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A bocajarro

Alicia

El gimnasio de la ciudad deportiva huele a lo de siempre: a caucho, a metal y a ese sudor acumulado que se queda impregnado en las paredes tras miles de horas de machaque.

Siempre noto una energía casi violenta en este santuario: el golpe seco de los discos de hierro al chocar contra el suelo, los jadeos asfixiados de mis compañeras, el chirrido de las zapatillas pivotando sobre el suelo técnico y un reguetón estridente que alguien ha puesto a todo trapo desde el móvil para motivar al personal.

Llevo veinte minutos subida a la bicicleta estática, pedaleando como si me persiguiera el mismísimo demonio, intentando autoconvencerme de que el ardor insoportable de mi rodilla es pura sugestión.

Aprieto los dedos con fuerza alrededor del manillar, manteniendo el ritmo mientras el sudor me resbala por la nuca y me empapa la espalda.

El cuádriceps me empieza a gritar que pare, que se va a acalambrar, pero yo meto más intensidad.

Es mi marca de la casa: tirar hacia adelante.

Aunque escueza. Aunque sienta que la articulación va a estallar en mil pedazos.

—Baja un poco la resistencia, Alicia, que te conozco y vas a terminar sin poder moverte —me suelta Iván, mi nuevo fisio, con una mezcla de firmeza profesional y buen rollo.

Su voz me saca de mi bucle mental de golpe.

Iván está apoyado contra una de las columnas del gimnasio, con una tablet mientras me vigila de reojo con esa paciencia infinita que el cuerpo médico suele desarrollar conmigo a los dos días de aguantarme.

Pero él no es Clara. Y por eso todo este proceso me resulta tan sumamente raro.

Es demasiado aséptico. Demasiado correcto. Demasiado frío.

Suelto un bufido, bajo la intensidad de la bicicleta y voy frenando las piernas poco a poco hasta que me detengo.

—Tampoco exageres… —le digo, pasándome el reverso de la camiseta por la frente para secarme el sudor—. Además, todavía estoy decidiendo si me caes bien o si te pongo en mi lista negra.

Iván suelta una carcajada limpia, tomándoselo a guasa.

—Oye, viniendo de la gran Alicia Puertas, que no me hayas mandado a paseo ya es todo un triunfo. Me conformo con que me toleres.

Me bajo de la bici apoyando primero el pie derecho.

En cuanto el izquierdo toca el suelo, la rodilla me protesta con un calambre afilado que me cruza la articulación de lado a lado.

Recompongo la cara al milisegundo, un truco que tengo más que ensayado.

Cualquier cosa antes de que sospechen que no estoy aún al cien por cien.

Saco el tapón de la botella de agua y le doy un trago largo, dejándome la garganta congelada mientras paseo la mirada por el gimnasio.

A mi izquierda, las defensas del equipo se están matando a hacer sentadillas con barra.

En las colchonetas del fondo, las extremas estiran mientras rajan en voz baja.

La liga arranca ya mismo y los nervios se palpan en el aire.

Aunque, para ser franca, el inicio de temporada me importa tres pimientos; yo solo tengo a Clara metida entre ceja y ceja.

Desde que mi entrevista fue publicada, las redes sociales y los medios de comunicación han estallado en un incendio incontrolable.

Mi móvil está lleno de notificaciones de prensa, llamadas perdidas de números raros, tuits incendiarios y miles de personas opinando sobre mi vida privada y dictando sentencia sin tener ni idea de nada.

He tenido que leer auténticas burradas de cavernícolas, pero, contra todo pronóstico, la ola de apoyo está siendo brutal y en el club, ha sido bienvenido.

Compañeras de otros clubes de la liga, periodistas que se están partiendo la cara por mí y leyendas del fútbol femenino que confiesan haber pasado por el mismo calvario.

Pero en medio de este tsunami mediático, a mí solo me importa ella. Y no sé absolutamente nada de Clara.

Cierro el tapón de la botella con tanta mala leche que casi me cargo la rosca.

—Estás en la luna otra vez —me dice Iván, que se ha plantado a mi lado con sigilo—. Menudo revuelo se ha armado con la entrevista, ¿eh?

Suelto una risa seca, sin pizca de gracia.

—Ni te lo imaginas. He abierto la caja de Pandora.

Él me mira con comprensión y da unos golpecitos con el bolígrafo en la camilla de tratamiento.

—Venga, súbete aquí. Vamos a testar esa movilidad antes de que aparezca el míster por la puerta exigiendo saber si estás para jugar media hora el domingo.

Resoplo y me arrastro hacia la camilla, cojeando un pelín a pesar de mis esfuerzos por disimularlo.

—Los entrenadores son todos iguales. Solo les importa los tres puntos.

—Menos mal que yo soy fisio —se defiende Iván con una sonrisa de lado mientras me ayuda a acomodarme boca arriba.

—Ya, pero hablas igual que ellos y eso me da un miedo que te mueres.

Iván se ríe por lo bajo y empieza a manipular mi pierna con movimientos suaves.

Sus manos son precisas, técnicas, profesionales.

Pero no tienen nada que ver con el tacto de Clara.

Las manos de Clara son pura dinamita; cálidas, reconfortantes y capaces de leer mi cuerpo con solo rozarme.

Me convendría dejar de pensar en eso, pero es superior a mis fuerzas.

Clara ya no es la fisio del club, esa etapa ha pasado a la historia. Pero todo me lleva a ella.

—Pues oye, la inflamación ha remitido bastante —comenta Iván, concentrado en palparme la articulación—. Tienes algo de sobrecarga en el tendón, pero está bastante bien a pesar de tus sensaciones.

—¿Tú estás seguro? Porque sigo sintiendo calambres cuando me sobrepaso un poco.

—Eso es la sobrecarga. Así que ve con ojo y no te esfuerces demasiado. Cabeza fría.

Estoy a punto de soltarle una réplica vacilona de las mías cuando, de repente, alguien se detiene justo al lado de la camilla. Reconocería ese aroma a mil kilómetros de distancia. Dormida, borracha o en el peor de los trances.

Levanto la cabeza muy despacio y cuando mis ojos chocan directamente con los de Clara, el aire se me queda atascado en la garganta y siento que me asfixio.

Lleva unos vaqueros oscuros que le quedan de infarto, botas de cuero negras y un abrigo gris marengo que brilla por las gotitas de la lluvia exterior.

Su pelo moreno, un poco alborotado por el viento, le enmarca la cara.

Me da un vuelco el corazón tan bestia que creo que me va a dar un síncope.

Es una mezcla explosiva de alivio, ganas locas de besarla y un deseo salvaje que me deja temblando.

A nuestro alrededor, las conversaciones del gimnasio se van apagando como si bajaran el volumen con un mando a distancia.

Mis compañeras empiezan a mirar de reojo.

Algunas disimulan fatal, estirando el cuello sin vergüenza alguna.

Pero a mí me da exactamente igual; solo tengo ojos para ella.

Clara avanza un par de pasos con una seguridad que me desarma.

—¿Cómo va esa rodilla? —pregunta, usando un tono profesional, pero con un punto aterciopelado que me vuelve loca.

Esa voz me recorre la espina dorsal como una descarga de alto voltaje, poniéndome la piel de gallina al instante.

Intento articular una respuesta ingeniosa, una de mis típicas frases sobradas para camuflar el huracán que tengo en el pecho, pero la mente se me queda en blanco.

Las palabras se han tomado unas vacaciones de verano.

Iván, que no se está enterando del drama romántico que tiene delante, es el primero en romper el hielo.

—Pues mira, evoluciona que da gusto —explica enseñándole la pantalla de la tablet—. La articulación responde genial y, si no hay recaídas en los entrenamientos de carga, igual la tenemos para disputar unos minutos en el debut liguero.

Veo cómo Clara asiente lentamente, sin apartar ni un milímetro sus ojos de los míos.

Hay una luz nueva en su mirada, algo limpio, desnudo de miedos y sin filtros.

Ha leído la maldita entrevista. Vaya si la ha leído.

Se le nota en la postura, en la forma en que me recorre con la mirada, como si hubiera decidido tirar los tabúes por la ventana.

Iván sigue dándole la chapa con especificaciones técnicas sobre la pauta de recuperación y los ejercicios excéntricos, pero yo ya tengo el cerebro desconectado.

Clara se acerca más. Despacio. Sin esconderse de nadie.

Noto la tensión de todo el vestuario. El pulso me va a mil revoluciones; estoy por jurar que los latidos retumban en los altavoces del gimnasio.

Sus ojos se deslizan hasta mi boca y, sin mediar una sola palabra más, se inclina y me besa.

Así, a bocajarro, por las bravas y delante de todo el mundo.

El gimnasio entero se disuelve en la nada.

Su mano me acuna la mandíbula con una ternura posesiva que me derrite, mientras sus labios encuentran los míos con autoridad.

No es un beso apresurado ni de película; es mucho mejor.

Es real. Es Clara diciendo «aquí estoy yo», eligiendo dar el paso a la vista de todo el club.

Se recrea en mis labios, saboreándome despacio, transmitiéndome en un segundo todo lo que siente y borrando el silencio de estos dos días de angustia.

Me llega el eco de algún grito ahogado de fondo, cuchicheos y el ruido de alguien soltando una mancuerna, pero me da lo mismo.

Cuando se separa apenas unos milímetros, noto su respiración cálida combinándose con la mía.

Me quedo mirándola con una cara de boba que no puedo con ella, con los labios hormigueando a más no poder, y ella brindándome con una sonrisa de esas suyas que sé que me va a robar la salud algún día.

—¿La… la has leído? —consigo balbucear, con una voz más grave y rota de lo habitual.

Clara ladea la cabeza, sin dejar de acariciarme el pómulo con el dedo pulgar.

—Bueno, ahora mismo el país entero sabe que estamos saliendo —responde en un susurro delicioso—. Y resulta curioso… porque no recuerdo que me lo hayas pedido oficialmente.

Suelto una risita nerviosa, con las tripas hechas un nudo de pura felicidad.

—A ver… técnicamente el calendario venía apretado y no había hueco para una cita formal. Me vine arriba con el periodista, para qué te voy a engañar.

Sus ojos negros brillan con una intensidad preciosa, con algo que se parece muchísimo a la felicidad sin aditivos.

—Alicia…

Hago el amago de hablar, pero ella me silencia poniéndome un dedo en los labios. Y entonces lo suelta. Sin anestesia. Delante de veintitantas jugadoras cotillas. Delante del cuerpo técnico y de quien haga falta.

—Supongo que, ya que se ha enterado todo el mundo… solo me queda decirte que te amo con locura, Alicia Puertas.

El corazón me da un vuelco tan tremendo que juro que se me para por un segundo.

Siento un vacío en el estómago y luego una ola de calor tan bestia que tengo que tragar saliva para no echarme a llorar.

Clara jamás me había confesado sus sentimientos de forma tan rotunda y abierta.

Escucharla es como si me quitaran una mochila de cincuenta kilos de complejos, miedos y soledad que llevaba arrastrando media vida.

Ella sonríe de lado y me pasa los nudillos por la mejilla en un gesto que me derrite.

—Y más vale que esa rodilla esté para jugar los noventa minutos. Porque yo te quiero a pleno rendimiento. En el campo y fuera de él.

La carcajada que se me escapa sale entrecortada, emocionada y con un punto de ridiculez por lo rematadamente feliz que me siento.

A nuestro alrededor, el gimnasio se ha quedado en silencio.

Varias de mis compañeras sonríen de oreja a oreja.

Otras disimulan mirando fijamente las poleas, aunque se nota a la legua que no se están perdiendo ni un detalle del culebrón.

Iván se aclara la garganta, con cara de haber asistido al estreno del año.

—Bueno… desde luego mi contrato no especificaba que tuviera que hacer de sujetavelas. Pero oye, me alegro por vosotras, chicas.

Me tapo la cara con las manos muerta de la vergüenza mientras suelto una risotada limpia. Siento el pecho tan lleno que casi me cuesta respirar. Pero es una sensación maravillosa, limpia y llena de luz.

Destapo los ojos justo a tiempo para ver cómo Clara me mira con esa mirada felina que siempre me desarma.

—Clara… —comienzo, totalmente entregada.

Ella niega con la cabeza, divertida, y me guiña un ojo.

—No digas nada más, o te beso otra vez y provocamos un colapso en el entrenamiento.

—¿Eso es una amenaza o una promesa de las buenas? —le lanzo, con una sonrisa canalla que ya no puedo camuflar.

Su sonrisa se ensancha, libre, radiante. No la recuerdo tan ligera y tan ella. Es espectacular.

—Te espero esta noche en mi casa.

Noto cómo un escalofrío de calor me recorre el cuerpo de arriba abajo. Clara me planta un pico rápido en los labios y da un paso atrás, clavándome los ojos.

—No te retrases.

Me guiña un ojo con total complicidad y se da la vuelta, enfilando la salida del gimnasio y dejando flotando en el aire una energía brutal.

En cuanto cruza la puerta, escucho un silbido cachondo a mis espaldas, seguido de otro y de un coro de risas y aplausos contenidos. Me incorporo en la camilla despacio, intentando recuperar lo que me queda de dignidad.

Un par de compañeras se me acercan junto con Alba, que luce una sonrisa que no le cabe en la cara.

—Joder, menudo par de ovarios tienes —me suelta Alba, dándome una colleja cariñosa en el hombro—. Me alegro una barbaridad por las dos, ya era hora.

La extremo izquierda añade con su típico tono guasón:

—Bueno, después de este subidón, el domingo tienes que clavar un hat-trick por lo menos. Motivación no te falta, desde luego.

Iván niega con la cabeza, apuntando unas cosas en la tablet sin perder la sonrisa.

—Venga, señoritas, circulen y dejen trabajar, que esto parece un capítulo de telenovela. Aunque reconozco que ha sido el mejor momento de mi jornada laboral en años.

Me vuelvo a tumbar en la camilla con una sonrisa boba plantada en la cara, pero mi cabeza ya está volando muy lejos de la ciudad deportiva.

Está en el piso de Clara, imaginando la charla que nos espera, los besos que nos vamos a dar y la forma tan salvaje en que nos vamos a comer después de tanta espera.