Última línea de defensa 19
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La ley del silencio

Clara

No sé quién de las dos se mueve primero, si soy yo la que da el paso definitivo o si es ella la que rompe la distancia de un plumazo, pero de repente su boca está sobre la mía y todo mi maldito autocontrol se hace añicos.

El beso nace desesperado, hambriento, casi violento, como si estallara una presa que lleva meses conteniendo demasiada agua.

Sus labios me saben intensamente al cóctel de frutas que se ha tomado en el bar y al deseo salvaje, acumulado y asfixiante que ambas llevamos arrastrando desde que pusimos un pie en el complejo.

Pierdo los papeles. Meto los dedos entre su pelo oscuro y húmedo, tirando de él con fuerza hacia atrás para inclinarle la cabeza y profundizar el beso.

Alicia suelta un gruñido ronco y animal contra mi boca, un sonido tan sumamente vibrante y cargado de necesidad que me enciende el cuerpo entero y me hace olvidar las normativas del club, la pretemporada y mi propia cordura.

Su lengua se enreda con la mía, exigente, caliente y juguetona, como si tuviera la firme intención de devorarme entera después de tantos días de miradas esquivas y silencios cargados de tensión.

—Joder, Clara… —jadea pegada a mis labios cuando nos distanciamos apenas unos milímetros para recuperar el aire que nos falta—. Llevo toda la maldita mañana deseando esto…

No la dejo ni terminar la frase. La sujeto con firmeza por los muslos y la levanto en vilo como si no pesara absolutamente nada, y me meto con ella en el agua caliente de la piscina.

El contraste del aire fresco del recinto con el calor casi termal del agua me hace soltar un gemido ahogado de puro placer.

Alicia reacciona con una urgencia que me vuelve loca; se quita la sudadera y la camiseta de un solo tirón y las lanza lejos, haciéndolas aterrizar en algún punto indeterminado del suelo de gres.

Sus pechos quedan completamente expuestos ante mis ojos bajo la luz azulada de los focos, preciosos, firmes, con los pezones oscuros y duros por la excitación.

No me lo pienso dos veces. Los aprisiono con ambas manos, disfrutando de su peso y de la suavidad de su piel, mientras bajo la boca dispuesta a devorarla sin piedad.

Succiono uno de ellos con fuerza, lamiendo la aureola con la punta de la lengua antes de regalarle un pequeño mordisco juguetón que la hace estremecerse.

Alicia arquea la espalda de una forma brutal, sacando el pecho hacia fuera, y suelta un gemido largo y sonoro que reverbera con un eco delicioso en las paredes de azulejos de la sala.

—Dios mío… —exige con la voz rota, enredando los dedos en mi pelo mojado para presionarme con más fuerza contra su cuerpo—. Me vuelve completamente loca todo lo que haces con esa boca…

Muerdo con un pelín más de intensidad y noto cómo le entra un temblor eléctrico por las piernas.

Mientras yo me dedico a lamer y a chupar sus tetas como si me fuera la vida en ello y como si el mundo se fuera a acabar mañana, la mano de Alicia baja decidida por mi vientre.

Se mete bajo mis shorts y mis bragas de un solo movimiento, directo y sin rodeos.

Sus dedos expertos separan mis labios empapados y encuentran mi clítoris, que ya está hinchado, palpitante y pidiéndole clemencia a gritos.

—Me encanta encontrarte así —gruñe peligrosamente cerca de mi oído, con una respiración apurada que me eriza el vello—.

Joder, doctora… estás completamente empapada por mí.

¿Cuánto tiempo llevabas esperándome así?

¿Te has pasado todo el día fingiendo indiferencia en el entrenamiento mientras yo me moría por follarte?

Y, sin previo aviso, me mete dos dedos de golpe.

Suelto un gemido altísimo, incapaz de contener el impacto del placer, y aprieto los muslos alrededor de su mano de forma instintiva.

Alicia se ríe con esa chulería tan suya y empieza a follarme con un ritmo constante, curvando los dedos lo justo para rozar mi punto más sensible, mientras el pulgar dibuja círculos rápidos, firmes y despiadados sobre mi clítoris.

—Alicia… —suplico, moviendo las caderas contra su mano en un vaivén desesperado—. Por favor…

—¿Por favor qué, Clara? —me pregunta, atacándome el cuello con un mordisco lo suficientemente fuerte como para dejarme una marca —. Dímelo clarito. Quiero oírte suplicar un poco después de todos los días que te has pasado ignorándome y dándome órdenes.

—Quiero correrme en tus manos, Alicia.

Saca los dedos de repente, dejándome a medias y con una tremenda sensación de vacío.

Protesto con un bufido de frustración, pero ella ya me está bajando los shorts y las bragas con una urgencia que me resulta sumamente sexy, dejándolos caer en el bordillo de la piscina.

Me levanta en vilo y me sienta en el borde, abriéndome las piernas de par en par.

Se coloca justo entre mis muslos, me clava una mirada salvaje a los ojos durante un segundo y, acto seguido, hunde la cara entera entre mis piernas.

Su lengua es pura lava. Me lame con unas ansias que me nublan la razón, saboreándome con un hambre atroz y gimiendo contra mi carne húmeda como si mi sabor fuera el mejor manjar que ha probado en toda su vida.

Luego se concentra de lleno en mi clítoris, succionándolo con fuerza y rodeándolo con la punta de la lengua mientras vuelve a meterme dos dedos dentro que se curvan sin descanso en mi interior.

—Así… justo ahí, no pares —suplico perdiendo los papeles, clavándole las uñas en el cuero cabelludo para empujarla con más fuerza contra mi sexo—. Llevo noches enteras soñando con tener tu boca aquí, Alicia… joder, no te atrevas a parar ahora.

Ella suelta un gruñido sordo contra mí y la vibración me hace temblar desde los dedos de los pies hasta las pestañas.

Sus dedos entran y salen cada vez más rápido, follándome con una fuerza espectacular mientras sigue chupando mi clítoris sin un ápice de piedad.

El orgasmo me golpea con la violencia de un tren de mercancías.

Me corro soltando un grito ahogado que retumba en toda la instalación, temblando de forma violenta y apretando su cabeza firmemente entre mis muslos mientras las olas de placer me recorren el cuerpo entero.

Alicia, lejos de apartarse, sigue lamiendo con suavidad, prolongando el clímax y saboreando mis espasmos hasta que tengo que empujarla ligeramente por los hombros porque no puedo soportar tanta sensibilidad.

Cuando saca la cara de ahí abajo y me busca, me besa con urgencia, mezclando mi propio sabor en su lengua. Es una sensación sucia, íntima, prohibida y absolutamente adictiva.

—Ven aquí… —digo con la voz completamente rota y el corazón desbocado.

La obligo a sentarse en el bordillo de la piscina y le arranco la ropa interior de un tirón limpio.

Su sexo está hinchado y brillando de excitación bajo la iluminación azul.

El aroma denso y dulce de su deseo me termina de volver loca.

Separo sus labios con los dedos y paso la lengua muy despacio, saboreándola de arriba a abajo, tomándome mi tiempo.

Alicia suelta un gemido largo, profundo y vibrante en cuanto le succiono el clítoris con fuerza y le meto dos dedos bien adentro.

—Joder, Clara… —jadea, arqueando la espalda y moviendo las caderas con desesperación contra mi rostro—. Necesito más…

Añado un tercer dedo sin pensármelo dos veces y empiezo a penetrarla con un ritmo mucho más rápido y fluido, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto anatómico exacto que la hace temblar y perder el control de su cuerpo.

Mis labios y mi lengua no dejan de trabajar ni un segundo sobre su clítoris, devorándola.

Sus caderas se mueven con una marcha totalmente desbocada, follándome la cara sin ningún tipo de vergüenza ni timidez, buscando el contacto completo.

Cuando finalmente llega al clímax, Alicia suelta un gemido gutural, larguísimo y roto, apretando mis dedos con una fuerza descomunal mientras su humedad me empapa la barbilla, los labios y la boca.

Sigo lamiéndola con suavidad hasta que noto que se estremece por la hipersensibilidad.

Me aparto despacio, relamiéndome, y la giro con firmeza contra la pared de la piscina, dejándola de espaldas a mí.

Le separo las piernas con una de mis rodillas y pego mi cuerpo completamente desnudo y mojado al suyo.

Mis pezones rígidos rozan su espalda de forma pecaminosa mientras mi mano vuelve a bajar con decisión hacia su sexo.

La masturbo despacio al principio, regodeándome en su tortura, rozando apenas la punta de su clítoris hinchado.

—Quiero follarte hasta que te cueste caminar… —le susurro directamente al oído, mordiéndole el lóbulo con ganas—. Para que mañana, durante cada maldito ejercicio, te acuerdes perfectamente de cómo se sienten mis dedos dentro de ti.

Y le meto tres dedos de golpe, hasta el fondo.

Alicia suelta un gemido agudo y empuja las caderas hacia atrás contra mi mano, buscando más presión.

La follo con fuerza, con ganas, escuchando cómo el agua de la piscina chapotea de una forma obscena alrededor de nuestros cuerpos, mientras con la otra mano le pellizco los pezones con firmeza y le muerdo la línea del cuello.

Se corre por segunda vez en mis manos, temblando como una hoja, gritando mi nombre entre jadeos ruidosos que cortan el aire.