Capítulo 9
Naia volvió de Melbourne un martes. Leire lo supo porque el campus volvió a vibrar de esa manera particular —pasillos que se llenaban de murmullos, móviles que cambiaban de mano para mostrar una pantalla—, y porque la segunda fila del aula volvió a estar ocupada por un cuerpo que ella había aprendido a no mirar de frente.
Cayó en segunda ronda. Leire lo había visto de madrugada, sola en su cocina de Chamberí, con una taza de té entre las manos, mientras Naia perdía un tercer set que no debería haber perdido. No se lo confesó a nadie. Ni a Irune ni del todo a sí misma.
Durante la clase mantuvo el orden de siempre. Habló de cohesión grupal, de liderazgo transformacional, de las cosas que sabía decir sin pensarlas. No la buscó con los ojos. Casi.
Al final, mientras los alumnos recogían, dejó caer la frase como quien menciona algo sin importancia.
—Quien tenga el trabajo final pendiente de revisar, que pase por el despacho esta semana. Tengo el jueves por la tarde.
No miró a nadie en concreto. No hizo falta.
El jueves llegó como llegan las cosas inevitables: despacio y de golpe a la vez.
Leire pasó la mañana corrigiendo, comió en el despacho un sándwich que no recordó haber masticado, y a media tarde la última alumna —una chica de tercero con dudas sobre una bibliografía— se levantó por fin de la silla.
—Gracias, profesora.
—Suerte con el trabajo.
La puerta del despacho doscientos catorce se cerró.
El patio interior se había quedado sin luz, esa hora de enero en que oscurece antes de que termine la tarde.
Leire recolocó unos papeles que no lo necesitaban.
Movió un bolígrafo de un lado a otro. Miró la ventana, donde solo se veía el reflejo del flexo y su propia cara, más cansada de lo que esperaba.
Sabía que Naia vendría. Lo supo desde que dijo la frase en clase. Y aun así, cuando alguien llamó con dos golpes secos, el cuerpo entero se le tensó.
—Adelante.
Naia entró con la cartera al hombro y cerró tras de sí. No traía el trabajo en la mano. No traía nada, en realidad, salvo una expresión que Leire no le había visto antes: ninguna de las habituales. Ni la sonrisa de torneo, ni la insolencia de las primeras tutorías. Solo eso. Estar ahí.
—Hola.
—Hola —dijo Leire—. Siéntate.
Naia no se sentó.
—No he venido por el trabajo.
—Ya lo sé.
Se quedaron así unos segundos. Fuera, alguien arrastraba una silla por el pasillo, lejos. Leire oyó su propia respiración y la encontró demasiado alta.
—Perdiste en Melbourne —dijo, porque era lo más neutro que encontró.
—Lo viste.
No era una pregunta. Leire no contestó, lo que era una forma de contestar. Naia dejó la cartera en una de las sillas y dio un paso. Solo uno.
—La videollamada —dijo Naia—. La de hace tres semanas. Empezamos a hablar del guion y a los diez minutos no estábamos hablando del guion.
—No.
—Y desde entonces me has escrito tres correos. Todos sobre formato APA.
Leire bajó la vista a la mesa. El bolígrafo seguía ahí, atravesado sobre un montón de folios.
—El formato importa —dijo.
—Leire.
Era la primera vez que la llamaba por el nombre dentro del despacho. Sin "profesora" delante, sin el cargo por medio. Sonó distinto. Sonó como algo que ya no se podía deshacer.
—No hagas eso —dijo Leire.
—¿El qué?
—Llamarme así aquí.
—Me besaste tú la última vez también. A medias, pero me besaste.
—Te aparté.
—Después.
Leire se levantó. Necesitaba moverse, poner distancia, hacer cualquier cosa menos quedarse quieta. Se acercó a la ventana, le dio la espalda a Naia, miró el patio oscuro. En el cristal vio el reflejo de las dos, separadas por tres metros y por nada.
—Tengo treinta y nueve años —dijo Leire, sin volverse—. He levantado todo esto durante quince. El despacho, la titularidad, las publicaciones, el nombre que la gente busca cuando organiza un congreso. ¿Sabes cuánto cuesta eso?
—No.
—Mucho. Más de lo que crees.
—¿Y qué te ha dado?
La pregunta cayó limpia. Leire cerró los ojos. En el cristal, el reflejo de Naia había dado otro paso.
—Estabilidad.
—No te he preguntado eso.
Leire se volvió. Fue un error y lo supo en el mismo instante en que lo hizo, porque Naia estaba más cerca de lo que el reflejo le había dejado calcular, y porque desde esa distancia ya no se podía mentir igual de bien.
—No puedo perderlo —dijo Leire. Y su voz no sonó firme. Sonó como una persona que recita algo que ha repetido mucho para creérselo.
—No te estoy pidiendo que lo pierdas.
—Eres mi alumna.
—Hasta junio.
—Eso es lo de menos y lo sabes. —Leire respiró—. No es la norma del reglamento. Es lo otro.
—¿Qué otro?
Leire no contestó enseguida. Lo otro era una mujer a la que había querido durante seis años y a la que había dejado marchar porque había una plaza que ganar, un tribunal que convencer, una vida que ordenar.
Lo otro era haber elegido bien sobre el papel y haberse despertado a los treinta y seis en un piso impecable donde no había nadie más que sus libros.
Lo otro era el miedo a hacerlo de nuevo, pero al revés: a elegir mal esta vez, a tirar quince años por una cosa que se enciende rápido y se apaga igual de rápido.
No dijo nada de eso.
—Vete a casa, Naia.
Naia la miró un segundo largo. Luego asintió, despacio, y se inclinó a coger la cartera de la silla.
Y fue ese gesto —la forma en que se inclinó, exactamente la que Leire había descrito para sí misma en diciembre corrigiendo trabajos de madrugada, la forma que tenía de doblarse hacia algo que le importaba— lo que la hizo ceder del todo.
—Espera.
Naia se detuvo, a medio enderezarse.
Leire cruzó el despacho. No supo después cuántos pasos fueron. Le pareció que ninguno y que todos. Cuando llegó, le puso la mano en la mejilla, y Naia se quedó muy quieta, como si cualquier movimiento brusco fuera a deshacerlo.
—Esto es una mala idea —dijo Leire.
—Lo sé.
—Una idea malísima.
—También lo sé.
La besó. Esta vez sin apartarse después, sin "esto no puede ser", sin reglamento.
La besó como quien lleva tres semanas conteniendo algo y descubre que contenerlo cansa más que rendirse.
Naia dejó caer la cartera otra vez. Le subió las manos a la cintura, firmes, y Leire sintió el calor a través de la tela y pensó, con una claridad casi cómica, que llevaba años sin sentir las manos de nadie ahí.
Se separaron solo para respirar. Naia tenía los ojos muy abiertos.
—La puerta —dijo.
Leire alargó el brazo sin soltarla del todo y echó el pestillo. El clic sonó como una decisión.
Fue distinto a como lo había imaginado, porque sí lo había imaginado, en contra de toda voluntad, esas noches de enero.
Lo había imaginado urgente y torpe, dos cuerpos que no caben en un despacho.
Y al principio lo fue —la espalda de Naia contra la estantería, un libro que cayó al suelo y que ninguna recogió, la risa breve y nerviosa de Naia cuando le costó un botón—.
Pero después se volvió lento. Como si las dos entendieran, sin decirlo, que tenían que mirarse mientras pasaba.
Leire le quitó el jersey gris. Naia tenía el cuerpo de alguien que ha vivido en él de verdad: una cicatriz fina en la rodilla, los hombros anchos, la marca de un esparadrapo en el costado.
No el cuerpo de las fotos de las revistas.
Algo más real. Leire lo recorrió con las manos y con la boca, despacio, y Naia se dejó, y en algún momento la enorme tenista que llenaba estadios soltó un sonido pequeño y rendido que Leire no olvidaría.
Lo hicieron en el suelo, al final, sobre la chaqueta de Leire y un montón de folios que se arrugaron y que daba igual.
La luz del flexo caía sesgada. Fuera, el patio estaba negro, el edificio vacío, y nadie sabía que la profesora Alzaga, la que corregía con notas personalizadas al margen y a la que la gente buscaba para los congresos, estaba en el suelo del despacho doscientos catorce con la boca de Naia Arístegui en el cuello y los dedos enredados en su pelo, diciendo cosas sin sentido en voz muy baja.
Después se quedaron quietas. Naia con la cabeza apoyada en su pecho, una pierna sobre las de Leire. El pulso de las dos bajando despacio. Leire miraba el techo, donde había una mancha de humedad que no había mirado en quince años de despacho.
—¿En qué piensas? —dijo Naia.
—En que voy a tener que recoger los folios.
Naia se rio. Fue una risa de verdad, de las que vibran en el pecho de quien la tiene, y Leire la sintió contra su propia piel.
—Eres lo más raro que conozco —dijo Naia.
—Tú juegas al tenis para vivir.
—Eso es normal. Recoger folios después de esto no.
Leire le pasó la mano por el pelo. No supo por qué lo hizo. Fue un gesto que no se había permitido con nadie en mucho tiempo, demasiado doméstico, demasiado parecido a quedarse. Naia cerró los ojos bajo su mano.
—Perdí en segunda ronda —dijo Naia, de pronto, en voz baja—. Contra una de veinte años que no había ganado un partido importante en su vida.
—Lo vi.
—Lo sé, ya lo has dicho. —Una pausa—. No te he contado por qué.
Leire esperó.
—Estaba ganando el segundo set. Saqué para cerrarlo.
Y de repente pensé... pensé en la videollamada.
En cómo me habías mirado cuando dejamos de hablar del guion.
—Naia se incorporó un poco, apoyada en el codo, para verle la cara—.
Hace diez años eso no me habría pasado. No habría pensado en nada.
No había nada capaz de meterse en mi cabeza en mitad de un partido.
El tenis era... el tenis era todo el ruido que necesitaba.
—Y ahora hay otro ruido.
—Ahora hay otra cosa. No sé si es ruido. —Naia bajó la vista—. Hace tiempo que jugar no me hace sentir nada. Lo escribí en el trabajo, ¿lo leíste? Lo de no sentir nada en pista.
—Lo leí. Pensé que exagerabas para impresionarme.
—No exageraba. —Naia volvió a apoyar la cabeza en su pecho—. Y luego apareciste tú y resulta que sí siento cosas. Solo que no donde se supone que debería.
Leire se quedó mirando la mancha de humedad. Y entendió, ahí, en el suelo de su propio despacho, con el peso cálido de Naia encima, que esto no era lo que ella se había dicho que era.
Se lo había contado a sí misma como deseo.
Como una tensión física acumulada que tenía sentido descargar, una vez, y olvidar.
Algo del cuerpo, manejable, comprensible, con principio y fin.
Una mujer atractiva, una situación cargada, una caída previsible.
Lo había explicado así porque así se podía cerrar.
Pero el deseo no le cerraba la garganta cuando Naia hablaba de un partido perdido. El deseo no la hacía pasar la mano por un pelo ajeno como si tuviera todo el derecho. El deseo no la había despertado de madrugada para verla perder al otro lado del mundo.
Esto era otra cosa. Y la otra cosa era exactamente lo que ella había decidido, quince años atrás, que no se podía permitir.
—Tienes que irte —dijo Leire. Pero lo dijo sin moverse, y Naia no se movió.
—Lo sé.
—Esto no cambia nada de lo que dije antes. Sigues siendo mi alumna. Sigue siendo un problema.
—Vale.
—No es un "vale".
Naia levantó la cabeza otra vez. La miró con una atención plana y total que Leire reconoció de las tutorías, la misma con la que en octubre había leído mal un parcial y bien una teoría que no sabía nombrar.
—No te estoy pidiendo nada —dijo Naia—. No he subido aquí a pedirte nada. Solo quería estar contigo una vez sin que las dos fingiéramos que no queremos.
—Y ahora qué.
—Ahora me visto y recoges tus folios. —Naia sonrió, pero no del todo—. Y mañana en clase me tratas como a cualquiera, que se te da muy bien. Y ya veremos.
—"Ya veremos" no es un plan.
—Tú nunca improvisas, ¿verdad?
—No.
—Pues tendrás que aprender. —Naia se levantó, buscó el jersey gris en el suelo, se lo pasó por la cabeza.
El gesto la devolvió a ser una alumna que se viste, casi una desconocida, y Leire sintió un frío absurdo donde había estado el peso de su cuerpo—.
Voy a dejar que me trates fatal en clase.
Voy a venir a las tutorías a hablar de cohesión grupal.
Y de vez en cuando, cuando se vaya la última persona, voy a subir.
Leire también se incorporó. Empezó a recoger los folios arrugados, no porque importaran sino porque necesitaba que las manos hicieran algo. Naia se agachó a ayudarla. Sus dedos se rozaron sobre un papel y ninguna de las dos los apartó del todo.
—Esto va a salir mal —dijo Leire, en voz baja, casi para sí.
—Puede.
—No "puede". Sé cómo terminan estas cosas. Las he visto terminar.
Naia se quedó quieta, con un folio a medio recoger. La miró desde abajo.
—¿Las has vivido o las has visto?
Leire no contestó. Aroa estaba ahí, de pronto, en el despacho, como siempre estaba cuando alguien tocaba el sitio exacto. Seis años. Una despedida que ella había decidido en nombre de la prudencia y que había llamado madurez durante mucho tiempo.
—Vístete —dijo Leire—. Tengo que cerrar.
Naia terminó de recoger los folios, los dejó en la mesa en un montón desordenado que Leire ordenaría después, cuando estuviera sola. Cogió la cartera. En la puerta se detuvo, con la mano en el pestillo que había echado un rato antes.
—Leire.
—¿Qué?
—Yo tampoco tengo un plan. Por si sirve de algo.
Descorrió el pestillo, abrió la puerta, miró el pasillo vacío en las dos direcciones por costumbre, y salió. La puerta se cerró con el mismo clic seco con el que se había cerrado al entrar.
Leire se quedó de pie en mitad del despacho. El flexo seguía encendido. En la ventana, su reflejo la miraba: el pelo revuelto, el jersey arrugado, una mujer de treinta y nueve años a la que ya no reconocía del todo.
Se sentó. Cogió el montón de folios y empezó a ordenarlos, uno por uno, alisando las arrugas con el canto de la mano para intentar calmarse.