Último curso Capítulo 8
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Capítulo 8

En Melbourne era casi medianoche y la ciudad seguía caliente del día.

El aire acondicionado del hotel zumbaba en una nota baja que Naia ya no oía.

Llevaba cuatro días allí y el cuerpo todavía pertenecía a otro huso horario: despertaba de madrugada con el pulso disparado y dormía a deshora, en trozos, como quien roba el sueño.

La habitación era idéntica a todas las habitaciones de torneo del mundo. Cama enorme, edredón blanco, una mesa pequeña con una silla, las raquetas apoyadas contra la pared. Por la ventana, la luz naranja de Melbourne y, más allá, el resplandor del recinto donde en tres días empezaría a jugar.

Naia estaba sentada en el borde de la cama, descalza, con el portátil abierto sobre el regazo.

No estaba leyendo lo que tenía en pantalla.

El documento era el guion del trabajo final que Leire les había dado antes de las vacaciones. Lo había abierto hacía un rato. Lo había leído entero una vez. Y luego se había quedado mirando el cursor parpadear sin escribir nada, porque la cabeza estaba en otro sitio.

La cabeza estaba en un despacho de la segunda planta, en diciembre, con la puerta entornada y la luz del patio interior ya apagada.

El beso.

No había sido un beso largo. Apenas unos segundos.

Naia había subido detrás de ella con una excusa que no se sostenía —que si necesitaba ayuda con las carpetas, que si tenía que firmar algo— y Leire se había vuelto en mitad del despacho con esa cara que ponía cuando ya sabía la verdad y prefería no nombrarla.

Y luego había pasado. Sin avisar. Sin permiso.

Naia había cruzado la distancia que las separaba y la había besado, y durante un instante Leire le había devuelto el beso antes de apartarse con las dos manos contra su pecho, no para empujarla sino para frenarse a sí misma.

«Esto no puede ser», había dicho.

Y Naia se había ido. Sin discutir, por una vez en su vida.

Habían pasado tres semanas. Y la distancia, que tendría que haber enfriado las cosas, había hecho lo contrario.

Miró el teléfono en la mesilla. Las once y cuatro. Habían quedado a esa hora, las once en Melbourne, la una de la tarde en Madrid. Una hora razonable para una videollamada sobre un trabajo académico.

Como si fuera eso lo que iba a pasar.

Naia se levantó, fue al baño, se miró en el espejo. Llevaba una camiseta de tirantes y el pelo recogido en un moño deshecho. Se soltó el pelo. Se lo volvió a recoger. Se quedó quieta con las manos en la nuca, mirándose, y entendió lo que estaba haciendo.

—Ridícula —le dijo a su reflejo.

Volvió a la cama. Colocó el portátil sobre la mesa pequeña, arrastró la silla, comprobó que la cámara la encuadraba bien y que detrás de ella solo se veía la pared neutra del hotel y no el desorden de la maleta abierta.

El estómago le hacía algo que no le hacía ni en una final, un hormigueo extraño, un revoloteo bajo el esternón.

Treinta y cuatro años. Cinco Grand Slams. Y le sudaban las manos por una videollamada.

A las once y siete, entró la llamada.

Naia la dejó sonar dos veces. No por estrategia. Porque necesitaba un segundo más de aire.

Aceptó.

La cara de Leire apareció en la pantalla, desenfocada al principio, luego nítida.

Estaba en su despacho. Naia reconoció la estantería detrás, el lomo de los libros, la luz blanca que entraba por la izquierda.

Leire llevaba una blusa oscura y el pelo recogido, y tenía delante un cuaderno abierto, como quien se prepara para una reunión.

—Hola —dijo Leire.

—Hola.

Las dos se miraron a través de doce mil kilómetros y diez horas de diferencia.

—¿Se me oye bien? —preguntó Leire.

—Perfectamente.

—Bien.

Leire bajó la vista al cuaderno. Pasó una hoja.

—He visto tu guion. El que enviaste.

—¿Y?

—Tiene cosas buenas. —Hizo una pausa, como midiendo—. Y tiene cosas que vamos a tener que trabajar.

Naia sonrió a su pesar.

—Eso ya me lo esperaba.

—El planteamiento de la primera parte está bien.

La idea de analizar tu propia trayectoria desde el marco teórico es ambiciosa, y arriesgada, pero puede funcionar.

—Leire hablaba con su voz de clase, esa cadencia precisa que no dejaba huecos—.

El problema es la segunda mitad. Empiezas a generalizar.

Pasas de hablar de ti a hablar de «los deportistas» en abstracto, y ahí pierdes lo único que hacía interesante el ensayo.

—¿Que era?

—Tú.

Lo dijo sin levantar la vista. Y luego sí la levantó, y se sostuvieron la mirada un segundo de más.

—Me refiero a tu experiencia concreta —añadió Leire, y volvió al cuaderno—. La parte donde describes la sensación de jugar sin sentir nada. Eso no se puede generalizar. Eso es tuyo. Y es lo que vale.

Naia se reclinó en la silla. El revoloteo del estómago había bajado un poco, sustituido por algo más cálido.

—No sabía si dejarlo. Lo de no sentir nada.

—¿Por qué ibas a quitarlo?

—Porque queda raro. Una tenista que no siente nada jugando al tenis.

—No queda raro. Queda sincero. —Leire dejó el bolígrafo sobre la mesa—. Es diferente.

Fuera, en Melbourne, pasó una sirena lejana. Naia la oyó y se preguntó si Leire la habría oído también por el micrófono, si esa sirena de la otra punta del mundo llegaba a un despacho de Madrid.

—¿Cómo va el torneo? —preguntó Leire.

Naia parpadeó. Eso no estaba en el guion.

—Todavía no ha empezado. Juego el martes.

—Ya. Pero llevas días ahí, supongo.

—Cuatro.

—¿Y qué se hace en cuatro días antes de un torneo?

Naia se rio, baja.

—¿De verdad quieres saberlo?

—No te preguntaría si no quisiera saberlo.

Era verdad. Era lo que la había desarmado desde el primer café. Leire no preguntaba por cortesía. Cuando preguntaba, esperaba la respuesta de verdad.

—Entrenas. Reconoces las pistas. Te aclimatas. Aquí es verano, hace calor, hay que acostumbrar el cuerpo. Y esperas. Sobre todo esperas. —Naia se encogió de hombros—. Es mucho tiempo muerto. Mucha habitación de hotel.

—¿Sola?

—Con el equipo. Elia, el fisio, el preparador. Pero por las noches, sí. Sola.

Leire asintió despacio. Tenía las manos quietas sobre la mesa, una encima de otra. Naia se había fijado en eso desde el principio, en lo quietas que las tenía cuando todo lo demás en ella estaba pensando.

—¿Y duermes? —preguntó Leire—. Con el cambio de hora.

—No mucho.

—¿Cuánto es no mucho?

—Cuatro horas. Cinco si tengo suerte.

—Eso no es bueno antes de competir.

—No. No lo es. —Naia sonrió—. ¿Me lo dices como profesora de Psicología del Deporte?

—Te lo digo como persona que sabe que no dormir es horrible.

Hubo un cambio en el aire. Pequeño. La conversación había salido del carril académico sin que ninguna de las dos lo decidiera, y ahora estaban en otro sitio, uno sin nombre, uno donde una profesora le preguntaba a una alumna a esas horas de la noche si dormía bien.

Naia decidió no fingir que no se había dado cuenta.

—Leire.

—¿Sí?

—No estamos hablando del trabajo.

Una pausa. En la pantalla, Leire bajó la vista, y cuando la volvió a levantar había algo distinto en ella, una rendición pequeña, casi imperceptible.

—No —dijo—. No estamos hablando del trabajo.

Naia no dijo nada. Esperó. Había aprendido en muchos años de pista que a veces ganabas no atacando, sino dejando que el punto viniera solo.

—Pensé que la distancia ayudaría —dijo Leire por fin. Hablaba despacio, eligiendo cada palabra con cuidado—. Pensé que con doce mil kilómetros de por medio sería más fácil… ordenarlo. Ponerlo en su sitio.

—¿Y?

—Y no. —Leire dejó pasar un instante—. No ha ayudado nada.

A Naia le subió el calor por el cuello. Se inclinó hacia la cámara sin querer, esa forma de inclinarse que tenía cuando algo le importaba de verdad.

—A mí tampoco —dijo.

—Naia.

—Dime.

—Lo que pasó en el despacho. —Leire se detuvo—. No debería haber pasado.

—Ya lo dijiste esa noche.

—Lo sé. —Leire cerró los ojos un segundo—. Pero no es eso lo que quería decir.

—¿Qué querías decir?

Leire miró directamente a la cámara. Como si pudiera ver a Naia de verdad y no solo unos píxeles a la otra punta del planeta.

—Que no debería haber pasado, y que no me arrepiento. Las dos cosas a la vez. Y no sé cómo se vive con eso.

Naia notó que algo cedía bajo el esternón.

Llevaba tres semanas preparándose para que Leire dijera lo contrario.

Preparándose para que le dijera que había sido un error, una tontería de una noche de fiesta, vino malo de garrafa y guirnaldas parpadeantes.

Para volver a ser la alumna y la profesora, cada una en su lado de la mesa.

Y en cambio Leire le estaba diciendo que no se arrepentía.

—¿Por qué me lo dices ahora? —preguntó Naia—. Podías haber esperado a que volviera.

—Porque si esperaba a verte en persona no lo diría. —Leire esbozó algo que no llegaba a sonrisa—. Es más fácil así. Con una pantalla. Con todo este planeta entre las dos.

—Gracias por la confianza.

—No es eso.

—Lo sé. —Naia sonrió—. Era una broma.

Leire bajó la mirada y se rio, baja, un sonido que Naia no le había oído nunca y que se quedó con ganas de volver a oír.

—¿Qué llevas puesto? —preguntó Leire, y enseguida pareció arrepentirse—. No, perdona. No sé por qué he preguntado eso.

Naia se echó hacia atrás en la silla, encantada.

—Una camiseta de tirantes. ¿Por qué?

—Por nada.

—No preguntas por nada. Lo acabas de decir tú.

Leire se llevó una mano a la frente y se rio otra vez, y esta vez la risa duró más.

—Hace calor ahí —dijo—. Verano. Solo intentaba imaginármelo.

—¿La camiseta?

—El calor. —Una pausa—. La camiseta también.

Las dos se quedaron calladas. El zumbido del aire acondicionado. La luz blanca del despacho de Madrid en la cara de Leire. Naia notó que la respiración se le había hecho más lenta y más densa, que el aire de la habitación pesaba más que hacía cinco minutos.

—Esto es una locura —dijo Leire en voz baja—. Eres mi alumna.

—Lo sé.

—Tienes un examen conmigo en febrero. Un trabajo que tengo que evaluar. Un acta que tengo que firmar con tu nota.

—Lo sé.

—Si esto se supiera, sería el final de mi carrera. Quince años de trabajo. Todo.

—Lo sé, Leire. —Naia lo dijo con suavidad, sin defenderse—. Lo sé igual que tú.

Leire la miró largo rato. Y Naia, que se había pasado la vida leyendo a sus rivales por el más mínimo gesto —cómo apoyaban el peso, hacia dónde miraban antes de sacar—, leyó en aquella cara de la pantalla una lucha que conocía bien. La de querer algo y haberse pasado años aprendiendo a no quererlo.

—¿Por qué hiciste mi asignatura? —preguntó Leire de pronto—. De verdad. Nunca me lo has contado.

Naia abrió la boca para soltar la respuesta de siempre, la de prensa, la de querer terminar lo que dejó a los veinte. Y se detuvo. A Leire no le valía esa respuesta. Nunca le había valido.

—Porque me voy a retirar pronto —dijo en cambio—.

Y no sé qué voy a hacer cuando ya no haya pista.

Lo único que sé hacer es jugar al tenis.

Y un día, dentro de poco, eso se acaba. —Tragó—.

Pensé que estudiar la cabeza de los deportistas a lo mejor me ayudaba a entender la mía. Antes de que fuera tarde.

Leire no dijo nada. Pero algo en su cara se ablandó, una fisura minúscula en aquella compostura que Naia llevaba meses intentando romper sin saberlo.

—Y luego —siguió Naia, ya lanzada—, el primer día me puse en una de las últimas filas para que no me vieras. Y no me viste. Para nada. Me trataste exactamente igual que a Gael, igual que a cualquiera. —Sonrió—. Y eso me cabreó muchísimo.

—¿Te cabreó?

—Llevo quince años acostumbrada a que la gente cambie la cara cuando dice mi nombre. Tú ni parpadeaste.

—No sé quién jugó la final del año pasado en ningún sitio —dijo Leire—. Es posible que fueras tú.

—Era yo.

—Lo imaginaba.

Naia se rio. Le dolía la cara de sonreír. Hacía mucho que no le pasaba.

—Tendría que dejarte dormir —dijo Leire, aunque no hizo amago de colgar—. Es muy tarde ahí.

—Son las once y media.

—Para alguien que juega el martes y duerme cuatro horas, es muy tarde.

—¿Ahora te preocupa mi descanso?

—Me preocupa que rindas mal y luego me eches la culpa.

—Profesora.

—¿Qué?

—Eso ha tenido gracia.

Leire bajó la cabeza, sonriendo, y por un momento ninguna de las dos dijo nada.

Naia se quedó mirándola en la pantalla. La curva de la mejilla, la quietud de las manos, el mechón de pelo que se le había soltado del recogido y le caía junto a la oreja.

Le habría gustado meter la mano dentro de la pantalla y colocárselo detrás.

—Naia.

—Dime.

—Cuando vuelvas. —Leire se detuvo. Pareció buscar las palabras, ella que siempre las tenía—. Cuando vuelvas, tendremos que hablar. En persona.

—¿Hablar de qué?

—De esto. De lo que sea esto.

Naia asintió despacio.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto duerme. Y trabaja la segunda parte del ensayo. —Una pausa—. Y juega bien.

—¿Eso es una orden académica?

—Tal vez.

Lo dijo en voz tan baja que Naia casi no la oyó. Lo otro. Lo que no era académico, lo que no tenía nombre, lo que llevaban tres semanas evitando con doce mil kilómetros de por medio.

—Buenas noches, Naia.

—Buenas noches, Leire.

Ninguna colgó. Se quedaron mirándose un segundo más, dos, tres, como si colgar fuera reconocer que la llamada había terminado y que con ella terminaba ese paréntesis robado en el que las cosas podían decirse.

Luego Leire alargó la mano hacia la pantalla, y la imagen se cortó.

Negro.

Naia se quedó sentada delante del portátil, mirando su propio reflejo apagado en la pantalla en blanco.