Última línea de defensa 29 #2
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29 #2

El interior de las instalaciones se siente como un búnker blindado.

El personal de seguridad ha reforzado los accesos y el ambiente en los pasillos es de una concentración absoluta.

Al entrar en el departamento médico, Iván nos recibe con una sonrisa de alivio que le ilumina la cara; el pobre chaval tiene unas ojeras considerables por la responsabilidad que le ha caído encima, pero mantiene las formas de manera impecable.

—¡Clara! Menos mal que estás aquí —me saluda, dándome un abrazo rápido—. Hugo ha estado presionando esta mañana para saber si los niveles de elasticidad del tendón de Alicia están al cien por cien. No me fío de mi propia lectura del ecógrafo, necesito que le eches un ojo.

—Tranquilo, Iván. Ya no soy tu jefa, pero sigo siendo tu colega —le sonrío, quitándome la chaqueta y remangándome la camisa con un gesto que me resulta sumamente familiar—. Sube a la camilla, Alicia. Vamos a ver cómo responde esa rótula.

Alicia se encarama a la camilla de exploración con un salto ágil, quedándose en pantalones cortos de entrenamiento.

Me sitúo a su lado, aplicando un poco de gel conductor sobre la articulación.

Al tacto de mis manos, noto que sus músculos se tensan por puro instinto, pero en cuanto mis dedos empiezan a palpar las fibras del tendón rotuliano con firmeza, ella se relaja, fijando sus ojos oscuros en los míos con una confianza ciega.

Examino la pantalla del ecógrafo con detenimiento, deslizando la sonda por la zona afectada. Iván observa por encima de mi hombro, conteniendo el aliento.

—Mira aquí, Iván —le indico, señalando la imagen granulada de la pantalla—.

La regeneración del tejido es absoluta. No hay rastro de la inflamación crónica que presentaba hace dos meses.

El grosor del tendón es óptimo y la vascularización ha vuelto a la normalidad.

Has hecho un trabajo de mantenimiento soberbio.

—¿Segura? —pregunta Iván, respirando al fin—. ¿Soportará los noventa minutos de presión que quiere el míster?

—Los soportará y pedirá prórroga si hace falta —interviene Alicia con esa chulería tan suya, dándose una palmada en el muslo—. Os lo he dicho cien veces, panda de hipocondríacos: estoy perfecta.

—Cállate, anda, que los médicos aquí somos nosotros —le espeto con una sonrisa de lado, limpiándole el gel con una toalla—.

Iván, ponle el vendaje neuromuscular con un anclaje en espiral alrededor de la meseta tibial.

Eso le dará un extra de estabilidad y le quitará carga mecánica al tendón en los giros bruscos.

Observo cómo Iván ejecuta la técnica con precisión.

Siento una punzada de nostalgia al darme cuenta de que este ya no es mi feudo, de que mi etapa entre estas paredes ha concluido de forma definitiva, pero al mirar a Alicia, que me observa con una devoción absoluta desde la camilla, cualquier asomo de arrepentimiento se evapora en la nada.

He perdido un empleo, sí, pero he ganado la libertad de quererla sin condiciones.

Unos minutos después, el míster asoma la cabeza por la puerta de la clínica. Trae el silbato en la mano y la pizarra táctica bajo el brazo.

—Doctora Valle. Un placer verte por aquí, aunque sea de visita —me saluda con deferencia—. Alicia, al césped. El rondo de activación empieza en dos minutos y ya sabes que no tolero retrasos, ni siquiera de la estrella del equipo.

Alicia salta de la camilla, se calza las botas de tacos con energía y se ajusta las espinilleras. Antes de salir por la puerta, se detiene frente a mí, ignorando la presencia del míster y de Iván, me sujeta la nuca con una mano firme y me planta un beso sonoro en la mejilla que me hace sonreír.

—Quédate a ver el entreno desde la grada, Clara —me pide en un susurro cargado de entusiasmo.

—Allí estaré. Anda, corre, no hagas esperar al míster.

· · ·

Me sitúo en la pequeña grada lateral del campo de entrenamiento número tres, protegida por una visera metálica de la lluvia intermitente que insiste en encharcar el césped.

Desde aquí arriba, la panorámica es perfecta.

El entrenamiento a puerta cerrada es una coreografía de una intensidad brutal.

El míster dispone un partidillo de once contra once en espacio reducido para ensayar la presión tras pérdida.

Es un espectáculo ver a Alicia en acción cuando está libre de dolor.

Se mueve por el campo con una ligereza que parece irreal.

Su zancada es potente, simétrica, desprovista de esa rigidez defensiva que mostraba semanas atrás cuando temía que la rodilla le fallara.

En un lance del juego, recibe un balón largo de Sonia, amortigua el esférico con el pecho orientando el control hacia su pierna izquierda, ejecuta un amago sutil de cadera que deja clavada a la defensa del equipo filial y saca un disparo seco, cruzado, que se cuela como un tiro por la escuadra de la portería.

—¡Sí, joder, así quiero la arrancada mañana! —brama el míster desde la banda, aplaudiendo con entusiasmo.

Alicia se gira hacia mi posición en la grada, levanta el dedo pulgar con un gesto de complicidad absoluta y me regala esa sonrisa radiante que me genera una sensación dulce en el pecho.

Las compañeras se acercan a chocarle la mano, compartiendo bromas, integrándola en un bloque compacto que se siente indestructible.

Observo la escena y me doy cuenta de que el vestuario ha conseguido lo que la directiva tanto temía: blindarse frente a la tormenta exterior.

Toda la agresividad de los fotógrafos de la entrada, todos los titulares capciosos que inundan las secciones de cotilleos de los diarios británicos, se estrellan contra la realidad de este campo de entrenamiento.

Aquí no hay escándalo, no hay conflicto, no hay debilidad.

Hay un equipo de mujeres unidas por un objetivo común, protegiendo a su estrella y validando el camino que hemos elegido.

Al finalizar la sesión, las jugadoras se retiran hacia los vestuarios entre risas y tirones de camiseta.

Me quedo sentada unos minutos más en la grada, disfrutando del silencio que regresa al campo de fútbol, sintiendo que una paz inmensa me inunda el pecho.

El debut liguero de mañana ya no me da miedo; las estructuras del club podrán ser arcaicas y los despachos podrán estar llenos de cobardes, pero mientras estas chicas sigan rodando el balón con esa libertad en las piernas, el futuro es completamente nuestro.

Me pongo en pie, recojo mi chaqueta y me dispongo a bajar las escaleras de la grada para encontrarme con Alicia en el aparcamiento. La mudanza nos espera, y no pienso perderme ni un solo segundo del partido más importante de nuestra existencia.