Último curso Capítulo 5
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Capítulo 5

Salía la última, casi siempre. Una costumbre que Naia había desarrollado sin pensarla: esperaba a que el aula se vaciara, recogía despacio el portátil y fingía revisar algo en el móvil mientras el resto de la clase se derramaba por el pasillo.

Así evitaba a los que querían un selfie, a los que le preguntaban si esto del tenis seguía dándole para vivir y a los que la miraban demasiado tiempo y luego apartaban la vista cuando ella los pillaba.

Aquel martes de noviembre lo hizo igual. Y por eso coincidieron.

Leire también salía tarde. Cargaba con el ordenador bajo el brazo y las llaves entre los dientes mientras intentaba cerrar la puerta del aula. La bolsa se le resbaló del hombro.

—Espera —dijo Naia, y le sujetó el asa antes de que tocara el suelo.

Leire se quitó las llaves de la boca.

—Gracias.

—Llevas demasiado peso.

—Llevo el de siempre. —Recolocó la bolsa con un movimiento práctico—. Lo que pasa es que hoy lo he repartido mal.

Echaron a andar hacia la salida sin decidirlo.

El pasillo del edificio de Ciencias del Comportamiento estaba ya casi vacío, con esa luz fría de los fluorescentes que zumbaban un poco a esa hora.

Fuera, el patio interior tenía el aspecto apagado de noviembre: los árboles medio pelados, el suelo cubierto de hojas pisadas y el cielo de un gris uniforme que no amenazaba lluvia pero tampoco prometía nada.

—¿No entrenas hoy? —preguntó Leire.

—Por la tarde no. Solo mañana. —Naia se subió la cremallera del abrigo—. La pretemporada empieza la semana que viene. Antes me dejan respirar.

—Qué generosos.

La ironía era seca, sin maldad, y Naia la miró de reojo. Leire seguía caminando con la vista al frente, sin esperar reacción. No buscaba caer bien. Era una de las primeras cosas que Naia había notado de ella, y seguía sin acostumbrarse.

Llegaron a la puerta. La calle olía a castañas de un puesto que había en la esquina. Naia debería haber girado a la izquierda, hacia el metro. Leire, supuso, hacia donde fuera que viviera, pero ninguna de las dos se movió.

—Hay una cafetería ahí —dijo Naia sin que fuera del todo una pregunta.

Leire miró el local. Una fachada estrecha, ventanas empañadas y dos o tres mesas dentro.

—Tengo que corregir muchos trabajos esta noche.

—Claro.

—Pero un café no me va a quitar tiempo.

El sitio era pequeño y cálido, con el suelo de madera gastada y un olor denso a café tostado. Se sentaron en una mesa del fondo, junto a la ventana. Leire pidió un cortado. Naia, una infusión, y eso le arrancó una ceja levantada a la profesora.

—Las deportistas no tomamos café por las tardes —explicó Naia—. Me jode el sueño, y el sueño es la mitad de mi trabajo.

—No lo sabía.

—Nadie lo sabe. Todo el mundo cree que esto va de pegarle fuerte a la pelota.

Leire dejó la bolsa en la silla de al lado y se quitó el abrigo. Llevaba un jersey de cuello vuelto color arena que le sentaba como si lo hubieran cosido pensando en ella. Naia se obligó a mirar la ventana.

—¿De qué va, entonces? —preguntó Leire.

—¿El tenis?

—Sí.

Naia se rio sin querer. Era una pregunta de manual, la que le hacían en todas las entrevistas, y normalmente respondía con la frase de turno: disciplina, sacrificio y pasión.

Las palabras que vendían bien. Pero Leire no había encendido ninguna grabadora y no tenía la sonrisa profesional del periodista que ya sabe el titular antes de empezar. Solo la miraba, esperando.

—De repetir —contestó Naia al final—. De repetir lo mismo diez mil veces hasta que el cuerpo lo hace sin ti. Y luego, en el punto que importa, rezar para que se acuerde.

—Eso no suena a pasión.

—No lo es. —Naia rodeó la taza con las manos—. La pasión la pones los primeros años. Después es otra cosa.

Llegaron las bebidas. Leire removió el cortado sin azúcar, despacio, y dejó la cucharilla en el platillo con cuidado.

—¿Qué cosa?

—No sé. —Naia bajó la mirada al líquido humeante—. Costumbre. Miedo. Lo que sea que te hace levantarte de madrugada cuando hace ocho grados y odias tu vida y aun así te pones las zapatillas.

—¿Odias tu vida?

—A veces. —Lo dijo demasiado rápido, y luego se calló, sorprendida de haberlo mencionado. No solía. Frente a la prensa decía que era afortunada, que vivía un sueño, y era verdad a medias, como casi todo lo que decía en público—. De madrugada en febrero, sí. Después se me pasa.

Leire no la consoló. No le dijo «pero qué privilegio», ni «seguro que ha merecido la pena», ni ninguna de las cosas que la gente le decía para cerrar la conversación cuanto antes. Solo asintió, como si lo guardara en alguna parte.

—¿Por eso te has matriculado? —preguntó—. ¿Porque además de querer saber cómo piensa tu terapeuta, a veces odias tu vida?

Naia levantó la vista. La pregunta era más afilada de lo que parecía.

—No te metas en mi cabeza. Estamos fuera de clase.

—Es deformación profesional. Lo siento. —Pero no parecía sentirlo del todo. Había algo en la comisura de su boca, casi una sonrisa—. Puedes no contestar.

—Me he matriculado porque dentro de poco esto se acaba.

—Naia hizo un gesto vago, como abarcando todo lo que no estaba en aquella cafetería: las pistas, los aviones, los focos—.

Tengo treinta y cuatro. En el tenis eso es ser vieja.

Mi rodilla lo sabe antes que yo. Y un día me voy a despertar sin nada que repetir diez mil veces, y no tengo ni idea de quién soy cuando no estoy haciendo eso.

Lo soltó y esperó, como quien tira una piedra a un pozo a ver cuánto tarda en sonar el fondo. Hubo un silencio.

—Eso no se lo cuentas a los periodistas —dijo Leire.

—No.

—¿A quién, entonces?

Naia se encogió de hombros.

—A Elia. Mi entrenadora. Lleva conmigo desde los veintiséis. Es la única que... —se detuvo—. Es la única que sabe cómo me siento.

Y a ti, pensó, pero no lo dijo. Lo cual era absurdo, porque era profesora suya, se conocían de hacía unas semanas y no había ninguna razón para confiarle aquello.

Salvo que Leire la escuchaba como si lo que decía importara y no como si fuera una anécdota de famosa.

Salvo que, por primera vez en años, alguien la había mirado sin saber de antemano que ganaba dinero pegándole a una pelota.

—No reaccionaste a mi nombre —dijo Naia de pronto.

Leire dejó la taza.

—¿Cuándo?

—El primer día. Me preparé para cómo iba a ser, porque siempre es lo mismo: la cara, el «ay, pero tú no eres...», los compañeros mirándome. Y tú dijiste mi nombre como si fuera uno más de la lista.

—Eres una más de la lista.

—Ya. —Naia jugó con la etiqueta de la bolsita de infusión—. Por eso te lo digo. No estoy acostumbrada.

—¿A que no te traten como a una celebridad?

—A que no me traten de ninguna manera concreta. —Buscó las palabras; no era buena con esto, nunca lo había sido—. La gente decide quién soy antes de que abra la boca. Unos me adoran, otros piensan que soy una niñata consentida con un palo. Tú no decidiste nada. Eso es raro de cojones.

Leire se rio. Fue una risa breve, baja, que le cambió toda la cara durante un segundo, y Naia supo en el acto que quería volver a oírla.

—Yo decidí algo —admitió Leire—. Decidí pasar tres semanas reorganizando un temario que me sé de memoria solo porque tú estabas en la lista.

Naia se quedó con la taza a medio camino de la boca.

—¿En serio?

—No te lo cuento para halagarte. —Leire miró por la ventana, y por un instante pareció hablar más para sí misma que para Naia—. Te lo cuento porque tú acabas de contarme algo verdadero y me ha parecido injusto contestar con una mentira de cortesía.

El aire de la cafetería se había vuelto más denso, o eso le pareció a Naia. Notó el calor subiéndole por el cuello. En la pista sabía exactamente qué hacer con cualquier silencio, lo llenaba con un saque o un grito o un puñetazo al aire. Aquí no tenía nada con qué llenarlo.

—¿Y por qué te ponía nerviosa que estuviera en la lista? —preguntó, con curiosidad.

—No he dicho que me pusiera nerviosa.

—Reorganizar tres semanas un temario que te sabes de memoria es igual a nervios, Leire. Lo sé porque yo cambio el grip de la raqueta cien veces cuando voy perdiendo.

Esta vez Leire no se rio. La miró un momento largo, con una expresión que Naia no supo descifrar, y que la dejó con la incómoda sensación de estar siendo, de verdad, vista.

—Eres muy lista —dijo Leire al fin—. Para alguien que «describe, no analiza» en sus exámenes.

—Eso ha sido un golpe bajo.

—Ha sido un comentario preciso.

Naia sonrió a su pesar. Habían pasado, sin darse cuenta, del respeto implícito de la tutoría a algo más llano, más de igual a igual.

La taza de Leire estaba ya vacía. La infusión de Naia, fría.

Por la ventana, la luz había bajado un escalón más; encendieron las farolas de la calle, dos puntos amarillos que recortaban la silueta de la gente que pasaba con prisa.

—¿No tenías que corregir muchos trabajos? —preguntó Naia.

Leire miró el reloj del móvil. Pareció sorprenderse de la hora.

—Llevamos dos horas aquí.

—¿Dos horas?

—Casi.

Pero ninguna hizo ademán de levantarse. Naia tenía las dos manos sobre la mesa, abiertas, en una postura demasiado disponible, y no las movió. Leire, frente a ella, tenía la derecha apoyada cerca del borde de su taza. Manos de las que no gesticulan al hablar. Manos que pensaban antes de moverse.

—¿Te puedo preguntar una cosa? —dijo Leire.

—Llevas dos horas preguntándome cosas.

—Una distinta. —Leire pasó el pulgar por el borde de la taza, una sola vez—. En el último trabajo, en la pregunta del tachón, escribiste media respuesta sobre por qué los atletas siguen compitiendo cuando ya no disfrutan. La tachaste. ¿Qué ibas a decir?

Le subió el hormigueo por el estómago, ese cosquilleo que conocía bien, el de antes de un punto que no puedes fallar.

—Iba a decir que compiten porque no saben hacer otra cosa. Que la identidad entera está atada al resultado, y que dejar de competir es como dejar de existir un poco. —Naia hizo una pausa, eligiendo las palabras—. Lo taché porque me di cuenta de que estaba escribiendo sobre mí, no sobre la teoría.

—Deberías haberlo puesto.

—Ya. —Naia sonrió—. Siempre la cago, ¿eh?

Leire inclinó un poco la cabeza.

—Tienes el privilegio de conocer todo esto de primera mano. Deberías usarlo.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue otra cosa. La mesa de aquella cafetería de noviembre se había vuelto, de pronto, un sitio peligroso, y Naia no entendía bien por qué. No habían dicho nada que no se pudiera repetir delante de cualquiera. Y sin embargo.

—No te conozco —dijo Naia, en voz baja—. Y te acabo de contar cosas que no le cuento ni a mi hermana.

—Ya... —Leire no apartó la vista—. A mí me pasa algo parecido.

La mano de Leire seguía sobre la mesa, cerca del centro, los dedos relajados.

La de Naia estaba a un palmo. La miró —la mano, los nudillos, la vena fina del dorso— y los diez centímetros que las separaban se le hicieron insoportables.

No le costaría nada. Cerrar diez centímetros era el gesto más fácil del mundo; lo hacía mil veces al día sin pensar, cuando alcanzaba la raqueta, cuando estrechaba una mano, cuando firmaba autógrafos sobre la piel de la gente.

No movió la mano.

Tampoco la retiró.

Se quedó allí, abierta sobre la madera, y le pareció que le latía.

Levantó los ojos. Leire la miraba con una calma de las que se sostienen apretando algo por dentro.

Naia conocía esa clase de quietud. Era la que ponía ella en el banquillo entre juego y juego, cuando por fuera bebía agua y por dentro temblaba.

—Tendría que irme —dijo Leire. No movió la mano.

—Sí.

—Los trabajos.

—Por supuesto.

Ninguna de las dos se levantó. Naia tuvo la sensación nítida de que si decía la palabra equivocada, o la correcta, algo iba a romperse sin arreglo posible. Esos diez centímetros de madera eran el límite, las dos lo sabían, y llevaban un buen rato justo encima sin atreverse a mirar.

Fue Leire quien apartó la mano. Despacio, no como quien huye, sino como quien decide. La metió debajo de la mesa, fuera de la vista, y Naia respiró por primera vez en lo que le pareció mucho rato.

—Gracias por la infusión —dijo Leire, y empezó a recoger el abrigo.

—De nada.

Una sombra de sonrisa.

—Y por la conversación.

Salieron juntas a la calle. Hacía más frío que dos horas antes, el aire afilado de noviembre que se colaba por las costuras. Leire se enrolló una bufanda al cuello con dos vueltas rápidas y se colgó la bolsa al hombro.

—Nos vemos el martes —dijo.

—Claro.

—En clase. —Leire dudó un instante, como si fuera a añadir algo, y no lo hizo. Echó a andar calle abajo, hacia el norte, con ese paso suyo eficiente, sin volverse.

Naia se quedó en la acera, las manos hundidas en los bolsillos del abrigo, viéndola alejarse hasta que el jersey color arena se confundió con las demás siluetas bajo las farolas.

Tenía el pulso a un ritmo que no le correspondía a una tarde de café.

El mismo que en el tie-break del tercer set, cuando todo está por decidir y todavía no se ha decidido nada.

Se obligó a girar hacia el metro. Mañana entrenaba. Pretemporada en una semana. La rodilla, los aviones, lo de siempre, la vida que sabía repetir diez mil veces.