25 #2
—Madre mía… o sea, que de verdad no tienes ni la más remota idea de la que se ha liado —murmura, mirándome con fijeza—. Tu novia acaba de prender fuego a los cimientos del fútbol femenino, Clara.
Mi respiración se corta en seco. Charlotte mete la mano en el bolsillo de su abrigo oscuro, saca lentamente el teléfono móvil y me lo desliza por encima de la mesa.
—Anda, léela tú misma.
Cojo el aparato con las manos hechas un flan, tanto que casi se me escurre de los dedos.
La portada digital de uno de los diarios deportivos con más tirada de Inglaterra se despliega ante mis ojos.
Hay una fotografía enorme de Alicia que ocupa prácticamente toda la pantalla; sale espectacular, con esa mirada desafiante, felina y magnética que yo sé perfectamente que utiliza como escudo para tapar sus heridas de guerra.
El titular, en letras gigantes y negrita, me impacta como un obús directo al corazón: “Alicia Puertas rompe su silencio: ‘No pienso volver a pedir perdón por amar libremente ni por defenderme de los de arriba’”.
Siento cómo todo mi sistema nervioso se pone en tensión.
Pulso en el enlace y devoro las líneas. Cada maldita frase se me clava en el alma porque reconozco su voz, es ella hablando sin filtros, sin censuras.
Habla abiertamente de la campaña de rumores, de cómo aprendió a base de palos a morderse la lengua para sobrevivir en un entorno que devora vivas a las futbolistas que se atreven a alzar la voz.
Habla del fútbol femenino actual, criticando que a veces se busque más el espectáculo y el marketing que el deporte real.
Habla claro sobre el abuso de poder, el miedo y la manipulación de los despachos.
Y de pronto, llego al párrafo donde me menciona directamente a mí.
«No voy a consentir bajo ningún concepto que otra mujer vea destruida su carrera profesional por el simple hecho de quererme».
Tengo que parar de leer un segundo porque el pecho me arde como si hubiera tragado brasas. El bullicio de la cafetería, el tintineo de las tazas y el ruido de la lluvia se difuminan; el mundo entero se ha reducido a los píxeles de esa pantalla. Sigo bajando con el dedo.
«Clara Valle no ha cometido ninguna falta ni ha faltado a su ética profesional.
Lo más cómodo y cobarde para las dos habría sido seguir escondiéndonos para proteger nuestra imagen.
Pero estoy sumamente cansada de vivir en la sombra, como si amar a alguien de tu mismo sexo fuera un problema o algo de lo que avergonzarse».
Noto un nudo tremendo subiendo por mi garganta y los ojos se me llenan de lágrimas. Me tiemblan los dedos de una manera descontrolada alrededor del terminal. Charlotte me observa desde su sitio, guardando un silencio respetuoso.
—Hay que reconocer que tiene carácter —suelta ella tras unos instantes—. Muchísimo más del que yo tuve en su día contigo, desde luego.
No soy capaz de articular palabra. Estoy demasiado ocupada intentando que el corazón no se me salga por la boca ante semejante declaración de intenciones.
Vuelvo a la pantalla. Alicia habla de lo nuestro con una honestidad tan cruda, tan limpia y tan real que resulta desgarradoramente hermosa.
No pretende pintar nuestra relación como un cuento de hadas idílico o perfecto.
Dice la verdad pura y dura, con todas sus letras.
«Las futbolistas en este entorno llevamos demasiados años programadas para aguantar el tirón, para callarnos la boca ante las injusticias y para sonreír en los photocalls mientras cuatro señores en un despacho deciden qué versión de nosotras les resulta más conveniente para el negocio.
Yo me planto aquí. Ya no quiero seguir pasando por el aro.
Quiero amar a quien me dé la gana con total libertad.
Y quiero que Clara tenga el mismo derecho a hacerlo sin que le cueste su puesto de trabajo».
Las letras del artículo empiezan a bailarme y a borrarse por culpa de las lágrimas que ya no puedo contener. Parpadeo rápido, intentando limpiar mi visión.
Justo en ese momento, Dani regresa a la mesa, pero en cuanto me ve la cara, se le borra la sonrisa y frunce el ceño con alarma.
—¿Pero qué pasa?
Charlotte se levanta despacio de la silla con su móvil en la mano, estirándose el abrigo y agarrando su paraguas.
—Cuídala bien, Dani. Hazlo mejor de lo que yo supe hacerlo en su momento —le dice mirándole fijamente, para luego girarse hacia mí con una sinceridad en los ojos que me deja descolocada—. Y cuídala tú a ella, Clara. Esa chica se merece de sobra que alguien luche por ella con las mismas ganas.
Limpio una lágrima de mi mejilla con el dorso de la mano, conmovida por sus palabras.
—Charlotte… —intento balbucear.
Se detiene un segundo justo antes de enfilar la salida.
—Alicia tiene toda la razón en lo que ha dicho. Ya va siendo hora de que las normas del juego cambien. Y parece que ella ha decidido ser la primera en romper la baraja. No la dejes sola en esta batalla, Clara. Te está esperando.
Y sin añadir nada más, se da la vuelta, pide un café para llevar y se marcha. Me quedo inmóvil en el sitio, viendo a través del cristal cómo abre el paraguas y se pierde bajo el aguacero, sintiendo el eco de sus palabras retumbarme en el pecho con una fuerza arrolladora.
Dani se sienta muy despacio, mirándome.
—¿Qué narices ha pasado para que estés así? —me pregunta con una urgencia que le sale del alma.
—Dani… demasiadas cosas —le digo mientras me levanto de la silla, sujetando mi abrigo con ansia.
—¿Pero a dónde vas ahora? —me grita él, aunque por la cara que tengo ya sabe perfectamente cuál es la respuesta.
—A buscarla.