Último curso Capítulo 10
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Capítulo 10

Había aprendido a llevar dos relojes a la vez.

El otro reloj corría por debajo, callado, y solo lo veían ellas dos.

—Hoy seguimos con regulación emocional bajo presión —dijo Leire—. Quien no haya leído el capítulo cuatro, que se vaya enterando.

Risas suaves. Gael levantó la mano para preguntar algo. Leire le contestó con paciencia.

Naia escribió en el margen del cuaderno, donde nadie iba a leer: anoche se durmió antes que yo. Luego lo tachó con dos rayas hasta que no se distinguía. Cerró el cuaderno cuando sonó el timbre.

La lógica era sencilla. Naia se la había explicado a sí misma muchas veces, en la cinta, corriendo, donde pensaba mejor.

Lo que había entre ellas no podía existir a la luz.

De acuerdo. Entonces existiría donde no llegaba la luz.

Eso no la asustaba. Llevaba toda la vida ganando partidos en los que el marcador decía que iba perdiendo.

Sabía vivir dentro de lo imposible y sacar de ahí algo que mereciera la pena.

Era lo que podía ser. Y a Naia le parecía suficiente.

O eso se decía.

Salió de clase la última, como casi siempre ahora, y se cruzó con Leire en la puerta. Un instante. Leire recogía sus cosas.

—Arístegui, su trabajo sobre los introyectos. Lo tengo pendiente.

—Tómese su tiempo, profesora.

Leire no levantó la vista. Pero las comisuras de su boca hicieron algo pequeño, un temblor que solo Naia habría sabido nombrar.

—Mándame la dirección luego —dijo Leire, en voz tan baja que se la llevó el pasillo.

Y eso fue todo. Dos relojes corriendo a la vez, sin tocarse jamás en público.

El piso de Naia estaba en un edificio nuevo cerca del paseo de la Castellana, todo cristal y aristas, con vistas a una avenida que de noche era un río de luces.

Lo había comprado tres años antes y aún no había colgado un solo cuadro.

En la estantería del salón solo había trofeos.

La copa de Roland Garros, la de Melbourne del año bueno, las raquetas firmadas que le mandaba la marca.

Una casa que parecía la sala de exposiciones de la vida de otra persona.

Leire llegó pasadas las nueve. Naia abrió la puerta y la vio de pie en el rellano con el abrigo todavía puesto, una botella de vino en la mano y la cara de quien ha calculado el riesgo de cada paso desde el portal.

—¿Te ha visto alguien? —preguntó Naia.

—El portero está jugando al solitario en el móvil. No levantó la cabeza.

—Buen portero.

Leire entró. Dejó el abrigo en el respaldo del sofá con un cuidado de profesora, doblándolo casi. Recorrió el salón con la mirada, los trofeos, la avenida iluminada al otro lado del cristal, el silencio impecable.

—Esto no parece tu casa —dijo.

—No lo es. Es donde duermo.

—¿Y dónde está tu casa?

Naia se encogió de hombros.

—En un avión, supongo. En una pista.

Leire la miró un momento más de la cuenta. Luego dejó el vino en la encimera y se acercó a la estantería de los trofeos como si fuera un museo, las manos a la espalda.

—Roland Garros —leyó—. Y aquí no hay ni una foto tuya con esto. Ni una sola foto de tu cara.

—Ya me veo bastante en los periódicos.

Leire no insistió. Era una de las cosas que Naia había aprendido a apreciar de ella: sabía dónde estaba el punto que dolía y no lo tocaba. Se quitó los zapatos junto al sofá, los puso paralelos, perfectos, y Naia se rio.

—¿Qué?

—Nada. Que ordenas los zapatos como si fueras a corregirlos.

—Y tú dejas las raquetas tiradas en la entrada como si fueran paraguas.

—Son paraguas que ganan partidos.

Leire sonrió, y esa sonrisa era distinta de la del aula. No tenía filo. Naia se quedó mirándola, porque eso —esa sonrisa sin filo— era exactamente lo que no había en ninguna otra parte de su vida.

Cenaron tarde y mal, lo que hubiera en la nevera de una mujer que nunca cocinaba: un poco de queso, pan que empezaba a ponerse duro, aceitunas.

Leire fingió ofenderse por la pobreza del menú.

Naia abrió el vino. Hablaron de cosas que no eran ellas.

De un libro que Leire estaba leyendo. De Gael, que le había mandado a Naia tres mensajes seguidos preguntando si entraban los introyectos en el examen.

De la madre de Leire, que llamaba los domingos y siempre preguntaba si comía bien.

—¿Y comes bien? —preguntó Naia.

—Le digo que sí.

—No es lo que he preguntado.

Leire dio un sorbo al vino.

—Como de pie, frente a la nevera, leyendo artículos. ¿Eso cuenta?

—Eso es lo que hago yo después de un partido. De madrugada. De pie en la cocina del hotel.

Se quedaron mirándose por encima de las copas. Reconocerse así, en lo pequeño, en los hábitos de dos personas que comen solas y de pie, pesaba más que cualquier declaración.

A la una y media de la madrugada Naia se despertó con hambre.

Leire dormía a su lado, de costado, una mano abierta sobre la almohada.

Naia se quedó un momento mirándole la espalda, la curva de los hombros, el pelo negro extendido.

Leire dormía como hacía todo: ordenada, sin invadir, en su mitad exacta de la cama.

Naia, en cambio, había acabado atravesada en diagonal, como siempre.

Se levantó sin hacer ruido. Se puso la camiseta de Leire, la primera que pilló del suelo, demasiado pequeña, y fue a la cocina descalza. Encendió la luz de debajo de los armarios, la tenue. Abrió la nevera. No había nada decente.

—Te ha despertado el hambre.

Naia se giró. Leire estaba en el umbral, con la sábana enrollada y los ojos entrecerrados de sueño.

—¿Cómo lo sabes?

—Llevas mi camiseta. Me he quedado fría.

Naia se miró el pecho. Era verdad, la camiseta era de Leire.

—Lo siento. Es la que estaba arriba.

—Quédatela. Te queda fatal.

Naia se rio, una risa baja para no romper la hora. Leire se acercó descalza, se asomó a la nevera por encima de su hombro.

—No tienes nada.

—Tengo pan duro y media tableta de chocolate.

—¿Pan con chocolate a las dos de la mañana?

—Es la cena de campeones. Pregúntale a cualquier tenista.

Leire la miró con una ceja levantada, esa expresión de profesora que no se cree el dato, y Naia abrió el cajón y sacó la tableta. Cortó dos trozos de pan. Puso el chocolate en medio. Se lo tendió a Leire con las dos manos, solemne.

—Confía en mí.

Leire dio un mordisco. Masticó despacio. Su cara pasó por la sospecha, luego por la sorpresa, luego por una rendición discreta.

—Está bien —admitió—. Lo odio, pero está bien.

—Te lo dije.

Comieron de pie, apoyadas en la encimera, hombro con hombro, en la luz tenue de debajo de los armarios.

Fuera, la avenida había dejado de ser un río y era ya solo algún coche suelto.

La ciudad casi en silencio. Naia tenía migas en los dedos y la camiseta que le quedaba fatal y a Leire al lado masticando pan con chocolate en mitad de la noche, y pensó, sin querer pensarlo, que ningún Grand Slam le había hecho sentir nunca esto exactamente.

—¿De qué te ríes? —preguntó Leire.

—No me río.

—Te ríes por dentro. Lo veo.

—Estaba pensando que esto es ridículo.

—¿El qué?

—Tú. Yo. Pan con chocolate. La profesora Alzaga, autoridad mundial en regulación emocional bajo presión, comiendo de pie a las dos de la mañana en la cocina de su alumna.

Lo dijo en broma. Pero la palabra alumna cayó en medio de la cocina y se quedó ahí, en el suelo, entre las dos. Naia la oyó caer. Leire también.

Leire dejó el último trozo de pan en la encimera. Se limpió los dedos despacio.

—No me llames así aquí —dijo, en voz baja.

—¿Cómo?

—Alumna. Aquí no.

Naia asintió. El humor se había escurrido por algún sitio.

—Vale.

Leire la miró un segundo largo. Luego, como quien decide no abrir una puerta, alargó la mano y le quitó una miga de la comisura de la boca con el pulgar. Un gesto pequeño. Doméstico. De los que no salen en ninguna parte y lo dicen todo.

—Vamos a la cama —dijo Leire—. Mañana tengo claustro a las nueve.

—Y yo entreno temprano.

—Pues estamos locas.

—Estamos locas —repitió Naia.

Apagó la luz de la cocina. En la oscuridad, antes de seguir a Leire al dormitorio, se quedó un instante quieta.

Quería decir algo. Quería decir quédate el fin de semana, o no quiero que esto sea solo de noche, o cualquiera de las cosas que se le agolpaban en la garganta últimamente.

No dijo ninguna. Era lo que podía ser. Era suficiente.

Se lo repitió hasta que casi se lo creyó.

El miércoles, en el CAR, Elia le tiró una pelota a la cara antes de que Naia terminara de calentar.

Naia la cazó al vuelo a dos centímetros del ojo, por puro reflejo.

—¿Qué haces?

—Comprobar si sigues ahí —dijo Elia, cruzada de brazos al otro lado de la red—. Porque llevas una hora con el cuerpo aquí y la cabeza en cualquier otro sitio.

—Estoy aquí.

—Estás físicamente. Tu cabeza no.

Elia tenía treinta y seis años y conocía el juego de Naia mejor que la propia Naia.

Llevaban juntas desde que Naia tenía veintiséis, en lo bueno y en lo de mierda, en las finales y en las consultas del cirujano.

Era la única persona del mundo que la había visto llorar de verdad, no de las cámaras. Y no se le pasaba una.

Esa mañana tampoco se le había pasado la mueca de Naia al apoyar el saque, el medio segundo de más que tardaba en cargar sobre la pierna derecha.

Se lo había dicho ya dos veces esa semana: que el tobillo la estaba avisando, que descargara, que no forzara la báscula sobre ese pie.

Naia le había contestado las dos veces lo mismo.

Que era viejo, que ya lo conocía, que aguantaba.

Elia no insistió una tercera. Con Naia, insistir era la forma más rápida de que hiciera justo lo contrario.

—Saca —dijo Naia—. Te lo demuestro.

Sacó. Bien, fuerte, plano por la T. Elia ni se inmutó.

—No te he pedido un ace. Te he preguntado qué te pasa.

Naia bajó la raqueta. Se acercó a la red. Cogió la toalla del poste y se secó el cuello aunque apenas había sudado.

—No me pasa nada.

—Naia.

—Estoy bien, Elia. Mejor que en meses, de hecho.

Y ahí estaba el problema, porque era verdad. Elia entrecerró los ojos. Apoyó la raqueta contra la cadera.

—Eso es lo que me preocupa.

—¿Que esté bien?

—Que estés bien por algo que no es esto.

—Señaló la pista con la barbilla—. Perdiste en Melbourne en segunda ronda.

Volviste hace tres semanas. Por estadística deberías estar insoportable, deberías estar machacándote en el gimnasio hasta la medianoche, deberías haberme mandado quince audios diciendo que estás acabada.

Y en cambio vienes a entrenar... contenta.

Naia se rio.

—¿Me estás regañando por estar contenta?

—Te estoy preguntando por qué.

Naia no contestó enseguida. Hizo botar la pelota tres veces en el suelo, un gesto antiguo, de partido, de ganar tiempo entre puntos.

—No sé. Cosas de la universidad. Me distrae. Me gusta tener algo que no sea esto.

Elia la miró largo rato. Atención plana, total, sin pestañear, la mirada que ponía cuando alguien le mentía y ella decidía cuánto perdonárselo.

—La universidad —repitió.

—Sí.

—Las clases.

—Sí, Elia, las clases.

—¿Y la profesora esa que te suspendió el parcial en octubre? ¿La que te tuvo tres semanas de mal humor? ¿También te distrae?

Naia botó la pelota una vez más. La cazó. La apretó en la mano.

—Esa misma —dijo, con la voz tan neutra como pudo—. Le he cogido el truco.

Elia no se movió. Pero algo en su cara cambió, una sombra que pasó y se fue, como cuando una nube cruza la pista y oscurece el saque medio segundo.

No dijo nada. Eso fue lo peor. Elia siempre decía las cosas, siempre, era la persona que decía en voz alta lo que Naia no quería oír. Y esta vez se calló.

—Saca otra vez —dijo solamente—. Y esta vez con la cabeza puesta.

Naia volvió a la línea de fondo. Sacó. Y otra. Y otra. Pegó cuarenta saques sin fallar uno, con una concentración feroz, demostrando algo que nadie le había pedido. Cuando terminó, le ardían los hombros y tenía la respiración alta.

Elia recogió las pelotas en silencio. Cuando pasó por su lado camino del banco, se detuvo apenas.

—Sea lo que sea —dijo, sin mirarla—, ten cuidado. Tú no tienes una cara de póker tan buena como crees.

Y se fue al banco a beber agua, dejando a Naia sola en mitad de la pista, con la raqueta colgando de la mano y el pulso latiéndole por algo que no era el esfuerzo.

Esa noche, sola en el apartamento, Naia se preparó pan con chocolate.

Se lo comió de pie en la cocina, en la misma luz tenue de debajo de los armarios, mirando la avenida que volvía a ser un río de luces. La camiseta de Leire estaba doblada en su lado de la cama. Se la había quedado. Le quedaba fatal.

Pensó en lo que había dicho Elia. Ten cuidado. Pensó en el gesto de Leire quitándole la miga con el pulgar. Pensó en no me llames así aquí, en la palabra alumna cayendo en mitad de la cocina, en cómo las dos la habían visto caer y ninguna la había recogido.

Es lo que puede ser, se dijo. Es suficiente.

Pero de madrugada, de pie y sola, comiendo la cena de campeones que ya no le sabía igual, Naia entendió por primera vez que se lo repetía demasiado. Y que lo que uno tiene que repetirse muchas veces casi nunca es verdad.

Apagó la luz. Se llevó la camiseta de Leire a la cama y se durmió con ella en la mano, atravesada en diagonal.