Último curso Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Leire dejó el cucharón. Se limpió las manos en el trapo, despacio, como hacía para ganar tiempo cuando iba a decir algo verdadero. Naia ya conocía ese gesto. Lo conocía porque llevaba un año aprendiéndoselo, igual que se había aprendido la curva de un saque o el peso de una raqueta nueva.

—Que ya no estoy eligiendo —dijo Leire—.

La última vez que algo importaba de verdad, decidí que el orden era más seguro.

Y lo fue. Fue segurísimo. Tan seguro que estuve tres años sola.

—Levantó la vista—. No quiero volver a ser segura.

Quiero estar en el folleto. Quiero que mi nombre salga al lado del tuyo y que alguien haga la cuenta y piense lo que quiera pensar.

Naia se quedó muy quieta. El aire de la cocina se había vuelto denso, de esa densidad que aprieta el pecho. Un año antes, una frase así la habría hecho salir corriendo en dirección contraria. Ahora le tembló algo dentro y lo dejó temblar.

—¿Sabes lo que es eso para mí? —dijo, y la voz le salió más baja de lo que pretendía—. Que estés dispuesta a que te vean conmigo. A que se sepa.

—Lo sé.

—Llevo toda la vida con gente que me quería para una foto. Y tú llevas un año escondiéndote para que nadie haga ninguna.

—Ese era el problema, sí.

—Y ahora vas a salir en mi puta web.

Leire soltó una carcajada, una de las suyas, breve y contra su voluntad.

—Ya sé lo que van a pensar —dijo Leire, y esta vez no lo dijo de broma—.

Sé perfectamente cómo suena. La profesora que acaba en el folleto de la exalumna famosa.

Lo van a decir. En el departamento, en algún congreso, alguien en algún momento.

—Sostuvo la mirada de Naia por encima de la vela—.

Me he pasado quince años cuidando de que mi nombre no diera pie a una sola frase de esas.

Y ahora voy a poner yo el nombre ahí, sabiendo lo que van a decir, porque prefiero que lo digan a seguir sin ti.

Esa es la diferencia. Esta vez sé lo que cuesta y lo pago igual.

—Ya no eres mi profesora. —Naia sonrió—. Tú misma lo dijiste. En el pasillo.

—Lo sé. —Leire alargó la mano por encima de la mesa pequeña. La puso sobre la de Naia, sin titubeo, sin medir la distancia, sin dejarla a un centímetro como hizo aquella primera vez en una cafetería de noviembre con la mano cerca pero sin llegar—. Por eso puedo hacer esto sin que sea un problema.

Naia miró las dos manos juntas sobre la madera.

La de Leire, de dedos largos y quietos, la que corregía exámenes con notas al margen.

La suya, ancha, con la callosidad del mango aún marcada en la palma, una mano que había sostenido trofeos en seis idiomas y que ahora descansaba bajo otra mano en una cocina de Chamberí.

No había cámaras. No había pista. No había nadie aplaudiendo.

—La primera reunión del comité es el jueves —dijo Leire—. Te aviso de que pienso discrepar contigo en público. Profesionalmente. Tus ideas sobre la entrada temprana al alto rendimiento son intuitivas pero les falta marco teórico.

—Regulación introyectada —dijo Naia.

Leire parpadeó.

—Eso fue lo que respondí en el examen —siguió Naia—.

La tercera pregunta. Lo entendí porque lo viví, no porque lo leyera.

A los diecinueve hacía lo que hacía porque, si no, me sentía culpable, no porque quisiera.

Tardé quince años en saber que eso tenía nombre.

—Giró la mano bajo la de Leire hasta entrelazar los dedos—.

Por eso quiero la fundación. Para que los próximos lo sepan antes.

Leire la miró un largo rato. Era la mirada del primer día, la que estudia, la que pesa.

Pero ahora había algo debajo que no había entonces, algo que se había ido asentando despacio entre un café que duró dos horas y un beso impulsivo en el despacho doscientos catorce y una pantalla en blanco en un hotel de Melbourne y un silencio de marzo que casi lo destruyó todo y un hospital donde Leire apareció sin tener ninguna razón institucional para estar.

—Por eso eras mi mejor alumna —dijo Leire—. Y por eso me costó tanto fingir que no lo eras.

Era de noche cuando recogieron la cena. Naia fregaba y Leire secaba, porque el lavavajillas hacía un ruido que a Naia le ponía de los nervios y que nunca había sabido explicar, y a Leire le daba igual el motivo, lo apagaba y ya está.

Esas cosas pequeñas. Las que no cabían en ningún acuerdo tácito y que se habían ido instalando solas, sin que ninguna las nombrara.

Naia había dejado la muleta apoyada en la pared de la cocina y caminaba sin ella por el pasillo, descalza, con un cuidado que no admitiría tener.

Leire la observaba desde la puerta. El tobillo.

El cuerpo que durante toda una vida había sido un instrumento y ahora aprendía a ser solo un cuerpo.

La forma en que Naia se detenía frente a la estantería de los libros ordenados por temas que parecían colores, sacaba uno, lo hojeaba, lo devolvía mal, en el hueco equivocado.

—Eso me va a volver loca —dijo Leire.

—Lo sé. —Naia ni siquiera se volvió—. Por eso lo dejo así.

Leire cruzó el salón, cogió el libro y lo recolocó en su sitio. Naia la abrazó por detrás mientras lo hacía, la barbilla apoyada en su hombro, el peso entero contra su espalda, confiada, como quien ya no calcula la distancia de retirada.

—¿El jueves vas a discrepar conmigo de verdad? —preguntó Naia contra su cuello.

—De verdad. Marco teórico. Citas. Te voy a destrozar el documento de objetivos.

—Bien. —Naia le secó una gota de agua del antebrazo con el pulgar, un gesto sin importancia, de los que no se piensan—. Entonces prepárate. Porque pienso llevarte la contraria en todo.

—Cuento con ello.

Leire guardó el último vaso. Se quedaron las dos en la cocina pequeña, con la vela a medias en la mesa y el pasillo en penumbra al fondo, y por un momento ninguna dijo nada, porque no hacía falta.

Un año antes, aquel silencio habría sido diferente: Naia midiendo cuándo atacar, Leire midiendo cuándo huir.

Ahora era solo silencio. De los que se pueden habitar.

Naia pensó en la copa pequeña, la de los diecinueve años, la que había puesto delante de las grandes en su piso vacío de la Castellana.

Pensó que llevaba media vida ganando cosas para que alguien la mirara, y que la única persona que la había mirado de verdad lo había hecho el día que leyó su apellido en una lista sin que se le moviera un músculo de la cara.

—¿En qué piensas? —preguntó Leire.

—En nada. —Naia sonrió—. En que tengo entrenamiento mañana y no me he tomado el vino.

—Mentirosa.

—Un poco.

Leire alargó la mano y le apartó un mechón de la cara, despacio, con la misma calma con la que corregía un examen o regaba una planta un domingo. Un gesto doméstico, de los que no salen en ninguna foto y lo dicen todo. Y la besó.