Capítulo 14
La pelota salió disparada con un sonido limpio, golpeó la línea de fondo y rebotó contra la valla. Elia ni siquiera levantó la vista de la tablet.
—Diecisiete de veinte —dijo—. Antes hacías dieciocho dormida.
Naia recogió otra bola del cesto y la lanzó al aire. El sol entraba oblicuo por la cristalera del CAR y marcaba el polvo de la pista cubierta. Llevaba dos horas allí y el cuerpo respondía como siempre: brazo, cadera, peso adelante. El cuerpo no había olvidado nada.
—Estoy calentando —dijo.
—Llevas dos horas calentando.
Naia sirvió. La pelota se fue larga por un palmo. Resopló y fue a por otra.
Elia bajó la tablet despacio. Tenía esa manera de mirar que Naia conocía desde hacía ocho años: sin juicio, sin afecto evidente, solo una atención plana a la que no se le escapaba nada.
La misma con la que la había mirado el día que se rompió el ligamento en Wimbledon y la misma con la que la observaba ahora.
—¿Quieres parar?
—No.
—Vale.
Y volvió a la tablet. Naia odiaba ese «vale». Era un «vale» que no significaba conformidad sino paciencia, la paciencia de quien sabe esperar a que el otro se canse de mentir.
Sirvió. Falló. Sirvió. Entró.
El problema no era el saque. El saque era lo único que funcionaba. El problema era todo lo que había alrededor del saque: la sensación de estar haciendo el gesto correcto en el cuerpo equivocado, como cuando repites una palabra muchas veces y deja de significar nada.
A la tercera bola larga, Elia dejó la tablet en el banco y se acercó a la red.
—Naia.
—¿Qué?
—Lo que sea que te pasa, llévatelo a tu casa. Aquí me lo rompes. —Señaló el cesto medio vacío—. Y rompes el material, que cuesta dinero.
Naia bajó la raqueta. Tenía la camiseta pegada a la espalda y aun así no se sentía cansada. Esa era otra cosa rara: el agotamiento no llegaba donde tenía que llegar.
—¿Tan mal estoy?
Elia no contestó enseguida. Apoyó las dos manos en la red, esa postura suya de entrenadora que había visto demasiadas cosas como para asustarse de una más.
—Estás distinta desde enero. —Lo dijo sin acusación, como quien lee un parte médico—. Volviste de Melbourne distinta. Luego mejor. Ahora otra vez mal, pero de otra forma. —Hizo una pausa—. No te pregunto qué es. Solo te digo que lo sé.
Naia abrió la boca y la cerró. Tenía la respuesta a punto, el reflejo de toda una vida: no es nada, estoy bien, vamos a por otra serie. Era la frase que había repetido en cien ruedas de prensa con un tobillo vendado y una sonrisa puesta.
—Otra serie —dijo.
Elia la miró un segundo más. Luego recogió la tablet.
—Otra serie.
Gael la esperaba a la salida de la facultad con dos cafés y la energía de un cachorro que ha aprendido a no pedir permiso. Le tendió uno sin preguntar. Solo, como a ella le gustaba. Eso al menos lo había aprendido.
—Tía, el trabajo de motivación intrínseca. ¿Lo has empezado?
—No.
—Yo tampoco. —Caminaba a saltitos, esquivando los charcos del aguacero de la mañana—. Pero he pensado una cosa. ¿Y si lo hacemos juntos? Tú pones el ejemplo real, yo pongo la teoría, y Alzaga flipa.
A Naia se le cerró algo en el estómago al oír el apellido. No el nombre. El apellido era seguro, el apellido era el que usaban todos. El nombre lo guardaba ella en otro sitio, uno que llevaba semanas sin abrir.
—No sé si quiero hacerlo con ejemplo real.
—Pero si tú eres el ejemplo. Llevas veinte años de motivación intrínseca andante.
Naia bebió un sorbo de café para no tener que contestar enseguida.
El campus estaba mojado, los plataneros del patio interior soltaban un olor verde y reciente, y un grupo de chicas de primero pasó hablando de sus cosas sin reconocerla.
Eso le había gustado al principio, en septiembre.
Pasar sin que nadie levantara el móvil. Ser, por una vez, una más de treinta y cuatro años entre veinteañeros.
—Gael.
—¿Qué?
—¿Tú con quién hablaste de la clase de Alzaga? Hace unas semanas.
Gael frenó el saltito. La miró con esa cara limpia que no sabía esconder nada, ni siquiera cuando se le pedía.
—¿Cómo?
—Una chica me dijo que habías comentado algo. Sobre cómo trataba a la gente en clase.
—Ah. —Se rascó la nuca—. Bueno, sí, una vez, en la cafetería. Pero no era nada. Solo dijimos que contigo era más seca. Que parecía que te tenía manía. —Sonrió, tranquilizador—. Yo le dije que qué va, que es así con todo el mundo. Que es muy suya.
—¿Eso dijiste?
—Eso dije. —Volvió al saltito—. Oye, ¿lo del trabajo entonces qué?
Naia asintió sin contestar. Que es así con todo el mundo.
Eso era lo que Gael había querido proteger sin saber qué protegía.
Y ahora, por una ironía cruel, era verdad.
Leire se había vuelto seca con ella exactamente igual que con todos los demás.
Más, incluso. Había conseguido que la coartada fuera cierta a base de matarlo todo.
—Lo del trabajo, sí —dijo—. La semana que viene.
Gael levantó el café como un brindis y se fue hacia la parada del autobús, contento, ajeno, dejando detrás un rastro de normalidad que a Naia no le llegaba a la piel.
El piso de la Castellana estaba en silencio cuando llegó.
Siempre estaba en silencio. Lo había comprado hacía cuatro años entre dos torneos, había firmado los papeles en un aeropuerto, lo había decorado una empresa que le envió tres opciones por correo y ella eligió la del medio.
Muebles claros, líneas rectas, ventanales enormes con vistas a una avenida por la que pasaban coches a todas horas. Un sitio de paso disfrazado de hogar.
Dejó la bolsa de deporte en el recibidor. Se quitó las zapatillas. El suelo estaba frío bajo los calcetines.
Pensó en cenar y no tenía hambre. Pensó en encender la tele y no quería ruido.
Pensó —y esto fue automático, un músculo que no se había enterado de las últimas semanas— en escribir a la inicial sin foto del chat.
L. Tres letras de conversación llevaban semanas casi congeladas.
Casi. Estaba su ¿Hice algo? y, debajo, la única respuesta que había recibido en un mes: No hiciste nada.
El problema soy yo, no tú. Siento haberte hecho creer otra cosa.
Naia la había leído cuarenta veces. No decía «vuelve».
No decía nada que se pudiera contestar. Era una disculpa cerrada por los dos lados, una puerta que se abría solo para enseñarte que estaba cerrada.Cogió el móvil y volvió a dejarlo en la encimera, boca abajo, como si así pesara menos.
El salón se abría a la derecha. Y en el salón, sobre una balda de cristal que la empresa de decoración había instalado a la altura justa, estaban los trofeos.
No los miraba nunca. Esa era la verdad incómoda.
Pasaba por delante de ellos cada día, los habría podido describir con los ojos cerrados —los dos Grand Slams en el centro, las copas de los Masters a los lados, las placas de federación abajo—, pero hacía años que no los miraba de verdad, igual que uno no mira el rodapié de su casa.
Esa noche se acercó.
Pasó el dedo por el primer Grand Slam, el de París, el bronce dorado tibio bajo la yema.
Lo recordaba todo de aquel día: el punto de partido, el calor, la rodilla de la rival que cedía, el grito que le salió de un sitio del cuerpo que no sabía que existía.
Lo recordaba como se recuerda una película que has visto muchas veces. Con cariño y desde fuera.
Y al fondo de la balda, casi escondido detrás de una copa más grande, estaba el otro. El primero. El de verdad.
Era pequeño. Ridículo, comparado con los demás. Una copa de metal barato con la base de mármol falso, ennegrecida en los bordes donde el dorado se había ido. Campeona júnior. 19 años. La placa apenas se leía ya.
Lo cogió con las dos manos.
Pesaba menos de lo que recordaba. En su memoria aquella copa era enorme, era el principio de todo, era el día en que un hombre con acreditación de federación le dijo tú vas a llegar lejos y ella se lo creyó porque tenía diecinueve años y nadie le había dicho nunca que no.
Sostenerla ahora, con treinta y cuatro años, quince más tarde, en el salón silencioso de un piso que no parecía suyo, era como sostener un objeto de otra persona.
Se sentó en el suelo, con la espalda contra el sofá, la copa en el regazo.
Diecinueve años. A los diecinueve sabía exactamente quién era.
Era la que iba a llegar lejos. Toda la maquinaria —el cuerpo, las horas, los aeropuertos, las renuncias, los entrenadores, las dietas, el dolor administrado como un sueldo— se había montado alrededor de esa frase.
Tú vas a llegar lejos. Y había llegado. Había llegado más lejos que casi nadie.
El problema era que la maquinaria estaba diseñada para llegar. No para quedarse.
Pasó el pulgar por la placa ennegrecida. Y pensó, por primera vez con todas las letras, sin la coartada de un torneo cerca ni de un objetivo en el horizonte: no sé quién soy cuando no estoy ganando algo.
No era una frase nueva. La había leído, de hecho.
La había leído en un libro de la asignatura de Leire, en uno de aquellos capítulos sobre identidad atlética y el vacío del retiro, y la había subrayado a desgana pensando que era un problema de otros, de los que se retiraban a los treinta sin haber hecho nada en la vida.
Ella tenía cinco Grand Slams. Ella tenía una fundación a medio montar, planes, opciones. Ella tenía currículo.
Lo que no tenía era idea de qué hacer un martes por la tarde si nadie le decía que sirviera diecisiete de veinte.
Dejó la copa en el suelo, a su lado, en lugar de devolverla a la balda. Le pareció que estaba mejor ahí, a su altura, que arriba detrás de las grandes.