Última línea de defensa 27
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El último refugio

Clara

He dejado la lámpara del salón encendida con la luz muy baja, la justa para crear un ambiente íntimo y acogedor sin que parezca esto un interrogatorio policial.

Afuera, la lluvia sigue castigando los cristales, regalándome un murmullo de fondo que me viene de perlas para calmar el ritmo de mis pensamientos mientras la espero.

No han pasado ni dos horas desde que me he marchado de la ciudad deportiva, y todavía me tiemblan las piernas de solo recordarlo.

He cruzado la línea roja, ya no hay marcha atrás, y por primera vez en mi puñetera vida, no tengo ni un gramo de miedo.

Solo siento una felicidad que me ensancha el pecho.

El rugido del ascensor me avisa de que Alicia ya está aquí.

Segundos después, escucho unos golpes tímidos en la madera.

Al abrir, me encuentro ella; trae el pelo chorreando, las mejillas encendidas y esa sonrisita de pilla que me da la vuelta al cuerpo en un segundo.

Viene con una sudadera de chándal y unos pantalones deportivos, como si hubiera salido corriendo del vestuario sin importarle un pimiento el estilo.

—Hola…

—Pasa, anda —le digo, haciéndome a un lado mientras cierro el paraguas que trae en la mano—. Madre mía, estás calada.

Cierro la puerta a sus espaldas y nos quedamos flotando en el recibidor, mirándonos como si estuviéramos procesando el tsunami de las últimas horas.

La tensión acumulada de estos días se palpa en el aire, denso y eléctrico.

Doy un paso al frente, acortando distancias, y le retiro con delicadeza un mechón húmedo que se le ha pegado a la frente.

—Clara… —empieza a decir con voz ronca, pero no la dejo seguir con el discurso.

La sujeto por la cintura y la atraigo hacia mí en un abrazo de los que te recolocan las ideas. Sus brazos me rodean el cuello al milisegundo, apretándome con unas ganas locas, como si temiera que me fuera a evaporar. Apoyo la barbilla en su coronilla e inspiro hondo, embriagándome de ese olor suyo.

—Te juro que no me he sentido tan viva en toda mi existencia —le confieso, hundiéndole los labios en el pelo—. No te imaginas lo que he disfrutado viéndoles la cara cuando te he besado.

—Pues lo mejor ha venido después de que te marcharas. Te has perdido el tercer tiempo del drama —comenta, separándose lo justo para buscarme la mirada con una chispa de guasa.

—¿Ah, sí? ¿Ya ha empezado el sector crítico a rajar? —pregunto, arqueando una ceja.

—Qué va. —Alicia desliza sus manos por mis brazos, erizándome la piel a su paso—. Pero creo que al club y a los de arriba les ha quedado claro que hay cosas que no se pueden comprar ni con todo el dinero del mundo.

Le sujeto de la mano, entrelazando nuestros dedos, y la guío de camino al salón. Nos dejamos caer en el sofá, ese bendito mueble que nos ha visto entregarnos y donde me he pasado las últimas noches pensando en ella.

—Leer lo que has declarado en la prensa ha sido como recibir un bofetón de realidad —admito, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar—. Me has obligado a imaginar mi vida sin ti. Estaba cagada de miedo, pero la verdad es que me estaba negando mi propia felicidad. Y mira, por ahí ya no paso.

Alicia baja la cabeza un instante, asimilando mis palabras mientras dibuja círculos concéntricos en mi piel.

—Yo no quería que renunciaras a tu carrara por mi culpa, Clara —dice, levantando los ojos para regalarme una sonrisa tierna—.

Pero entiendo que, en este puñetero mundo, diseñado por y para hombres, a la mínima que una mujer destaca o se sale del redil, van a por ella a saco.

Tú ya habías sufrido bastante por apostar por quien no debías, y sé lo que es esperar que alguien dé la cara por ti.

No iba a permitir que pasaras por lo mismo que pasaste en el pasado.

Niego con la cabeza, sonriendo con el pecho encendido, y le levanto la barbilla con dos dedos para obligarla a mirarme fijamente.

—Llevo años convenciéndome de que soy capaz de separar el trabajo del corazón.

Pero contigo… contigo ha sido misión imposible desde el minuto uno.

Cada vez que te subías a mi camilla, cada vez que te testaba la rodilla y sentía tu piel, cada conflicto contigo…

todo me empujaba hacia ti. Se me ponía el corazón en la garganta cada vez que te veía.

Y tú —le doy un toquecito juguetón en la nariz— has hecho todo lo posible para ponérmelo difícil y hacerme perder los estribos.

Me inclino hacia ella sin esperar más y la beso.

Es un beso lento, de esos que saboreas con calma pero que van cargados de dinamita pura.

Sus labios se abren al instante, invitándome a pasar, y mi lengua explora su boca con una parsimonia que me nubla el juicio.

Sabe fresca, a menta y a esa dulzura salvaje que me vuelve loca.

Cuando nos separamos un milímetro, apoyo mi frente contra la suya, respirando su mismo aire.

—Te amo como una loca… Alicia Puertas —le susurro, confesándose de nuevo ante ella—. Y va en serio. Estoy colgada de ti desde el primer día que apareciste por el Ravenhill FC tocándome las narices.

—Todavía no me entra en la cabeza que hayas hecho lo que has hecho hoy delante de todo el mundo…

—admite ella, mordiéndose el labio inferior con una mezcla de timidez y deseo—.

Dios, Clara, dime que no estoy soñando. ¿De verdad me quieres a mí?

¿Con mi vida caótica, la prensa persiguiéndome y todos mis problemas?

—Te quiero a ti y solo a ti —le aseguro, dándole un beso corto en la comisura de los labios—.

Quiero celebrar tus goles, consolarte cuando falles un penalti, estar ahí cuando la rodilla te dé guerra y hacer esto en noches como hoy.

Ya no soy tu fisio, Alicia. Ahora quiero ser la mujer que te alegre los días.

Nuestros labios se vuelven a buscar, pero esta vez la cosa escala de lo lindo.

El beso se vuelve más hambriento, más urgente, de esos que te queman por dentro.

Mis manos suben por sus brazos hasta enredarse en su nuca, atrayéndola más hacia mí, devorándola.

Alicia suelta un gemido sutil contra mi boca, y ese sonido tan vulnerable me enciende la sangre.

La empujo con suavidad hasta que cae sobre los cojines del sofá.

Me coloco encima de ella, encajando una de mis rodillas entre sus muslos para fijar posiciones.

Mis dedos se cuelan con decisión por debajo de su sudadera, acariciando la piel ardiente de su vientre.

Siento cómo se le contrae el abdomen al contacto y cómo su respiración se vuelve sónica.

—Clara… por favor —jadea cuando mis labios abandonan su boca para descender por su cuello, alternando besos húmedos con pequeños mordiscos justo en la zona sensible debajo de la oreja.

—Déjate querer…

Le quito la sudadera con movimientos firmes, dejando al descubierto esa piel dorada y esos músculos cincelados a base de entrenamientos profesionales.

Mis manos le recorren los costados, memorizando cada línea de su cuerpo.

Alicia arquea la espalda de golpe en cuanto mis labios envuelven uno de sus pezones, succionando con una calma exasperante mientras mi mano libre baja directa hacia el elástico de su chándal.

Le lamo la punta del pecho, trazando círculos con la lengua antes de apretar un poco más, disfrutando de cómo se retuerce debajo de mí.

—Te necesitaba tanto… —confiesa con el aire justo, tirando de mi camiseta hacia arriba para librarse de ella—. No solo esto… Quería sentirte sabiendo que eres mía.

Me deshago de la prenda y vuelvo a pegarme a ella, piel contra piel.

El contacto es pura corriente eléctrica.

Sus pechos se presionan contra los míos y sus uñas se clavan sutilmente en mi espalda cuando mi mano se desliza por fin dentro de su ropa interior.

Está ardiendo, empapada y completamente lista para mí.

Deslizo dos dedos entre sus pliegues despacio, abriéndola con delicadeza, y luego los hundo de golpe, sintiendo cómo sus paredes me reciben apretándome con fuerza.

—Dios, Clara… —gime, empezando a mover las caderas contra mis dedos en un ritmo desesperado—. Ahí… justo ahí, joder. No te imaginas las veces que he fantaseado estos días con tenerte de nuevo así...

La observo desde arriba mientras la disfruto como nunca antes me había atrevido.

Tiene los ojos a medio cerrar, los labios entreabiertos por los que escapan jadeos constantes y un rubor precioso que le tiñe las mejillas y le baja por el escote.

Está espectacular. Meto un tercer dedo y meto una marcha más al ritmo, usando el pulgar para presionar de forma constante sobre su clítoris hinchado.

Alicia se aferra a mis hombros como si le fuera la vida en ello, escondiendo la cara en el hueco de mi cuello mientras todo su cuerpo empieza a vibrar.

—No pares, Clara… por favor… —suplica entre gemidos entrecortados.

—No pienso parar, mi amor —le respondo al oído, dándole un mordisquito en el lóbulo—. Quiero ver cómo te corres para mí. Quiero oír cómo gritas mi nombre.

Sus músculos vaginales se tensan a más no poder alrededor de mis dedos y, con un gemido largo y profundo que retumba en todo el salón, Alicia se vierte, alcanzando un orgasmo de campeonato.

La abrazo con fuerza contra mi pecho mientras se estremece en pleno espasmo, susurrándole lo mucho que la amo al oído y besándole el pelo húmedo hasta que el temblor remite.

Cuando abre los ojos, su mirada de entrega absoluta me derrite el alma.

Me agarra de las solapas y me besa con una urgencia renovada.

Antes de que me dé tiempo a procesar la jugada, aprovecha su potencia de atleta para voltearnos en el sofá, invirtiendo las posiciones.

Ahora soy yo la que está abajo, atrapada bajo su cuerpo.

Sus manos van directas a mi pantalón, bajándolo junto con las bragas de un solo tirón impaciente.

Aquí no hay preámbulos que valgan. Alicia me separa los muslos con autoridad y baja la cabeza entre mis piernas con una determinación que me hace contener el aliento.

El primer lametazo de su lengua, caliente y firme sobre mi clítoris, me arranca un gemido ronco que ni yo misma reconozco.

Se toma su tiempo, saboreándome con devoción y jugueteando con mis labios hinchados.

Acto seguido, introduce dos dedos en mi interior con una facilidad pasmosa, sumando un tercero y arqueándolos justo en el punto exacto que me hace ver las estrellas del firmamento.

—Alicia… —jadeo, arqueando la pelvis hacia su boca mientras el placer se me acumula en el bajo vientre—. Joder… tu boca… no pares, por lo que más quieras.

—Disfrútalo —me murmura contra mi piel mojada, sin frenar el ritmo ni un segundo—. Quiero oírte gritar. Quiero que te corras en mi cara, Clara.

El orgasmo me pasa por encima como un tren de mercancías, dejándome temblando de pies a cabeza y sin un hilo de voz.

Alicia va subiendo poco a poco por mi cuerpo, sembrando besos en cada centímetro que recorre —las caderas, el estómago, el pecho— hasta que sus labios encuentran los míos.

Nos besamos con lentitud, saboreando el momento y compartiendo el gusto de mi propio fluido en su lengua, con los cuerpos empapados en sudor y los corazones latiendo al unísono.

Nos quedamos bien pegadas en el sofá, desnudas y con las piernas hechas un nudo marinero. Mi mano le acaricia la espalda dibujando formas invisibles mientras su cabeza descansa sobre mi pecho, escuchando mis latidos.

—¿Y ahora qué hacemos? ¿Cómo se gestiona esto?

—Pues como lo hace la gente normal —le respondo al instante, plantándole un beso en la coronilla—. Ya lo hemos hecho oficial. No pienso esconderme e. Si los periódicos quieren hablar, que hablen y que inventen lo que les dé la gana; nosotras sabemos perfectamente lo que hay.

Alicia levanta la cabeza para mirarme y me encuentro con unos ojos cargados de amor y de una paz que no le veía desde hace meses.

—Te juro que nunca pensé que fichar por el Ravenhill FC me fuera a traer el mejor trofeo de mi carrera —confiesa, mordiéndose el labio—. Una relación de verdad, donde no sentirme un bicho raro ni estar sola. Me haces sentir cuidada, Clara.

—Estoy aquí… —le susurro, pasándole el dorso de los dedos por la mejilla—. Y de aquí no me mueve ni el presidente de la liga. Podemos ir al ritmo que quieras, despacio o quemando etapas. Pero juntas. Siempre juntas.

Nos volvemos a besar, esta vez con una ternura infinita que me llena los ojos de lágrimas.

Esta noche, en mi salón, entre confidencias, sudor y caricias, lo nuestro se convierte en algo blindado, real y profundamente nuestro.

Y es ahí cuando soy consciente de que nuestro futuro, por muy caótico que se presente, tiene un rumbo fijo: ella.