Capítulo 4
Naia Arístegui ocupaba la silla equivocada.
Leire tenía dos sillas frente a la mesa, idénticas, compradas el mismo día en el mismo lote del economato de la universidad.
Pero los alumnos siempre elegían la de la izquierda, la que quedaba más cerca de la puerta, con un pie ya orientado hacia la salida.
Naia se había sentado en la de la derecha, la del rincón, de espaldas a la ventana, con el examen sobre las rodillas y los codos apoyados en los muslos.
Como si pensara quedarse. Como si la conversación fuera a durar más de la cuenta.
—Aquí pone «describe, no analiza». —Naia giró la hoja del trabajo para que Leire viera la nota en rojo que ella misma había dejado al corregir—. ¿Qué quiere decir eso exactamente?
Leire dejó el bolígrafo sobre la mesa. Estuvo a punto de explicárselo como hacía siempre, con el ejemplo del manual, el de la motivación intrínseca y el deportista que confunde el rendimiento con la causa del rendimiento.
Tenía ese ejemplo gastado de tanto usarlo.
Pero algo en la forma en que Naia sostenía la hoja —firme, casi acusándola— la hizo cambiar de idea.
—Quiere decir que me contaste qué pasaba —dijo Leire—, y no me dijiste por qué.
Naia entornó los ojos. La luz del techo le daba en la cara y se los volvía de un verde muy claro.
—Te conté lo que decía el estudio.
—Me contaste el resultado del estudio. Que es distinto. —Leire se inclinó hacia delante—. La pregunta no era qué encontraron los investigadores, era por qué crees tú que lo encontraron. Y ahí escribiste tres líneas que parecían el resumen de la contraportada de un libro que no te apetecía leer.
Esperaba que se defendiera. Casi todos lo hacían, sobre todo los buenos, o los que habían sacado un cinco y se sentían atracados. Naia no se defendió. Se quedó mirando la hoja como si la viera por primera vez, y luego la dejó caer sobre el regazo.
—Vale —dijo—. ¿Y cómo se hace eso? Lo del porqué.
Y Leire, que había preparado tres respuestas distintas para tres reacciones distintas, se quedó sin ninguna.
—No es una técnica —dijo al fin—. Es una pregunta que te haces. Cada vez que afirmas algo, te preguntas: ¿cómo lo sé? ¿Qué me hace pensar eso? Si la respuesta es «porque lo pone en el libro», no has analizado. Has copiado con elegancia.
—Suena fácil —respondió, seca.
—No lo es.
Naia se rio. Una risa corta, hacia dentro, sin abrir del todo la boca.
—Ya. Eso es lo que dice todo el mundo de las cosas que sabe hacer bien.
Leire no contestó enseguida. Era una observación afilada, más de lo que parecía a primera vista, y la había soltado sin darle importancia. La gente que decía cosas así sin esforzarse solía no saber que las decía.
—Trae aquí. —Leire alargó la mano hacia el examen.
Naia se lo pasó. Tenía los dedos largos, también con las uñas cortas. Manos de trabajo. Leire apartó la vista de ellas y buscó la segunda pregunta, la de las catorce líneas tachadas a medias.
—Esto. —Dio la vuelta a la hoja y señaló—. Aquí empezaste algo. Tachaste media respuesta y volviste a empezar. ¿Por qué?
—Porque no me gustaba cómo iba.
—Explícate.
Naia se removió en la silla. De repente se sentía agobiada por aquella presencia sobria, por una mujer a la que le costaba dejar de mirar y cuyo perfume afrutado la estaba desestabilizando de un modo que no entendía.
—Estaba diciendo una cosa que no sé si es verdad —explicó despacio—.
Que un deportista que pierde la motivación intrínseca a lo mejor no la pierde del todo, que la sustituye por miedo a perder, y que eso desde fuera se ve igual.
Sigue ganando. Sigue entrenando. Pero por dentro ya no es lo mismo.
—Se detuvo—. No venía en el temario. Me pareció que me iba a saltar la pregunta y la borré.
Leire no dijo nada. Esperó.
Lo que Naia acababa de describir, así, con sus palabras de no sé si es verdad, era el concepto de la regulación introyectada.
Un capítulo entero del manual de Deci y Ryan.
Un trimestre de máster en algunas universidades.
Naia lo había deducido sola, sin ponerle nombre, partiendo de algo que probablemente había sentido en su propia piel durante quince años, y luego lo había tachado porque pensó que no contaba.
—¿Por qué lo borraste? —repitió Leire, y esta vez la voz le salió más baja de lo que pretendía, suave, ronca, y ella misma se asustó al ver que Naia se estremecía.
—Te lo acabo de decir. No venía en el…
—No venía en el temario, ya. —Leire dejó el examen sobre la mesa—. Naia. Eso que has borrado es exactamente lo que te pedía la pregunta. Eso es analizar. Tachaste la única parte buena del trabajo porque pensaste que estaba mal.
El silencio que vino después fue distinto a los anteriores. Más espeso. Naia la miraba con una expresión que Leire no supo descifrar de inmediato: no era orgullo, no era sorpresa. Se parecía más a la cautela de quien ha recibido un golpe por un sitio que no protegía.
—Estás de coña —dijo Naia, que no entendía cómo era incapaz de hacer algo bien.
—No suelo estarlo en tutoría.
—Joder. —Se pasó una mano por la nuca, frustrada.
Leire se la imaginó en un partido, sudada, y tuvo que apartar la idea.
—Te estoy diciendo que sabes pensar, Naia, y que has decidido no hacerlo porque alguien te enseñó en algún momento que tu trabajo era ejecutar, no preguntar. —Leire se detuvo. Había ido demasiado lejos. Lo notó en cuanto las palabras salieron de su boca—. Perdona. Eso último ha sido…
—No. —Naia levantó una mano—. Sigue, por favor.
Pero Leire no siguió. Se recostó en la silla y notó el frío del respaldo a través de la camisa.
Tenía la garganta seca. Había hablado de más, se había salido de lo que tenía pensado, y lo peor no era eso: lo peor era que no se arrepentía.
Llevaba varias clases observando a aquella mujer y metiéndola en el sitio que le correspondía —la famosa, la mayor, la que estaba allí por capricho, por aburrimiento o por reinventarse de cara a una revista—, y ese sitio acababa de quedarse sin fondo.
—¿Por qué te has matriculado? ¿Por qué Psicología del Deporte? Podrías haber elegido cualquier cosa. Empresariales. Comunicación. Algo que rentabilizara el nombre.
Naia tardó en contestar. Se pasó una mano por el pelo, hacia atrás, y se lo dejó revuelto sin darse cuenta.
—Porque llevo muchos años yendo a un psicólogo deportivo cada lunes —dijo—, y nunca he entendido del todo qué me hacía. Funcionaba o no funcionaba, y yo no sabía por qué. Estaba harta de ser la paciente. Quería saber qué pasaba dentro.
Leire se quedó muy quieta.
Era, con diferencia, la mejor respuesta que había recibido a esa pregunta en sus años de docencia. Mejor que las vocaciones impostadas, que los «me gusta ayudar a la gente», que los expedientes brillantes que no sabían explicar qué hacían allí.
—¿Y tu psicólogo lo sabe? —preguntó Leire—. ¿Que has venido a desmontarle el truco?
Naia sonrió. Esta vez sí, abierta, y a Leire le pareció que el despacho se volvía un grado más cálido sin motivo.
—Se lo dije. Me contestó que ojalá hubiera más pacientes que quisieran entender en vez de obedecer. Y luego me cobró la sesión igual.
Leire se rio, y el estómago de Naia se contrajo.
—Mira —dijo, y cogió el examen otra vez, más por hacer algo con las manos que por enseñar nada—.
Te queda el trabajo final, y ahí no hay temario que te salve ni que te condene.
Es un caso. Tú eliges al deportista, tú eliges el problema y tú construyes el análisis.
—Levantó la vista—. Si haces lo que acabas de hacer ahora mismo, sin tacharlo, el trabajo va a ser bueno.
—¿Cómo de bueno?
Leire levantó una ceja.
—Es una pregunta legítima. Necesito saber por dónde piso.
Leire la miró. Ahí estaba otra vez: la competidora.
La que no preguntaba si lo haría bien, sino cuánto, qué margen, qué distancia hasta la siguiente.
La que había convertido un trabajo de tercero de carrera en un set que ganar.
Era irritante. Era, también, completamente coherente con todo lo demás, y Leire descubrió que aquella mujer empezaba a gustarle mucho.
—Tan bueno como para que me cueste ponerte la nota que merezcas —dijo—, sin que parezca que te trato distinto.
Lo soltó y se arrepintió al instante. Era una confesión disfrazada de elogio. Era reconocer, en voz alta, que había algo sobre lo que se sostenía todo aquello —tratarla igual que a los demás, eso que llevaba defendiendo desde agosto— y que ya empezaba a costarle mantener en pie.
Naia no lo dejó pasar.
—¿Por ser quien soy?
—Por cualquier cosa que no sea la calidad del trabajo. —Leire recuperó el tono, el de la profesora, el seguro—. Mi obligación es ponerte exactamente la nota que valga lo que entregues. Ni más por ser famosa ni menos por compensar que lo eres.
Lo dijo y se hizo un silencio en el que Leire se oyó el corazón contra el pecho.
—Tengo que irme —dijo Naia, pero no se movió—. Entreno mañana temprano.
—Claro.
—¿Cuándo hay que entregar el siguiente trabajo?
—En enero. Antes del cierre del primer semestre. Tienes tiempo de sobra.
Naia asintió. Se levantó. Era alta —Leire lo sabía de verla en clase, pero de pie en aquel despacho pequeño la altura se notaba más, ocupaba algo— y al recoger la mochila del suelo la chaqueta se le ciñó en los hombros y Leire vio, durante un segundo, la musculatura de la espalda bajo la tela, el cuerpo entrenado para una sola cosa durante toda una vida.
Apartó la vista hacia la pantalla del ordenador, nerviosa.
—Profesora.
—¿Sí?
Naia se había detenido junto a la puerta, con una mano en el marco.
—Nada, no importa.
Y se fue antes de que Leire pudiera contestar. Oyó sus pasos por el pasillo, regulares, sin prisa, y luego la puerta de la escalera al fondo, y luego nada.
Leire se quedó sentada en el despacho con el trabajo de Naia Arístegui sobre la mesa y la sensación incómoda de que algo se había descolocado sin que ella le hubiera dado permiso.
No era la fama. La fama la había tenido controlada desde el principio; la fama era fácil, bastaba con no reaccionar a ella y se desactivaba sola. Lo que no había previsto era que la tenista empezara a remover cosas dentro de ella que llevaban tiempo dormidas.