Capítulo 2
El nombre apareció en la lista a finales de agosto, entre un tal Iker Munduate y una chica con dos apellidos compuestos.
Naia Arístegui. Grupo de mañana, Psicología del Deporte, asignatura troncal de tercer curso.
Leire lo leyó dos veces, no porque dudara, sino porque quería medir su propia reacción.
No hubo nada. O casi nada. Un parpadeo, un ajuste interno, como cuando suena un teléfono ajeno en una sala de espera.
Cerró el ordenador y se sirvió un té. El verano todavía pesaba sobre Chamberí, con las persianas a media altura y el zumbido de un ventilador que arrastraba el aire de un lado a otro sin enfriarlo.
Tenía tiempo. Faltaban tres semanas para empezar.
Tres semanas eran suficientes para decidir cómo iba a tratar a una mujer cuya cara había visto en vallas publicitarias, en titulares y en una entrevista que vio sin querer mientras esperaba a que hirviera el agua.
Decidió que la trataría como a cualquiera. Era lo único razonable.
Lo repitió en voz alta, sola en la cocina, y le sonó tan convincente que casi se lo creyó.
Las semanas siguientes Leire hizo lo que hacía siempre con lo que la incomodaba: lo convirtió en un procedimiento.
Revisó el temario. Reorganizó las lecturas.
Actualizó las diapositivas que llevaba usando tres años con bibliografía nueva que en realidad no necesitaba.
Si alguien le hubiera preguntado por qué dedicaba tantas horas a una asignatura que conocía de memoria, habría tenido una respuesta limpia y profesional.
Nadie le preguntó, pero Irune sí lo notó, una tarde de finales de agosto, cuando coincidieron en la secretaría del departamento.
—Estás trabajando como si fuera tu primer año —le dijo Irune, apoyada en el marco de la puerta con una carpeta bajo el brazo.
—Estoy actualizando material.
—En agosto.
Irune la miró un segundo de más. Después se encogió de hombros y se fue a fotocopiar lo suyo, y Leire respiró cuando la oyó alejarse por el pasillo. No quería conversaciones. Quería el semestre empezado, el primer día atravesado y la primera clase resuelta. Quería estar al otro lado de eso.
Porque ese era el problema, y lo sabía, aunque no se lo dijera con esas palabras: no temía a Naia Arístegui.
Temía la posibilidad de comportarse de un modo distinto al que lo hacía con todos los demás.
Una deferencia involuntaria. Una mirada que durase un instante más de lo debido.
Un trato especial que, en una profesora con su trayectoria, sería más que un descuido: sería la prueba de que había perdido el control de sí misma.
Y eso no se lo permitía. Lo mantenía todo en su sitio, siempre.
Aroa se lo había dicho una vez hacía años: «Tú no tienes casas, tienes fortalezas.» Lo dijo con cariño, o lo que quedaba del cariño al final. Leire lo recordó esa última semana de agosto y lo dejó pasar, como todo lo que no le servía para el día siguiente.
El primer día de clase se vistió con cuidado.
Camisa azul oscuro, pantalón de pinzas y el pelo recogido.
Nada que llamara la atención, nada descuidado.
La ropa de quien no necesita que la miren.
Salió de casa con tiempo, cogió el metro hasta el campus, repasó mentalmente la introducción de la asignatura mientras el vagón se llenaba de estudiantes con mochilas y caras de domingo prolongado.
Septiembre tenía esa luz limpia y todavía cálida, la del final de algo que se resiste a terminar.
Llegó al edificio de Ciencias del Comportamiento, subió al despacho doscientos catorce, dejó el bolso y comprobó las diapositivas en el USB.
Tenía la garganta un poco seca. Bebió agua de la botella que guardaba en el cajón.
Por la ventana, el patio interior estaba en sombra y un par de gorriones picoteaban en las baldosas. Miró el reloj y salió.
En el pasillo de la planta baja se cruzó con dos colegas que la saludaron con la familiaridad de quien lleva años coincidiendo con ellos.
Iba a entrar en el aula cuando reconoció, al fondo del pasillo, una figura que no encajaba con el resto. Más alta. Más erguida. Un porte que no era el de un estudiante de tercero. Leire apartó la vista antes de que aquello fuera a más, y entró en el aula tres.
Dentro, el rumor habitual. Sillas que se arrastran, conversaciones que se apagan a medias.
Cuarenta y tantos estudiantes ocupando los sitios de siempre: los aplicados delante y los reincidentes al fondo.
Leire dejó el ordenador en la mesa, conectó el cable del proyector y, mientras esperaba a que la pantalla se encendiera, recorrió el aula con la mirada del modo en que lo hacía cada inicio de curso.
Caras nuevas, caras conocidas de otras asignaturas.
Y allí, en la tercera fila, junto a la ventana, estaba ella.
No la miró más que al resto; de eso se aseguró.
La vio igual que al chico de la sudadera roja y a la chica que tomaba notas antes de que empezara la clase.
Naia Arístegui llevaba una camiseta gris y el pelo recogido en una coleta baja; a su lado, un estudiante joven, de pelo revuelto, le decía algo con las cejas levantadas.
Naia respondía sin mucho entusiasmo. Tenía esa quietud particular de los deportistas en reposo: el cuerpo quieto pero listo para saltar en cualquier momento.
Leire encendió el micrófono y empezó.
—Buenos días. Esto es Psicología del Deporte. Si alguien ha entrado buscando Fisiología del Esfuerzo, está en el edificio equivocado y todavía está a tiempo de salir.
Una risa pequeña recorrió las primeras filas. El chico del pelo revuelto soltó una carcajada más fuerte que el resto. Naia no se rio, pero algo en su boca se movió. Leire siguió.
Explicó lo que siempre explicaba el primer día: que la asignatura no iba sobre técnicas de motivación de manual ni sobre frases para colgar en un vestuario.
Que iba sobre cómo la mente sostiene o derriba al cuerpo bajo presión.
Que iban a estudiar el miedo, el control de la atención, la identidad construida alrededor del rendimiento y el duelo de la retirada.
Iba pasando diapositivas, marcando los bloques, las fechas de los dos parciales y el peso del trabajo final.
—La gente cree que el deporte de élite es sobre todo cuerpo —dijo, deteniéndose frente a la primera fila—.
No lo es. El cuerpo es la parte fácil. La parte difícil es lo que pasa aquí.
—Se tocó la sien con un dedo, un gesto que repetía cada año porque funcionaba—.
Por eso hay carreras que terminan en una lesión y otras mucho antes, en un partido cualquiera, cuando la cabeza decide que ya no quiere.
Lo dijo sin mirar a nadie en particular, igual que los tres años anteriores. Pero en cuanto las palabras salieron, supo que había sido un error pronunciarlas con ella en la sala. No por lo que decían, sino por quién iba a oírlas.
No miró hacia la tercera fila. Pasó a la siguiente diapositiva, normas de evaluación, asistencia recomendada pero no obligatoria y los criterios del trabajo.
Habló del rigor que esperaba. De que no le interesaban las opiniones sin fundamento, que esto era una ciencia, no una columna de autoayuda.
Sintió que el aula la seguía. Notaba siempre cuándo la seguían y cuándo la perdían; era una de las pocas certezas de su oficio.
Y entonces, casi al final, cometió el error de levantar la vista.
Naia la estaba mirando.
No era la mirada del resto. Los estudiantes miraban a la pizarra, al móvil debajo del pupitre o al reloj.
Miraban como quien recibe información y calcula cuánta tendrá que devolver en un examen.
Naia no. Naia la miraba a ella. No con la fascinación incómoda que Leire había temido ni con esa avidez de quien quiere confirmar que la profesora sabe quién es.
La miraba con atención. Con una concentración seca, profesional, la de alguien acostumbrado a leer al rival al otro lado de la red.
Le estaba estudiando el saque, el peso del cuerpo, hacia dónde iba a tirar.
Leire sostuvo la mirada el tiempo exacto que sostendría la de cualquier otro alumno y la apartó. Pero el calor ya le había subido por el cuerpo. Volvió a la pantalla y pasó la diapositiva.
—¿Alguna pregunta sobre la evaluación? —dijo, y la voz le salió bien y eso la tranquilizó más de lo que le habría gustado admitir.
El chico del pelo revuelto levantó la mano.
—¿Las tutorías son obligatorias o son por si te atascas?
—Por si te atascas —dijo Leire—. Pero te advierto que la gente que viene a tutoría suele aprobar, y la que no viene suele venir el día antes del examen a pedirme que sea comprensiva. La comprensión también es por si te atascas.
Más risas. El chico asintió como si hubiera recibido un consejo valioso. Leire contestó las preguntas que quedaban, repartió el cronograma y dio la clase por terminada un poco antes de la hora porque el primer día nunca se aprovechaba entero y prefería ganarse esa pequeña deuda de buena voluntad.
—Nos vemos el jueves —dijo—. Leed la introducción del Weinberg. No es opcional, aunque lo parezca.
El aula se deshizo con el barullo de siempre.
Sillas, mochilas, voces que se reactivaban en cuanto cruzaban la puerta.
Leire desconectó el cable, cerró el ordenador y se entretuvo con los papeles más de lo necesario.
Mantuvo la cabeza baja, ocupada, el lenguaje universal de quien no quiere que se le acerquen.
Funcionó con casi todos. El chico del pelo revuelto se demoró un instante junto a la puerta, dijo algo a Naia, y las dos figuras salieron, una detrás de la otra, sin que Naia se acercara a la mesa.
Tampoco se le escapó eso. Que no se había acercado.
Que no había aprovechado el primer día para presentarse, para congraciarse con ella, para asegurarse de que la profesora supiera quién era.
Cualquier otra persona con su fama lo habría hecho.
Naia no. Y a Leire no le gustó la curiosidad que eso le provocó, esa pregunta que se le formó sola: ¿por qué no?
Recogió el bolso y subió al despacho doscientos catorce. Cerró la puerta y se sentó. El patio interior seguía en sombra, los gorriones se habían ido. Por un momento se permitió no hacer nada, solo respirar, dejar que el primer día se asentara despacio.
Había salido bien. Lo había hecho exactamente como se había propuesto. La había tratado como a cualquiera. Ni una deferencia, ni una mirada de más, ni un cambio de registro. Si alguien hubiera estado tomando nota desde el fondo del aula, no habría podido escribir nada sospechoso.
Y, aun así.
Sacó el móvil para no pensar y lo dejó sobre la mesa sin desbloquearlo.
Lo que la inquietaba no era nada que hubiera hecho ella.
Era lo que había hecho Naia. Esa mirada.
Llevaba muchos años subiéndose a tarimas y aulas, exponiéndose a docenas de pares de ojos cada mañana, y había aprendido a no sentir ninguno en particular.
Los ojos de los estudiantes pasaban sobre ella sin detenerse.
Cumplía su función: enseñar, evaluar y mantener la distancia.
Nadie la miraba como Naia Arístegui la había mirado, porque nadie tenía motivos para hacerlo.
Una alumna no estudia a su profesora. La escucha, la teme un poco, la juzga y la olvida en cuanto sale por la puerta.
Naia la había estudiado.
Y lo peor —se obligó a reconocerlo, porque mentirse era un lujo que no se concedía— era que lo había notado y no le había desagradado del todo.
Eso era lo que fallaba. No que ella tratara distinto a Naia.
Que Naia, sin proponérselo, hubiera conseguido en una sola clase que Leire fuera consciente de sí misma de un modo que no recordaba desde hacía años.
La camisa de pronto demasiado almidonada.
La voz que tuvo que recolocar. El calor en la nuca.
Se levantó y abrió la ventana. Entró el aire del patio, todavía tibio, con olor a tierra regada. Apoyó las manos en el alféizar.
Era el primer día. Quedaba un curso entero.
Cuatro meses hasta enero, seis hasta el final.
Sería su alumna durante todo ese tiempo.
Iba a corregir sus trabajos, a calificar sus exámenes y a verla en la tercera fila junto a la ventana dos mañanas por semana.
La idea, dicha así, era perfectamente neutra.
Una alumna más, un curso más, un nombre en una lista, entre otros treinta.
Naia Arístegui era una deportista en transición, probablemente cumpliendo el viejo sueño de terminar lo que dejó, buscando algo que hacer mientras decidía qué iba a ser de ella cuando el cuerpo dejara de responder.
Leire conocía ese perfil de memoria; le había dedicado capítulos enteros.
Atletas que llegan a la universidad con la disciplina intacta y la identidad hecha pedazos.
No tenía nada de extraordinario. Lo extraordinario sería que ella, Leire, perdiera la perspectiva ante un caso de manual.
No la iba a perder.
Cerró la ventana. Volvió a sentarse. Abrió el correo y respondió tres mensajes administrativos, y mientras escribía, una parte de su cabeza siguió funcionando por su cuenta, recogiendo datos que nadie le había pedido.
La camiseta gris. La coleta baja. La quietud alerta de su cuerpo.
El modo en que no se había reído del chiste, pero la boca se le había movido.
El hecho de que no se hubiera acercado a la mesa.
Y la mirada. Sobre todo la mirada.
Cerró el ordenador con más fuerza de la necesaria.
El golpe sonó seco en el despacho vacío.
Se quedó muy quieta, con las manos planas sobre la tapa, escuchando el silencio que vino después, y pensó que todo aquel orden que había construido pieza a pieza durante una década, eso que Aroa había llamado una vez sus fortalezas, no era más firme que la décima de segundo de calor en la nuca que acababa de sentir.
Lo apartó de su mente. Como apartaba todo. Se levantó, cogió el bolso y apagó la luz.