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La entrevista bomba

Clara

La sala de juntas del complejo deportivo es claustrofóbica, gris y, en estos momentos, demasiado pequeña para contener toda la tensión que se acumula entre sus cuatro paredes.

Permanezco sentada en una de las sillas de piel frente a la mesa ovalada de caoba.

Tengo las manos firmemente entrelazadas sobre el regazo, haciendo una fuerza descomunal para controlar el temblor que insiste en recorrerme los dedos.

Alicia está pegada a mí, a escasos centímetros.

Puedo sentir la vibración de su presencia sin necesidad de girar la cabeza: la energía contenida en sus músculos, la rabia pura que le bulle justo bajo la piel, la humillación que aún le enciende las mejillas y ese miedo atroz que ella, fiel a su estilo, disfraza con una mirada de desafío absoluto.

Porque Alicia Puertas sabe perfectamente cómo pelear contra el mundo, pero odia con todas sus fuerzas sentirse expuesta.

Y lo que acaba de pasar en ese ascensor ha sido exactamente eso: una exposición brutal, explícita y definitiva de nuestra intimidad.

Justo delante de nosotras se encuentran Hugo, el míster, y Julián, el director deportivo del club.

Sus caras son un poema, aunque mantienen expresiones radicalmente opuestas.

Hugo carraspea, cambia de postura en la silla y mira de reojo un punto impreciso de la pared; está incómodo, visiblemente atrapado en un marrón monumental que no tiene la más mínima gana de gestionar.

Julián, por el contrario, luce el gesto gélido, impasible y severo del ejecutivo que ya ha tomado una decisión muchísimo antes de sentarse a la mesa.

Sobre la mesa descansan varias carpetas abiertas de par en par que huelen a problemas: recortes de la prensa, informes de rendimiento deportivo y las cláusulas de rescisión de nuestros respectivos contratos.

Esto no tiene la más mínima pinta de ser una conversación informal para aclarar las cosas.

Esto es un juicio en toda regla. Y lo peor de todo, lo que me revuelve el estómago, es que entiendo con claridad cómo demonios hemos llegado hasta este punto.

El silencio se prolonga unos segundos que se me hacen eternos, puntuados únicamente por el repiqueteo de la lluvia contra los cristales. Al final, Julián se aclara la garganta con un sonido seco, cortante.

—A ver, creo que todos los que estamos sentados en esta sala somos adultos —arranca de golpe, con una voz grave, corporativa y monótona—. Así que voy a ahorrarme los rodeos.

Noto perfectamente cómo Alicia se pone rígida y tensa la línea de la mandíbula a mi lado. Yo me obligo a sostenerle la mirada a Julián, sin pestañear, manteniendo la compostura.

—Lo que Hugo y yo acabamos de presenciar abajo en el ascensor deja meridianamente clara la naturaleza real de vuestra relación —suelta el director deportivo.

La palabra “relación” cae sobre la mesa con el peso plomo de un yunque. Ninguna de las dos abrimos la boca para replicar, básicamente porque no hay absolutamente nada que negar a estas alturas.

Julián apoya lentamente las palmas de las manos sobre la carpeta abierta que tiene delante y continúa con su discurso:

—Quiero que me entendáis bien para evitar malentendidos.

El Ravenhill FC no contempla en sus estatutos ninguna normativa interna que prohíba de forma expresa las relaciones afectivas entre los miembros del staff técnico y las jugadoras de la plantilla.

Sin embargo, dadas las circunstancias, estamos hablando de una situación que resulta especialmente delicada y comprometedora para la imagen del club.

Alicia suelta una risa seca, irónica y sumamente amarga a mi lado, cruzándose de brazos con un movimiento brusco.

—¿No sería más fácil decir que es delicada porque yo formo parte de la situación? —le espeta sin un ápice de filtro.

Julián la mira fijamente, entornando los ojos con paciencia.

—No simplifiques las cosas de esa manera tan absurda, Alicia. Esto es más complejo.

—Ah, espera. ¿No va por ahí la cosa? Porque si no es así, vas a tener que explicarte muchísimo mejor, Julián —le replica ella, plantándole cara con la voz completamente endurecida por la rabia.

Ese tonito suyo me pone en alerta; conozco al dedillo ese punto exacto en el que Alicia deja de defenderse para pasar a la ofensiva, atacando antes de que nadie tenga la oportunidad de meterle el dedo en la llaga.

—Alicia… —le susurro, intentando intervenir con suavidad mientras le pongo una mano en el brazo para que baje las revoluciones.

Ella ni siquiera se gira a mirarme. Tiene la mirada fija en el director deportivo, clavada como un puñal.

—No, Clara. Déjala. Quiero escuchar todo lo que tiene que decirnos.

Julián suelta un suspiro largo, como si le pesara la vida tener que lidiar con nosotras a estas horas.

—Tu historial mediático fuera de los terrenos de juego no ayuda precisamente a que el vestuario mantenga la estabilidad y la concentración que el míster necesita —sentencia él, dando un golpe con el dedo índice sobre los recortes de prensa que hablan de sus antiguos escándalos y sus salidas de tono.

La rabia cruza el rostro de Alicia a la velocidad de un relámpago, poniéndole los ojos oscuros casi negros.

—Es que me parece fascinante que me vengas con esas ahora —responde con una frialdad que me da escalofríos—.

Porque cuando tus emisarios vinieron a buscarme con el talonario por delante para que firmara el contrato con el Ravenhill, todos esos supuestos problemas ya existían.

Las portadas de la prensa rosa, los rumores, los conflictos con mi anterior entrenador, las mentiras de los periodistas…

Todo eso estaba bien clarito sobre la mesa de negociación.

Y aun así decidisteis traerme a Inglaterra porque estabais desesperados por meter goles y vender camisetas.

Así que ahora no tengáis la tremenda desfachatez de usar mi vida privada en nuestra contra solo porque os incomoda ver un par de besos en un ascensor.

Sus palabras me pegan un viaje directo en mitad del pecho.

Primero, porque tiene toda la razón del mundo; y segundo, porque detrás de toda esa fachada de tía macarra y agresiva noto algo que me parte el alma: un agotamiento emocional profundo, sordo y desgarrador.

Alicia está hasta los mismos ovarios de ser catalogada siempre como "el problema" o "la oveja negra" antes incluso de que alguien se moleste un mísero segundo en intentar conocer a la mujer que hay detrás del dorsal.

Julián entrecierra los ojos, visiblemente molesto por el repaso que le acaba de dar.

—Te aseguro que esto no tiene absolutamente nada que ver con nuestra incomodidad personal, Alicia.

—¡Claro que tiene que ver con eso, no me jodas!

—replica ella con una vehemencia que hace que se incline hacia delante sobre la mesa—.

Lo que pasa es que en cuanto una futbolista tiene un par de ovarios bien puestos y carácter, deja de ser una jugadora apasionada para convertirse directamente en una tía conflictiva.

Y si encima comete el tremendo delito de enamorarse de alguien que trabaja dentro del club, entonces ya montáis el escándalo del siglo.

—Alicia, por favor —interviene Hugo por primera vez, levantando las manos con un tono calmado, intentando ejercer de apagafuegos antes de que la sangre llegue al río—. Nadie en esta mesa está utilizando esos términos contigo ni juzgando tus sentimientos.

Ella gira la cabeza hacia el míster con una rapidez felina, fulminándolo con la mirada.

—No os hace falta verbalizarlo. Las futbolistas como yo llevamos años escuchando exactamente el mismo discursito entre líneas, Hugo.

Cada vez que una jugadora se sale un milímetro de la maldita línea recta que dibujáis los de arriba, se la convierte de inmediato en la mala de la película.

Y yo ya tengo ese papel asignado por decreto desde que aterricé en este país.

Siento cómo algo se me rompe dolorosamente dentro del pecho al verla así, desprotegida, sacando las garras y defendiéndose completamente sola. Siempre sola contra el mundo. Mi Alicia, tan jodidamente fuerte por fuera y tan sumamente vulnerable por dentro.

El director deportivo desvía entonces sus ojos grises de Alicia y me clava la mirada a mí, recolocándose la corbata.

—Clara, tú ocupas una posición de máxima responsabilidad dentro del organigrama del cuerpo médico. Como profesional de la salud, entenderás perfectamente que este tipo de situaciones coloca al club en una tesitura reputacional muy complicada.

Y es justo en ese preciso instante, al ver la frialdad de sus ojos, cuando comprendo la jugada maestra de Julián.

No tienen la más mínima intención de destruirme a mí o de despedirme de malas maneras; soy una fisio excelente y barata de sustituir.

Van a ir a por ella, a degüello. Si esto trasciende, los titulares de la prensa deportiva inglesa no hablarán de una historia de amor real entre dos mujeres adultas e independientes que se han enamorado en el trabajo.

Qué va. El morbo vende más. Hablarán en portada de Alicia Puertas, la futbolista conflictiva de siempre, la estrella problemática que desestabiliza al equipo técnico, la jugadora incapaz de separar sus líos de faldas del rendimiento profesional.

Otra vez la misma cantinela. Siempre ella pagando los platos rotos.

De repente, noto que mi respiración se vuelve lenta, pausada y extrañamente tranquila. Es una sensación rarísima. Es como si todo el pánico que llevaba acumulado en las últimas horas se hubiera disipado de golpe.

Me incorporo con firmeza en la silla, apoyo los antebrazos en la mesa y miro fijamente a Julián.

—Todo lo que han visto abajo ha sido responsabilidad única y exclusivamente mía, Julián —suelto con voz rotunda.

Alicia gira la cabeza hacia mí a la velocidad de la luz, abriendo los ojos de par en par, ojiplática.

—Clara… ¿pero qué coño dices? —me susurra con un hilo de voz alterada.

Le niego suavemente con la cabeza, manteniéndome firme en mi postura sin mirarla.