Última línea de defensa 21 #2
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21 #2

La forma tan cruda e injusta en que pronuncia sus palabras hace que algo dentro de mí salte con rabia.

Me estoy cansando pero mucho de escuchar siempre el mismo discurso condescendiente sobre Alicia, como si fuese una especie de bomba de relojería defectuosa a punto de estallar en cualquier esquina.

Como si nadie en este maldito deporte se molestara en preguntarse cuánto dolor, cuánta soledad y cuántas puñaladas hay detrás de toda esa coraza de tía dura que ella ha construido para sobrevivir.

—No conoces realmente a Alicia, Alba —le suelto antes de que mi filtro profesional pueda evitar que abra la boca—.

No tienes ni idea de lo que ha tenido que pasar en su anterior club, ni de por qué actúa de esa manera tan defensiva a veces.

Solo ves la superficie, la versión distorsionada que los medios de comunicación y los rumores de pasillo han creado de ella.

—Quizá ese es precisamente tu gran problema —me responde con una suavidad demoledora—. Que tú sí crees conocerla de verdad. Y que toda esa empatía te está cegando el juicio.

Dicho esto, se levanta lentamente de la silla, sujeta su café y se marcha.

Me deja allí plantada, completamente inmóvil, con el café enfriándose del todo entre las manos y una presión insoportable, gorda y asfixiante oprimiéndome el pecho.

Porque si hay algo claro, es que los rumores ya han dejado de ser simples cotilleos y yo estoy empezando a perder la capacidad de protegernos a las dos.

· · ·

La noche cae finalmente sobre el complejo con una calma que me resulta del todo engañosa.

Las habitaciones reservadas para el staff ocupan una zona bastante apartada del edificio residencial principal, lo que las hace mucho más silenciosas, oscuras y privadas.

Sin embargo, toda esa tranquilidad del exterior no tiene absolutamente nada que ver con el caos mental y el torbellino de dudas que llevo dentro desde mi encontronazo con Alba.

He intentado por todos los medios concentrarme en los informes médicos, en las estadísticas gráficas de recuperación y en los planes de rehabilitación para la próxima semana.

Cualquier cosa con tal de mantener la cabeza ocupada y no volverme loca.

Pero es inútil; todos los caminos, todos los gráficos y todas las líneas terminan devolviéndome de manera inevitable al mismo lugar: Alicia.

Su sonrisa ladeada y canalla cuando consigue hacerme soltar una carcajada a pesar de lo mucho que intento ponerme seria.

Su magnética mirada que parece atravesarme el alma cada vez que me mira.

La forma tan limpia en que me busca, como si yo fuera la única persona en todo este maldito país capaz de entenderla de verdad.

De un momento a otro, mi teléfono vibra con saña sobre la mesilla de noche. Alzo la vista y miro la pantalla. Es Dani. No puedo evitar soltar todo el aire lentamente por la boca antes de deslizar el dedo para responder.

—Hola, Dani.

—Menuda voz de funeral me traes —me suelta él nada más escuchar mi saludo al otro lado de la línea—. ¿Se puede saber qué demonios está pasando por ahí?

Cierro los ojos un instante y me dejo caer pesadamente contra el cabecero de madera de la cama. Con Dani nunca ha servido de nada intentar fingir que todo va sobre ruedas. Es una de esas poquísimas personas en el mundo capaces de leerme el pensamiento incluso cuando yo misma me niego a hacerlo.

—Estoy agotada, de verdad. Físicamente y mentalmente.

—Mentira. A mí no me la das, Clara.

Escucho el sonido nítido de una puerta cerrándose al otro lado del teléfono y, acto seguido, su voz regresa con un tono muchísimo más cercano, serio y preocupado.

—¿Qué ocurre, Clara? Y ni se te ocurra decirme que no pasa nada, que nos conocemos desde hace bastante tiempo.

Guardo silencio durante unos segundos, apretando el móvil contra la oreja. Siento que toda esa contención que he construido se agrieta de golpe y sin remedio.

—Creo que me estoy enamorando de alguien, Dani.

Decirlo por fin en voz alta, romper el secreto, hace que algo muy profundo dentro de mí tiemble con una fuerza incontrolable.

Hasta este preciso momento había evitado con pánico ponerle ese nombre.

El deseo carnal es fácil de gestionar. La atracción física también se puede camuflar.

Pero el amor… el amor es algo completamente distinto.

Y yo ya he sufrido un calvario parecido en el pasado con Charlotte como para no tener pánico.

Escucho a Dani exhalar aire lentamente por los dientes, asimilando el bombazo.

—¿De quién, si se puede saber? —pregunta con un deje genuino de sorpresa flotando en su voz.

En este instante caigo en la cuenta de que ni siquiera se lo he mencionado a él en nuestras llamadas semanales, y de que toda esta historia con Alicia se ha convertido en algo tan clandestino, oculto y prohibido que hasta me resulta extraño e irreal pronunciarlo en voz alta.

—De una jugadora del equipo. De la delantera estrella.

—¿Y se puede saber desde cuándo exactamente? Porque bien guardadito que lo tenías. Aunque bueno, conociéndote y teniendo en cuenta lo que pasó con Charlotte, ya me puedo imaginar por qué no habías soltado prenda hasta ahora.

Suelto una pequeña risa amarga que me sale del pecho y que suena más bien como un sollozo contenido por la presión.

—La verdad es que no tengo ni la más remota idea de cómo he llegado hasta este punto, Dani. Se me ha ido de las manos.

—¿Tan malo es el asunto?

Miro de reojo hacia la ventana, donde las gotas de lluvia repiquetean y empiezan a deslizarse perezosas por el cristal.

—No, no es que sea malo. Al contrario. Alicia es absolutamente increíble.

Aunque es capaz de sacarme de quicio en dos minutos, quince minutos después consigue hacerme sentir más viva que nadie en este planeta.

No sé ni cómo explicarlo, en serio, solo siento cosas que no sentía desde hacía muchísimos años.

Sentimientos que creía haber enterrado bajo tres metros de tierra.

—El amor es así de jodido, Clara. Aparece cuando menos te lo esperas.

La palabra "amor" vuelve a golpearme la cara con la fuerza de un balonazo a bocajarro.

—Ya sabes todo lo que hay en juego...

—¿Qué es exactamente lo que hay en juego? ¿Tu puesto de trabajo? ¿El qué dirán cuatro carcamales cuando se enteren? ¿O simplemente tu corazón? —replica él con vehemencia al otro lado del teléfono—. Clara, joder, todos en esta puta vida merecemos un poquito de felicidad. Déjate llevar por una vez.

—Ojalá pudiera hacerlo sin más, Dani. En el club, las normas son las normas y si la prensa se entera, van a ir de nuevo a por ella.

Es la estrella mediática de la liga, pero también lleva demasiada mierda intentada a sus espaldas.

Y la verdad, me niego en redondo a ser una piedra más en ese montón de problemas que ya arrastra la pobre.

Dani permanece callado durante unos segundos eternos, sopesando mis palabras con madurez.

—¿Y qué quieres hacer? ¿Alejarte de ella? —pregunta repetidamente—. ¿De verdad crees que haciéndolo vas a protegerla de algo? —me suelta con calma—. ¿Piensas en serio que ignorar lo que sientes os va a salvar del peligro?

No le respondo. Básicamente porque no tengo una respuesta real ni lógica que darle.

—Escúchame bien, Clara —continúa él con ese tono pausado que usa para darme consejos—.

Puedes seguir escondiéndote, pero la realidad es que ya estás demasiado implicada y cuanto más tiempo sigas fingiendo, más daño te vas a hacer y, sobre todo, a ella.

Habla con Alicia. Sé sincera por una vez en tu vida.

Y lo que tengáis que decidir, decididlo juntas.

Siento un nudo molesto, gordo y apretado creciendo lentamente en mitad de mi garganta, impidiéndome tragar saliva.

—Es que no sé exactamente qué decisión tomar, Dani. Me da pánico meter la pata.

—No digas tonterías. Sí que lo sabes —insiste él con total rotundidad—. Te aterra admitirlo que no es lo mismo, pero en el fondo de tu alma lo sabes perfectamente.

—¿Y cuál es la solución según tú?

Dani no duda ni media milésima de segundo en responder.

—Apostarlo todo por ella, Clara. Arriesgarte de una puta vez.

Vivir, joder, vivir. Llevas demasiados años limitándote a sobrevivir, construyendo murallas alrededor de tu corazón para que nadie se acercara.

Alicia ha llegado a tu vida para derrumbarlas todas y eso es lo que necesitabas para volver a respirar.

Cierro los ojos y dejo que sus palabras me calen hasta los huesos.

Al final, Dani tiene toda la razón del mundo.

He construido una vida profesional impecable.

Segura. Perfectamente controlada. Pero Alicia Puertas llegó para demostrarme, a base de besos y borderías, que debajo de toda esa rigidez sigue existiendo una mujer de carne y hueso capaz de enamorarse hasta perder el aliento.