Última línea de defensa 22 #2
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22 #2

La frase se queda flotando en el aire del habitáculo, pesada como el plomo. El ascensor sigue bajando plantas y yo siento que el corazón me va a mil por hora, golpeándome las costillas con una violencia salvaje.

Clara se queda estática un segundo, da un paso lento hacia delante, reduciendo la distancia entre nosotras, y clava sus ojos negros directamente en los míos con una intensidad que me hace flaquear las piernas.

—Es que no tienes ni idea.

—¡Pues explícamelo de una maldita vez! —le exijo dando un golpe con el talón en el suelo—.

Porque llevo todo el santo día volviéndome loca de remate, pensando que te arrepientes de estar conmigo.

Dime qué coño ha cambiado. Dime por qué de repente he vuelto a ser solo una jugadora más de la plantilla para ti.

Antes de que me dé tiempo a reaccionar, sus dedos largos se cierran alrededor de mis muñecas con una firmeza brutal.

Deja caer la carpeta de informes al suelo con un golpe seco y me arrincona con decisión contra la pared metálica del ascensor.

El impacto me roba el aire de los pulmones de golpe.

Y no por la fuerza del movimiento, sino por la cercanía de su cuerpo.

Está tan pegada a mí que puedo sentir el calor abrasador de su piel atravesando la sudadera del club, su perfume inundándome el olfato y el ritmo desbocado de su respiración alterada contra mi boca.

—Escúchame muy bien —me susurra peligrosamente cerca, mirándome con una fijeza demoledora—.

No quiero que nos sigamos escondiendo como si esto fuera algo de lo que avergonzarnos.

Tú no te mereces tener que ocultarte ante nadie, tampoco mereces que vayan creando rumores que no son ciertos. Yo tampoco me lo merezco.

El aire desaparece de mi cuerpo. Siento que la rabia, la frustración y el pánico que llevaba acumulados se desordenan dentro de mi pecho, chocando entre sí.

Me he pasado las últimas doce horas convenciéndome a mí misma de que Clara me estaba dando la patada por miedo a complicarse la vida, y ahora, teniéndola así de cerca, entiendo que no se estaba alejando.

Estaba muerta de miedo. Exactamente igual de aterrada que yo.

La miro fijamente y noto cómo sus ojos bajan durante una milésima de segundo hacia mis labios con un hambre atroz.

—Clara…

—Tengo pánico por lo que pueda pasar en cuanto esos rumores vayan a más y terminen enterándose los de arriba —me confiesa con la voz rota, mientras sube una mano lentamente para acariciarme la mejilla con una ternura—.

Estoy cansada de que todo el mundo se tome el derecho de juzgarte sin tener ni puta idea de quién eres.

Y me aterra pensar en lo que te puedan llegar a hacer si se enteran de esto.

Eres la jugadora estrella del equipo, sí, pero los miembros de la directiva se acogerán a esa maldita lista de antecedentes y problemas de conducta que arrastras para hundirte, y yo…

No dice ni una sola palabra más. Deja de luchar contra sus propios demonios y me besa con una furia desatada.

El mundo entero, el club y la pretemporada se evaporan en el mismísimo instante en que su boca encuentra la mía.

No es, ni de lejos, un beso suave, de reconciliación o contenido.

Es un beso desesperado, salvaje, intenso, cargado hasta arriba de todas esas emociones que nos llevan encogiendo el estómago desde que nos conocemos.

Mis manos suben de forma automática, casi por instinto de supervivencia, hasta su cintura para pegarla más a mí, mientras ella profundiza el beso metiendo la lengua con una necesidad que me hace temblar las rodillas.

Sus dedos se enredan con fuerza en mi pelo, tirando suavemente hacia atrás para inclinarme la cabeza, y un gemido ronco e involuntario escapa de mi garganta directo a su boca.

El ascensor sigue bajando plantas de manera mecánica, pero yo ya no soy capaz de sentir absolutamente nada que no sea a Clara.

Su cuerpo pegado firmemente al mío, su respiración totalmente apurada, la forma tan urgente y deliciosa en que sus labios devoran los míos...

En mitad de todo este caos metálico, entiendo de golpe que mi corazón le pertenece solo a ella.

No hay vuelta atrás posible en esta historia, no después de sentir que absolutamente nada en este maldito planeta me importa tanto como ella.

—Te necesito como el comer —le susurro directamente contra los labios entre beso y beso, mordiéndole el labio inferior con ganas—. No me dejes fuera de tu vida por miedo, Clara. Te lo ruego...

—Y yo a ti, Alicia —me responde ella con la voz completamente entrecortada y los ojos empañados—. Muchísimo más de lo que soy capaz de admitir. Me aterra de una forma brutal lo rápido que me has cambiado los esquemas, tía, y me jode no ser capaz de controlarlo.

El ruidito mecánico del ascensor nos pone en alerta.

Clara se aparta apenas unos centímetros de mi boca, aunque sin soltarme del todo.

Las dos respiramos como si acabáramos de correr una prórroga entera en mitad de agosto.

Las puertas acristaladas se abren y entonces, se detiene el tiempo.

El míster está plantado justo enfrente de nosotras y de pie a su lado, con cara de pocos amigos, el mismísimo director deportivo del club.

Los dos están inmóviles, mirándonos fijamente.

El silencio que se instala en el vestíbulo es absoluto y devastador.

Yo sigo acorralada contra la pared metálica del fondo.

Clara está demasiado cerca de mi cuerpo, casi encima, con las manos aun tocándome.

Nuestras respiraciones siguen siendo un poema de lo alteradas que están.

Y aunque ninguna de las dos hemos abierto la boca para decir una sola palabra…

la escena que tienen delante de sus ojos es clara y explícita.

No hace falta ser un lince para saber lo que estábamos haciendo.

Siento cómo la sangre se me retira de las mejillas, dejándome fría.

Hugo abre los ojos de par en par, completamente ojiplático y sorprendido.

El director deportivo, por su parte, reacciona muchísimo más rápido que el míster y, por la expresión de desprecio y severidad que se le dibuja en la cara, me queda claro que acabamos de cruzar un límite imposible de deshacer.