28 #2
—Alicia. Justo a quien buscaba. Pasa a mi despacho, por favor. Y tú también, Clara —dice, elevando la voz hacia el final del pasillo, donde me encuentro a Clara de pie.
Siento cómo la adrenalina se me dispara en el acto. Me coloco en posición defensiva, apretando los puños dentro de los bolsillos de la sudadera del club. Clara, al mirarme, me transmite una serenidad absoluta con los ojos, un mensaje mudo que me exige tranquilidad y cabeza fría.
Entramos las dos en el despacho. Es un espacio amplio, con ventanales enormes que ofrecen una panorámica perfecta de los campos de entrenamiento.
Julián se sitúa tras su imponente escritorio de madera, arroja la carpeta sobre la mesa con un golpe seco y se cruza de brazos, observándonos con una seriedad que resulta opresiva.
—Supongo que os imagináis el motivo de esta reunión —comienza a hablar, con una voz gélida que resuena en las paredes del despacho—. Lo que ocurrió ayer por la tarde en el gimnasio fue un espectáculo lamentable desde el punto de vista de la disciplina del club.
—De lamentable no tuvo nada, director —le corto en el acto, dando un paso al frente con una arrogancia indomable que me sale de las entrañas.
Siento cómo Clara me da un leve toque con el pie para que me calle, pero me la suda—.
Fue un gesto natural entre dos personas adultas.
No estábamos rompiendo ninguna norma. Además, Clara ya no trabaja aquí.
—¡Alicia, cállate y déjame hablar! —me ordena Julián, elevando el tono mientras golpea la mesa con el dedo índice—.
El club tiene unos contratos de patrocinio millonarios vinculados a la imagen pública de sus estrellas.
La exclusividad que concediste a la prensa hace dos días ya levantó ampollas en la junta directiva, pero que Clara campe a sus anchas por aquí cuando ya no forma parte del club, es una vulneración flagrante de la privacidad.
¿Cómo voy a justificar ante el resto del equipo vuestra actitud?
Es más. ¿Qué pensarán el resto de tus compañeras de todo esto?
Debo mantener unas normas estrictas para todos.
Las palabras de Hugo caen como puñales en el despacho.
Sé que, desde el punto de vista puramente empresarial, Julián tiene parte de razón, pero la forma corporativa y fría que tiene de exponer los problemas me revuelve las tripas.
Voy a soltarle una réplica de las mías, de esas que me costarían una multa económica, cuando Clara da un paso al frente, situándose un palmo por delante de mí.
—Julián, tienes toda la razón en lo que respecta a mis visitas y mi actitud —dice Clara con una voz pausada, firme, desprovista de cualquier atisbo de rabia o miedo.
El director deportivo la observa, sorprendido por su tranquilidad—.
Me he tomado la libertad de usar mi veteranía en este club para llegar hasta ella, pero prometo que no volverá a pasar.
No pienso consentir que nadie ponga en duda la seriedad del Ravenhill CF, ni voy a desestabilizar la carrera de Alicia o del resto de chicas.
Soy la primera que quiere que este club esté en la cima de la liga.
Julián la observa detenidamente y después, me mira a mí.
—En cuanto a ti, espero que canalices toda esa energía y esa rabia en el césped.
La mejor forma de honrar la decisión que tomó Clara y todo lo que dijiste en esa entrevista, es demostrando que eres la mejor delantera del país.
No quiero ver ni una sola distracción en los entrenamientos de esta semana. ¿Ha quedado claro?
—Va a tener que contratar a un operario nuevo para que repare las redes de la portería del campo, director. Porque pienso reventar todas las porterías del campo —le aseguro con una voz que destila pura promesa de gol.
—Ya podéis iros. Y no llegues tarde a la sesión de vídeo, o Hugo se subirá por las paredes.
Cuando ambas salimos del despacho y yo acompaño a Clara de regreso al aparcamiento de la ciudad deportiva, se desarrolla en un silencio cargado de emotividad.
Al llegar a su coche, se gira hacia mí, apoyándose en la carrocería.
La lluvia empieza a amenazar de nuevo en el cielo, pero a mí me da exactamente igual.
La sujeto por la cintura con una desesperación necesitada, hundiendo mi rostro en el hueco de su cuello, aspirando su olor con una fuerza que casi la hace perder el equilibrio.
—Escúchame bien —Clara me sujeta la cara con ambas manos, obligándome a mirarla fijamente.
Su sonrisa es amplia, luminosa, desprovista de cualquier atisbo de arrepentimiento—.
Que no esté presente por aquí, no quiere decir que no nos vayamos a ver más.
Me has pedido que nos mudemos juntas, así que te prometo que, a partir de ahora, te vas a cansar de verme la cara y de escuchar cómo te reprocho cada vez que me digas que te duele la rodilla.
Miro sus ojos negros, tan limpios y llenos de luz, y siento que el corazón me da un vuelco de pura felicidad. El malestar se disuelve, dando paso a una sonrisa canalla que ya no puedo ni quiero camuflar.
—Sube ya al coche y ve a empaquetarlo todo. Tenemos una mudanza oficial que organizar y una liga entera que ganar. Porque si crees que yéndote del club, vas a dejar de trabajar, estás loca. Quiero que sigamos haciéndolo juntas.
—Eso no lo dudes, porque yo no pienso dejarte nunca.