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Sin red de seguridad

Alicia

El despacho de Bruno siempre desprende esa atmósfera cargada, como si el aire estuviera impregnado de las cláusulas y los ceros de los contratos que se negocian aquí dentro.

Es el lugar donde se decide si eres una estrella o si estás acabada, un sitio donde se habla de cifras que parecen sacadas de una película de ciencia ficción.

Pero esta mañana, toda esa parafernalia me resbala; los contratos, los patrocinadores y las comisiones absurdas me importan un pimiento.

Mi cabeza, mi corazón y hasta el último aliento de mi cuerpo están centrados en una sola persona: Clara.

Ella ha dejado el club por mí. Ha tirado por la borda su carrera para salvar la mía, para evitar que esos buitres me vuelvan a colgar el cartelito de «la problemática».

Desde que regresamos a la rutina normal, no he dejado de pensar en eso. No importa lo mucho que intente distraerme; el pensamiento sigue ahí, anclado bajo mis costillas, provocándome una mezcla insufrible de rabia ciega y culpa.

Apoyo la cabeza contra el respaldo del sofá de piel mientras observo a Bruno, que camina de un lado a otro del despacho como un león enjaulado, con el teléfono pegado a la oreja.

Lleva diez minutos discutiendo con alguien de marketing y apenas le sigo la conversación.

Mis dedos juguetean con una botella de agua helada, girándola una y otra vez sobre, mientras la rodilla me late con una punzada rítmica, un recordatorio constante de todo lo que estoy a punto de perder si no espabilo.

Aunque, por primera vez en mi vida, el fútbol no es el eje central de mi existencia, y eso es lo que más me acojona.

—Sí, joder, ya sé que quieren exclusividad absoluta —gruñe Bruno con voz cansada antes de colgar el teléfono de mala gana—. Pero Alicia no va a grabar ningún puto anuncio esta semana. Ni la siguiente. Punto final.

Cuelga, lanza el teléfono sobre la mesa y me clava los ojos.

—¿Qué querían esta vez? —pregunto con curiosidad. Estos últimos días, son varias las marcas deportivas que están contactando con él para que sea la imagen principal. He perdido hasta la cuenta—. Porque, para que los mandes tú a la mierda, tiene que ser una basura.

—Eran la competencia de la marca de crema solar a la que patrocinas.

—Ahora lo entiendo todo… —murmuro, cierro los ojos y suelto un suspiro profundo que no es capaz de relajarme los músculos. Llevo sin dormir días, todo mi cuerpo está en tensión y dudo mucho que la cosa cambie—. ¿Para qué me has citado?

Se deja caer en el sillón frente a mí y se afloja la corbata. Bruno siempre parece al borde del colapso: ojeras profundas, barba de dos días y esa manía de frotarse la frente cuando intuye una catástrofe. Y conmigo, la catástrofe es su estado natural.

—¿Quieres contarme qué demonios ha pasado? —pregunta con un tono mucho más suave, apoyándose en el escritorio con ambos brazos—. La jefa de prensa del club me ha llamado para decirme que Clara ha abandonado por tu culpa. Es más, esa cara de muerta que traes…

Alba, la capitana, tenía razón al decir que los rumores vuelan con la rapidez de un suspiro.

Bajo la mirada hacia la botella y sopeso la posibilidad de soltar una mentira.

Podría buscar alguna excusa barata, pero estoy harta de ocultar cómo me siento, cansada de tragarme cada golpe mientras el mundo decide qué clase de persona soy.

—Sí, Clara ha dimitido… —confieso al final, con un hilo de voz.

—Esperaba de corazón que solo fuera un rumor incierto.

La palabra «rumor» me revuelve las tripas.

Rumores sobre mi carácter fuerte, sobre mis lesiones, sobre supuestas peleas en el vestuario o relaciones inventadas.

Rumores sobre entrenadores que se han vuelto contra mí porque soy conflictiva, cuando la realidad es mucho más sucia, más dolorosa y, sobre todo, mucho más humana.

Mi carrera entera está construida sobre esa montaña de mierda que dicen que son rumores.

—Y sí, lo ha hecho por mí —murmuro, sintiendo cómo se me quiebra la voz—. Pero antes de que me trates como una niña, te diré que lo decidió por sí misma y para protegerme.

—Alicia, por favor…

El silencio se instala en el despacho. Afuera, a través de los ventanales, la ciudad sigue con su ritmo frenético. Todavía puedo visualizar la expresión de Clara al anunciar su dimisión, el temblor de sus manos, esa forma en que me miraba como si yo fuera lo único importante en este mundo.

Me paso una mano por la nuca, intentando liberar la tensión.

—Estoy harta de toda esta mierda, Bruno. Harta de verdad.

Él se queda en silencio, esperando, dándome el espacio necesario para soltar todo lo que llevo dentro.

—Estoy harta de tener que callarme mientras inventan basura sobre mí.

En este deporte, cada vez que una mujer muestra carácter, la convierten automáticamente en un peligro, en una amenaza.

¿Y sabes lo peor? Lo peor no es eso, lo peor es que al final te lo acabas creyendo y aceptando esa imagen porque es más fácil que te etiqueten de conflictiva antes que tener que explicar tu versión.

Bruno apoya los antebrazos sobre las rodillas, concentrado al cien por cien.

—Sé que no tiene que ver con el tema, pero… ¿qué te pasó con tu anterior entrenador?

La pregunta se me clava como una aguja en la piel. Miro hacia la estantería, hacia los trofeos y las fotos de mis goles. Durante años he evitado hablar de ello porque cada vez que lo hago, me siento pequeña, sucia y culpable. Solo se lo conté a Clara en su momento.

—Se propasó sexualmente conmigo —suelto al fin, con la voz bajita—.

Me hizo creer que, si no accedía a sus juegos, mi carrera se terminaba allí mismo.

Al principio cedí por miedo, por pánico a perderlo todo, pero llegó un punto en el que exploté.

Cuando le rechacé… todo se fue a la mierda.

Acusaciones falsas, rumores de inestabilidad, sanciones encubiertas.

Fue un infierno. O bueno, le inicio de mi infierno personal.

Bruno palidece, y la preocupación se marca más en su rostro.

—Alicia… joder. No tenía ni idea de que fuera tan grave.

Niego con la cabeza.

—No quiero compasión.

—No es compasión —insiste él con suavidad—. Es que ahora entiendo por qué montabas esos números cada vez que alguien te quería controlar. Has tenido que levantar muros de piedra a tu alrededor para sobrevivir.

Suelto una risa sin gracia, una que me raspa la garganta.

—Clara es la única que lo ha entendido. Desde el minuto uno.

Noto un nudo de hierro creciendo en mi garganta al pensar en ella. Nunca me ha juzgado. Ha aceptado mi caos, lo ha comprendido y, sobre todo, me ha protegido. La quiero. La quiero de una forma que ya no puedo —ni quiero— esconder. Estoy harta de que el amor parezca un delito.

—Quiero ofrecer una entrevista, Bruno. Necesito hablar.

Él arruga el entrecejo, sorprendido.

—¿Hablar? ¿Con quién?

—Quiero contarlo todo. Mi carrera, los rumores que me han perseguido, la realidad de lo que ocurre cuando una futbolista deja de ser «conveniente» para un club. Y sí, quiero hablar de Clara. Se lo merece después de lo que ha hecho por mí.

Bruno se queda paralizado, procesando la bomba que acabo de soltar.

—Alicia, escúchame. Esto es un misil. La temporada empieza la semana que viene. La prensa te va a destrozar.

—Que lo intenten —respondo con una determinación que me recorre el cuerpo como fuego—.

Esta vez, la historia la cuento yo. Estoy harta de que nos utilicen para vender una imagen moderna del fútbol y luego nos pidan que nos escondamos para no incomodar.

Estoy hasta el moño de que el amor entre dos mujeres tenga que vivirse en silencio, como si fuera algo sucio.

Mi pecho sube y baja a toda velocidad. Siento rabia, sí, pero también una libertad que no conocía.

—¿Eres consciente de lo que esto puede provocar? —pregunta él, inclinándose más hacia mí—. No solo para ti. Para Clara. Para el club.

—Soy perfectamente consciente. Y por eso tengo que hacerlo. Clara ha sacrificado su carrer profesional por mí. No pienso quedarme de brazos cruzados.

Bruno se frota la cara lentamente, pensativo.

—Si hacemos esto, no hay vuelta atrás. Vas a estar en todas las portadas, te van a acribillar a preguntas personales. Habrá gente que te apoye, claro, pero los otros intentarán hundirte más que nunca.

—Llevo toda la vida esquivando golpes —contesto—. La diferencia es que ahora no me voy a esconder. Quiero que todo el mundo sepa la verdad. Que, al parecer, el amor, nos hace menos profesionales.

Bruno suelta una carcajada pequeña, una mezcla de agotamiento y admiración.

—Estás completamente loca.

—Eso dicen —respondo con una media sonrisa, la primera sincera que se me escapa en días.

—Y, por desgracia, la mitad de las veces tienen razón —añade él con un tono cariñoso—. Pero si vamos a meternos en este jardín, lo haremos bien. Nada de programas basura. Buscaré un medio serio, una periodista que respete tu historia. Pero prométeme que esta noche te lo pensarás una última vez.

Asiento, aunque mi mente ya ha zarpado. Me levanto, Bruno se pone en pie y me pone una mano en el hombro con un gesto protector.

—Voy a mover los hilos —promete—. Pero, Alicia… ¿la quieres tanto como para arriesgarlo todo?

No hay ironía en su pregunta. Está preocupado y mi corazón se me encoge.

—Muchísimo. Me hace sentir viva. Sus manos, su voz, su seguridad… la forma en que me mira. No puedo seguir escondiendo algo tan grande y tampoco puedo permitir que sigan señalándome y hundiendo mi carrera por unos rumores pasados que nada tienen que ver con la realidad.

Salgo del despacho con el corazón latiéndome a mil por hora.

Afuera hace frío y el viento me despeina mientras camino sin rumbo fijo por la calle.

Pienso en Clara. En lo que diría si supiera lo que estoy a punto de hacer.

Probablemente se enfadaría, tendría miedo por mí, intentaría frenarme con mil argumentos lógicos.

Pero es demasiado tarde. El problema nunca ha sido enamorarnos; el problema siempre ha sido el miedo.

Y he pasado muchos años dejando que sea el miedo el que lleve el volante de mi vida. Ya toca cambiar de conductor.