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Fuego cruzado

Clara

La cafetería del complejo deportivo del Ravenhill FC está prácticamente vacía a estas horas de la tarde.

Afuera, el cielo empieza a teñirse de un gris plomizo y espeso que amenaza con una tormenta inminente.

Adentro, los enormes ventanales del salón devuelven el reflejo de las luces fluorescentes, creándose así una atmósfera extrañamente íntima y silenciosa, algo casi milagroso en un lugar diseñado exclusivamente para el bullicio constante de una plantilla entera de fútbol.

Yo estoy apoltronada en una de las mesas del fondo, refugiada con una taza de café humeante entre las manos y un dossier abierto de par en par delante de mí.

Llevo diez minutos fingiendo que reviso las fichas de rendimiento.

En realidad, no leo ni una sola línea. Mis ojos recorren los mismos párrafos y datos anatómicos una y otra vez sin llegar a procesar absolutamente nada, porque toda mi atención —y mi cordura— se encuentra muy lejos de estos papeles.

Estoy pensando en Alicia. Otra vez. Para variar.

Durante años me acostumbré a vivir bajo una estructura bastante ordenada y controlada.

Pero todo eso se fue al traste el mismo día que Alicia llegó a la ciudad deportiva y me estrechó la mano.

Desde entonces no ha habido ni un solo día que no me haya negado a mí misma lo que siento, que no haya luchado contra las necesidades de mi cuerpo.

Por suerte, ya lo he aceptado. Aunque eso no borra el rastro del miedo, la frustración o esa sensación vertiginosa que te remueve por dentro cuando cruzamos una mirada.

Levanto la taza y doy un pequeño sorbo al café, que para mí desgracia ya se ha quedado tibio.

Observo distraídamente el exterior a través del cristal.

El recuerdo de lo que pasó anoche sigue pegado a mi piel de una manera irritante, descarada y terriblemente dulce al mismo tiempo.

La piscina, el vapor del agua caliente, sus manos recorriéndome con esa urgencia y esa necesidad salvaje que solo ella consigue transmitir con tocarme.

Su respiración entrecortada contra mi cuello, acelerándose más y más conforme subía la intensidad de nuestros orgasmos…

Lo peor es que no recuerdo en qué momento se me ocurrió la idea de invitarla a dormir conmigo.

Pero eso fue, sin duda alguna, lo que me abrió los ojos.

Despertarme enredada con ella entre las sábanas, notar el peso de su brazo rodeándome la cintura con posesión y escuchar su respiración lenta, profunda y acompasada contra mi hombro…

me hizo ver que he vuelto a caer en algo que me juré no volver a pisar, algo que…

me hace irremediablemente feliz. A pesar de lo complicado que es todo, claro.

—Vaya cara de circunstancias que tienes hoy, doctora —suelta una voz de lo más conocida, arrancándome de golpe y sin anestesia de mis pensamientos.

Levanto la mirada con el corazón dándome un vuelco y me encuentro a Alba acercándose a mi mesa con una bandeja en la mano.

La capitana del equipo lleva el pelo recogido en una coleta alta que todavía gotea agua de una ducha reciente, y el chándal de entrenamiento parcialmente abierto en el cuello deja entrever la piel bronceada de su clavícula.

Su expresión, totalmente relajada, contrasta de golpe con la tensión que se me instala en la boca del estómago.

Sé de sobra que Alba ya ha estado hablando con Alicia esta mañana y soy perfectamente consciente de que ahora me toca a mí.

—Estoy trabajando, Alba —le respondo con toda la neutralidad que soy capaz de reunir, mientras cierro el dossier con un gesto pausado, intentando que no me tiemblen los dedos.

Ella suelta una pequeña risa nasal y se sienta justo frente a mí, haciendo gala de esa confianza arrolladora que tienen las capitanas. Apoya los antebrazos sobre la mesa y sujeta su taza de café con una tranquilidad pasmosa, observándome con los ojos entrecerrados por encima del borde.

—Ya, claro. Tiene que ser un trabajo de lo más interesante y profundo —comenta con una ironía suave y una sonrisita de lado—. Sobre todo, porque llevas media hora mirando exactamente la misma página.

Le mantengo la mirada apenas un segundo antes de apartarla hacia el ventanal.

Me repatea la sensación de sentirme observada, evaluada y casi diseccionada en mi propio entorno laboral.

Alba es inteligente. Demasiado. Y las personas así siempre terminan captando detalles que el resto pasaría por alto.

—¿Qué necesitas exactamente? —le pregunto al fin, apoyando los codos en la mesa e intentando reconducir la conversación hacia el terreno estrictamente deportivo.

Ella inclina apenas la cabeza, dando un sorbo corto, como si estuviera calibrando la potencia de sus próximas palabras.

—Nada en realidad, Clara. Solo me apetecía hablar contigo un rato a solas. Llevabas unos días bastante ocupada y tampoco quería interrumpir tu trabajo.

El tono de misterio que usa no me gusta ni un pelo, y mis dedos se cierran con un pelín más de fuerza alrededor de mi taza mientras hago un esfuerzo supremo por mantener el gesto sereno en el rostro.

—Te escucho.

Ella exhala el aire despacio y deja la taza sobre la mesa con un ruidito seco.

—Alicia parece que está muchísimo mejor. Físicamente, quiero decir. Los últimos tests de carga han sido bastante positivos. A la vista está que tus atenciones le están yendo bien.

—Para eso me pagan y para eso hago mi trabajo —señalo con una calma fría—. No he aplicado tantas horas de terapia y refuerzo en esa articulación para no obtener resultados óptimos.

—Lo sé, lo sé, la dejarás como nueva —admite ella levantando las manos—. Aunque, siendo sincera, no me termina de gustar que se esfuerce tanto en las sesiones. Siempre quiere ponerse al mismo nivel físico que las demás y es obvio que el cuerpo no le da. Al menos no todavía.

—Eso no es ningún secreto para mí, Alba. Soy su fisio. Lleva haciendo lo que le da la gana desde que llegó al club.

Alba asiente lentamente con la cabeza, tamborileando con los dedos en la mesa, como si estuviera organizando sus pensamientos con sumo cuidado antes de soltar la bomba.

—Supongo que trabajar codo con codo con alguien como ella no debe de ser nada sencillo. Esa chica lleva una tormenta entera metida aquí dentro —dice señalándose la cabeza.

La maldita frase tiene un doble filo afilado, y las dos lo sabemos perfectamente. Siento cómo una tensión lenta, fría y molesta me recorre toda la espina dorsal.

—Es mi trabajo —le respondo con una firmeza impecable, cruzándome de brazos—. Tengo la obligación de trabajar con todas vosotras y recuperar vuestros cuerpos aunque no me entusiasme vuestra personalidad o vuestra forma de ser.

—Claro, por supuesto —repite ella con una suavidad que me saca de quicio, inclinándose un poco hacia delante sobre la mesa—. Pero una cosa es trabajar profesionalmente con alguien… y otra muy distinta implicarse demasiado a nivel personal.

Y ahí está el hachazo. Directo a la yugular.

Mis músculos se tensan, poniéndose en alerta roja, aunque me obligo a base de orgullo a mantener la compostura y la expresión de "aquí no pasa nada".

—No tengo ni la menor idea de qué estás intentando insinuar, Alba.

Alba me sostiene el pulso de la mirada con una calma que me resulta verdaderamente desconcertante.

—No estoy insinuando nada que no se vea a simple vista si pasas más de cinco minutos cerca de vosotras, Clara.

Solo te digo, como capitana, que los rumores vuelan y cuando esos rumores involucran directamente a alguien del staff y con una jugadora con el perfil mediático de Alicia… la cosa se complica para todo el club.

El ruido lejano de la cocina llena brevemente el silencio que se queda flotando entre nosotras.

Yo siento que el corazón me golpea con una fuerza descomunal contra las costillas, como si quisiera salirse de mi pecho y sé que mi situación no es fácil, que puedo perder mi puesto de trabajo, pero lo que me preocupa es la carrera de Alicia y la cantidad de mierda que pueden llegar a decir de ella en la prensa.

Si esto explota y llega a oídos de la directiva, el juicio público y el castigo no caerán sobre mí.

Caerá de lleno sobre ella. Sobre la jugadora conflictiva.

Sobre la estrella problemática con antecedentes.

Sobre la mujer de la que los medios ya han inventado demasiadas historias de terror.

A mí pueden despedirme como a otro miembro más de este club, pero ella… en ella están puestos todos los focos.

—No sé qué clase de tonterías habrás escuchado por ahí —digo al fin, carraspeando para que mi voz suene muchísimo más fría, distante y cortante—, pero te aseguro que mi relación con Alicia es estricta y rigurosamente profesional.

Alba arquea apenas una ceja, mostrando un escepticismo que desarma a cualquiera.

—¿Profesional hasta el punto de miraros como si el resto del mundo no existiera? —me pregunta con suavidad—. Mira, Clara, no soy idiota. He visto perfectamente cómo la miras y cómo te mira ella a ti cada vez que entras por la puerta. Además, lo de anoche en la piscina...

Siento que un calor traicionero me sube a toda velocidad por el cuello, poniéndome roja como un tomate.

—Alba, basta.

—A mí me importa un bledo con quién te metas en la cama —me interrumpe levantando una mano para frenar mi protesta—.

De verdad, como si os casáis mañana. Pero sí me preocupa, y mucho, la estabilidad del vestuario.

El equipo necesita concentración y tranquilidad absoluta, Clara.

Y Alicia… bueno, todas sabemos que Alicia no tiene precisamente el mejor historial de conducta del mundo.

Ha ido creando fuegos en todos los clubes por los que ha pasado antes de llegar a Inglaterra.

Si esto sale mal y se convierte en un drama, la que pagará el precio más alto y acabará en el banquillo será ella.

Y yo me niego a que seamos el centro de atención de la prensa por un escándalo de faldas en lugar de por nuestros goles.