de un grupo de la federación que no le importaba.

Abrió el chat. La inicial sin foto. Su ¿Hice algo?, la disculpa de Leire debajo, y después nada más. Ninguna de las dos había vuelto a escribir. Una disculpa no era una conversación. Era un punto final con buenos modales.

Escribió: No te voy a volver a escribir. Lo borró.

Escribió: Sé que me lees. Lo borró.

Escribió: Espero que estés bien. Se quedó mirándolo un rato largo. Tampoco lo envió.

Lo que entendió al final, mientras el cursor parpadeaba sobre la frase a medio escribir, era que ninguno de esos mensajes iba dirigido a Leire.

Iban dirigidos a la Naia de septiembre, la que aún creía que esto se arreglaba con un mensaje bien puesto, con la jugada correcta, con el punto ganado en el momento justo.

Esa Naia ganaba partidos. Pero esto no era un partido.

No había marcador, no había juez de silla, no había un saque que arreglara el set.

Cerró el chat sin enviar nada.

Volvió al salón. Cogió la copa pequeña del suelo y la sostuvo un momento más. Luego, en vez de devolverla detrás de las grandes, la puso delante. La primera. La pequeña. La única que había ganado sin saber lo que iba a costarle todo lo demás.

Apagó la luz del salón.

En la oscuridad, los trofeos eran solo formas brillantes contra el resplandor de la avenida, y la pequeña, delante, apenas se veía. Pero estaba.

Se quedó de pie un momento en el pasillo, descalza, en el silencio del piso que no parecía suyo, y pensó que mañana volvería a entrenar, porque eso sabía hacerlo, y que la semana que viene haría el trabajo con Gael, porque eso también, y que iría a la revisión de exámenes cuando tocara, y que sonreiría en las ruedas de prensa que le quedaran.

Pero ya no podía volver a ser quien era en septiembre. No porque Leire se lo impidiera. Porque la Naia de septiembre miraba sus trofeos sin verlos, y la de abril no podía dejar de mirar el más pequeño.

Eso no se desaprende.

Fue a la habitación, se metió en la cama sin cenar, y por primera vez en mucho tiempo no puso ninguna alarma para el día siguiente. El cuerpo despertaría solo. El cuerpo siempre despertaba solo, listo para servir diecisiete de veinte.

La pregunta era qué iba a hacer ella con el resto del día.

Esa, por primera vez en quince años, no tenía respuesta.

Y se durmió pensando que tal vez —tal vez— eso fuera lo único sincero que le había pasado en todo el año.