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El blindaje del vestuario

Clara

—Si alguna de las presentes me vuelve a preguntar si utilizo mis conocimientos de anatomía para dar masajes que no estén contemplados en el manual de la federación, juro por mi título universitario que el lunes le digo a Iván que os ponga a todas a hacer series de sentadillas isométricas hasta que os tiemblen hasta las pestañas.

Mi amenaza, pronunciada con la mayor cara de póker que soy capaz de gesticular, es sepultada de inmediato por una ovación de carcajadas que hace retumbar las vigas de madera del pub.

Estamos resguardadas en la planta superior de The White Raven , un local de estética tradicional inglesa con las paredes saturadas de fotos en blanco y negro del club, bufandas históricas y un olor penetrante a madera vieja, cerveza de malta y pastel de carne.

Es el refugio privado de la plantilla, el único lugar de la ciudad donde los directivos no entran y donde las jugadoras pueden quitarse la coraza de deportistas de élite para ser, simplemente, un grupo de chicas de veintitantos años intentando digerir la presión del debut liguero.

A mi lado, Alicia casi se atraganta con su vaso de agua. Tiene las mejillas encendidas por la risa, el pelo alborotado y me echa un brazo por encima de los hombros con una confianza y una naturalidad que todavía me hacen dar un vuelco al corazón.

—No las amenaces, que estas son capaces de lesionarse a propósito solo para comprobar si Iván también sigue tus métodos —me secunda Alicia, dándome un beso rápido en la sien que desata un coro de burlas y silbidos entre las comensales.

—¡Por favor, Alicia, un respeto a las solteras del equipo!

—brama Sonia, la extremo izquierda y la payasa oficial del vestuario, levantando su pinta de cerveza con un gesto dramático—.

Que bastantes traumas tengo ya con aguantar tus cambios de humor en los entrenamientos como para tener que veros destilar amor empalagoso durante la cena.

Bastó con el espectáculo del gimnasio de la semana pasada.

¡Casi me da una hiperglucemia del azúcar que desprendíais!

—Lo tuyo es envidia de la buena porque aquí, la señorita delantera, solo me hace caso a mí —le devuelvo el dardo con una sonrisa canalla, ganándome el aplauso del resto de la mesa.

Verlas así, bromeando y relajadas, me produce un alivio tan inmenso que noto cómo los hombros se me destensan.

No voy a mentir: venía a esta cena con el estómago hecho un nudo.

Era la prueba de fuego social. Tras mi dimisión y el revuelo mediático que la prensa sensacionalista intentó levantar tras la entrevista de Alicia, me aterraba que mi presencia aquí resultara incómoda.

Me preocupaba que las jugadoras me vieran como una distracción, como la causa de un bache en el cuerpo técnico a una semana del comienzo de la temporada.

Pero el vestuario del Ravenhill FC está hecho de otra pasta.

—Bromas aparte, Clara —interviene Alba, la capitana, adoptando un tono más pausado y maduro mientras apoya los codos en la mesa—.

Queríamos que vinieras hoy porque, aunque ya no tengas la tarjeta de acceso de la ciudad deportiva, sigues siendo de las nuestras.

Lo que hiciste... la forma en que plantaste cara a la directiva para que no utilizaran vuestra relación como un arma arrojadiza contra el equipo... nos ha dado una lección a todas.

Las jugadoras de la mesa asienten con solemnidad. La capitana me sostiene la mirada con un respeto que me emociona profundamente.

—Este vestuario lleva mucho tiempo tragando saliva con ciertos comentarios de la directiva y de la prensa —continúa, mirando de reojo a Alicia y luego a mí—.

Siempre nos piden discreción, como si lo que somos fuera un problema.

Ver que has preferido marcharte con la cabeza alta antes que someterte a sus estúpidas cláusulas morales nos ha unido más que cualquier charla táctica del míster.

El domingo no vamos a jugar solo por los tres puntos.

Vamos a jugar para demostrarles a esos viejos trajeados de los palcos que este equipo se blinda desde dentro.

Quien se mete con una de nosotras, se mete con todas.

Noto cómo la garganta se me cierra por la emoción.

Deslizo mi mano por debajo de la mesa y busco la de Alicia.

Sus dedos, largos y fuertes, se entrelazan con los míos al instante, apretándolos con una firmeza que me transmite toda su fuerza.

Miro a esas chicas —algunas de ellas apenas unas crías que han tenido que madurar a golpes en el fútbol de élite— y entiendo que mi dimisión no ha sido un final, sino el inicio de algo mucho más grande.

—Gracias, chicas —consigo decir, con la voz un poco ronca—.

Solo os pido una cosa: no dejéis que el ruido exterior os saque del partido.

La prensa es destructiva, van a buscar el morbo, van a intentar sacar fotos de cualquier cosa o buscar declaraciones polémicas.

No les deis el gusto. Vuestra única respuesta tiene que ser el balón.

—A esos buitres les vamos a dar una respuesta que van a tener que redactar con un diccionario de sinónimos para no repetir la palabra "baño" —salta Sonia con su habitual chulería, arrancando una nueva ovación colectiva.

La cena transcurre entre anécdotas, platos compartidos y un ambiente de comedia ligera que me hace olvidar, por unas horas, el vértigo de mi nueva situación de desempleada.

Hacia la medianoche, nos despedimos en la puerta trasera del pub.

El aire de la noche es fresco, cargado de esa humedad típica que limpia el ambiente.

Las jugadoras van desfilando hacia sus coches en grupos, compartiendo risas, perfectamente unidas.

Alicia y yo nos quedamos las últimas, esperando a que el aparcamiento se vacíe. Ella me rodea la cintura con los brazos por la espalda, hundiendo la barbilla en mi hombro mientras contemplamos la calle solitaria.

—Te lo dije —me susurra al oído, con ese tono cálido que me eriza la piel—. Te quieren. Te respetan. Este vestuario tiene memoria y sabe perfectamente quién se ha partido la cara por ellas durante estos años.

—Lo sé —respondo, girándome entre sus brazos para quedar cara a cara, disfrutando de la cercanía de sus ojos oscuros—.

Ha sido precioso. Pero ahora viene lo difícil.

Mañana es el último entrenamiento antes del debut y la prensa va a estar agolpada en la verja de la ciudad deportiva. Tenéis que mantener la cabeza muy fría.

Alicia dibuja esa sonrisa confiada que tanto la caracteriza y me planta un beso rotundo justo en los labios.

—Deja que hablen, Clara. Mañana verás cómo trabaja una delantera de élite.

· · ·

La mañana del sábado amanece con un cielo plomizo, de un gris espeso que amenaza con romperse de manera inminente. Es el día del último entrenamiento a puerta cerrada, la sesión preparatoria donde se ultiman las jugadas de estrategia a balón parado y se confirma el once titular.

Aunque ya no tengo obligaciones contractuales, he decidido acompañar a Alicia en el coche hasta las inmediaciones de las instalaciones; nos hemos mudado oficialmente a su piso hace apenas tres días y todavía estamos adaptando los horarios de nuestra nueva rutina doméstica.

Además, Iván —mi segundo en el departamento médico y ahora jefe en funciones— me ha pedido por favor que me acerque de manera informal para supervisar el vendaje neuromuscular definitivo que le va a aplicar a Alicia en la rodilla antes de saltar al césped.

En cuanto enfilamos la avenida principal que da acceso a la ciudad deportiva del Ravenhill FC, la realidad nos golpea de frente.

Es un auténtico circo mediático. Decenas de periodistas, fotógrafos con teleobjetivos gigantescos y unidades móviles de la televisión británica se agolpan contra las verjas metálicas, desafiando a la fina lluvia que empieza a caer.

En cuanto reconocen el deportivo de Alicia, se genera un tumulto de flashes que estallan contra el parabrisas de forma agresiva.

Los reporteros se abalanzan casi sobre el capó, estirando los micrófonos, buscando desesperadamente la imagen del morbo: la estrella del equipo y la fisioterapeuta dimisionaria juntas en el mismo vehículo.

Siento cómo la tensión se me dispara de golpe. Mis dedos se clavan en el salpicadero y noto que la respiración se me vuelve superficial.

—Tranquila, Clara. No mires a los lados, mírame a mí —me ordena Alicia con una voz de una frialdad y un control absolutos.

La observo de reojo. Está completamente imperturbable.

Tiene las manos fijas en el volante, la mandíbula apretada y la mirada fija en la barrera de seguridad que los guardias del club intentan abrir a duras penas entre la multitud.

No hay un solo destello de duda en sus ojos; es la misma expresión de concentración máxima que pone cuando encara los minutos de descuento de una final.

El coche cruza la verja, que se cierra de inmediato tras nosotras, dejando atrás el griterío de los reporteros que corean preguntas capciosas sobre "el escándalo del vestuario" o "la ética del equipo".

Alicia estaciona en su plaza reservada, apaga el motor y se gira hacia mí. Me coge de las manos, que me tiemblan ligeramente, y las besa con una parsimonia que me resulta casi milagrosa dada la tormenta que hay fuera.

—¿Estás bien? —me pregunta con una ternura infinita.

—Sí —asiento, tomando aire profundamente—. Es solo que... impresiona ver la agresividad con la que buscan la carnaza. Parece que se les va la vida en destruir algo bonito.

—A esos tipejos les importa una mierda el fútbol y les importamos una mierda nosotras, Clara.

Solo buscan el morbo fácil —sentencia Alicia, soltando una pequeña risa despectiva—.

Pero se han equivocado de rival. Ahora, acompáñame.

Quiero que estés delante cuando Iván me ponga el vendaje. Tu criterio sigue siendo mi ley.

· · ·