Capítulo 12
El comentario llegó un martes, después de clase, cuando Naia recogía sus cosas sin prisa porque ya no había nada que demostrara que tenía prisa por irse.
—Es raro, ¿no? —dijo una chica a su lado.
Naia levantó la vista. Era una alumna de la segunda fila, una de las que tomaban apuntes a mano con bolígrafos de colores. Cara redonda, gafas, un cuaderno cubierto de adhesivos. Naia no recordaba su nombre. Nunca recordaba los nombres de la gente que no jugaba contra ella.
—¿El qué?
—Cómo te trata Alzaga. —La chica se colgó la mochila de un hombro—. O sea, no te trata mal. Es eso. No te trata distinto. A nosotras nos corrige las comas y a ti... no sé. Es como si te vigilara de otra forma.
Naia metió el cuaderno en la bolsa despacio, con cuidado, como si dentro hubiera algo frágil.
—Será que suspendí el parcial —dijo.
—Ya, pero. —La chica se rio, y la risa no tenía maldad, lo cual era peor—. Yo qué sé. Os miráis raro. Lo comentamos el otro día con Gael y todo.
Y ahí estaba. La frase se quedó entre las sillas vueltas y la pizarra a medio borrar, en el aula medio vacía.
Naia llevaba quince años entrenándose para no notar los ojos ajenos.
Sabía lo que era jugar un punto de partido con veinte mil personas conteniendo el aliento.
Sabía encajar una pregunta tramposa en rueda de prensa y devolverla limpia, sin dejar ni un hueco.
Esto era distinto. Esto le subía por la nuca como un calambre fino.
—¿Lo comentáis? —Mantuvo la voz plana.
—En broma —dijo la chica enseguida, y por primera vez pareció darse cuenta de que había dicho algo. Reculó—. Vamos, que no... nada. Que es buena profe. Hasta mañana.
Se fue. Naia se quedó de pie junto a su mesa, en el aula B12, con el sol de marzo entrando oblicuo por las ventanas y el polvo flotando en la luz.
Miró hacia la tarima. Leire ya no estaba.
Había salido la primera, como siempre, sin esperar, con la carpeta bajo el brazo y los tacones marcando un ritmo que Naia conocía de memoria.
Os miráis raro.
No se habían mirado raro. Habían pasado dos meses calculando cada milímetro. Naia podría haber escrito un manual sobre la cantidad de cosas que no hacía en esa aula: no la buscaba con la vista, no se quedaba al final, no formulaba preguntas que no haría cualquier alumna. Y aun así.
Aun así, alguien lo había visto.
Sacó el móvil mientras bajaba las escaleras. Abrió el chat. No el del nombre real, sino el otro, el guardado bajo una inicial, sin foto, donde los mensajes hablaban de bibliografía cuando hablaban de cualquier cosa menos de bibliografía. Escribió.
¿Tutoría el jueves? Tengo dudas con el trabajo final.
Era código. Lo era desde enero. Dudas con el trabajo final significaba una tarde en Chamberí, o una noche en la Castellana, o un rato robado con la puerta del despacho doscientos catorce cerrada.
Naia lo mandó, se guardó el teléfono y salió al patio interior, donde dos chicos lanzaban un balón contra una pared y un grupo de primero comía bocadillos sentado en el césped.
El móvil vibró al cabo de unos minutos. Naia lo sacó demasiado rápido.
El jueves no puedo. Tengo claustro.
Eso era todo. Sin signos. Sin la coma de más que Leire dejaba a veces, esa pausa escrita que Naia había aprendido a leer como si le rozara la mano. Solo cuatro palabras y un punto.
Naia escribió: El viernes entonces.
Pasó un rato. La respuesta llegó cuando ya había llegado al CAR, cuando ya se había cambiado, cuando ya tenía la raqueta en la mano.
Estoy liada esta semana. Mejor cuando devuelva los exámenes.
Naia miró la pantalla. Leyó la frase tres veces. Mejor cuando devuelva los exámenes. Los exámenes eran dentro de tres semanas.
Guardó el móvil. Salió a la pista. Peloteó contra la máquina durante una hora sin pensar, golpe tras golpe, hasta que el brazo le quemó y el sudor le caía por la espalda, y cuando paró, jadeando, con las manos en las rodillas, lo único que había conseguido era que el silencio del teléfono pesara más.
El jueves no hubo tutoría porque hubo claustro. El claustro existía; Naia lo comprobó, lo cual le dio vergüenza después, mirar el calendario académico de la universidad como una cría. El claustro era real. Pero también era real que Leire podría haber dicho el viernes sí, y no lo había dicho.
El martes siguiente, en clase, Leire dio una sesión sobre cohesión de equipo.
Fue buena. Siempre era buena. Habló con esa voz serena que Naia había escuchado por primera vez en septiembre y que entonces le pareció distante y ahora le parecía un país entero al que tenía acceso.
Movió las manos poco, las mantuvo quietas sobre el atril.
No miró a la tercera fila ni una vez. Naia lo contó. Cuarenta y cinco minutos. Cero veces.
Cuando terminó, Leire recogió la carpeta y dijo:
—Para los que tienen revisión de exámenes, la semana que viene cuelgo los horarios en el campus virtual.
Los que tienen revisión. No quien quiera consultarme. No los de trabajos finales. Plural impersonal, repartido entre veinte personas, diluido hasta que no significaba nada.
Naia no se acercó al final. Habría sido romper la regla, y la regla la habían inventado las dos.
Pero vio cómo Leire salía, otra vez la primera, otra vez sin volverse, y sintió algo que no había sentido en esa aula desde el primer día: que sobraba.
Que era, a sus treinta y cuatro años, la rara entre gente más joven.
La que no encajaba. La que había llegado tarde a todo.
Gael la alcanzó en el pasillo.
—Oye, qué seca está Alzaga últimamente, ¿no? —dijo, mordiendo una manzana—. Antes te respondía las preguntas con rollos enteros. Ahora corta. Igual le pasa algo.
—Igual —dijo Naia.
—¿Comemos? Hay un sitio nuevo que hace unos burritos que flipas.
—Tengo entreno.
—Tú siempre tienes entreno. —Gael lo dijo sin reproche, con esa ligereza suya que no calculaba nada—. Algún día te voy a secuestrar.
Naia consiguió media sonrisa. Gael se fue, satisfecho con su manzana y su vida sin dobleces, y Naia se quedó otra vez sola en un pasillo de la UCADE, que era como se había quedado sola en muchos sitios, solo que antes los pasillos tenían premio al final.
Esa noche mandó un mensaje. No al chat de la inicial. Al de verdad, al del nombre, al que casi no usaban porque casi nunca hacía falta.
No sé qué ha pasado. Si he hecho algo, dímelo. Pero dime algo.
Lo mandó pasadas las once. Vio el tic gris. Luego el tic azul. Leire lo leyó dos minutos después.
Naia esperó con el móvil en la mano, sentada en el sofá de su apartamento de la Castellana, ese salón impersonal donde la única cosa con historia era una copa de plata que había ganado en París a los veintitrés.
Las luces de la avenida subían por el cristal del ventanal.
Coches que iban a algún sitio. Gente que tenía a alguien esperándola.
Media hora después, nada.
A medianoche, nada.
Naia dejó el teléfono boca abajo sobre el cristal de la mesa baja. Se levantó. Fue a la cocina. Abrió la nevera y la cerró sin sacar nada. Volvió al salón. Cogió el teléfono. Boca arriba. Nada.
Y lo entendió, no de golpe sino por capas, como cuando una lesión que llevas días notando por fin tiene nombre y el médico te dice lo que ya sabías. Lo entendió con el cuerpo antes que con la cabeza. Se le cerró la garganta. Le hormigueó algo frío en el estómago.
Leire había leído el mensaje. Leire, que medía cada palabra, que dejaba comas como quien deja una mano cerca de otra sobre una mesa, había decidido que la palabra más exacta era el silencio.
No era una pelea. No era un malentendido que se arreglara con una conversación.
Era una decisión. Naia conocía las decisiones.
Llevaba toda la vida tomándolas en una milésima de segundo: subir a la red o quedarse, arriesgar el revés paralelo o jugar seguro al centro.
Sabía lo que era una decisión cuando la veía, aunque viniera disfrazada de claustro y de estoy liada y de mejor cuando devuelva los exámenes.
Leire había mirado lo que tenían —los dos relojes, las tardes lentas en Chamberí, la noche en la cocina riéndose de nada— y lo había puesto en una balanza junto a quince años de carrera, junto a su nombre en artículos y libros, junto a su despacho con luz de esa que no perdona, junto a todo lo que había levantado sola y a costa de qué Naia ya sabía, porque Leire se lo había contado una vez, de pasada, junto a la ventana oscura del patio.
Aroa. El nombre estaba ahí, en aquella conversación de enero, dicho una sola vez y nunca repetido.
Una mujer a la que Leire había querido durante años y a la que había dejado marchar porque la carrera pesaba más, porque el orden era más seguro, porque siempre hay un congreso, una plaza, un riesgo que no merece la pena.
Naia no era Aroa. Pero ahora entendía que daba igual. Lo que se repetía no era la persona. Lo que se repetía era Leire, eligiendo, una y otra vez, lo que no podía hacerle daño porque ya no la tocaba del todo.
Y Naia, que había ganado partidos donde el marcador decía que iba perdiendo, que había remontado dos sets en contra delante de quince mil personas, se dio cuenta de que ese era un partido que no dependía de ella.
Podía correr todas las pelotas. Podía no rendirse.
No servía de nada si la otra había decidido no jugar.
Cogió el móvil otra vez. Empezó a escribir. Por lo menos ten la decencia de— Lo borró. Pensé que— Lo borró. No te voy a molestar más. Solo— Lo borró.
Lo dejó en blanco. Bloqueó la pantalla. La habitación se quedó a oscuras salvo por la avenida, que seguía moviéndose ahí abajo como si nada, indiferente, hermosa, ajena.
Durmió mal. Soñó con pistas vacías, con gradas sin gente, con el sonido de la pelota botando en un estadio donde no había nadie.
Cuando jugaba así, sin público, el tenis no significaba nada.
Lo había escrito en aquel trabajo que Leire le corrigió en octubre, lo había escrito sin saber que estaba confesando algo: que había días en que golpeaba la pelota y no sentía absolutamente nada, que el deporte que la hizo célebre era a veces solo un brazo, una raqueta y un vacío del tamaño de una pista.
Se despertó temprano. Fue al CAR. Elia ya estaba allí, con su café y su libreta y esa atención plana y total que no se distraía con nada.
—Llegas pronto —dijo Elia.
—No dormía.
Elia la miró por encima del café. La miró un segundo de más.
—¿Tobillo?
—No.
—¿Hombro?
—No.
Elia dejó el café. No preguntó una tercera vez. Eso era lo que Naia había querido siempre de Elia: que supiera cuándo parar. Pero hoy, por algún motivo, ese parar le sentó como un portazo más.
—Vamos a empezar con saque —dijo Elia—. Tienes la cara de quien necesita romper algo, y prefiero que rompas pelotas a que te rompas la rodilla.
Naia sacó durante una hora. Primer saque, plano, todo lo fuerte que podía, contra la T, contra la línea, contra el cuerpo de un rival imaginario.
La pelota golpeaba la lona del fondo con un sonido seco y satisfactorio.
Sacó y sacó y sacó hasta que el hombro le avisó, y entonces sacó tres más, porque le daba igual el aviso del hombro, porque había un dolor que tapaba otro.
Elia la paró con un gesto.
—Suficiente. —Le tiró una toalla—. ¿Vas a contarme qué pasa o vas a destrozarte el manguito rotador?
Naia se secó la cara. Se sentó en el banco. Miró la pista, la red, las marcas blancas sobre el verde.
—¿Tú alguna vez has querido a alguien que te quería a medias? —preguntó, y la pregunta salió sola, sin permiso.
Elia se sentó a su lado. No fingió sorpresa. Nunca fingía nada.
—¿Esto es de la universidad? —dijo, despacio.
Naia no contestó. Que no contestara era la respuesta, y Elia, que la conocía desde hacía ocho años, lo sabía.
—No quiero un nombre —dijo Elia—. No me lo des. Solo dime una cosa. ¿Esa persona sabe lo que tiene?
—Sí.
—¿Y lo ha soltado de todas formas?
Naia tragó. Le ardía la garganta. Asintió una vez, mínimo, mirando la red.
Elia se quedó callada un rato largo. Luego le dio una palmada en la rodilla, una sola, firme.
—Entonces no es un partido tuyo —dijo—. A veces el otro entrega el punto. Y no puedes hacer nada, por mucho que corras. Lo sabes mejor que yo.
—Lo sé.
—Pues. —Elia se levantó, recogió un cesto de pelotas—. Lo jodido no es perder. Lo jodido es que te lo van a recordar cada vez que mires su lado de la pista. ¿Vas a poder con eso hasta junio?
Junio. Tres meses de aula B12, de martes y jueves a las nueve de la mañana, de ver a Leire entrar la primera y salir la primera, de cohesión de equipo y liderazgo y regulación de la motivación, conceptos que Leire explicaba con la misma voz serena con la que había decidido no contestar a un mensaje de medianoche.
—Voy a poder —dijo Naia.
No sabía si era verdad. Lo dijo porque es lo que se dice. Lo dijo como se dice este punto es mío cuando vas dos breaks abajo en el tercero. A veces lo crees y a veces no, pero hay que decirlo igual, porque el momento en que dejas de decirlo es el momento en que pierdes.
Elia asintió, satisfecha o fingiendo estarlo, y empezó a recoger las pelotas dispersas por la pista. Naia se quedó en el banco un momento más. Sacó el móvil por última vez esa mañana.
El chat seguía igual. Su mensaje de medianoche, leído dos minutos después de mandarlo.
Debajo, nada. Un espacio en blanco donde antes había comas de más, donde antes había llego en veinte minutos, donde antes había una mujer que la miraba en clase exactamente cero veces porque estaba ocupada mirándola en todos los otros sitios.
Naia bloqueó la pantalla. Se levantó. Fue a ayudar a Elia con las pelotas, porque eso es lo que se hace: se recogen las pelotas, se vuelve a empezar, se saca otra vez.
Pero algo, mientras se agachaba a recoger una pelota del fondo de la pista, se le había colocado en su sitio por dentro, frío y definitivo como un diagnóstico. Leire no iba a venir. Leire había elegido. Y lo peor no era el silencio.
Lo peor era que Naia, que llevaba toda la vida sosteniéndose sobre algo —el tenis primero, y ahora esto—, empezaba a sospechar que cuando le quitaban las dos cosas no quedaba nada debajo.
Solo un brazo, una raqueta, una pista vacía donde la pelota botaba y botaba y no significaba absolutamente nada.
Recogió la última pelota. La lanzó al cesto. Acertó.
Nadie aplaudió.