Capítulo 13 #2
—No, no es fácil. Pero lo descartas igual. —Irune se reclinó otra vez en la silla—. Esa es la parte que me preocupa. No que dudes. Que ya hayas decidido y estés buscando la palabra que lo haga bonito.
Leire volvió a su silla. Se sentó despacio. El café seguía en el vaso y ella lo bebió de un trago, frío, como si aquel gesto inútil pudiera ordenar algo.
—¿Y qué quieres que haga? —Lo preguntó con un cansancio que no era fingido—.
¿Que vaya a un comité y diga que sí, que es verdad, que hay algo?
¿Que pierda quince años de trabajo? ¿Que me vaya de aquí señalada para que cualquier cosa que haya escrito en mi vida quede manchada con un asterisco?
Tú lo sabes. Tú sabes cómo funciona esto.
A mí me caería todo. A ella nada. A ella la fama la protege. A mí me hunde.
—Probablemente.
—Entonces.
—Entonces no te estoy diciendo que vayas a ningún comité.
—Irune la miró con paciencia, la paciencia de quien lleva mucho tiempo queriendo a alguien que se hace difícil de querer en algunos momentos—.
No te estoy diciendo qué decisión tomar.
Eso es tuyo. Algunas de tus razones son buenas, Leire.
Son buenísimas. Lo de que a ti te caería todo y a ella nada es probablemente cierto.
No soy idiota y no te estoy pidiendo que seas una heroína.
—¿Entonces qué me estás pidiendo?
—Que no me cuentes que es prudencia.
El despacho se quedó muy quieto.
—Que tengas el valor de llamarlo por su nombre, aunque la decisión sea la misma.
—Irune se inclinó una última vez—. Porque hay una diferencia enorme entre «no puedo permitírmelo y me duele» y «es lo razonable».
La primera te deja a ti dentro. La segunda te borra.
Y tú llevas tres años practicando la segunda.
Se te da de maravilla. Tan bien que un día te vas a despertar a los cincuenta en este despacho ordenadísimo, con tus plantas regadas los miércoles y tus libros por orden, y no vas a saber a qué le has tenido miedo durante toda tu vida, porque le habrás cambiado el nombre tantas veces que ya no lo reconocerás.
Leire no contestó.
No tenía con qué. Esa era la verdad desnuda, sin el adorno de los argumentos buenos: no tenía con qué responder.
Cada cosa que se le ocurría era una variante de lo mismo, una versión más pulida de la palabra prudencia, y Irune le acababa de quitar esa palabra de las manos como se le quita un objeto peligroso a alguien que no sabe que lo es.
Se quedó mirando el examen cerrado sobre la mesa. La letra apretada del estudiante. El margen vacío.
—¿La quieres? —preguntó Irune, y esta vez no había filo. Solo la pregunta.
Leire abrió la boca. La garganta se le cerró otra vez, más fuerte, y supo que si decía la palabra que tenía detrás de los dientes ya no podría volver a guardarla.
—No lo sé —dijo, que era una mentira pequeña, una de las que se dicen para no decir una grande.
Irune asintió. No insistió. Conocía el peso de un no lo sé dicho con ese cierre en la voz.
Se levantó, recogió su vaso vacío, dejó el de Leire sobre la mesa.
—No he venido a juzgarte —dijo desde la puerta—.
He venido porque te conozco y porque la última vez que te vi así no dije nada, y me he pasado tres años pensando que igual si hubiera dicho algo…
—Se encogió de hombros—. Probablemente no.
La gente decide lo que decide. Pero esta vez prefiero haberlo dicho.
—Gracias —dijo Leire. Y luego, más bajo—: De verdad.
—Cierra el despacho a una hora decente. —Irune le sostuvo la mirada un segundo más—. Y come algo que no sea de máquina.
La puerta se cerró con el chasquido suave de siempre, el mismo que durante meses había marcado el principio de un reloj invisible que la contaba hacia otro encuentro. Esta vez no contaba hacia ningún sitio.
Leire se quedó sola con la lluvia.
Cogió el móvil. Lo desbloqueó. ¿Hice algo? Tres palabras y un signo de interrogación que conocía de memoria.
Escribió: No es por ti. El cursor parpadeó al final de la frase.
La leyó. Era verdad y era mentira a la vez, como todo lo que llevaba dos días diciéndose. No era por Naia. Era por ella. Era por una mujer joven en una playa olvidada, por una plaza en Madrid, por un nombre que llevaba años sin pronunciar y que Irune acababa de dejar encima de la mesa.
Borró «No es por ti». Se quedó un rato mirando el campo vacío.
Y entonces, antes de poder convencerse de lo contrario, escribió otra cosa: No hiciste nada. El problema soy yo, no tú. Siento haberte hecho creer otra cosa.
Lo envió. Vio el tic gris. Bloqueó la pantalla enseguida y la dejó boca abajo, con el corazón golpeándole las costillas como si acabara de hacer algo irreversible, que era exactamente lo que sentía.
No era una vuelta. No arreglaba nada. No cambiaba una sola de las razones.
Pero era lo primero verdadero que le decía a Naia desde marzo, y lo había dicho ella, sin que la obligara una caída ni una cámara ni nadie.
Fuera seguía lloviendo. Leire se quedó en el despacho hasta que oscureció del todo, sin volver a mirar el teléfono, sabiendo que no habría respuesta y que no la merecía.