Último curso Capítulo 1
5%
Último curso

Último curso

Por Marta Rivas

© inepub.com

Capítulo 1

El campus de la UCADE olía a césped recién cortado.

Naia bajó del coche y se quedó un segundo con la mano en la puerta, mirando los edificios bajos de hormigón gris, las cristaleras que devolvían el sol de septiembre y los grupos de chavales con mochilas que cruzaban la explanada.

Tenía la sensación de haber aparcado en el sitio equivocado.

Igual que cuando llegaba a un torneo nuevo y aún no sabía dónde estaban los vestuarios.

Cerró la puerta y echó a andar.

No había hecho ni veinte metros cuando una chica que venía de frente la reconoció.

Lo vio en cómo se le abría la cara, en el codazo que le dio a su amiga y en el modo en que las dos volvieron la cabeza al pasar fingiendo que no lo hacían.

Naia mantuvo la vista al frente. Llevaba muchos años entrenándose para eso: para caminar como si no notara los ojos clavados en la nuca.

Lo que no había entrenado era caminar hacia un aula.

El edificio de Ciencias del Comportamiento estaba al fondo, según el plano que llevaba en el móvil.

Naia subió por una rampa, pasó junto a una máquina de café rodeada de estudiantes, y las conversaciones se cortaron a media frase a su paso.

Aparecieron los móviles. Un chico con gorra se quedó con el vaso a medio camino de la boca.

—Es ella —oyó a su espalda, en un murmullo.

Treinta y cuatro años, y estaba a punto de entrar en un aula con gente que tenía la mitad.

El pasillo de la segunda planta era estrecho, con suelo de linóleo y carteles de congresos pasados clavados en corcho.

Naia comprobó el número en la pantalla: aula tres, planta baja, y ella se había equivocado de piso.

Resopló. Bajó las escaleras. Una profesora de mediana edad que subía con una pila de carpetas la miró, dudó, abrió la boca y la cerró.

Naia le sostuvo la mirada el tiempo justo para que la mujer decidiera no decir nada.

Encontró el aula con cinco minutos de margen. La puerta estaba abierta. Dentro había gradas de plástico azul, una pizarra blanca y una pantalla apagada. Y cuarenta cabezas que se volvieron hacia ella a la vez.

Eligió un sitio en la tercera fila, no demasiado delante, pero tampoco al fondo.

Dejó la mochila —una mochila normal, sin patrocinadores, había tenido cuidado— en el asiento contiguo.

Sacó un cuaderno y un bolígrafo. No recordaba la última vez que había escrito a mano algo que no fuera una dedicatoria en una pelota.

—Perdona. —Un chico se había sentado dos asientos más allá. Joven, con el pelo revuelto y una sonrisa que le ocupaba toda la cara—. Tú eres Naia Arístegui.

—Sí.

—Tía. —Bajó la voz como si estuvieran en una iglesia—. Yo te vi ganar Roland Garros. En directo no, en la tele, pero te vi. El punto contra la rusa en el tercer set, cuando corriste a la red y...

—Me acuerdo —no quería sonar borde cuando lo cortó, pero estaba nerviosa.

—Soy Gael. —Le tendió la mano por encima del asiento vacío—. Estoy flipando, en serio.

Naia le estrechó la mano. Tenía algo limpio, ese chaval, una alegría sincera que llevaba mucho tiempo sin ver de cerca. En el circuito todo el mundo quería algo. Este solo parecía contento de respirar el mismo aire que ella.

—Encantada, Gael.

—¿Vas a hacer la carrera entera o solo...?

No terminó la pregunta porque la puerta del aula se cerró.

No de golpe. Alguien la empujó con calma, y el rumor de las conversaciones fue bajando hasta apagarse. Naia levantó la vista.

La mujer que había entrado dejó un portátil y una botella de agua sobre la mesa del profesor sin mirar a nadie.

Cuarenta y pocos, quizá menos. Pelo negro recogido sin esfuerzo, una camisa azul oscura y un pantalón de pinzas.

Se movía como alguien que ha entrado en esa aula mil veces y no espera sorpresas.

Lo conectó y esperó a que la pantalla se encendiera.

Luego se giró hacia la clase, y por primera vez los miró a todos.

—Buenos días. Soy Leire Alzaga. Psicología del Deporte.

La voz era serena, ni alta ni baja, el tipo de voz que no necesita levantarse porque da por hecho que la van a escuchar. Naia se sorprendió irguiéndose un poco en el asiento.

—Vamos a empezar por lo aburrido, porque lo aburrido evita problemas en enero.

—Leire abrió un documento—. La evaluación, dos parciales y un trabajo.

El trabajo no es opcional, no es de relleno, y no se aprueba copiando un manual y cambiando las comas.

Quien no esté dispuesto a leer, mejor que lo sepa hoy.

Una risa breve y nerviosa recorrió las gradas. Leire no se rio con ellos. Pasó la diapositiva.

Naia la observaba. Lo hacía con el mismo instinto con el que estudiaba a una rival al otro lado de la red, antes de que se jugara el primer punto: cómo movía el peso, dónde ponía los ojos y qué hacía con las manos cuando no las necesitaba.

Leire las tenía quietas y eso le llamó la atención.

La gente que enseñaba solía gesticular, llenar el espacio.

Leire dejaba que el silencio se quedara.

—La asignatura no va de motivación. —Leire caminó dos pasos hacia un lado—.

Si habéis venido a que os enseñe a visualizaros ganando, os habéis equivocado de clase.

Va de por qué un deportista entrenado para soportar dolor físico se viene abajo por un pensamiento.

Va de la diferencia entre lo que el cuerpo puede y lo que la cabeza permite.

Naia dejó de fingir que tomaba notas.

—Hay una creencia muy extendida —siguió Leire—, de que los grandes deportistas son los que no sienten miedo.

Es mentira. Los grandes deportistas sienten exactamente el mismo miedo que el resto.

La diferencia es lo que hacen con él en los cuatro segundos siguientes.

—Hizo una pausa—. De eso vamos a hablar este semestre.

A Naia se le cerró la garganta. Pensó en Melbourne, hacía cinco años, el saque para partido, la mano que de pronto no parecía su mano. Recordó lo que le había dicho Elia esa noche en el vestuario, lo único que le había servido. Bajó la vista al cuaderno en blanco.

—Voy a pasar lista hoy, y solo hoy —dijo Leire—. Después os identificaréis vosotros con vuestro correo. No voy a aprenderme cuarenta nombres, así que no os ofendáis si en noviembre os llamo por el del compañero de al lado.

Otra risa. Esta vez Leire esbozó algo que casi fue una sonrisa, y luego cogió una hoja.

Empezó a leer apellidos. Lo hacía rápido, sin levantar la cabeza más que un segundo entre uno y otro, marcando cada apellido.

Aguirre. Presente. Beristain. Aquí. Cortázar.

Naia esperó. Sabía exactamente en qué punto del orden alfabético caía su nombre, y se descubrió haciendo algo que la avergonzó un poco: preparándose.

Como si fuera a pasar algo. Como si la profesora fuera a levantar la cabeza y mirarla, o a sonreír, o a hacer ese comentario que llevaba años oyendo en cada sitio nuevo —qué honor tenerla aquí, no sé si presentarla, seguro que usted de esto sabe más que yo—, ese reconocimiento envenenado que la convertía en otra cosa antes de haber abierto la boca.

—Arístegui.

Lo dijo igual que había dicho Aguirre. La misma velocidad. Bajó el bolígrafo hacia la hoja sin esperar.

—Presente.

Leire marcó la casilla. No alzó la vista. Pasó al siguiente.

—Etxebarria.

Y ya estaba. Había pasado.

Naia se quedó con el bolígrafo apretado entre los dedos, mirando la nuca inclinada de la profesora, esperando algo más —una mirada, un gesto— que no llegó.

Nada. Su nombre, el nombre que había aparecido en marquesinas de medio mundo, en titulares y en las camisetas de niñas que ahora tenían su edad, ese nombre, en boca de aquella mujer, había valido exactamente lo mismo que Etxebarria.

No supo qué sentir.

Por un lado, fue como aterrizar. Como cuando entras en una habitación oscura después de horas bajo los focos y los ojos por fin dejan de dolerte. Nadie en quince años la había tratado como si fuera simplemente otra persona más en una lista. Se sintió aliviada sin saber el motivo.

Por otro lado —y esto le costó más reconocerlo, lo sintió subir por dentro— le molestó.

Le molestó de un modo que no podía justificar.

Treinta y cuatro años de su vida la habían convertido en alguien a quien se mira.

Que aquella mujer hubiera decidido, deliberadamente, no mirarla, era casi un insulto.

Sabe quién soy, pensó. Tiene que saberlo.

No se puede no saberlo. Y precisamente por eso la indiferencia parecía un mensaje.

—¿Alguna pregunta sobre la evaluación? —Leire cerró la hoja de la lista.

Una chica del fondo levantó la mano y preguntó algo sobre las fechas.

Leire contestó. Naia no escuchó la respuesta.

Estaba todavía dándole vueltas a algo que no tenía categoría en su mente analítica: no era halago, no era desprecio, era una tercera cosa para la que no tenía una palabra y que la incomodaba precisamente por eso.

—Última cosa antes de empezar —dijo Leire, y caminó hasta el centro de la tarima—.

Algunos de vosotros hacéis deporte. Algunos lo han hecho a alto nivel.

—No miró a Naia, pero ella se preparó por si lo hacía—.

Eso a veces ayuda en esta asignatura y a veces estorba.

Ayuda porque conocéis las sensaciones de las que vamos a hablar desde dentro.

Estorba porque creéis que conocerlas desde dentro es lo mismo que entenderlas.

No lo es. Sentir el miedo no te convierte en experto en el miedo, igual que respirar no te convierte en neumólogo.

Lo dijo sin énfasis, como una observación sobre el tiempo. Y siguió hacia la primera diapositiva real del temario.

Naia se quedó sin aire un instante. Porque por absurdo que fuera —Leire no la había mirado, no había mencionado a nadie, había hablado en abstracto a más de cuarenta personas— tuvo la certeza física, en el estómago, de que esa frase iba dirigida a ella.

Creéis que conocerlas desde dentro es lo mismo que entenderlas.

Era como recibir un resto de saque que no esperas y que te pasa rozando la oreja: legal, dentro e imposible de devolver.

La clase siguió un buen rato más. Naia tomó notas de verdad durante la segunda mitad, casi a su pesar, porque la mujer hablaba bien y porque lo que decía la tocaba en sitios que ella creía a salvo.

Habló de la diferencia entre presión y amenaza.

De por qué un punto importante puede sentirse como una oportunidad o como un peligro de muerte según una décima de segundo de interpretación.

De los estudios sobre la atención en condiciones de estrés agudo.

A Naia se le pasó la hora sin enterarse. Cuando Leire dijo «lo dejamos aquí, subid el cuaderno de prácticas al campus virtual antes del jueves», hubo un movimiento general de mochilas y sillas. Naia guardó el suyo despacio.

—Tía, qué crack —dijo Gael, que asomó otra vez por encima del asiento—. ¿La habías oído antes? Mi hermano hizo esta asignatura el año pasado, dice que es dura pero que aprendió más con ella que en toda la carrera.

—No. No la había oído.

—¿Vamos a por un café? Hay una cafetería ahí al lado que no está mal.

Naia echó una mirada hacia la tarima. Leire recogía el portátil, desconectaba el cable y lo enrollaba con cuidado.

Una alumna se le había acercado a preguntarle algo y ella la escuchaba con las cejas levemente fruncidas, atenta, ni un átomo de prisa.

Cuando terminó de responder, la chica se fue, y Leire lo metió en la funda, sin levantar la vista hacia las gradas que se vaciaban.

—Voy a... —Naia se colgó la mochila—. Tengo entrenamiento luego. Otro día, Gael.

—Vale, sí, claro. —El chaval no se ofendió por nada—. Oye, en serio, mola que estés aquí. O sea, podrías estar en mil sitios y estás aquí, con nosotros, en clase. Mola.

Naia le sonrió. Una sonrisa de verdad, pequeña.

—Gracias.

Salió del aula la última, casi. En el pasillo de la planta baja un par de chicas la grabaron con disimulo, aunque poco. Naia las ignoró. Caminó hacia la salida con el sol entrando a chorros por las cristaleras y volvió la cabeza, en el último momento, hacia la puerta del aula que dejaba atrás.

Leire salía justo entonces. Llevaba la funda del portátil bajo el brazo y la botella en la otra mano. Pasó a tres metros de Naia, en dirección a las escaleras. Por un segundo se miraron.

Y no hubo nada.

No hubo un gesto de reconocimiento, ni la media sonrisa de cortesía, ni el endurecimiento incómodo de quien quiere demostrar que no está impresionada.

Hubo lo que habría habido si Naia fuese cualquiera: un cruce neutro entre dos personas que comparten un pasillo, una de las cuales tiene cosas que hacer.

Leire desvió la vista hacia las escaleras y subió.

Naia se quedó plantada en mitad del pasillo más tiempo del razonable.

Fuera, el aire de septiembre seguía siendo cálido, casi de verano.

Naia cruzó la explanada hacia el coche con las llaves en la mano y la mochila al hombro; esquivó grupos y devolvió medio saludo a alguien que la llamó por su nombre desde lejos.

Subió al coche. No arrancó. Se quedó con las manos en el volante, mirando el edificio de Ciencias del Comportamiento, los ventanales de la segunda planta donde, en alguno de aquellos despachos, estaría ahora la profesora.

Sacó el móvil. Le había escrito Elia: ¿Qué tal el primer día de universitaria? Mándame foto del carnet, anda. Naia empezó a teclear una respuesta y se detuvo.

¿Qué iba a contarle? ¿Que se había pasado toda la clase esperando un trato especial que no había llegado?

¿Que una profesora de cuarenta y pico la había llamado por su apellido entre Aguirre y Etxebarria sin que se le moviera un músculo de la cara, y que ella, Naia Arístegui, número cuatro del mundo en su mejor año, se había sentido por turnos liberada y ofendida sin saber cuál de las dos cosas pesaba más?

Borró lo que había escrito. Tecleó otra cosa: Bien. Gente muy joven. Me siento como su madre. Nos vemos en el CAR.

Arrancó el coche. Antes de salir del aparcamiento volvió a mirar, una última vez, hacia los ventanales. No se veía nada desde allí, solo el reflejo del cielo.

Conducía ya hacia la salida del campus cuando cayó en que llevaba toda la mañana, desde que aparcó, con cientos de ojos encima.

Y que el único momento en que esa sensación había desaparecido del todo —el único rato en que había estado en una sala llena de gente y se había sentido, por increíble que fuera, simplemente una más— había sido cuando aquella mujer había leído su nombre en voz alta sin mirarla.

No supo si quería que volviera a pasar o si quería entrar en aquel despacho y obligarla a que la mirara.