Última línea de defensa 19 #2
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19 #2

Consciente de que la piscina es demasiado incómoda para nada más, la llevo conmigo hasta las hamacas que hay junto al borde.

La tumbo de espaldas y me coloco encima de ella sin perder un segundo, adoptando una posición del 69 perfecta.

Acomodo mi sexo empapado directamente sobre su boca mientras yo hundo la cara sin contemplaciones entre sus piernas.

Nos devorábamos con un hambre insaciable, casi con desesperación.

Chupo su clítoris con ansia mientras ella hace exactamente lo mismo conmigo, metiéndome dos dedos en el interior que me hacen ver estrellas.

Nuestros gemidos se ahogan mutuamente en la carne húmeda y caliente de la otra.

El placer sube tan rápido que nos corremos casi al mismo tiempo, contorsionándonos, temblando y gimiendo de puro éxtasis en mitad de la noche.

Pero no es suficiente, y las dos lo sabemos de sobra.

La necesidad que hemos acumulado durante semanas nos tiene poseídas.

Alicia me mira desde abajo con los ojos vidriosos y oscuros, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético por el esfuerzo, y con la piel brillando de una forma espectacular por el sudor y el agua de la piscina.

Su pelo castaño se le pega al cuello y a los hombros, y esa imagen de ella, la gran estrella del Ravenhill FC, completamente deshecha y dominada por el placer, me enciende todavía.

—Ven aquí, no te alejes —gruñe con voz de mando, tirando de mis brazos hasta que nuestros cuerpos vuelven a quedar pegados de arriba a abajo. Siento sus pezones duros rozando los míos y un escalofrío idéntico nos recorre la espina dorsal a las dos a la vez.

Nos besamos de nuevo, con un ritmo un poco más lento esta vez, pero con la misma profundidad.

Nuestras lenguas se exploran despacio, saboreando con morbo los restos del orgasmo anterior de la otra.

Mis manos bajan por su espalda baja, apretando su culo firme, redondo y entrenado, y separando sus nalgas para rozar con las yemas de mis dedos la humedad que sigue escapando de ella sin freno.

Alicia jadea contra mi boca y mueve las caderas de forma instintiva, buscando la fricción directa.

—Quiero más… —susurra entre besos, mordiéndome el labio inferior con una sonrisa traviesa.

El aire de la sala está pesadísimo, cargado de cloro, sudor y el aroma denso, embriagador y característico de nuestro sexo.

La tumbo del todo de espaldas sobre la lona y me coloco a horcajadas encima de ella, abriéndole las piernas con mis rodillas.

Nuestros sexos se rozan directamente, sin intermediarios, calientes, mojados e hinchados a más no poder.

Empiezo a moverme despacio, frotando mi clítoris contra el suyo en unos círculos lentos, firmes y cargados de presión.

El contacto es puramente eléctrico. Cada maldito roce envía chispas directas a mi columna vertebral.

—Joder, Clara… así, sí… —gime Alicia, arqueando la pelvis hacia arriba para aumentar la fuerza del roce. Sus manos me agarran las caderas con fuerza, clavándome las uñas en la piel y guiando mis movimientos hacia un ritmo mucho más rápido.

Acelero el ritmo del frote, moviéndonos con una desesperación casi agónica.

El sonido húmedo, nítido y obsceno de nuestros sexos deslizándose el uno contra el otro llena el silencio del recinto.

Mis pechos cuelgan justo sobre su cara y ella levanta la cabeza lo justo para capturar uno de mis pezones con la boca, succionándolo con una fuerza que me hace arquear la espalda mientras yo sigo frotándome contra ella.

El placer se acumula a una velocidad de vértigo, esa tensión deliciosa en el bajo vientre que amenaza con hacernos estallar por los aires en cualquier momento.

—Estoy muy cerca… —le advierto con los ojos cerrados, moviéndome con más fuerza y presionando mi clítoris hinchado contra el suyo.

Alicia suelta mi pezón con un sonido húmedo y me clava una mirada completamente salvaje, sin rastro de la futbolista profesional, solo la mujer que me vuelve loca.

—Córrete conmigo, Clara. Quiero ver la cara que pones y sentir cómo te deshaces encima de mí.

El orgasmo nos golpea prácticamente al unísono, como una explosión.

Grito su nombre con todas mis fuerzas, temblando de forma violenta mientras oleadas y oleadas de placer puro me recorren los músculos.

Alicia se arquea debajo de mí con fuerza, clavando los talones en la estructura de la hamaca y soltando un gemido largo, sordo y gutural que vibra directo contra mi pecho.

Nuestros jugos se mezclan, mojando nuestros muslos.

Me derrumbo sin fuerzas sobre ella, con nuestros corazones latiendo desbocados como tambores y la piel pegajosa, caliente y unida por el sudor.

—Podría quedarme a vivir en este instante para siempre… —murmura Alicia contra mi pelo, con la voz pastosa.

Quiero responderle algo ingenioso, pero soy físicamente incapaz de articular una palabra coherente. Sus dedos largos trazan patrones perezosos y lentos en mi vientre mientras se dedica a besar con ternura la piel de mis hombros.

—Mañana en el entrenamiento… —consigo decir finalmente con una sonrisa pícara, recuperando un hilo de voz— me va a resultar imposible no mirarte el culo.

—Créeme… a mí también me va a costar la vida misma concentrarme en los ejercicios y no recordar lo bien que te mueves…

Nos besamos una vez más, un beso lento, profundo y cargado de una promesa silenciosa, sabiendo de sobra que esta noche apenas es el principio de todo lo que se nos viene encima.

Porque yo soy perfectamente consciente de que nada de esto va a ser fácil, de que somos la estrella del equipo y la fisioterapeuta del club, y de que por más que intentemos ocultarlo entre estas paredes, todo el mundo se termina enterando de todo.

Pero ahora mismo, con su cuerpo caliente debajo del mío, me importa un bledo.