25
En el punto de mira
Clara
La lluvia golpea los ventanales de la cafetería con una constancia rítmica e hipnótica, de esa que te hunde el ánimo si te descuidas.
Afuera, la ciudad parece envuelta en una neblina gris, densa y húmeda que difumina los faros de los coches y el vaivén apresurado de los peatones que se refugian bajo sus paraguas.
Dentro, por suerte, el calor del local me abraza, mezclándose con el aroma a café recién hecho, pasteles y un toque de canela.
Es uno de esos rincones pequeños y un poco escondidos donde las conversaciones parecen volverse más íntimas y el tiempo da la impresión de avanzar a cámara lenta.
Llevo casi diez minutos clavada en la silla, dándole vueltas con la cucharilla a un capuchino que ya ha perdido todo el glamur y la temperatura.
La espuma del dibujo se ha disuelto en un remolino triste, amorfo y grisáceo.
Dani me observa desde el otro lado de la mesa con esa paciencia infinita, casi de santo, propia de quien me conoce desde hace años.
Ha sido mi confidente durante tantos años que es totalmente capaz de detectar el instante exacto en el que finjo tener la vida bajo control cuando, en realidad, me encuentro a un segundo del colapso mental.
Y esta mañana, para qué nos vamos a engañar, estoy en pleno código rojo.
—¿Piensas beberte ese brebaje de una santa vez o vas a seguir torturando a la pobre cucharilla hasta que confiese algún crimen de guerra? —pregunta al fin, usando un tono ligero y guasón que no consigue ocultar la tremenda preocupación que le asoma a los ojos.
Suelto una breve exhalación por la nariz, esbozando una sonrisa a medias, y dejo el cubierto sobre el plato.
—Oye, no sabía yo que habías conseguido un contrato de cómico —le respondo, aunque mi propia voz suena más cansada y desinflada que verdaderamente mordaz.
—Y yo no sabía que hemos quedado para organizar tu funeral —réplica él, inclinándose hacia delante y apoyando los brazos en la madera para recortar distancias.
Le lanzo una mirada de absoluto agotamiento. Dani niega despacio con la cabeza, entrelaza los dedos y suspira.
—Venga, déjate de rodeos. ¿Me vas a contar cómo estás o voy a tener que arrancarte la verdad con pinzas?
Llevo tres días respondiendo en modo automático a todo el que me pregunta.
Soltando mentiras piadosas, pequeñas y perfectamente ordenadas que me sirven de escudo para seguir levantándome de la cama.
Pero Dani no es el director deportivo del Ravenhill FC, ni el míster, ni ninguna jugadora de la plantilla.
Y, desde luego, no es Alicia. Con él las caretas no funcionan, son una pérdida de tiempo.
Bajo la mirada hacia los restos de la espuma de mi taza y respiro hondo, armándome de valor antes de soltar la bomba.
—He dimitido.
Dani parpadea una sola vez, asimilando el golpe. Fue él el que me aconsejó que lo apostase todo por Alicia, pero estoy segura que esa idea no estaba presente en su consejo.
—¿Pero tú estás loca? ¡Con lo que te ha costado llegar hasta ahí!
Me encojo de hombros, mientras observo de reojo cómo los goterones de lluvia resbalan por el cristal exterior, formando riachuelos que mueren en el alféizar.
—Era lo correcto, no me quedaba otra —digo en voz baja, casi para mí misma.
—¿Lo correcto para quién? —me cuestiona él, clavándome una mirada intensa—. Porque te has pasado años desviviéndote por ese equipo.
No le respondo. Me froto las palmas de las manos para buscar algo de calor y continúo con mi argumento:
—No podía permitir que mi relación con ella acabara con su carrera.
Alicia ha pasado por muchos calvarios en su carrera profesional, y estoy segurísima de que el club estaba barajando la idea de rescindir su contrato.
Así que bueno… prefería quitarme del medio y pedir que le den una oportunidad de brillar.
Dani me sostiene la mirada durante unos segundos eternos, evaluando la jugada y sopesando mi nivel de locura.
—No, Clara, no te equivoques. Lo que has hecho no ha sido quitarte de en medio; lo que has hecho ha sido inmolarte tú solita.
—No seas tan dramático, por favor —susurro, aunque por dentro sé perfectamente que ha dado en el clavo.
Se ríe sin pizca de humor, un sonido corto, seco y bastante amargo.
—¿Que no sea dramático? Clara, acabas de presentar la renuncia al trabajo de tu vida.
Creo que, como tu mejor amigo, me he ganado el derecho a un poquito de dramatismo matutino.
¿Te has parado a pensar un solo segundo en lo que vas a hacer a partir de ahora?
¿En cómo va a afectar esto a tu currículum y a tu futuro en el fútbol profesional?
Trago saliva con una dificultad espantosa, sintiendo un nudo en la garganta.
Después de la tormenta que viví con Charlotte, me costó sangre, sudor y lágrimas que un equipo de primera división volviera a confiar en mí para liderar su servicio de fisioterapia.
Cuando el Ravenhill FC me contrató, decidí sobrevivir a base de unas normas estrictas mientras que, más allá de esa coraza, seguían muy presentes las grietas y los traumas.
—He pensado en eso cada maldita noche —admito, mirándole a los ojos—. Pero es que ya no podía seguir fingiendo, Dani. Tarde o temprano nos iban a pillar y lo usarían como arma para destrozarnos. Y prefiero mil veces perder mi contrato antes que arriesgarme a perderla a ella.
Dani se recuesta en el respaldo de la silla y me clava una mirada cargada de una ternura infinita.
—La quieres de verdad, ¿eh?
Vaya si la quiero. La quiero con una intensidad tan brutal, salvaje y desconocida que a veces me asusta a mí misma.
La quiero cuando me planta cara, cuando discutimos por cualquier tontería táctica, cuando su maldita arrogancia me saca de mis casillas y, sobre todo, cuando me vuelve loca con una sola de sus sonrisas.
La quiero incluso en esos momentos en los que todo lo que despierta en mi interior me provoca un pánico atroz.
—La quiero como no he querido a nadie en toda mi vida.
—Entonces deja de poner cara de muerto —me señala con un dedo—. Te mereces ser feliz. Y si ella lo hace, es maravilloso.
Me paso una mano por el pelo, que todavía tengo un poco húmedo por culpa del trayecto bajo la lluvia.
—Ya, pero es que no es tan idílico ni tan sencillo.
—Nada es sencillo en esta vida —conviene él, encogiéndose de hombros—. Pero a veces hay que echarle un par de ovarios, ser valiente y apostar por el amor, aunque sientas que te vas a quemar en el intento.
Hago el amago de responderle, pero en ese preciso instante, Charlotte cruza el umbral, sacudiendo las gotas de su paraguas antes de cerrarlo.
Lleva un abrigo oscuro y luce el pelo bastante más corto de cómo lo recordaba.
Elegante, sofisticada, impecable. Como siempre.
Mi cuerpo se pone rígido y cada uno de mis músculos se coloca en posición de alerta.
Dani sigue la dirección de mis ojos y murmura un «mierda» casi inaudible por lo bajo.
Llevaba meses sin cruzarme con ella. Pero ha bastado una milésima de segundo para que el peso del pasado me caiga encima.
Charlotte se gira, me ve y se queda completamente congelada unos instantes, procesando la estampa.
Acto seguido, recompone el gesto y avanza hacia nuestra mesa.
Noto cómo la línea de la mandíbula se me tensa por la presión.
—Hola, Clara —me saluda con esa voz tan serena, templada y controlada que tengo grabada a fuego en el cerebro.
—Charlotte —le respondo, haciendo un esfuerzo titánico para que mi tono suene lo más neutro y maduro posible.
Ella le dedica un breve asentimiento de cabeza a Dani antes de volver a clavar sus ojos en mí.
—No me esperaba para nada encontrarte por este lado de la ciudad.
—Bueno, tampoco es que estemos en Nueva York, la ciudad es pequeña y todos acabamos moviéndonos por los mismos sitios —le contesto, forzando una media sonrisa que me resulta incómoda de sostener.
Una sombra muy sutil, parecida a una mueca de ironía, le cruza los labios. Dani, que siempre ha tenido alergia crónica a los silencios incómodos y a los dramas del pasado, se aclara la garganta ruidosamente mientras se levanta.
—Esto… voy a acercarme a la barra a pedir otro café y un bollo, que me rugen las tripas. Os dejo un momento a vuestras cosas.
Y desaparece del mapa con una discreción digna de elogio, dejándome a solas ante el peligro. Charlotte apoya su paraguas contra el lateral de la mesa y se sienta con elegancia justo en el borde de la silla que mi amigo acaba de desalojar.
—Me había llegado la noticia de tu dimisión en el Ravenhill FC —suelta a bocajarro, sin rodeos de cortesía.
Siento un pinchazo de lo más desagradable justo bajo las costillas.
—Vaya, veo que las noticias vuelan que da gusto —le respondo, cruzándome de brazos.
—Vuelan el doble de rápido cuando en la ecuación está metida una jugadora del calibre de Alicia Puertas.
Al escuchar el nombre de Alicia pronunciado por su boca, levanto la cabeza con un resorte y le clavo la mirada de golpe. Charlotte capta el gesto al vuelo, por supuesto. Siempre ha tenido una habilidad pasmosa para leerme los pensamientos.
—Así que es cierto lo que dicen las malas lenguas —añade en un tono extrañamente suave, casi reflexivo—. Estas con ella.
La tensión me recorre la espalda. Durante un par de segundos se me pasa por la cabeza la idea de negarlo todo, pero me doy cuenta de que a estas alturas ya no tiene ningún sentido seguir jugando al escondite.
—¿Cómo te has enterado? —le pregunto, entornando los ojos.
Charlotte arquea una ceja, visiblemente sorprendida por mi ignorancia.
—¿Me vas a decir que no has visto la entrevista que se ha publicado hace unas horas? A estas alturas, Clara, se ha enterado todo el mundo en este país.
El corazón me da un vuelco tremendo en el pecho, un vuelco que me deja sin respiración.
—¿Qué entrevista? ¿De qué me estás hablando, Charlotte?
Por primera vez desde que ha entrado por la puerta, una emoción real y sin filtros humanos cruza la cara de mi ex: es asombro absoluto.