Última línea de defensa 20 #2
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20 #2

—Tened cuidado —murmura Alba de nuevo, dándome una palmada amistosa en el hombro antes de levantarse—. Porque cuando algo empieza a notarse tanto de cara al exterior, deja de perteneceros únicamente a vosotras dos.

No tengo tiempo de responderle. Las puertas de cristal del gimnasio se deslizan y la figura de Clara aparece en mi campo de visión. Mi respiración se detiene de forma automática, como si me hubieran desenchufado el oxígeno.

Lleva puesto el chándal oficial del club y el pelo oscuro todavía visiblemente húmedo de la ducha, recogido en una coleta baja y tirante que le queda de miedo.

Camina con firmeza mientras revisa unos informes médicos en su tablet junto a uno de los preparadores físicos, con un aire completamente profesional, serio y sereno.

Pero entonces, como si tuviera un imán para buscarme, levanta la vista y me encuentra en el suelo mirándola fijamente.

Siento el vuelco inmediato, violento y familiar dentro del pecho.

Clara debe de notar algo raro o desencajado en mi expresión facial porque frunce apenas el ceño, le dice algo rápido al preparador para despedirse y se encamina directa hacia mi posición.

—¿Todo bien por aquí? —pregunta con una naturalidad impecable de cara al resto de las chicas, aunque sus ojos delatan una preocupación contenida que soy capaz de leer al vuelo.

Yo trago saliva con dificultad, notando la garganta seca.

—Sí, todo perfecto.

Alba se sacude las manos y se levanta despacio de la colchoneta de al lado.

—Bueno, os voy a dejar trabajar y hablar tranquilas sobre esa rodilla —dice lanzándome una última mirada cargada de advertencia antes de darse la vuelta y marcharse con el resto del grupo.

Clara la sigue con la mirada durante unos segundos, analizando la situación con esa mente analítica suya, y después vuelve a clavar toda su atención en mí, dando un paso al frente.

—¿Qué ha pasado, Alicia? —insiste, bajando la voz hasta dejarla en un hilo apenas audible.

Niego con la cabeza demasiado rápido, intentando disimular.

—Nada, de verdad. Cosas del entreno.

Ella me observa en absoluto silencio, con esa intensidad que siempre logra arrancar de mí todo lo que intento guardarme dentro.

—Alicia… no me mientas. Te conozco.

Su voz baja apenas un tono, volviéndose extrañamente íntima, y me entra un impulso absurdo, arrollador y peligrosísimo de sujetar su mano, levantarme de la colchoneta y arrastrarla a cualquier rincón oscuro del centro deportivo para hablar a solas.

Pero el gimnasio está hasta arriba de gente: compañeras cotilleando, miembros del staff pululando, fisios... Ojos. Demasiados ojos fijos en mí.

—Alba sabe lo que pasó anoche —le murmuro finalmente, mirando hacia mis zapatillas para que nadie note que me tiemblan los labios al hablar.

El cambio físico en Clara es inmediato y radical. La tensión endurece sus hombros en un segundo, se le marca la línea de la mandíbula por apretar los dientes y cruza los brazos pegando la tablet con fuerza contra el pecho, utilizándola como si fuera un escudo real contra el mundo.

—¿Qué sabe exactamente? —pregunta, haciendo un esfuerzo visible por mantener la voz calmada y la compostura médica.

—No lo sé —le confieso. Sí que lo sé, en realidad, pero admitirlo en voz alta delante de ella hace que toda la situación parezca todavía más real y peligrosa—. Lo suficiente como para ponernos en un aprieto, supongo. Ha mencionado lo de la piscina y el maldito eco que hacen las voces por la noche.

Clara baja la mirada apenas un instante, clavándola en el suelo de goma, antes de exhalar el aire de forma lenta y pesada por la boca.

—Mierda. Joder.

Esa reacción suya me preocupa muchísimo más que las palabras de Alba. Sé que tiene miedo, miedo por lo nuestro, las consecuencias, por su posición en el club, por mi reputación y por todo lo que puede desmoronarse en su vida si esto sale a la luz.

—Oye, que no ha dicho nada grave ni con mala intención —añado a la carrera, intentando por todos los medios suavizar el ambiente y quitarle hierro al asunto—. Solo han sido un par de insinuaciones. Me ha advertido que tengamos mucho cuidado, nada más. No va a ir con el cuento a nadie.

Clara se pasa una mano por la nuca, revolviéndose los mechones que se le han escapado de la coleta. Ese es un gesto nervioso, íntimo y vulnerable que casi nunca permite que nadie del club vea en público.

—Las insinuaciones en este vestuario son más que suficientes, Alicia. Una sola palabra mal colocada o un rumor infundado y todo se descontrola. —Sus ojos buscan los míos con una urgencia que me encoge el corazón—. ¿Tú estás bien? Dime la verdad, por favor.

Asiento con la cabeza, aunque el nudo de la garganta sigue ahí metido, apretando.

—Yo estoy perfectamente, Clara. Pero… lo que de verdad me preocupa es que todo esto te afecte a ti. Eres la fisioterapeuta principal del equipo, la figura del cuerpo médico. Si esto sale a la luz y la directiva se pone tonta con el reglamento de convivencia…

Ella da un paso más, reduciendo nuestro espacio vital al mínimo, desafiando el peligro de las miradas.

—Mírame, Alicia —susurra con un tono de mando que me hace reaccionar al instante.

Levanto los ojos y odio con todas mis fuerzas lo muchísimo que me afecta tenerla tan sumamente cerca a pesar de estar rodeadas por media plantilla.

—Si alguien vuelve a mencionarte la más mínima cosa, haces como que no tienes ni la menor idea de qué te están hablando, ¿entendido?

Mantén la cabeza fría —me dice, mirándome fijamente a los ojos, recuperando esa fachada de profesional estricta que tanto le cuesta mantener conmigo—.

Lo que pasó anoche en la piscina fue una auténtica locura por parte de las dos y vamos a evitar por todos los medios volver a repetirlo mientras estemos aquí.

Suelto una risa amarga, casi un bufido de frustración.

—Vaya, qué novedad. Volvemos al plan de hacernos las desconocidas.

Durante unos segundos que se me hacen eternos, ninguna de las dos dice nada.

Solo nos sostenemos la mirada en mitad del gimnasio, desafiándonos con los ojos.

Comprendo en este preciso instante que el verdadero problema de toda esta historia no es que Alba sospeche de nosotras.

Ni siquiera que el resto de las chicas puedan terminar descubriéndonos.

El verdadero y jodido problema es que yo ya no tengo ni la más remota idea de cómo volver atrás, cómo rebobinar la película y cómo fingir que toda esta situación no me afecta.

—¿Se puede saber qué coño vamos a hacer ahora? —le pregunto en un susurro bajísimo, casi para mí misma, mientras observo el movimiento contenido de sus hombros.

—Ser muchísimo más cuidadosas a partir de ya —me responde ella, aunque el deje de duda en su voz me demuestra que está tan muerta de miedo y de ganas como yo—. Y seguir adelante con el trabajo diario. Porque parar esto ahora mismo… no creo que seamos capaces de hacerlo ninguna de las dos.

El míster aparece en ese preciso instante por la puerta del gimnasio, dando palmadas ruidosas y llamando a todo el equipo a gritos para empezar la sesión táctica en el campo exterior, rompiendo nuestro momento antes de que a cualquiera de las dos nos dé tiempo a decir una sola palabra más.

Clara retrocede de inmediato, recuperando la distancia.

Pero justo antes de darse la vuelta para unirse al staff, las yemas de sus dedos rozan apenas la piel de mi muñeca izquierda durante una milésima de segundo, provocando un incendio absoluto, ardiente y descontrolado que me recorre el cuerpo entero de arriba a abajo.

—Ten muchísimo cuidado con los apoyos en el césped —me lanza en voz alta, recuperando su tono profesional.

Asiento sin apartar los ojos de su figura ni un solo instante.

Y mientras la veo alejarse entre el resto de los preparadores físicos, comprendo lo que dijo Alba hace apenas unos minutos.

Esto que tenemos ha dejado de pertenecernos únicamente a nosotras dos, y lo verdaderamente peligroso del asunto es que, aun sabiendo que estamos jugando con fuego y que caminamos por el borde del abismo, ninguna de las dos parece tener la más mínima intención de retroceder.