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Clausura moral
Alicia
El hotel donde el club nos tiene metidas está construido a las afueras de la ciudad, justo en una variante flanqueada por pinos oscuros y campos perennemente húmedos por la lluvia de los últimos días.
Es un complejo idílico, elegante y, sobre todo, demasiado tranquilo para albergar a un equipo entero de fútbol femenino acostumbrado al cachondeo constante, las novatadas y las discusiones tácticas que surgen incluso a la hora de la comida.
Aun así, esta mañana, el ambiente me parece de lo más extraño y enrarecido.
Tal vez sea porque Clara apenas ha cruzado una mirada conmigo en lo que llevamos de día.
O bueno, igual sí que me ha mirado, pero de una forma totalmente distinta a las veces anteriores.
Muchísimo más fría. Más lejana. Más comedida y corporativa.
Y eso, para qué nos vamos a engañar, me está volviendo loca.
Me encuentro metida en el gimnasio del complejo haciendo una serie de ejercicios de movilidad articular y propiocepción, mientras el resto de mis compañeras entrena los cambios de ritmo bajo la llovizna en el campo exterior.
El olor a goma de las mancuernas, sudor y metal me llena los pulmones en cada inspiración.
Justo frente a mí, un espejo enorme que cubre toda la pared me devuelve el reflejo de mi cuerpo fibrado, sudoroso y visiblemente cansado.
Sin embargo, yo no me estoy mirando a mí misma.
Qué va. Mis ojos la buscan a ella por el reflejo.
Clara cruza el gimnasio de punta a punta acompañada por uno de los preparadores físicos del club.
Van los dos hablando en voz baja mientras revisan algo en su tablet.
Lleva el pelo recogido en una coleta impecable, alta y tirante, y el polo negro oficial que se le ajusta al cuerpo de una forma que, sinceramente, debería estar prohibida por la UEFA.
Sus hombros rectos, la curva deliciosa de su cintura, la forma tan sexy en que mueve las piernas con esa seguridad innata...
todo en esa mujer me resulta absolutamente irresistible, incluso ahora que ha decidido plantarme esta distancia de hielo que me está consumiendo viva.
Ni siquiera levanta la vista del aparato para mirarme. Ni un mísero segundo. Esa indiferencia tan fríamente calculada y bien construida me atraviesa el pecho como si fuera una flecha.
Apretó la mandíbula con rabia y continúo con las flexiones de rodilla, aunque mi concentración se ha mudado a las islas Malvinas.
«Perfecto», pienso con una amargura que me reconcome las entrañas. «Así que vamos a volver a jugar al escondite. Me encanta tu distancia de seguridad, doctora».
Ya conozco esa clase de distancia, ese método evasivo que usa cuando algo se le va de las manos o se arrepiente demasiado de cómo se están sucediendo los acontecimientos.
Antes no me importaba, la verdad es que ya estaba curtida, pero ahora es infinitamente distinto, más personal y más emocional.
Porque después de todo lo que hemos vivido y compartido, después de haberme dado cuenta de que estoy locamente enamorada de ella…
no me imagino un puñetero día sin su presencia en mi vida.
La rodilla izquierda me pega un viaje de repente al hacer un mal apoyo en un ejercicio de carga, y el dolor se transforma en una punzada seca, ardiente y profunda que me obliga a cerrar los ojos y soltar un bufido de dolor.
Respiro hondo por la nariz y aprieto los dientes para no caerme en la colchoneta.
Yo siempre tengo por costumbre ignorar las señales de mi cuerpo.
El problema de ahora es que Clara ya no lo hace.
· · ·
El resto de la jornada se convierte en un ejercicio insufrible de autocontrol.
Durante la comida, Clara decide sentarse justo al otro extremo de la mesa.
Se pasa todo el rato hablando animadamente con el segundo entrenador sobre la estrategia de presión alta para el primer amistoso, y su voz me llega como un eco lejano y molesto entre el ruido de las conversaciones.
Intento por todos los medios pasar de ella y mirar mi plato, pero fracaso estrepitosamente.
Cada vez que levanto la vista de manera inconsciente, me topo con su perfil concentrado, completamente ajeno a la tormenta de categoría cinco que se está desatando en mi interior.
En la sesión de vídeo táctico de la tarde evita por todos los medios quedarse a solas conmigo en la sala.
Cuando nuestras miradas se cruzan por puro accidente espacial, aparta los ojos a la velocidad de la luz.
Y para rematar la jugada, durante la sesión obligatoria de fisioterapia me habla de mi rodilla con un tono tan estrictamente profesional y aséptico que me hiela la sangre en las venas.
—A ver, Alicia, ¿cómo notas la carga de trabajo hoy en el tendón? —me pregunta sin levantar los ojos de la articulación mientras me explora los movimientos.
—Bien —le respondo con una sequedad que asusta, aunque por dentro me muero de ganas de agarrarla por las solapas del chándal y gritarle que no está bien absolutamente nada.
—Necesitamos que estés al cien por cien para el inicio de la liga, así que haz el favor de no forzar más de lo estrictamente necesario —añade, retirando las manos de mi pierna y dándose la vuelta para lavarse las manos en el lavabo sin mirarme a los ojos ni una sola vez.
Ni una miradita larga. Ni una sonrisa de esas de medio lado que me vuelven loca.
Ni uno solo de esos roces accidentales con los que antes nos buscábamos.
Es más que evidente que está poniendo barreras entre nosotras y alejándose de mí a marchas forzadas.
Y cuanto más obvio se vuelve el asunto, más mala leche siento crecer en mi pecho.
Porque si tiene intenciones de terminar con esto antes de empezar, tiene dos manos y una boca para decírmelo de frente.
Yo soy capaz de soportar muchas cosas en esta vida, pero las medias tintas siempre me ha parecido de cobardes.
La noche cae finalmente sobre el complejo cargada de una humedad densa que empaña los cristales de los ventanales del hotel.
Algunas de las jugadoras siguen apoltronadas en los sofás de la sala común viendo un partido repetido de la Champions, partiéndose de risa y comentando las jugadas a gritos, mientras que otras ya han subido a sus cuartos.
Yo llevo cerca de veinte minutos caminando sola por los pasillos alfombrados, como un alma en pena, intentando rebajar la ansiedad que me atenaza el cuerpo sin el menor éxito.
Cada vez que parpadeo, la maldita imagen de Clara se me proyecta en el cerebro.
Su voz susurrándome obscenidades al oído, sus manos deslizándose firmes por toda mi espalda, su respiración caliente quemándome la piel del cuello...
Y justo después, esta puta distancia que ha levantado entre las dos de la noche a la mañana, tratándome como si fuera el peor error de su vida.
Justo en ese momento la veo entrar en el ascensor acristalado al fondo del pasillo y mi cuerpo reacciona antes de que mi cerebro pueda procesar la orden.
Acelero el paso a todo lo que dan mis piernas.
Las puertas automáticas están a punto de cerrarse del todo cuando meto la mano derecha a la desesperada entre los paneles y el sensor reacciona abriéndose para mí.
Clara levanta la cabeza de golpe con los ojos como platos al verme entrar, y un silencio espeso, tenso y peligrosísimo cae entre las dos.
Las puertas vuelven a cerrarse con un leve siseo a nuestra espalda mientras noto el tirón del ascensor al empezar a descender.
Ella lleva una carpeta de informes médicos apretada con fuerza contra el pecho, como si fuera un escudo.
Veo perfectamente cómo hace un esfuerzo titánico por mantener su postura, aunque la rigidez de sus hombros y el brillo de sus ojos delatan que está de los nervios.
Me apoyo de espaldas contra la pared, cruzándome de brazos, sin apartar mis ojos de los suyos ni una milésima de segundo.
—¿Vas a seguir haciéndome el vacío mucho tiempo más? —le suelto a bocajarro, y la voz me sale muchísimo más ronca, profunda y dolida de lo que pretendía en un principio.
Su expresión facial apenas varía un milímetro, manteniendo la fachada.
—No te estoy haciendo ningún vacío.
Suelto una risa seca, irónica y cargada de amargura.
—Sí, claro. Y yo soy la portera oficial de la selección. No te jode.
Ella suelta un suspiro largo por la boca, desinflando los hombros, y se pasa una mano por la frente con un gesto de puro agobio.
—Alicia… por favor te lo pido, no empieces ahora.
—No. No me vengas con esas y no me hagas el numerito —la interrumpo con una frialdad que me escuece hasta a mí—. No soy una de tus pacientes a las que tienes que torear y manejar con cuidado.
Frunce el ceño con fuerza, clavándome sus ojos oscuros llenos de frustración.
—Entérate de una vez: estoy intentando por todos los medios protegernos a las dos. Estamos metidas en una situación sumamente delicada y lo sabes —dice bajando la voz, mirando de reojo la pantalla de los pisos.
—No me jodas. Claro que sé, no soy gilipollas. Pero hace exactamente dos noches en tu cama no parecías tener tantas dudas ni tantos reparos a la hora de estar conmigo y ahora… ¿me vienes con esto? ¿Es que ahora ni siquiera eres capaz de mirarme a la cara cuando te hablo?
Veo cómo tensa la línea de la mandíbula hasta que se le marcan los músculos y un brillo de puro pánico empaña su mirada. Ver ese miedo en sus ojos me mete un viaje directo al corazón, me hace muchísimo más daño del que jamás habría esperado.
—Mira, si lo que quieres es terminar con lo nuestro y mandarme a paseo —continúo con la voz temblando por la rabia contenida—, al menos ten la decencia y los ovarios de decírmelo claramente a la cara.
Pero no me dejes en esta puta incertidumbre de mierda que me está devorando por dentro todo el día.