20
El eco de los tabloides
Alicia
Despertarme en esta habitación es, literalmente, como regresar de golpe a un lugar que no sé que llevo años buscando.
Durante unos segundos permanezco inmóvil bajo las sábanas, conteniendo la respiración mientras escucho el sonido rítmico y tenue de la respiración de Clara durmiendo a mi lado y el murmullo lejano de la lluvia golpeando con fuerza contra los cristales del ventanal.
El dormitorio todavía huele a nosotras, a ese perfume frutal que ella lleva impregnado en la piel y que, desde hace semanas, se ha convertido en mi mayor obsesión.
Inspiro despacio, dejando que ese aroma me llene los pulmones, y noto cómo mi cuerpo se relaja contra el colchón a pesar de la rigidez tan molesta que arrastro en la rodilla izquierda.
Giro la cabeza un milímetro sobre la almohada.
Clara duerme de lado, dándome la espalda.
Me quedo embobada observando la curva suave de su hombro desnudo, la línea elegantísima de su columna bajo la sábana y un calor familiar, espeso y arrollador empieza a extenderse por todo mi pecho.
Me acuerdo perfectamente de cada una de las locuras que hemos hecho abajo en la piscina, y las que hemos repetido con más ganas en la cama de su habitación en cuanto hemos subido.
La doctora Clara Valle ha perdido los papeles y el estricto autocontrol conmigo, y la sola idea me arranca una sonrisa de lo más estúpida.
Una sonrisa real, de esas que te salen solas, que te ensanchan la cara y que te hacen sentir ridícula porque eres incapaz de frenarla por mucho que lo intentes.
Cierro los ojos un instante, saboreando el recuerdo de la piscina, el agua reflejando los focos azules del techo y esa tensión sexual tan insoportable que terminó explotando entre las dos después de tantos días fingiendo.
Sus labios buscando los míos con desesperación, el eco de nuestras respiraciones aceleradas mezclándose en el aire, la forma tan salvaje de arrancarnos unos gemidos de lo más exagerados...
Lo nuestro ha dejado de ser un juego de miradas y las dos lo sabemos de sobra.
Lo peor —o lo mejor, según se mire— es que, a pesar del tremendo riesgo que corremos, no me arrepiento de absolutamente nada.
Hemos disfrutado de una sesión de sexo tan brutal, intenso y divertido que me ha dejado flotando en una calma extrañísima, una sensación de felicidad tan tonta que me hace sentir en la mismísima luna.
Me incorporo con un cuidado para no despertarla y busco mi ropa interior y la sudadera del club.
La rodilla me protesta con un pinchazo agudo en cuanto apoyo el pie izquierdo en el parqué, recordándome que mi cuerpo sigue siendo un problema incluso cuando mi cabeza decide olvidarlo.
Me visto en silencio, lanzando miradas furtivas hacia la cama cada dos segundos.
Antes de abrir la puerta para escabullirme a mi propio cuarto, me giro para mirarla una última vez.
Tengo que hacer un esfuerzo mental sobrehumano para no mandar todo a la porra, volver a meterme bajo las sábanas, rodearla con los brazos por la cintura y perderme en su calor una vez más.
Horas más tarde, el centro deportivo del hotel está muchísimo más animado que los días anteriores.
La plantilla entera parece haberse despertado con un subidón de energía tremendo tras los días más duros de concentración, y el barullo de las conversaciones cruzadas, mezclado con la música pop que sale de los altavoces, llena el gimnasio desde primera hora de la mañana.
Yo intento por todos los medios aparentar una normalidad absoluta.
Intento, digo, porque mi cara ha decidido traicionarme a mano armada y sin piedad.
—Vale, Alicia, confiesa ya. ¿Se puede saber qué demonios te pasa hoy? —me suelta Irene en cuanto me dejo caer en una colchoneta para empezar los estiramientos de isquiotibiales. Me observa con los brazos cruzados y esa mezcla tan suya de curiosidad y diversión maliciosa.
Suelto una risa breve, casi un bufido, mientras me inclino hacia delante para tocarme la punta de las botas de fútbol con las manos.
—No me pasa nada, pesada. Solo me he levantado con muy buena energía, igual que el resto del equipo.
—Precisamente por eso es de lo más sospechoso —interviene Alba desde la bicicleta estática de al lado, pedaleando sin el menor esfuerzo y mirándome de reojo—. Normalmente a estas horas de la mañana pareces estar a punto de mandar a todo el cuerpo técnico a la mierda.
—A ver, sigo teniendo ganas de mandarlos a la mierda —respondo guiñando un ojo, aunque el tono me sale muchísimo más ligero, suave y cantarín de lo habitual.
—Sí, claro, pero no con esa sonrisa de gilipollas que llevas encasquetada —insiste Irene, señalándome acusadoramente con el dedo índice.
Alzo la cabeza de golpe, intentando poner cara de póquer.
—¿Qué sonrisa? No llevo ninguna sonrisa.
Las dos se echan a reír a carcajadas con una complicidad que me saca de quicio, y noto cómo un calor traicionero y ardiente me sube por todo el cuello.
—¡Dios mío! —drama Irene llevándose una mano al pecho—. ¡Paren las rotativas! ¡Nuestra delantera estrella está enamorada!
—No digas gilipolleces, de verdad —protesto estirando la otra pierna, aunque lo digo sin ninguna convicción y con la boca pequeña.
—¡Ojo, que no lo niega con la agresividad habitual! Confirmadísimo, chicas, a Alicia le han dado un buen meneo —añade Alba muerta de risa, bajando el ritmo de los pedales para no perderse el espectáculo.
Niego con la cabeza e intento concentrarme en el suelo para seguir estirando mientras ellas continúan picándome entre risotadas.
Pero, para mi desgracia, tienen toda la razón del mundo: soy incapaz de ocultar que estoy colgadísima de Clara.
Y el verdadero problema de este asunto es que Clara tampoco lo sabe disimular.
Intento autoconvencerme de que los comentarios de las chicas son solo estupideces, que ellas solo lo dicen por esa tensión que Clara y yo compartimos desde el primer día, que solo son paranoias mías, pero en cuanto Alba se deja caer a mi lado en la colchoneta, me doy cuenta de que mi intuición nunca falla.
Alba es la capitana del equipo, una defensa central de treinta años con una veteranía brutal y una capacidad aterradora para leer los pensamientos de las personas con solo mirarlas.
Lleva bastantes semanas observándome más de la cuenta, y en este vestuario eso nunca es una buena señal.
—¿Cómo va la rodilla? —me pregunta con tono casual mientras comienza a estirar los cuádriceps hacia atrás.
—Funcionando, que teniendo en cuenta los ejercicios de ayer, ya es bastante —le contesto regalándole una media sonrisa de compromiso.
—Me alegro mucho. —Alba guarda un pequeño silencio cargado de una intención que me pone los pelos de punta. Después, entorna los ojos y sonríe apenas—. Aunque yo diría que anoche encontraste una forma bastante más interesante y efectiva de relajar los músculos del cuerpo.
Se me corta la respiración. Todo mi cuerpo se tensa como una cuerda de guitarra a punto de romperse. La miro muy despacio, girando el cuello, buscando en su expresión facial algún indicio de cachondeo, de burla.
—No sé a qué te refieres exactamente.
Alba me sostiene la mirada fijamente, sin perder esa media sonrisa tranquila y madura que se gasta.
—La zona de la piscina cubierta es un lugar que hace muchísimo eco por las noches, Alicia. Y las voces de la gente… bueno, por llamarlo de alguna forma elegante, se escuchan con una nitidez asombrosa a esas horas.
Siento un golpe seco, frío y directo justo en mitad del pecho.
Como si me hubiera entrado una racha de viento helado.
Porque de pronto entiendo a la perfección y sin intermediarios lo que me está queriendo decir.
Nos ha escuchado. O nos ha visto. Bueno, quizá no ha estado allí físicamente mirando, pero sabe lo suficiente como para hundirnos.
Hago un esfuerzo titánico por mantener la expresión neutral y sigo tocándome las zapatillas.
—Sigo sin tener ni la más remota idea de qué me estás hablando.
—Claro que lo sabes —repone ella con una suavidad pasmosa, volviendo a poner toda su atención en sus propios ejercicios—. Pero tranquila, respira. A mí me importa un bledo con quién te metas en la cama, siempre y cuando eso no afecte lo más mínimo al rendimiento del equipo.
Apretó la mandíbula con tanta fuerza que me duelen los dientes.
—Pues si tanto te da igual, creo que no deberías ir sacando el tema a pasear en mitad del gimnasio.
Alba suelta un suspiro suave y deja de estirarse para apoyarse sobre las palmas de las manos, mirando al techo del gimnasio durante un instante antes de volver a clavar sus ojos en mí.
—Llevo muchos años metida en este vestuario, Alicia.
Sé reconocer cierto tipo de miradas entre dos personas cuando las tengo delante.
Y también sé de sobra lo rápido que corren los chismes y los rumores aquí dentro en cuanto alguien abre la boca.
—Se incorpora un poco hacia mi colchoneta y baja la voz hasta dejarla en un susurro—.
Solo te lo digo por tu bien: tened muchísimo cuidado.
Las paredes son de papel y las envidias en el fútbol son muchísimo peores que una rotura de ligamentos.
Bajo la vista al suelo de goma, incapaz de sostenerle la mirada. Para ser sincera, saber que las bromas y los tonteos de mis compañeras ya no son inocentes, que la capitana del equipo sabe que Clara y yo estamos juntas a expensas de las prohibiciones de la directiva, me pone los pelos de punta.
Siento un nudo incómodo, gordo y asfixiante instalándoseme en el estómago.
Y no por mí, que al fin y al cabo a mí me da exactamente igual lo que digan de mi vida privada.
Es por Clara. Ella es el eslabón débil en esta situación porque tengo muy claro que a mí todo esto no me afectaría, pero a ella sí.
Al final yo llevo toda mi vida conviviendo con rumores sobre mi persona, pero Clara tiene una carrera impecable.