23 #2
—No, Alicia. Déjame hablar a mí ahora, por favor.
Noto el peso de su mirada clavada de perfil en mi mejilla mientras yo concentro toda mi atención en el director deportivo.
Siento el corazón latiéndome a mil revoluciones dentro de las costillas, como si fuera a salírseme del pecho, pero me obligo a que mi voz suene segura, profesional y completamente aséptica.
—Alicia Puertas jamás ha utilizado nuestra cercanía o mi posición dentro del staff médico para obtener ningún tipo de ventaja personal, trato de favor o alterar los informes de rendimiento.
Nunca ha condicionado lo más mínimo mi criterio profesional y jamás, bajo ningún concepto, ha puesto en peligro la dinámica de grupo o la disciplina deportiva del club.
La responsabilidad absoluta de haber cruzado esa línea deontológica es mía.
Fui yo quien tomó la decisión consciente de dejarse llevar por los sentimientos, y fui yo quien no supo poner los límites éticos necesarios en cuanto empecé a sentir algo muchísimo más profundo por ella.
—¡Eso es mentira y lo sabes perfectamente!
—interviene Alicia de inmediato, dándole un puñetazo a la mesa que hace temblar los bolígrafos, con la voz rota y cargada de una emoción desbordante—.
No vas a colgarte este muerto tú sola, Clara, no te lo voy a permitir.
No fue cosa tuya. Las dos estamos metidas en esto hasta el cuello.
Las dos lo sentimos desde el primer día y las dos lo queremos con ganas.
Me giro a mirarla por primera vez desde que entramos en este búnker de reuniones. Alicia me está mirando con rabia, pánico y una vulnerabilidad que me hace temblar por dentro. Dios santo. La quiero tanto que me duele físicamente el pecho.
—Sí que fue cosa mía —le respondo con una dulzura infinita, sosteniéndole la mirada—. Como miembro del cuerpo técnico y profesional de la salud, era yo quien tenía la obligación contractual y moral de mantener la distancia y la profesionalidad en todo momento. No tú.
Ella niega con la cabeza repetidamente, con los ojos empañados por las lágrimas de rabia.
—Me importa un bledo tu contrato, Clara. No pienso permitir bajo ningún concepto que cargues tú sola con las consecuencias de esto. No me voy a quedar aquí sentada con los brazos cruzados viendo cómo intentas sacrificarte como una mártir por salvarme el culo. Olvídate.
Una pequeña sonrisa, un tanto triste y nostálgica, se me dibuja en los labios. Es increíble. Incluso en mitad de esta escabechina, enfadada como un demonio y con el agua al cuello, sigue intentando por todos los medios protegerme a mí del golpe.
Vuelvo a clavar mis ojos en el director deportivo, apoyando las manos en la mesa.
—En el fútbol femenino, y en realidad en cualquier puesto de trabajo donde destaquemos, las mujeres seguimos viviendo bajo un escrutinio público y un juicio moral constante —digo despacio, midiendo y saboreando cada palabra para que les cale bien hondo—.
Podemos ser impecables durante años, excelentes en nuestras funciones, pero basta que cometamos un solo desliz en nuestra vida privada para que todo lo demás deje de importar una mierda.
Alicia Puertas es la mejor delantera que ha pisado este club en muchísimos años.
Lo sabéis perfectamente, lo sabe de sobra la prensa y lo sabe toda la liga inglesa.
Y espero sinceramente que el hecho de que me ame no sea la excusa para que le neguéis la oportunidad de demostrarlo en el campo.
La palabra “amor” se queda flotando en el aire de la sala, pesada, rotunda e imponente.
Alicia abre la boca apenas un milímetro, completamente shockeada por mi confesión.
Yo me giro a mirarla y, durante un segundo maravilloso, juro que desaparece todo lo demás: la sala de juntas, la cara de póker de Julián, la tensión del ambiente y el miedo al futuro.
Solo existimos ella y yo. Sus ojos fijos en los míos, su respiración contenida y esa emoción pura que empieza a resquebrajarle, pieza a pieza, toda esa armadura que lleva siempre a cuestas.
Le regalo una sonrisa de lo más tierna, intentando transmitirle paz con la mirada. Esto que voy a hacer no es un sacrificio desesperado. Es una elección libre, consciente y meditada. Mi elección.
—Así que, para evitarle mayores problemas a la institución —continuo finalmente, volviendo a mirar al director deportivo—, presento mi dimisión con carácter urgente y efecto inmediato.
El silencio que se instala en la sala tras es absoluto y brutal.
Hugo levanta la cabeza de golpe, ojiplático y con la boca abierta.
Julián frunce el ceño con fuerza, visiblemente sorprendido de que me haya adelantado a sus planes y Alicia…
Alicia se queda completamente paralizada en la silla, pálida como la cera.
—No… —suelta de inmediato con un hilo de voz rota, quebrada por el pánico—. No hagas esa locura, Clara. Por favor, te lo suplico, no lo hagas.
El pecho se me contrae con una fuerza dolorosa al escuchar ese tono de desespero en su voz. Pero la decisión ya está tomada y no pienso dar un solo paso atrás; estoy completamente segura de que es lo correcto para las dos.
—Es lo mejor para todos, Alicia —murmuro con suavidad, intentando calmar el ambiente.
—¿Lo mejor para quién, si se puede saber?
—me espeta ella, incorporándose de golpe en la silla y plantándose casi encima de la mesa—.
Porque desde luego te aseguro que para mí no lo es.
¿Cómo coño pretendes que me quede de brazos cruzados sabiendo que has renunciado a tu puesto por mi culpa?
¿De verdad te crees que voy a ser capaz de meter un solo gol sabiendo el precio que has pagado?
—Alicia, haz el favor de calmarte un segundo… —intento frenarla.
—¡No me da la gana de calmarme! No tienes ningún derecho a decidir todo esto sin contar conmigo —insiste con vehemencia, cerrando los puños con tanta fuerza sobre la madera de la mesa que se le ponen los nudillos blancos—.
No pienso quedarme en este club mientras tú renuncias a tu carrera por mi puto historial conflictivo.
No soy una niña pequeña a la que tengas que salvar de los monstruos, Clara. Soy tu pareja, joder.
La miro fijamente a los ojos, sintiendo que el corazón se me pone en un puño por toda la verdad que destilan sus palabras.
—No lo hago por tu culpa, mi amor. Te equivocas.
—¡Claro que sí! —replica ella con los ojos brillando por las lágrimas contenidas.
—Que no —le respondo con una firmeza, insuflándole seguridad—.
Lo hago porque te quiero con locura y porque sé perfectamente, mejor que tú, cómo funciona la maquinaria de este mundo del fútbol.
Si alguien tiene que dar un paso al lado para que tú puedas seguir teniendo una carrera limpia y meter al Ravenhill en la Champions, esa voy a ser yo.
Me niego en redondo a permitir que te vuelvan a señalar con el dedo en las tertulias deportivas por mi culpa.