Último curso Capítulo 3
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Capítulo 3

El cinco rojo estaba escrito en la esquina superior del examen, rodeado por un círculo. Naia lo miró tres veces, como si el número pudiera cambiar de forma a fuerza de observarlo.

A su alrededor, los demás recogían sus carpetas, hablaban en voz baja sobre la pregunta cuatro y sobre si el modelo de activación entraba o no. Gael se inclinó por encima del pupitre y echó un vistazo a su hoja antes de que ella pudiera taparla.

—Cinco —dijo, y luego, con una mueca de disculpa—: yo un seis y medio. Por los pelos.

A Naia se le secó la boca. Le ardían las orejas. No le pasaba desde hacía mucho, esa sensación concreta, el calor subiendo por el cuello y las manos que de pronto no sabían dónde colocarse. La conocía bien. Era la que tenía a los diecinueve años cuando una rival peor que ella le robaba un set.

—Es un cinco —dijo—. Está aprobado.

—Un cinco pelado en un parcial que vale el cuarenta por ciento. —Gael se rascó la nuca—. Yo, en tu lugar, iría a tutoría.

—No estás en mi lugar.

Lo dijo más seco de lo que pretendía. Gael levantó las manos y se marchó hacia la puerta con una sonrisa que no se ofendía por nada. Naia se quedó la última, mirando la pizarra vacía donde un rato antes Leire Alzaga había escrito tres conceptos con una letra inclinada y perfecta.

Un cinco. Ella, que llevaba veinte años acostumbrada a ganar o a perder por márgenes que se medían en milímetros y en bolas de partido. Un cinco era peor que un cero. Un cinco era un casi, y los casi no figuraban en su vocabulario.

Bajó la vista al examen otra vez. Junto a la pregunta tres, una anotación a lápiz, pequeña: describe, no analiza. Y en la cinco, otra: ¿Y la reflexión?

Naia salió del aula sin saber muy bien hacia dónde.

Por la tarde le llegó un correo mientras estiraba en el CAR después de la sesión de pista. Lo leyó con la pierna apoyada en la espaldera y el móvil en la otra mano.

Buenas tardes, Naia. Te cito a tutoría el jueves a las 17:00 en el despacho doscientos catorce para comentar el parcial. Leire Alzaga.

Sin más. Sin un por favor, sin un si te viene bien. Una citación.

Elia pasó por detrás con una caja de pelotas bajo el brazo.

—¿Quién ha muerto? —preguntó con sorna.

—Nadie.

—Tienes la misma cara que cuando el árbitro no te concede el ojo de halcón.

Naia bajó la pierna y se incorporó.

—He suspendido. Bueno, un cinco. Casi.

Elia dejó la caja en el suelo y la miró con esa atención plana y total que solo tenía con ella.

—¿Te molesta?

—No lo sé. —Era la verdad. No sabía por qué le importaba tanto un cinco en una asignatura que había elegido casi por capricho—. Me ha citado a tutoría.

—Pues vas y ya está. —Elia recogió la caja—. No es Wimbledon, Naia. Es la universidad.

Naia asintió. Pero esa noche, en el piso, abrió el examen sobre la mesa de la cocina, al lado del agua con gas y el plato de pasta que estaba cenando.

Leyó sus propias respuestas y, por primera vez, las estudió con los ojos de otra persona.

Describe, no analiza. Tenía razón. Había escrito lo que sabía. No había pensado.

Le molestó descubrirlo.

El jueves llegó al edificio de Ciencias del Comportamiento con diez minutos de antelación, un hábito que el deporte le había metido en los huesos. La segunda planta olía a café de máquina rancio. La puerta del doscientos catorce estaba entornada y dentro se oía el golpeteo de un teclado.

Llamó con los nudillos.

—Adelante.

El despacho era pequeño y estaba lleno de libros, no de los que se compran para decorar sino de los que se abren: lomos rotos, pósits asomando por los bordes y pilas en el suelo junto a la pared.

Una ventana daba al patio interior y dejaba entrar una luz gris de octubre, limpia, sin sombras duras.

Leire estaba sentada tras la mesa. Llevaba una camisa color hueso y el pelo recogido, como siempre.

Levantó la vista del ordenador y le señaló una de las dos sillas que había enfrente.

—Siéntate.

Naia se sentó. Dejó la mochila en el suelo, junto a sus pies, y esperó. En la pista, esperar formaba parte del juego: medir al rival, no mover ficha primero. Aquí no sabía si servía la misma táctica.

Leire cerró la tapa del portátil y cruzó las manos sobre la mesa. Las tenía quietas, las uñas cortas, sin pintar, y a Naia le gustaron.

—¿Has revisado el examen? —preguntó la profesora.

—Lo he leído.

—No es lo mismo. —No lo dijo con dureza. Lo dijo como quien constata una diferencia técnica—. ¿Sabes por qué tienes un cinco?

El calor le volvió a subir por el cuello y se obligó a mantener el tono plano.

—Porque has decidido que era lo que merecía.

—No. —Leire abrió un cajón, sacó una fotocopia del examen y la giró sobre la mesa para que Naia pudiera leerla del derecho—. La decisión ha sido tuya. Lo tienes porque las respuestas son correctas, pero están vacías. Sabes los conceptos y los explicas bien, pero no haces nada con ellos.

—Lo respondí tal y como viene en los apuntes.

—Exacto. —Leire deslizó un dedo hasta la pregunta cuatro y Naia siguió el movimiento sin querer—. Aquí te pedía que aplicaras el modelo de activación a un caso real. Cualquier caso. El tuyo, si querías. Y me escribiste la definición del modelo otra vez.

Naia apretó la mandíbula.

—¿Querías que escribiera sobre mí?

—Quería que pensaras, Naia. —Leire se reclinó un poco en la silla—.

Tú, de todas las personas que hay en esa aula, eres la que más material tiene para pensar sobre activación, ansiedad competitiva y control de la atención.

Has vivido todo lo que esos chicos solo han leído. Y me entregaste un resumen de manual.

Fuera, en el patio, alguien arrastró una papelera y el ruido llenó la pausa entre ellas.

—Tienes razón —admitió Naia, y le costó—. Pero podrías haber sido más flexible, llevo muchos años sin…

Se detuvo cuando Leire levantó una ceja.

—¿Esperabas otra cosa? ¿Un trato de favor? —preguntó, ladeando la cabeza.

Y ahí estaba la pregunta. Naia la oyó con claridad porque la había oído mil veces, dicha y no dicha, en cada despacho, en cada plató, en cada cena con patrocinadores: ¿esperabas que te tratara distinto?

—No —mintió.

Leire la miró un segundo de más y ella tuvo la sensación incómoda de que lo había notado. De que esa mujer, con sus manos quietas y su camisa color hueso, leía las respuestas vacías también fuera del papel.

—El parcial vale el cuarenta por ciento —dijo Leire—. Tienes un trabajo a final de cuatrimestre que vale el sesenta. Si lo haces bien, el cinco no te hunde. Si lo haces como este examen, suspendes la asignatura.

—¿Y te daría igual?

La pregunta salió antes de que Naia pudiera filtrarla. Sonó más afilada de lo que quería, más personal. La boca de Leire se tensó.

—Me da igual quién suspende —contestó—. Lo que no soporto es que un alumno suspenda por no haberse molestado en pensar.

—No soy un alumno cualquiera.

—En este despacho lo eres.

Lo dijo sin levantar la voz, sin dramatismo, y Naia le sostuvo la mirada.

Los ojos de Leire eran marrones, oscuros, y no se apartaban.

No había en ellos nada de lo que Naia había aprendido a esperar de la gente: ni la fascinación ni la avidez disimulada de quien quiere algo.

Solo una atención severa. La trataba exactamente igual que a Gael.

Y eso —descubrió Naia, sin saber dónde colocar el sobresalto— era lo que más la descolocaba.

—De acuerdo —dijo al fin—. ¿Cómo lo arreglo?

Los hombros de Leire se aflojaron un poco y por un instante pareció más joven.

—Esto no puedes arreglarlo, pero puedes aprender.

—Volvió a coger la fotocopia y, con un bolígrafo, rodeó la pregunta cuatro—.

Quiero que reescribas esta respuesta, no para cambiar la nota, sino para que veas la diferencia.

Coge el modelo de activación y aplícalo a un momento concreto de un partido tuyo.

Uno que recuerdes bien. Qué sentiste, qué hiciste, qué dice la teoría sobre eso. Quinientas palabras.

—No tiene sentido hacerlo si no me sube la nota. —Cuanto más hablaba, más estúpida se sentía, pero aquella mujer la desconcertaba.

—Eso lo dejo a tu elección. Pero si lo haces, el trabajo final te va a salir solo.

Naia cogió la fotocopia y sus dedos rozaron los de Leire un segundo, apenas un roce, el tiempo del papel cambiando de mano. Leire retiró la mano sin prisa y Naia la guardó en la mochila.

—¿Algo más? —preguntó.

—No. —Leire ya estaba abriendo otra vez el portátil—. Nos vemos en clase.

Naia se levantó. En la puerta, con la mano en el marco, se detuvo. No supo por qué lo hizo. Quizá porque no estaba acostumbrada a salir de una sala con la sensación de haber perdido el punto.

—¿Por qué das esta asignatura? —preguntó.

Leire levantó la vista. Pareció sopesar si la pregunta tenía trampa.

—Porque me interesa lo que pasa en la cabeza de alguien cuando todo depende de un movimiento —dijo—.

Lo que sostiene a una persona cuando podría venirse abajo.

—Hizo una pausa—. Pasé años estudiándolo desde fuera.

Vosotros lo habéis vivido desde dentro. Por eso me molesta cuando me devolvéis lo que dice el manual.

Naia asintió, salió y cerró la puerta con cuidado.

En el pasillo, la luz gris entraba por los ventanales del fondo. Se quedó un momento quieta con la espalda contra la pared. El corazón le iba un poco más deprisa de lo razonable para una conversación de diez minutos en un despacho.

No era el cinco. El cinco le daba igual, ahora lo sabía.

Era que Leire Alzaga la había mirado durante diez minutos sin ver a la tenista, sin ver la valla publicitaria, sin ver nada de lo que Naia había pasado dos décadas construyendo para que la gente viera.

La había mirado a ella, y lo que había visto era una alumna que no se había molestado en pensar.

Le molestaba. Le molestaba muchísimo.

Y, por debajo de la molestia, había algo incómodo y nuevo que se parecía a las ganas de demostrarle que se equivocaba.

Esa noche, en el piso, no encendió la televisión. Se sentó a la mesa de la cocina con el ordenador y la fotocopia rodeada en bolígrafo. La pregunta cuatro la miraba. Aplica el modelo de activación a un caso concreto.

Escribió el título. Lo borró. Lo escribió otra vez.

Pensó en un partido. No le costó elegirlo.

Octavos de un Grand Slam, años atrás, segundo set, una rotura en contra y el público a favor de la otra.

Recordaba la sensación física con una nitidez que el tiempo no había gastado: las pulsaciones disparadas, la garganta seca, las manos sudando y la pelota que de pronto parecía ir más rápido de lo normal.

Recordaba lo que había hecho: bajar el ritmo, respirar entre puntos contando hasta cuatro y fijar la vista en el cordaje de la raqueta para sacarse el mundo de la cabeza.

Entonces no tenía un nombre para eso. Lo hacía y ya está. Ahora, mirando los apuntes de Leire, tenía nombres para todo: nivel de activación, zona óptima de funcionamiento, control atencional y rutinas precompetitivas.

Escribió las quinientas palabras de un tirón. Cuando levantó la vista era más de medianoche y tenía setecientas.

Las releyó. Eran buenas. Sabía que eran buenas porque, por primera vez en aquella asignatura, no había escrito lo que sabía: había escrito lo que pensaba. La diferencia, que esa tarde le había parecido una vara de medir injusta, ahora le parecía obvia.

Cerró el ordenador. No le entregaría el texto. No tenía por qué. Leire lo había dicho: no era para nota. Era para que viera la diferencia.

La había visto.

Y al día siguiente, en clase, cuando Leire entrara con su camisa de turno y empezara a hablar de control atencional como si Naia fuera una más, Naia sabría algo que la otra no: que se había pasado media noche escribiendo para ella. Para demostrarle que pensaba.

Apuró el agua. Dejó el vaso en el fregadero.

El problema —se dijo, apagando la luz de la cocina— no era el examen. El problema era que llevaba veinte años necesitando que la gente la viera de una forma muy concreta, y que acababa de conocer a la única persona en mucho tiempo que se negaba a hacerlo.

Imprimió las setecientas palabras antes de irse a dormir. Por si acaso.