Último curso Capítulo 7
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Capítulo 7

La sala de actos del edificio de Ciencias del Comportamiento no estaba pensada para fiestas.

Leire lo había notado siempre, cada diciembre: las sillas apiladas contra la pared, las mesas plegables vestidas con manteles que alguien sacaba de un armario una vez al año, el proyector encendido por inercia mostrando el logo de la facultad en azul descolorido.

Aun así lo intentaban. Habían colgado una guirnalda de luces que parpadeaba con retraso, alguien había traído un altavoz portátil, y el vino tinto descansaba en garrafas de cartón junto a vasos de plástico.

Leire llegó tarde a propósito. Veinte minutos. Lo justo para que su ausencia no se notara y su presencia tampoco.

—Pensé que no venías —dijo Irune, que apareció a su lado con dos vasos. Le tendió uno sin preguntar—. Tinto. No hay otra cosa decente.

—No iba a venir.

—Pero viniste.

—El decano lo «recomendó». —Leire dibujó las comillas con la voz—. Que es como decir que es obligatorio sin decirlo.

Irune sonrió por encima del borde del vaso.

Llevaba un vestido verde oscuro que Leire le conocía de otras navidades, el pelo recogido en algo que pretendía ser informal y le había costado media hora.

La sala estaba a media luz. La gente hablaba en grupos pequeños, los doctorandos pegados a la mesa del vino, los catedráticos en su rincón habitual comentando presupuestos como si fuera otro martes.

—Está aquí, por cierto —dijo Irune.

—¿Quién?

—No te hagas la tonta. La tenista.

Leire bebió. El vino sabía a vino malo de garrafa, ácido y caliente.

—Es una fiesta de la facultad. Es alumna de la facultad.

—Es alumna de cuarto. Cuarto no viene a esto nunca. —Irune ladeó la cabeza, divertida—. La trajo el chico ese. El de tu grupo, el que va detrás de ella como un perrito. Gael.

Leire no buscó. Se obligó a no buscar. Pero antes de decidirlo sus ojos ya habían recorrido la sala y la habían encontrado, junto a la columna del fondo, con un vaso en la mano que no estaba bebiendo y Gael a su lado gesticulando con entusiasmo.

Naia no llevaba ropa de fiesta. Vaqueros oscuros, un jersey gris, las mismas zapatillas de siempre. Y aun así había algo en cómo ocupaba el espacio que hacía que el resto de la sala pareciera de relleno.

—Interesante —dijo Irune.

—No he dicho nada.

—No hace falta.

La música cambió a algo con más ritmo. Alguien subió el volumen. Dos de las doctorandas empezaron a moverse entre risas, arrastrando a un profesor de Fisiología que protestaba sin convicción.

—Baila conmigo —dijo Irune.

—No.

—Leire. Es diciembre, llevas todo el semestre encerrada en el despacho como si te debieran dinero, y hay vino malo y luces que parpadean. Baila conmigo o me busco a otra y le cuento que no me dejas.

Leire dejó el vaso en una mesa. Cedió porque era más fácil ceder, porque Irune llevaba dieciocho años sabiendo cuándo empujar, porque la alternativa era quedarse de pie sosteniendo un vaso y vigilando que sus ojos no volvieran a la columna del fondo.

No bailaba bien. Nunca había bailado bien.

Pero Irune sí, y con Irune era fácil, porque Irune dirigía y se reía y no exigía nada más que estar presente.

Leire se dejó llevar. Por un momento, solo un momento, dejó de calcular.

Dejó de ser la profesora titular de Psicología del Deporte que medía cada gesto en los pasillos.

Se rio de algo que dijo Irune, echó la cabeza atrás, sintió la luz parpadeante en la cara.

No supo, hasta después, que Naia la estaba mirando.

Naia había aceptado venir porque Gael no paraba.

—Una hora —había dicho él esa tarde, al salir de la última clase—. Solo una hora. Es la fiesta de fin de semestre, viene todo el mundo, y tú nunca vienes a nada. La gente piensa que eres rara.

—Soy rara.

—Eres famosa, que es distinto. Una hora. Comemos algo, te ríes de mis chistes malos, y te vas. Lo prometo.

Y aquí estaba. Sosteniendo un vaso de tinto que no pensaba beber, escuchando a Gael explicarle por qué el delantero del equipo de su pueblo era un genio incomprendido, asintiendo en los lugares correctos.

La sala olía a abrigos húmedos. La guirnalda parpadeaba.

Era exactamente el tipo de evento que llevaba años evitando: demasiada gente, demasiado cerca, demasiadas posibilidades de que alguien le pidiera una foto o le contara la final que vio en dos mil diecinueve.

Pero nadie lo hizo. Eran académicos. La trataban con una curiosidad cortés y distante, como a un animal exótico que se hubiera colado en el zoo equivocado. Le iba bien así.

Y entonces cambió la música, y vio a Leire bailar.

No fue dramático. Leire simplemente dejó el vaso, dejó que la otra profesora —la del vestido verde, Irune, la que Naia había visto un par de veces por los pasillos— la llevara al centro, y empezó a moverse. Mal. Se movía mal, sin gracia, riéndose de sí misma. Y eso fue lo que rompió algo.

Porque Naia había visto a Leire en clase, donde cada palabra estaba medida.

La había visto en el despacho, con las manos quietas sobre la mesa y la voz que no concedía nada.

La había visto en la cafetería de noviembre, controlada incluso en la intimidad, eligiendo cada frase antes de soltarla.

Y nunca, ni una vez, la había visto así.

Suelta. Sin nada por delante. Riéndose de algo que Naia no podía oír, con la cabeza echada hacia atrás y la luz parpadeante volviéndole la cara intermitente, presente, ausente, presente.

Se le secó la boca. No supo nombrarlo. No eran celos —Irune no era nada, eso lo entendía—.

Era otra cosa. Era ver de pronto, con una claridad insoportable, todo lo que Leire se guardaba el resto del tiempo.

Todo lo que había debajo, y que Naia no tenía derecho a ver, y que sin embargo deseaba con una intensidad que le apretaba el pecho.

—¿Me estás escuchando? —dijo Gael.

—No.

—Ya. —Él siguió su mirada hacia la pista improvisada. Tardó un segundo de más en entender hacia dónde miraba—. Es buena profe, Alzaga. Dura, pero buena. Te crucificó en el parcial, ¿no?

—Me puso lo que merecía.

Gael se rio, creyendo que era una broma. No lo era.

Naia dejó el vaso, todavía lleno, en la mesa más cercana.

Leire dejó de bailar cuando la canción terminó.

El cuerpo le pedía aire; tenía calor, y el vino, poco como era, le había soltado algo en los hombros que no se permitía a menudo.

Irune le apretó el brazo y se dejó arrastrar por las doctorandas hacia la siguiente canción.

Leire negó con la cabeza y se apartó hacia la pared.

Y se acordó de las fichas.

Era una excusa real, no inventada. La semana siguiente había una reunión de evaluación de los proyectos de fin de grado y necesitaba las fichas de seguimiento que tenía firmadas en el despacho.

Si las recogía ahora, no tendría que volver el viernes por la mañana.

Era el tipo de eficiencia que la sostenía: hacer las cosas cuando se le ocurrían, no dejar que se acumularan.

Salió de la sala sin avisar a nadie. El pasillo de la planta baja estaba vacío y frío, con esa frialdad de los edificios universitarios fuera de hora, las luces de emergencia tiñéndolo todo de verde pálido.

La música quedó atrás, amortiguada por las paredes.

Subió las escaleras hasta la segunda planta.

Sus pasos resonaban. El silencio después de la sala llena le pesó en los oídos.

El despacho doscientos catorce estaba al final del pasillo. Abrió, encendió la luz —blanca, fría, distinta a las de abajo— y fue hacia el archivador. Las fichas estaban en la carpeta azul, la segunda balda. Las sacó. Empezó a comprobar que estuvieran todas.

Y oyó la puerta.

No la había cerrado del todo. Naia estaba en el umbral, una mano en el marco, la otra colgando vacía. No había llamado. No tenía vaso. Tenía la cara de alguien que ha tomado una decisión por el camino y todavía no sabe si fue buena.

—Esto no es la fiesta —dijo Leire.

—No.

—¿Necesitabas algo?

Naia entró. Cerró la puerta detrás de ella —Leire oyó el clic, el pequeño sonido definitivo— y se quedó ahí, de espaldas a la madera, mirándola.

—No lo sé —dijo—. Te vi salir.

—Y me seguiste.

—Sí.

Leire dejó las fichas sobre la mesa. El despacho era pequeño, lo había sido siempre, pero nunca tan pequeño como en ese momento, con Naia ocupando el aire entre la puerta y la ventana.

La calefacción había dejado de funcionar hacía rato; hacía frío.

Leire sintió el frío y sintió, al mismo tiempo, el calor en el cuerpo, esa contradicción que llevaba semanas conociendo.

—Naia. —Lo dijo con cuidado—. Deberíamos volver abajo.

—Probablemente.

Ninguna de las dos se movió.

—Te vi bailar —dijo Naia.

—No bailo bien.

—No. —Una sonrisa breve, casi dolida—. Pero no era eso lo que me importaba.

Leire debería haber preguntado qué era, entonces. Lo profesional, lo seguro, habría sido fingir que no entendía. En lugar de eso se quedó callada, y dejó que el silencio respondiera por ella.

—Llevo desde noviembre intentando entender qué es esto —dijo Naia.

Hablaba despacio, no como hablaba en clase, sino como había hablado en la cafetería, sin filtro publicitario—.

Lo de la cafetería. Lo del despacho. Por qué pienso en lo que dices días después de que lo digas.

Y me decía a mí misma que era porque eres la primera persona en años que no me trata como a un trofeo.

Que era admiración, o curiosidad, o vete a saber.

—Naia.

—Pero te vi bailar y no era admiración. —La voz le tembló un milímetro, lo suficiente—. Era otra cosa. Y no quiero seguir mintiéndome.

Leire tenía la garganta cerrada. Conocía cada argumento, los había repasado a solas durante semanas: era su alumna, había un examen entre ellas, había un reglamento, había una carrera que le había costado quince años levantar, había todo lo que tenía que perder.

Los argumentos estaban ahí, ordenados, irrefutables.

Y de pronto eran ruido de fondo, palabras sin peso.

—No puedes decir eso aquí —dijo Leire. Fue lo único que le salió.

—¿Dónde puedo decirlo, entonces?

—En ningún sitio. —Dio un paso, sin querer, hacia ella—. No puedes decirlo en ningún sitio, Naia. No es… No se trata de lo que yo quiera.

—¿Y qué quieres?

Leire no contestó. La pregunta se quedó entre las dos, en el aire frío del despacho, y Leire entendió que su silencio era la respuesta, que llevaba siéndolo desde noviembre, desde octubre quizá, desde que había buscado un ensayo que aún no había llegado.

Naia se separó de la puerta. Dos pasos. La distancia se redujo a la anchura de la mesa, y luego a menos, porque Naia rodeó la esquina y se detuvo a un palmo, lo bastante cerca para que Leire viera la rozadura en su índice, los ojos verdes que no apartaba, el modo en que respiraba como si acabara de jugar un punto largo.

—Dime que me vaya —dijo Naia, muy bajo—. Si me lo dices, me voy. Bajo, me río con Gael, finjo que esto no ha pasado, y el viernes te entrego el ensayo y soy tu alumna y ya está. Dímelo.

Leire abrió la boca.

No dijo nada.

Y eso fue lo que cruzó: no un acto, sino la ausencia de uno.

El no decir nada. El quedarse quieta cuando podría haber hablado, cuando una sola palabra lo habría detenido todo y la habría devuelto al orden, a la seguridad, a Chamberí y a los libros alineados y al semestre tranquilo. No dijo la palabra.

Fue Naia quien acortó el último palmo. Pero fue Leire quien levantó la mano —la mano que en clase mantenía siempre quieta— y la posó en la mandíbula de Naia, en esa línea de hueso, y sintió la piel tibia bajo los dedos fríos.

Naia cerró los ojos al contacto. Como si fuera eso lo que llevaba semanas esperando.

El beso no fue suave. No fue tampoco un asalto.

Fue algo intermedio, contenido y desbordado a la vez, dos personas que llevaban demasiado tiempo midiéndose y de pronto dejaban de medir.

Leire sintió la mano de Naia en la cintura, firme, segura, una mano de quien sabe lo que quiere.

Sintió su propio cuerpo inclinarse hacia delante sin permiso.

El despacho doscientos catorce, con sus libros y sus fichas azules y su ventana al patio interior, se redujo a ese punto exacto de contacto, a la respiración compartida, al frío de la calefacción apagada que ninguna notaba ya.

Cuando se separaron fue solo unos centímetros. Lo suficiente para que Leire viera la cara de Naia muy cerca, los ojos que se abrían despacio, la pregunta que ya no necesitaba hacerse.

—Esto es un error —dijo Leire. La voz le salió rota.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. —Pero no se apartó. Tenía aún la mano en la mandíbula de Naia, el pulgar sobre el pómulo—. Yo sí lo sé. Sé exactamente lo grande que es este error.

—Y aun así…

—Sí.

Naia apoyó la frente contra la de ella. Respiraban juntas, en el silencio del edificio vacío, con la música de la sala de actos sonando dos plantas más abajo como si perteneciera a otro mundo, a otra Leire, a la que había bailado mal y reído echando la cabeza atrás sin saber que la observaban.

—Tengo que coger las fichas —dijo Leire, al cabo, sin moverse.

—Lo sé.

—Y tú tienes que volver con Gael.

—También lo sé.

Ninguna se movió. La mano de Leire seguía en la cara de Naia y la mano de Naia seguía en la cintura de Leire, y por un momento muy largo el único acuerdo entre ellas fue no deshacer todavía lo que acababan de hacer.

Fuera, el patio interior estaba oscuro. Dentro, la luz blanca caía sobre las dos sin piedad, sin filtros, mostrándolas tal como eran: una profesora que había dejado de calcular y una mujer que había dejado de fingir que aquello era solo curiosidad.

Leire bajó la mano primero. Despacio. Como quien suelta algo que no quiere soltar.

—Coge las fichas —dijo Naia, dando un paso atrás—. Yo bajo primero. Espera cinco minutos.

—Naia.

—¿Qué?

Leire la miró. Tenía mil cosas que decir, todas razonables, todas necesarias. Esto no puede repetirse. Esto se acaba aquí. Mañana fingiremos que no ha pasado. Las frases estaban formadas, listas. No dijo ninguna.

—Nada —dijo—. Cinco minutos.

Naia asintió. Abrió la puerta, miró el pasillo vacío, y se fue. Sus pasos se alejaron por el corredor frío y bajaron las escaleras.