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El pacto de la mudanza

Alicia

Despertarse con el murmullo de la lluvia golpeando suavemente contra el cristal del dormitorio es una delicia, no nos vamos a engañar.

Pero que ese despertar incluya el cuerpo desnudo de Clara pegado al mío, con una de sus piernas enredada entre las mías y su respiración pausada acariciándome la clavícula, es directamente tocar el cielo con las manos.

Me quedo quieta durante unos minutos, conteniendo el aliento para no romper el hechizo.

La luz grisácea de la mañana se cuela tímidamente por las rendijas de la persiana, dibujando líneas de luz sobre su espalda.

Tiene el pelo alborotado, los labios ligeramente hinchados por los besos salvajes de anoche y esa expresión de paz que rara vez muestra cuando lleva puesto el uniforme de trabajo.

Intento moverme un poco para estirar la pierna izquierda, pero mi rodilla —la eterna maldita— protesta con un crujido sutil.

Al instante, siento cómo Clara se remueve a mi lado.

Arruga esa nariz perfecta que tiene, suelta un gruñido somnoliento que me derrite las entrañas y, sin abrir los ojos, desliza una mano cálida por mi muslo hasta posarla exactamente sobre la articulación.

—Te ha crujido la rótula. Y el tendón está tenso —murmura con esa voz ronca de recién despertada que me pone los pelos de punta—. Como descubra que has estado haciendo la loca mientras dormías, te pongo un plan de elásticos que te vas a enterar.

—Buenos días a ti también… —le respondo, soltando una risotada limpia y rodeándole la cintura con el brazo para pegarla más a mí—. Qué manía tienes con analizarme físicamente nada más abrir los ojos. ¿Es que no puedes abrazarme como una persona normal y decirme lo irresistible que soy?

Clara entreabre un ojo y se apoya en mi pecho con una sonrisa de lado.

—Irresistible eres un rato, no te lo voy a negar —dice, dándome un mordisco juguetón en la barbilla—.

Pero, aunque no sea ya tu fisio, sigo siendo la responsable de que esa pierna rinda, así que mi deformación profesional va incluida en el pack.

Por cierto, te toca levantarte y hacer el café.

Ayer ya hice bastante esfuerzo físico cargando contigo en el sofá.

—¡Oye! —protesto, indignada a más no poder mientras le hago cosquillas en los costados, provocando que se retuerza entre las sábanas soltando una carcajada deliciosa—.

Te recuerdo que la que manejó la situación en el segundo asalto fui yo, que para algo soy la nueve del Ravenhill FC y tengo una potencia de arrancada envidiable.

—Potencia te sobra, fiera, pero de delicadeza andas justa —se burla ella, zafándose de mis manos con agilidad y sentándose en la cama, dejando al descubierto la silueta perfecta de su espalda—.

Venga, anda, muévete. Que, si no espabilamos, llegarás tarde a las instalaciones y Hugo te va a colgar de un pino.

Al mencionar las instalaciones, el ambiente festivo del dormitorio experimenta un sutil cambio de ritmo.

La realidad de lo que hicimos ayer en el gimnasio —ese beso a bocajarro delante de toda la plantilla y el cuerpo técnico— empieza a asentarse en el aire.

No tengo miedo, ni un ápice, pero sé perfectamente que los directivos no gestionan las cosas con la misma naturalidad que en el vestuario.

Me incorporo despacio, apoyando la espalda en el cabecero de la cama, y la observo mientras se pone algo de ropa.

—¿Crees que le habrán llegado la noticia a Julián? —pregunto, intentando mantener el tono ligero, pero sin poder ocultar la curiosidad.

Clara se gira, deteniéndose a mitad de recogerse el pelo en un moño improvisado. Su mirada se vuelve seria, profesional, analítica.

—Julián ya no puede hacer nada. Tú estabas en tu derecho de hacer esa entrevista, y yo…

bueno, yo me salté a la torera que ya no pertenezco al club y por tanto no puedo entrar en la ciudad deportiva como me dé la gana —responde, acercándose a mi lado de la cama para plantarme un beso tierno en los labios—.

Pero no te preocupes por eso. Tú concéntrate en recuperar esa rodilla y en marcar goles.

—Ni de coña —le espeto, agarrándola de la muñeca con suavidad, pero con una determinación indomable—. Si te dice algo, voy y le recuerdo que mi contrato tiene una cláusula de rescisión que a más de un patrocinador le daría un infarto si decido ejecutarla.

Clara sonríe, pasándome los nudillos por la mejilla en un gesto lleno de ternura.

—Anda, ve a la cocina antes de que me lance a por tu boca y te impida salir de aquí.

El proceso del desayuno es pura comedia doméstica.

Su cocina es pequeña, de un diseño minimalista que no está pensado para que una delantera de casi un metro ochenta se mueva con soltura sin golpearse los codos contra los armarios.

Termino quemando la primera tanda de tostadas porque me quedo embobada mirando cómo Clara intenta alcanzar los boles de la parte superior del estante, poniéndose de puntillas y mostrando una elasticidad que me hace perder los papeles.

—¡Alicia, que sale humo! —grita, señalando la tostadora con el ceño fruncido.

—Es una técnica de ahumado vanguardista que se lleva mucho en España, doctora, no entiendes de alta cocina —me defiendo, sacando los panes carbonizados a toda prisa con un cuchillo mientras suelto una carcajada.

—Lo que sé es que como dejes el fútbol, de camarera te vas a morir de hambre —se mofa ella, quitándome el utensilio de las manos y untando la mermelada con una parsimonia desesperante.

Nos sentamos en la pequeña mesa de la cocina, compartiendo el espacio con una complicidad que me llena el pecho de una paz desconocida.

Es una sensación extraña pero maravillosa.

Llevo años viviendo en hoteles, en apartamentos de alquiler asépticos, saltando de una concentración a otra, sintiéndome profundamente sola a pesar de estar rodeada de miles de aficionados que corean mi nombre cada fin de semana.

Pero aquí, compartiendo unas tostadas quemadas y un café con leche, siento que he encontrado mi sitio en el mundo.

—Clara —digo de repente, dejando la taza sobre la mesa y mirándola fijamente a los ojos. Ella se detiene, con la tostada a mitad de camino, intuyendo la seriedad de mi tono—. Esto de tener que andar midiendo los tiempos, de venir yo aquí o tú ir a mi apartamento… me toca las narices.

Clara suspira profundamente, dejando la tostada sobre el plato y su mirada se vuelve profunda, cargada de esa madurez que siempre me fascina.

—A mí tampoco me hace gracia. Pero es lo que suelen hacer todas las parejas, ¿no? Además, ahora que saben que somos pareja, dudo mucho que la prensa no te persiga y haga una telenovela de lo nuestro.

—Pues que les den a los de la prensa —le espeto con esa vehemencia tan mía, inclinándome hacia ella sobre la mesa—. No importa cuánto nos persigan. Al final, mi vida… mi vida la quiero contigo. Quiero esto, Clara. Todos los días.

Ella me observa en silencio durante unos segundos que se me hacen eternos. Veo cómo la emoción se dibuja en sus ojos, cómo se le ablanda la expresión y cómo traga saliva, intentando asimilar el peso de mis palabras.

—¿Me estás proponiendo…? ¿O es la cafeína que me está dando tumbos en la cabeza? —pregunta con una sonrisa trémula, aunque sus dedos aprietan los míos con fuerza.

—Te estoy proponiendo que dejes de pagar el alquiler de este piso y te traigas todo a mi casa —le suelto a bocajarro, sin anestesia, con la misma determinación con la que encaro un mano a mano con la portera rival—.

Mi piso está diez minutos de la ciudad deportiva, tiene una terraza enorme, una habitación donde podríamos poner todos tus trofeos y los míos y, lo más importante, tiene una cama muchísimo más grande que esta.

¿Qué me dices? ¿Te atreves a mudarte con la delantera más problemática de la liga?

Clara suelta una risotada entrecortada, con las mejillas teñidas de un rubor precioso, y niega con la cabeza como si no pudiera creerse mi audacia.

—Eres una presuntuosa de cuidado. ¿Desde cuándo se le pide a tu pareja que se mude contigo de esta manera?

—Desde que tengo claro lo que quiero. No pienso perder ni un solo segundo —le respondo, guiñándole un ojo con total chulería.

—Está bien, acepto —dice, estirando el brazo para regalarme un beso con sabor a café y mermelada—. Nos mudamos juntas. Pero con una condición: yo elijo como colocar todos los trofeos, porque tu gusto por la decoración es tan sutil como tus entradas al área.

—Hecho —rio de buena gana, sintiéndome la mujer más afortunada del planeta.

· · ·

Dos horas más tarde, el ambiente idílico de la cocina se desvanece en cuanto cruzamos la verja de seguridad de la ciudad deportiva del Ravenhill FC.

La lluvia ha cesado, dejando el asfalto brillante y un olor a tierra mojada que satura el ambiente.

Decidimos entrar por separado para evitar alimentar a las lenguas bífidas del club, pero el ambiente en el pasillo principal ya es un hervidero de cuchicheos.

Me cruzo con Alba en la entrada de los vestuarios. Me mira con una sonrisa de oreja a oreja y me da un codazo sutil en las costillas.

—Menudo golazo que marcaste ayer en el gimnasio. Las chicas todavía están comentando la jugada —me vacila en voz baja.

—Déjate de rollos, que hoy tenemos sesión de video y no tengo el cuerpo para bromas —le respondo, intentando poner cara de póker, aunque la sonrisa me delata.

Me dirijo a mi taquilla, me coloco a toda prisa la equipación de entrenamiento y salgo al pasillo con la intención de pasar por el box para hablar con Iván y preguntarle por los datos de los últimos test. Pero al aproximarme a la zona de las oficinas, veo a Julián saliendo de su despacho.

Trae una carpeta bajo el brazo, la mandíbula rígida y esa expresión estricta que no avecina nada bueno.

Justo cuando me ve, hace un gesto seco con la cabeza.