Capítulo 6
Irune lo notó un martes, lo cual a Leire le pareció injusto, porque los martes eran su mejor día.
Dos clases por la mañana, tutorías hasta media tarde, y luego el ritual de bajar a la cafetería del segundo edificio a tomar un té con Irune antes de volver a casa.
Llevaban dieciocho años haciendo eso. Irune conocía sus gestos como conocía los suyos propios.
—Tienes mejor cara —dijo Irune, removiendo el azúcar que nunca acababa de disolverse en el café.
—Tengo la cara de siempre.
—No. —Irune la miró por encima de la taza—. Tienes la cara de cuando algo te interesa. La que ponías cuando trabajabas en el artículo de la motivación intrínseca. No la veía desde hace... ¿dos años?
Leire bebió un sorbo de té. Lo tomaba con un chorro de leche, una costumbre que arrastraba desde la universidad y que Irune llevaba años intentando corregir sin éxito. El gesto le dio dos segundos. Los aprovechó.
—Estoy preparando una ponencia para el congreso de marzo. Eso es todo.
—Ya. —Irune no insistió. Pero no apartó la mirada, y eso era peor que cualquier insistencia.
Leire conocía esa táctica. La había visto usarla con alumnos que mentían sobre por qué no habían entregado un trabajo.
El silencio de Irune era pura técnica. Se quedaba ahí, sin presionar, esperando a que el otro llenara el hueco con más palabras de las necesarias.
Y Leire, que enseñaba a leer a las personas, cayó en la trampa más vieja del manual.
—Es un semestre tranquilo —añadió—. Tengo buenos grupos.
—Buenos grupos —repitió Irune.
—Sí.
—¿Algún alumno interesante?
La pregunta sonó casual. No lo era. Nada de lo que Irune decía después de dos sorbos de café era casual.
—Los de cuarto curso son aplicados. —Leire dejó la taza en el platillo con cuidado, como si fuera importante que no hiciera ruido—. Y tengo a la tenista. Ya sabes.
—Ah. La tenista. —Irune sonrió, y la sonrisa contenía cosas que Leire prefirió no examinar—. Medio campus habla de ella y tú me la mencionas la cuarta. Qué disciplina.
—Es una alumna más.
—Claro que sí.
Leire decidió que ya estaba bien. Cambió de tema con la naturalidad practicada de quien lleva años desviando conversaciones, le preguntó por el departamento de Historia, por la reunión absurda del jueves y por el decano con su manía de convocar a todo el mundo a las ocho de la mañana.
Irune se dejó llevar. Pero al despedirse, en la puerta de la cafetería, con el frío de noviembre entrando por las rendijas, le puso una mano en el brazo.
—Estás distinta —dijo—. No es malo. Solo que lo estás.
Y se fue antes de que Leire pudiera negarlo otra vez.
Esa noche, en casa, Leire corrigió trabajos hasta tarde.
El piso de Chamberí olía a la sopa que había calentado y no había terminado de comer.
Las paredes estaban forradas de estanterías que ella misma había montado años atrás, libro por libro, en un orden que solo tenía sentido para ella.
Le gustaba ese orden. Le había costado construirlo.
Era una de las pocas cosas que podía mirar y reconocer como enteramente suya.
Llegó a la pila de trabajos de cuarto y se dio cuenta de que estaba buscando uno en concreto.
No el de Naia. Naia no había entregado todavía el ensayo de evaluación continua; lo tenía de plazo hasta el viernes.
Pero Leire había bajado la pila buscándolo igual, con el dedo, esperando reconocer una letra que aún no había llegado, y cuando comprendió lo que estaba haciendo se quedó muy quieta con el bolígrafo en la mano.
Lo dejó sobre la mesa. Se frotó los ojos.
Era casi medianoche de un martes y estaba pensando en una alumna fuera del horario de tutoría. No en su rendimiento académico. No en su ensayo pendiente. En la forma que tenía de inclinarse hacia delante cuando algo le interesaba de verdad, como si el cuerpo entero se le adelantara a las palabras.
Volvió a coger el bolígrafo. Corrigió tres trabajos más sin enterarse de lo que leía.
Las semanas siguientes Leire hizo lo que sabía hacer mejor que nadie: trabajar.
Aceptó revisar un capítulo de un libro colectivo que no le apetecía.
Adelantó la ponencia de marzo. Se ofreció voluntaria para el comité de evaluación de proyectos, una tarea que detestaba y que normalmente esquivaba con elegancia.
Llenó las horas hasta que no quedó espacio para nada que no fuera función.
No sirvió de mucho.
El ensayo de Naia llegó el viernes por la noche, al límite del plazo, con un correo escueto: Adjunto el trabajo. Espero haberlo analizado y no solo descrito. Leire lo leyó dos veces. La segunda fue para entender por qué se le había escapado una sonrisa.
El ensayo era bueno. No perfecto —tenía un problema de estructura en la parte central, mezclaba dos marcos teóricos sin justificar la transición—, pero era bueno de una manera que no podía enseñarse.
Naia había cogido un concepto y lo había llevado a su propia experiencia sin que pareciera forzado.
Hablaba de la diferencia entre hacer algo por uno mismo y hacerlo por la mirada de otros, y lo hacía con una precisión que no venía de ningún libro. Venía de haberlo vivido.
Leire puso un ocho. Y en el margen, donde solía escribir correcciones técnicas, se descubrió escribiendo: Esto es exactamente lo que significa pensar.
Borró la última frase. La volvió a escribir. La dejó.
A principios de diciembre, Irune apareció en su despacho sin avisar.
El doscientos catorce estaba caldeado por fin —la calefacción se había encendido a primeros de mes— y olía a papel.
Irune cerró la puerta a su espalda, lo cual ya era una declaración de intenciones, y se sentó en la silla del rincón. La silla que Naia ocupaba siempre.
—Me debes una conversación —dijo Irune.
—No te debo nada. —Leire siguió escribiendo, los ojos en la pantalla—. Y estoy ocupada.
—Estás siempre ocupada. Es tu forma favorita de no estar disponible.
Leire dejó de escribir. Giró la silla despacio.
—¿De qué va esto?
Irune se quitó el abrigo, lo dobló sobre el regazo. Se tomaba su tiempo. Era profesora de Historia y tenía la costumbre de contextualizar antes de llegar al punto, una manía que a Leire le resultaba encantadora en las cenas y exasperante en los interrogatorios.
—Te conozco desde hace dieciocho años —empezó Irune—.
Te vi terminar con Aroa. Te vi pasar un año entero corrigiendo exámenes hasta las dos de la madrugada para no tener que volver a un piso vacío.
Te vi convencerte a ti misma de que estabas bien así.
Y lo conseguiste, Leire. Lo hiciste muy bien. Eso es lo que me preocupa.
—No tengo ni idea de qué me estás hablando.
—Hablo de que llevas tres años funcionando como un reloj y de repente miras el móvil a media frase.
De que la otra tarde, en la reunión del decano, te pregunté algo dos veces y no me oíste.
De que cuando alguien menciona a la tenista cambias de tema con una rapidez que lo dice todo.
—Irune se inclinó hacia delante—. Y de que estoy sentada en una silla que, por la forma en que está colocada, alguien usa mucho más de lo que correspondería a una alumna normal.
Leire notó que se le cerraba un poco la garganta, la sensación que conocía bien, la misma que le venía antes de las ponencias importantes.
—Es una alumna brillante a la que estoy dirigiendo —dijo, y oyó lo defensiva que sonaba su propia voz—. Eso es todo. Tiene un potencial sin desarrollar y me parece interesante desde un punto de vista académico.
—Académico.
—Sí.
—Leire. —Irune no levantó la voz. Eso fue lo que lo hizo peor—. No te estoy acusando de nada. Estoy preocupada. Hay una diferencia.
—No hay nada de lo que preocuparse.
—Entonces mírame y dime que no te gusta.
El silencio se alargó. Leire lo supo en el momento mismo en que sucedía, supo que esos tres segundos eran una respuesta más clara que cualquier palabra, y aun así no consiguió llenarlos a tiempo.
—Es mi alumna —dijo al fin, despacio—. Lo que tú estás insinuando ni siquiera tiene sentido planteárselo. Sería el final de mi carrera. Lo sabes tan bien como yo.
—No te he preguntado si es sensato. Te he preguntado si te gusta.
—No es lo mismo.
—No, no lo es. Por eso te lo pregunto.
Leire se levantó. Fue hasta la ventana, le dio la espalda a Irune, miró el patio interior donde dos estudiantes cruzaban con las capuchas subidas bajo una llovizna fina.
Diciembre había llegado gris y húmedo, con esa luz blanca y plana que se quedaba en los cristales todo el día.
Apoyó la frente casi en el vidrio. El frío del cristal le hizo bien.
—Tiene treinta y cuatro años —dijo, sin volverse—.
No es una cría. Es una mujer adulta que ha vivido más cosas que la mayoría de la gente que conozco.
Y es la primera persona en mucho tiempo que se sienta delante de mí y no ve a la profesora ni el currículum ni...
nada. Me ve a mí. Y me hace preguntas que nadie me hace.
—Se detuvo. La voz le había salido distinta de lo que pretendía—. Eso es todo lo que voy a decir.
—Es bastante.
—Es nada. —Se volvió por fin—. Irune, no va a pasar nada. Lo entiendes, ¿verdad? No es que esté luchando contra una tentación heroica. Es que sencillamente no es una opción. Soy su profesora. Hay una raya, y no se cruza. Eso está por encima de todo lo demás.
Irune se quedó mirándola un momento. Luego asintió, despacio, y se puso de pie. Recogió el abrigo.
—Te creo —dijo—. Creo que no va a pasar nada porque tú no vas a dejar que pase.
De eso no tengo ninguna duda. Eres la persona más disciplinada que conozco.
—Hizo una pausa en la puerta, con la mano en el pomo—.
Solo quería que supieras que yo lo veo. Para que no tengas que fingir conmigo.
Es agotador fingir, Leire. Llevas años haciéndolo y se te nota en la espalda.
Y se fue.
Leire se quedó sola en el despacho. El ordenador zumbaba bajito.
Por la ventana, la llovizna había arreciado un poco; las gotas trazaban líneas finas en el cristal y se juntaban unas con otras hasta hacerse demasiado pesadas para sostenerse, y entonces caían.
Se sentó otra vez. Miró la silla del rincón, todavía un poco girada hacia su mesa por la forma en que Irune la había dejado.
No la enderezó.
Esa fue la primera sinceridad de la tarde. Una tontería: no enderezar una silla. Pero Leire reconoció el gesto por lo que era. Una rendición pequeña, privada, que no le costaba prestigio ni puesto ni nada. Solo le costaba el privilegio de seguir mintiéndose.
Recogió sus cosas despacio. Apagó el ordenador.
Bajó las escaleras del edificio de Ciencias del Comportamiento con la cabeza en otra parte y salió a la llovizna sin abrir el paraguas, dejándose mojar el rato que tardó en llegar al metro, porque el frío en la cara la mantenía dentro de sí misma de una forma que necesitaba.
En casa, en Chamberí, encendió las luces una por una.
El orden de siempre la recibió: los libros en sus baldas, los cojines en el sofá y el silencio limpio que había levantado a su alrededor como quien se construye una fortaleza, para descubrir después que vivía en una celda.
Se hizo un té. Con leche. Se sentó a la mesa de la cocina con la taza entre las manos, sin beberla, dejando que le calentara los dedos.
Pensó en lo que le había dicho a Irune. No es una opción. Lo había dicho con tanta firmeza que casi se lo había creído ella misma.
Y sin embargo.
Había bajado la pila de trabajos buscando una letra que aún no había llegado.
Había escrito esto es exactamente lo que significa pensar en el margen de un ensayo y no lo había borrado.
Había memorizado, sin proponérselo, que Naia se inclinaba hacia delante cuando algo le interesaba, que tenía un callo en el índice de la mano derecha, que decía la verdad de un modo casi grosero cuando alguien le daba la oportunidad.
Había recordado, en mitad de una reunión del decano, la conversación de la cafetería de noviembre, su jersey de cuello vuelto color arena, la pregunta que había dejado en el aire —¿qué cosa?
— y que Naia no había terminado de contestar, y que ella, Leire, llevaba semanas terminando por su cuenta de cien formas distintas.
Eso no era interés académico. Lo sabía. Lo había sabido en la cafetería, probablemente. Quizá lo había sabido en el despacho, cuando Naia tachó media respuesta porque no le gustaba cómo iba y a Leire le pareció lo más sincero que había visto en años.
La cuestión no era si le gustaba. Irune tenía razón en eso: esa era la pregunta verdadera, y la respuesta no admitía discusión.
Le gustaba. Le gustaba de una manera que no tenía nada de profesional y todo de peligroso, le gustaba con el cuerpo y con la cabeza al mismo tiempo, le gustaba como hacía mucho que no le gustaba nadie, y precisamente por eso era un problema.
No un problema pequeño. No una distracción que se resolviera con más trabajo o más comité de evaluación.
Un problema de los que le habían costado caros otras veces.
Leire bebió por fin un sorbo. Apenas lo notó.
Aroa le volvió a la cabeza sin que la invitara, como cada vez que se permitía pensar en algo que importaba.
Aroa y los seis años que habían compartido.
Aroa y la oferta de la titularidad que había llegado el mismo otoño en que Aroa quería que dieran un paso, comprar algo juntas, construir lo que la gente construye.
Y Leire había elegido. No con gritos, no con un portazo.
Con una serie de noches de trabajo hasta tarde, con congresos a los que iba sola, con una distancia que fue creciendo tan despacio que cuando Aroa por fin se marchó pareció lo más natural del mundo.
Leire se había dicho entonces que el orden era más seguro.
Que el trabajo no te dejaba. Que las personas sí.
Llevaba tres años creyéndoselo.
Ahora estaba sentada en su cocina ordenada, en su piso ordenado, en su vida ordenada, con la garganta cerrada y una alumna metida en la cabeza, y esa noche el orden no le parecía una victoria. Le parecía exactamente lo que Irune había dicho: una espalda que llevaba años tensa de fingir.
No iba a pasar nada. Eso seguía siendo verdad. Era su profesora. Esa raya no se cruzaba.
Pero había una diferencia entre que no pasara nada porque no había nada y que no pasara nada porque ella lo impedía cada día con todas sus fuerzas. Y esa diferencia, comprendió Leire, era la única cosa que de verdad importaba.
Se quedó así un rato largo, en la cocina, sin encender la radio ni el televisor ni nada que le hiciera compañía.
El piso estaba en silencio. Fuera seguía lloviendo.
Leire miró la taza, con la leche deshaciéndose despacio en el té, y admitió en voz baja, solo para ella, lo que no había podido decirle a Irune.