Capítulo 11
El problema no era el aula. El aula funcionaba.
El problema empezaba después, cuando cerraba la puerta del despacho doscientos catorce y se quedaba sola con el ruido de la calefacción y la certeza de que volvería a verla esa noche.
Era un martes de finales de febrero cuando Naia subió a Chamberí a media tarde.
No de noche, no con la coreografía de los portales vacíos y los ascensores calculados.
Aún con luz, con el cielo claro y un frío seco que olía a invierno terminándose.
Leire abrió la puerta y se encontró algo que no encajaba: Naia con una bolsa de panadería en la mano, las mejillas rojas, el pelo revuelto por el viento.
—Pasaba por aquí —dijo Naia.
—No pasabas por aquí. Vives en la Castellana.
—Pasaba por aquí en sentido figurado.
Leire se apartó para dejarla entrar. No protestó. Hacía tiempo que había dejado de protestar por las cosas que ya estaban decididas antes de que ella tuviera voz en el asunto.
El piso de Chamberí tenía el orden que Leire había levantado durante una década: los libros por colecciones, las plantas regadas los miércoles, una butaca junto a la ventana donde leía con la lámpara de pie inclinada en el ángulo exacto.
Cada objeto sabía dónde vivía. Naia entraba en aquel espacio como entraba en todos: ocupándolo sin pedir permiso, dejando la bolsa en la encimera, quitándose las zapatillas con los pies sin desatarlas.
—Eso lo va a pagar tu fisio —dijo Leire.
—Mi fisio cobra demasiado para preocuparse por las zapatillas.
Leire fue a la cocina. Tenía la tarde libre, la corrección de los trabajos parciales podía esperar, y desde algún lugar que no quiso examinar le había nacido la idea de cocinar.
Algo lento. Algo que ocupara las manos. Sacó cebolla, ajo, una lata de tomate, arroz.
Naia se sentó en uno de los taburetes y la miró trabajar con esa atención total que Leire había aprendido a reconocer: la misma que ponía cuando intentaba entender un concepto en clase, la misma que la había convertido, contra todo pronóstico, en una alumna que pensaba.
—No sabía que cocinabas —dijo Naia.
—Hay muchas cosas que no sabes.
—Esa es la idea, ¿no? —Naia partió un trozo de pan de la bolsa y se lo metió en la boca—. Que no sepamos demasiado.
Leire no contestó. Picó la cebolla con la atención de quien busca refugio en una tarea.
El cuchillo contra la tabla, el aceite calentándose, el olor que empezaba a llenar la cocina.
Eran las cosas concretas las que la salvaban.
Las que tenían principio y final y no la obligaban a mirar lo otro de frente.
Naia se levantó del taburete al cabo de un rato.
Dio una vuelta por el salón con las manos en los bolsillos, mirando los lomos de los libros, la butaca, las fotos que Leire sí tenía: su madre, una colega en un congreso, ella misma a los veintitantos en una playa que ya no recordaba. Naia se detuvo en esa.
—Eras tú.
—Sigo siendo yo.
—Más joven.
—Todos lo fuimos. —Leire echó el arroz a la sartén—. ¿Vas a quedarte de pie toda la tarde?
Naia no contestó. Se dejó caer en el sofá, el cuerpo largo desplegado contra los cojines, el tobillo derecho —el que se vendaba antes de cada partido— apoyado sobre el reposabrazos.
Leire la oyó suspirar. Un sonido pequeño, de animal que se rinde a un sitio cálido.
Siguió cocinando. Removió el arroz, bajó el fuego, añadió el caldo.
Los gestos de siempre, pero con la conciencia aguda de la otra presencia en su casa, ocupando su sofá, respirando en su salón.
Cuando se giró a preguntarle algo —no recordaría nunca qué—, Naia se había dormido.
Leire se quedó con la cuchara de madera en la mano.
Naia dormía con la boca entreabierta, una mano bajo la mejilla, la otra colgando hacia el suelo.
La luz de la tarde, ya naranja, le caía sobre la cara y le borraba todo lo que la hacía reconocible.
No estaba la tenista de los carteles. No estaba la mujer que entraba en cualquier sitio sabiéndose mirada.
Estaba alguien cansada. Alguien que había bajado la guardia en un sofá ajeno porque había decidido, en algún punto que Leire no había visto venir, que aquel sofá era seguro.
Leire apagó el fuego.
No quería despertarla. Esa fue la primera cosa que entendió, de pie en la cocina, con el olor del arroz subiendo entre las dos.
No quería despertarla y no era por amabilidad.
Era por algo más feo, más exigente: quería mirarla dormir.
Quería seguir mirándola un rato más, aprenderse cómo respiraba, cómo el pecho subía y bajaba, cómo el ceño se le había aflojado por completo.
Quería cosas que no figuraban en ningún acuerdo.
El acuerdo era sencillo. Lo habían firmado sin palabras, que era la única manera en que ellas firmaban algo.
Lo de fuera y lo de dentro. Nada que dejara rastro.
Nada que las obligara a nombrarlo. Era un acuerdo prudente, diseñado por una mujer prudente, una mujer que había hecho toda su vida sobre la prudencia y que sabía exactamente cuánto costaba lo contrario.
Y ahí estaba ella, con la cuchara en la mano, queriendo despertarla con un beso en la frente como si tuviera derecho.
Dejó la cuchara. Cruzó el salón sin decidirlo del todo y se agachó junto al sofá.
Le apartó a Naia un mechón de la frente con dos dedos, muy despacio, y dejó la mano ahí un segundo de más, en el nacimiento del pelo, sintiendo el calor de la piel dormida.
No pensó nada mientras lo hacía. Por una vez el cuerpo llegó antes que la cabeza, hizo lo que quería hacer y ella lo dejó.
Solo después, cuando ya había retirado la mano y había vuelto a la cocina con el corazón haciéndole algo raro, llegó el pensamiento, y con el pensamiento el miedo.
Se apoyó en la encimera. Notó cómo se le cerraba despacio la garganta, ese aviso que conocía bien y que llevaba semanas ignorando.
No era deseo. El deseo lo tenía controlado, el deseo cabía dentro del acuerdo.
Esto era otra cosa. Esto se parecía a una tarde de domingo cualquiera de una vida que no existía, dos mujeres en un piso, una cocinando, la otra dormida, el sentido entero de la tarde construido sobre la idea de que habría muchas tardes más.
No las habría. Eso también lo sabía. Eso lo sabía sobre todas las cosas.
Volvió a encender el fuego al mínimo. Hizo ruido a propósito, una cucharada contra el borde de la sartén, y oyó a Naia removerse.
—¿Me he dormido?
—Veinte minutos.
—Joder. —Naia se incorporó, se frotó la cara con las dos manos—. Es la primera vez en semanas que me duermo sin tener que pensarlo.
Leire trajo dos platos al salón. No comieron en la mesa.
Comieron en el sofá, los platos sobre las rodillas, las piernas de Naia encima de las suyas porque no había sitio y porque hacía tiempo que ninguna de las dos fingía que necesitaba el sitio.
Naia comió como comía todo, con hambre franca, repitiendo, alabando el arroz con una efusividad que a Leire le habría parecido excesiva en cualquier otra persona y que en ella sonaba simplemente cierta.
—Te ríes —dijo Naia.
—No me río.
—Te ríes por dentro. Te conozco la cara de reírte por dentro.
—No me conoces la cara de nada.
Naia dejó el plato en el suelo, se giró sobre el sofá y la miró. La luz se había ido del todo y Leire no había encendido las lámparas, así que estaban casi a oscuras, las dos caras separadas por un palmo, el ruido de la calle filtrándose por la ventana.
—Te conozco más de lo que crees —dijo Naia. En voz baja. Sin la sonrisa.
Leire no contestó. Era lo que hacía siempre que una frase la tocaba donde no debía: callaba y dejaba que el silencio la devolviera a su sitio.
Pero esa noche el silencio no la devolvió a ningún sitio.
Esa noche el silencio se llenó de la respiración de las dos y de la certeza, recién entendida en la cocina, de que llevaba semanas mintiéndose sobre lo que estaba pasando.
Fue Leire quien se acercó. Esa fue la diferencia.
Otras noches había sido Naia, siempre Naia, con su impaciencia y su hambre y su manera de no esperar nunca a que la vida le diera permiso.
Esa noche fue Leire quien recorrió el palmo que las separaba, quien puso la mano en la mandíbula de Naia y la besó despacio, sin urgencia, como si tuvieran toda la noche y la noche siguiente y las que vinieran después.
Naia se quedó quieta un segundo. Sorprendida. Y luego respondió igual de despacio, dejándose llevar por aquel ritmo nuevo que ninguna de las dos había marcado antes.
No hubo prisa. Eso fue lo que la hizo distinta.
Las otras veces habían tenido la prisa de lo robado, de lo que hay que consumar rápido porque el tiempo apremia y el mundo acecha.
Esa noche se desnudaron con lentitud, en el sofá primero y luego en la cama de Leire, donde Naia no solía llegar porque la cama era demasiado de Leire, demasiado el centro de su vida ordenada.
Esa noche llegó. Y Leire la dejó llegar.
La tocó como si quisiera memorizarla. Las manos de Leire, que en el aula eran manos quietas, que sobre la mesa del despacho descansaban inmóviles mientras hablaba, esa noche se movieron sobre el cuerpo de Naia con una atención que no tenía nada de calculado.
Recorrió la cicatriz del hombro, la del tobillo, las marcas de una vida pasada exigiéndole al cuerpo más de lo que un cuerpo puede dar.
Naia la dejó hacer. Cerró los ojos, se abrió, dejó que Leire la leyera entera.
—Más despacio —murmuró Naia en algún momento, y no era una protesta. Era casi un ruego.
Leire fue más despacio.
Hubo un silencio largo después, cuando ya estaban quietas, el cuerpo de Naia medio sobre el suyo, la respiración volviendo a su sitio.
La habitación olía a las dos. La luz de la calle entraba por la rendija de la persiana y dibujaba una línea pálida en el techo.
Leire la miró. Tenía la mano de Naia abierta sobre su esternón, el pulgar dibujando un círculo lento sin intención, y por primera vez en mucho tiempo no quiso que pasara nada más.
No quería el siguiente gesto. No quería el placer ni la conversación ni la despedida.
Quería que el tiempo se parara ahí, en esa rendija de luz, en ese círculo del pulgar, en ese peso cálido contra su costado.
Y supo, con la claridad fría con la que sabía todas las cosas que más le dolían, que estaba en un problema mucho más serio del que había aceptado correr.
—¿En qué piensas? —preguntó Naia.
—En nada.
—Mentirosa.
Leire giró la cabeza para mirarla. Naia tenía los ojos abiertos en la penumbra, fijos en ella, sin sueño.
—En que es tarde —dijo Leire—. En que tienes entrenamiento mañana.
—No es eso.
—No, no es eso.
Lo admitió en voz baja, casi sin darse cuenta de que lo decía.
Y le asustó haberlo dicho, la facilidad con que la verdad se le había escapado en esa cama, en esa oscuridad, con esa mujer respirándole en el cuello.
Naia no insistió. Esa era una de las cosas que Leire había aprendido de ella en aquellos meses: que sabía cuándo no empujar.
Que debajo de la impaciencia había una paciencia rara, intermitente, que aparecía justo cuando hacía falta.
Naia se quedó dormida otra vez al cabo de un rato.
Era la segunda vez en una tarde, y Leire pensó, mirándola, que aquello también era nuevo.
Que Naia no se dormía en cualquier sitio.
Que dormirse era una entrega que no le hacía a casi nadie, y que se la estaba haciendo a ella, dos veces, en una sola tarde, como si su cuerpo hubiera decidido confiar antes que su cabeza.
Leire no durmió. Se quedó tumbada, con el brazo dormido bajo el peso de Naia, sin querer moverlo.
Repasó el acuerdo. El acuerdo decía: nada que deje rastro.
El acuerdo no contemplaba el arroz en el sofá ni los pies sin zapatillas ni la mano abierta sobre el esternón ni el deseo de que el tiempo se parara.
El acuerdo era una cosa pequeña y limpia, y lo que estaba pasando dentro de su pecho era una cosa grande y sucia y completamente fuera de control.
Pensó en Aroa. No lo hacía nunca, llevaba años sin pensar en Aroa salvo como en un capítulo cerrado, una lección aprendida, una factura ya pagada.
Pero esa noche, con Naia respirando sobre ella, volvió a aparecer el recuerdo de otra cama, otra ciudad, otra mujer que un día le había dicho que quería más a su carrera que a ella.
Y de cómo Leire no había sabido qué responder porque la mujer tenía razón.
Ahora, en su propia cama de Chamberí, Leire entendió que estaba a punto de tener que elegir otra vez. Que la elección llegaría, tarde o temprano, porque las cosas grandes y sucias y fuera de control siempre obligaban a elegir. Y que esta vez no sabía con qué carta iba a quedarse.
Quería cosas que no podía querer. Quería desayunos.
Quería despedirse en la puerta sin mirar a los lados.
Quería decir el nombre de Naia en una conversación con Irune sin que se le cerrara la garganta.
Quería tardes de domingo que no terminaran con la coreografía del portal vacío.
Quería, sobre todo, no tener que medir los segundos en el aula, no tener que ser una mujer dividida en dos relojes, no tener que sostener con las dos manos un secreto que pesaba más cada día.
Pero querer no era lo mismo que poder. Eso lo sabía desde los veinte años. Eso lo tenía aprendido hasta el fondo.
Naia se removió en sueños y murmuró algo que Leire no entendió.
Leire le apartó el pelo de la cara con la mano libre, despacio, sin despertarla.
Fuera, la ciudad seguía con su ruido constante, los coches, una sirena lejana, el invierno terminándose sobre los tejados de Chamberí.
Marzo estaba a la vuelta de la esquina. Faltaban meses para junio, para el final del curso, para el día en que Naia dejara de ser su alumna y todo lo que las protegía y las condenaba a la vez dejara de tener sentido.
Leire cerró los ojos. No para dormir. Para no seguir mirándola, porque mirarla le estaba enseñando demasiado.
En la cocina, el arroz que había sobrado esperaba en la sartén. Leire pensó que tendría que tirarlo por la mañana, y que era una pena.
No se movió en toda la noche. Dejó que el brazo se le durmiera del todo. Era un precio ridículo, insignificante, y lo pagó de buena gana, porque era el único que aquella noche estaba dispuesta a permitirse.